Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Caminando


Caminando por el filo, de puntillas, sin hacer ruido, paso a paso, vacilante pero haciendo camino,;sobre las fauces de lo invisible, que tiñe de silencio y de vacío de existencia. Él pisó, con tanto miedo de que sus huellas fueran contempladas, que miraba cada paso con total y absoluta atención.

Era tan importante no mancillar el paisaje y sus alrededores, era vital no manchar, no molestar. Sólo convivir con harmonía y disfrutar de cada movimiento, fuera lento o fuera como fuera.
Porque el paisaje era tan alentador, tan cargado de inexplicable magia, que su reparo era totalmente justificado. No valía la pena arriesgar a que un paso en falso cargara de su apestosa realidad pasada todo aquello que contemplaba ensimismado.

Pero el camino, era escabroso, y las tinieblas cegaban sus vacilantes pasos. Sabía que en cualquier momento se precipitaría y ni siquiera podría agarrarse a los bordes, los veía resbaladizos e inseguros.

Suspiró. Resopló. Cerró los ojos. Hizo de tripas corazón. Siguió caminando.

En sus sueños, todavía albergaba retazos de la misma magia que contemplaba. Sueños de que podría atravesar el paisaje, incluso pasear por él con la certeza de que todo iría bien, de que podría formar parte de aquello, fundirse con el entorno, respirar llenando los pulmones de nueva brisa y nuevos horizontes. Todavía, de vez en cuando, soñaba que abriría los ojos y el camino nunca más sería escabroso. Sería felicidad.

Pero al abrirlos, el precipicio le contemplaba.

¿Saltaría, pensando que podía volar?

1 comentario:

Ginebra dijo...

A veces quedamos atrapados en esa fina línea que diverge los sueños de la realidad…
No obstante son muchas aun arriesgadas veces la que solemos saltar esperando, deseando volar…rasgando e hiriendo nuestras alas…pero aun así, siempre habrá valido la pena…o no…supongo que dependerá del grado en el que uno desea sus sueños…

Un placer, siempre, adentrarme en tus letras ;-)

Muackss!!