Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

domingo, 15 de julio de 2018

Líneas paralelas





Son... como dos gotas de lluvia
deslizando en dos ventanas
cuando para de llover...

Son.. como cuentas no pagadas,
de silencios y miradas,
callando por lo que pudo ser...

... y no fue.

Y ya... se despiden frente a frente.
Sin notarse, sin saberse.
Ignorando cualquier plan.

Y no... no sopla viento de cambio.
No hay epifanía, no hay llanto.
Sólo sombras que se escapan ...
... sobre un alfiler.

Como líneas paralelas,
esquivando los recuerdos.
Como besos y caricias,
que se escapan de su piel.

Declarando bancarrota,
quebrando toda esperanza,
cada uno por su lado.
No te quiero ni puedo querer.

Y las hostias en la cara,
y el perfume que se pierde
y el pasado que les muerde
y el futuro no vendrá.

Sólo les queda el presente,
que se escurre entre sus dedos,
escapando en paralelo,
ya no queda nada por lo que luchar.

Y aunque fueron los mejores,
aunque el mundo era suyo,
y eran dueños del destino,
que no era de nadie más...

... ahora ya es que ni se miran,
ahora buscan la salida
que entorpece su memoria
en cada una de sus heridas hay sal.

Y no hay nada...
y no hay nada..
y no hay nada...
y no hay nada...

Y no hay nada...
y no hay nada...
y no hay nada...
Ya no queda nada por lo que luchar.

... ya no queda nada por lo que luchar.

Son... como líneas paralelas.
Cada uno por su lado.
Un espejo bifurcado.
Ya nunca mirarán...


... atrás

sábado, 6 de agosto de 2016

Sueños perdidos



Cuando se despertó...
todo había cambiado.

Quiso comprender
que es lo que había pasado.

Quiso descubrir,
los abismos que brillaban.

Mucho más atrás,
de lo que ahora le atormentaba.

Quiso retroceder,
tomar el tiempo en sus manos.

Arcilla ardiente y hiel.
tiempo inútil, dedos viciados.

Y no pudo ser,
cuando ser está prohibido.

Ni pudo recoger,
todos sus añicos.

El mundo le escupió sin más, como los restos de un naufragio, enredados en un mar, de cada triste descalabro, que sufrió y sufrirá, remolinos de tristeza, y sueños que no cumplirá, vida oculta entre tinieblas.

Y escarbó, y escarbó.
Y escarbó y escarbó.
Y buscó y buscó.
Jamás la encontraría a ella.

... y él, no era él. No fue él. No era él.

... y él... ¡no era él! Jamás volvería a ser él.


El muro de cristal,
a través del que la contemplaba

no era ahora más que sal,
en cada herida no cerrada.

Recuerdos de papel,
mojados por la lluvia.

Esparcidos por doquier,
como páginas de una mente sucia.

Quiso despertar,
pero ya ni dormir podía.

Quiso volver a soñar,
sueños que destilaran vida.

Y no había nada, nada más,
que le mantuviera entero.

Ni esperanza de acabar,
ni de volver a empezar de cero.

Y escarbó, y escarbó.
Y escarbó y escarbó.
Y buscó y buscó.
Jamás la encontraría a ella.


... y él... no era él. No fue él. No era él.
¡Y él... no era él! Jamás volvería a ser él.

Volver a soñar los sueños perdidos.
Volver a soñar los sueños perdidos.
Volver y soñar. esos sueños perdidos.
Volver, sin más, a los sueños perdidos.



miércoles, 28 de mayo de 2014

Jaulas

"Ni tú has nacido para vivir enjaulada, ni yo para tener todas las llaves..."


No quiero que me digan "tu chica". Ni "tu pareja". Ni "tu amor". No es mi propiedad, no la he comprado, no la retengo en una jaula. Ella y yo, caminamos un camino distinto, con un origen distinto, con un destino distinto, aunque es bien cierto que, en ocasiones, cuando nos da la gana, nos encontramos. Y puede que yo la acorrale contra el colchón de la cama. Y puede que yo la señale para decirle que la he vuelto a elegir. Entonces le puedo susurrar al oído: 'amor mío'. Entonces le puedo decir con la mirada: 'tuyo es mi corazón'. Pero todo esto es una ficción.

Llega un instante, por fortuna, en el que alguno de los dos, -generalmente ella, porque yo soy hijo único y nunca aprendí de verdad lo que es compartir- se escapa, se esconde, se difumina. La distancia se abre entre los dos, pero es una distancia que siempre estuvo ahí, que siempre estuvo abierta. Y me vuelvo a dar cuenta otra vez. Vuelvo a pensar que lo que nos hace estar verdaderamente enamorados no es compartir siempre el mismo lugar. Sino tener la misma distancia, y elegir cuando queremos recorrerla para acortarla o para ampliarla.


Y entonces me quedo observando la curva que se dibuja en su costado, que es el origen y el fin de todos esos caminos que algún día quise recorrer, y me siento dichoso de haber sentido esa ficción de haberla poseído alguna vez. Me doy cuenta que es como un pajarillo que, en cualquier momento, podría echar a volar.

Y es por eso que no me acostumbro a decir 'mi chica', 'mi pareja', 'mi amor'.. No quiero poseerla por completo: me gusta pensar que todo puede pasar, que cualquier día, igual abro la puerta y descubro que se ha largado para siempre por la ventana.

Eso me aterroriza.

Pero también me encanta.
Pero también me hace sentir bien, 
jodidamente bien.


Y es por eso que ojalá la persona a la que amo jamás sea mía.
Porque aunque la pueda tener a ratos,
como la quiero siempre
es libre.

viernes, 18 de abril de 2014

Lección de música

- Es ella – musité mientras mis ojos no podían desprenderse de su estuche. 


 Era madera, de color oscuro, diría que morena, y aunque apenas me atreví a tocarla, sabía que era suave como esa clase de terciopelo inolvidable que se queda grabado en la piel. Pero sabía que no era el momento de abrirlo, todavía no. Recorrí su superficie durante interminables minutos, con la prudencia de los que quieren hacer las cosas bien, que se peleaba con la curiosidad de aquellos que no se contentan con las apariencias. La dejé marchar de mi lado, y sin embargo, estaba anclada en mi interior. 

Pasaron las horas y regresó. Cada vez me gustaba más ese estuche de roble macizo que tenía ante mí y cada vez sentía un afán mayor por descubrir lo que había dentro. Tuve que contenerme, reprimir un ardiente deseo que se avivaba cuanto más lo contemplaba. Hasta que sucedió. Una noche se colmó mi paciencia con una última gota de pasión y decidí destapar ligeramente la cubierta. Entonces la vi y lo supe. Quería aprender a tocarla. Mis manos existían para interpretar ese instrumento. Mi corazón anhelaba sentir la música que podía tocar con ese contrabajo. Y sabíamos que nos habíamos elegido, ‘parasiempre’ o ‘nuncajamás’, no podríamos decir por cuanto, sino hasta que quisiéramos. 

 - Hoy es siempre, todavía. – le susurré al contrabajo, cuyo estuche aún seguía entreabierto. 

Ocurre que cuando alguien se apasiona tanto por algo, se puede precipitar en un apremio en el que caen los que carecen de la paciencia suficiente para recorrer los caminos al mismo son que sus sentimientos. Y eso fue precisamente lo que pasó, cuando intenté abrir el estuche durante un atardecer, frente a un mar azorado por el viento. Las bisagras chirriaron con tanta estridencia que pensé que había quebrado el estuche. Quería comenzar a aprender a tocar mi contrabajo cuanto antes, pero había que respetar los tiempos que exige el buen aprendizaje. 

Así fue como comencé a aprender. A compartir confidencias y complicidades, incertidumbres y ausencias, y en cada amanecer que vivíamos, el estuche se abría un poco más, sin prisas, siguiendo el orden natural de las cosas. Hasta que, tras incontables despertares, se abrió por completo y pude tomarla entre mis brazos. De verdad. Nunca antes había sentido una sensación de plenitud tan intensa, como cuando empecé a tocar las primeras notas que nacían de esas tersas cuerdas. Era un sonido lento, puede que incluso torpe, pero sabía y sentía que pronto se convertiría en la música más bella que podría desear mi alma. Por lo que desde ese instante me conjuré para practicar cada día. 

Y la música fluyó, como fluyen las cosas que no necesitan explicación, en una armonía tan apasionada, que el entusiasmo nos llevó a descubrir las notas de esas canciones que siempre habíamos querido tocar. Ella había dejado de ser un instrumento, en realidad, nunca lo había sido. Por eso no era mía, sino de sí misma, tanto como podía serlo yo. Y cuando mi brazo la tomaba por la espalda, por el mango, apoyaba sus clavijas sobre mi piel hasta el dulce adormecimiento, mientras mis dedos aferraban el arco que arrancaba de esas cuerdas arpegios que más bien parecían gemidos del placer más intenso. En nuestro arrebato, era como una explosión, un estallido de sonidos, que terminaba por extraer notas casi perfectas de nuestros corazones, hasta que culminábamos en un éxtasis que nos dejaba exhaustos. Hasta el siguiente amanecer, en el que volvía a practicar con ella. Nunca era suficiente, no quería hacerlo tan sólo bien. 

- Siempre querré que sea mejor. – le revelé al contrabajo, después de haber estado acariciándolo durante horas. 

Sin embargo, todo el que quiere aprender, también ha de asumir el inevitable error. Tan pronto como sonaba una canción prodigiosa, se escapaban algunos acordes desafinados, que dibujaban en el aire el llanto. Incluso melodías completamente discordantes que provocaban decepciones y desencantos. No obstante, de estos inconvenientes se podía extraer la más útil de las lecciones, y después de asumir cada error, retomaba la música con esa vehemencia que insufla un enamorado corazón. Y quizá aquí estuvo mi equivocación. Pues aquel que aprende, que desea hacerlo mejor, irremediablemente, casi en su inconsciente, desea alcanzar la perfección; uno de esos anhelos imposibles con el que el ser humano siempre choca. 

Y un amanecer cualquiera, en el que la música era impecable, en el que las canciones sonaban con más o menos ilusión o más o menos melancolía, así como querían, llegó la fatalidad que implica la exigencia. No satisfecho con esas melodías que conseguía, por las que ambos nos amábamos, quise emprender un esfuerzo mayor, para no caer en el abismo de la rutina y la repetición. Por ello, la desorientación me despertó y percutí en las cuerdas con fiereza, y las dudas me asaltaron cuando el cordal empezó a restallar. 

En lugar de detenerme y asumir que no podría alcanzar ese ficticio virtuosismo, continué tocando, hasta que dejé de ser ese músico enamorado de su contrabajo, para convertirme en un ser obcecado por el miedo de no estar a la altura de sus sentimientos. Y una cuerda se rompió y la música cesó, por completo. Abatido y enojado, separé mis manos de ella y me marché avergonzado, sin saber qué ni por qué había ocurrido. Entonces lo supe y se lo dije. - Había buscado una canción que no quería, una canción que no existía, cuando ya habíamos encontrado nuestra melodía. Cerré el estuche de mi contrabajo y me marché, quién sabe si hasta el próximo amanecer o hasta que nos encuentre la luna llena. 

Porque ella se merecía nuestra canción cada día. 

Y yo quería aprender a tocarla.

miércoles, 19 de febrero de 2014

La Rosa Negra

LA ROSA NEGRA 


Era la mañana de la vida, 
aún vibraba mi tierna ingenuidad, 
tu mano se convirtió en mi deriva, 
abriste una ancha herida mortal. 

 Fue en un bello jardín, te tomé, 
rosa negra por siempre funesta, 
a tus espinas el corazón arrojé, 
de mi alma cuán poco resta. 

 Es el eco pálido de tu voz, 
que me hunde en el abismo, 
proferiste cruel tu último adiós, 
te desvaneciste cual espejismo. 

 Será este mi cruento destino, 
el recuerdo no halla consuelo, 
es por eso que ahora te digo: 
para ti viví y por ti muero. 

 Rosa negra por siempre funesta, 
ni un vestigio de mi alma resta.

domingo, 20 de octubre de 2013

Vieja

VIEJA

Te llamaré vieja en los próximos versos,
con el cariño de un hijo a su madre,
sin el respeto de un joven a su mayor,
y sin llamarte todavía por tu nombre,
porque aún no me he ganado tu favor.

Vieja, somos como dos desconocidos,
aunque tú siempre me viste rondarte
buscando un instante de tu atención,
ahora peinas tus canas como olvidos
como suspirando por un perdido amor.

Vieja, nunca seremos entendidos,
tú eras el fuego, la mar o el viento,
me abrasas, me derivas, me estremeces,
yo el ciego, la lágrima o las hojas secas,
te entrego mis cenizas, mi sal, mi aliento.

Vieja, te duermes en tantos rincones,
desvelas noches, despierta amaneces,
escondidos bajo la piel de un soñador,
para encontrarte desgarro las pasiones, 
en tu busca me abandono a mi interior.

Vieja, tú que acunaste las estaciones,
se embriagó de tu pecho la primavera
incendiaste los veranos con tu calor,
y aquel otoño aún llora tu melancolía,
cuando el invierno muere en tu honor.

Vieja, no estés tan triste, vieja mía,
aunque mi palabra sea perecedera,
lejos queden tus alegres lozanías,
tú serás madre eterna y verdadera,
… al final lo lograste, te llamé poesía.


IIIer Premio en Certamen Poético Grupo NUMEN


viernes, 16 de agosto de 2013

Calcetines




Érase una vez una joven inquieta a la que le encantaba caminar. No podía parar quieta, siempre estaba de aquí para allá. Pero siempre tenía que recorrer un difícil camino en comparación a los demás. Le costaba llegar el doble a su destino, y eso frecuentemente la hacía entristecer. Sin embargo, con las primeras luces del amanecer, seguía hacia adelante, sin miedo a hacerse daño o caer.

 Entonces llegó un grave problema. Y es que, al ser tan arduos los caminos, su calzado se rompía y sus calcetines, ¡oh, pobres calcetines!, terminaban llenos de agujeros. Se hacía polvo los pies. Pero ésta era su vida, no conocía otra mejor. Hasta que llegó un buen día, en el que se le planteó una solución.

Un apuesto caballero, a lomos de un blanco corcel, se acercó hasta ella al verla cojear y le ofreció su ayuda mientras la intentaba cortejar:

- Ven conmigo, sube a mi caballo, y ya no tendrás que caminar más. Yo te llevaré a cualquier lugar, y tus pies no volverán a sufrir.

 La muchacha se montó en el caballo y se dejó llevar. Al principio, era todo maravilloso, ¡menuda comodidad! Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero por los agujeros del calcetín, le entraba un frío difícil de soportar. Así que antes de un amanecer, decidió bajarse del caballo y seguir a pie, hasta otro buen día, en el que se le planteo otra oportunidad.

Un gentil mercader, montado en un lujoso carromato, se dirigió hasta ella al verla tiritar y le ofreció su ayuda mientras la intentaba fascinar:

 - Toma mi mano, sube en mi carromato y no volverás a pasar frío jamás. A donde quiera que desees caminar, pondremos rumbo sin que tus pies lo tengan que lamentar. Yo tocaré mi laúd  para ti y tú me escucharás. No necesitarás hacer nada más.

La muchacha subió en el carromato y se sentó sobre un confortable cojín, mientras no tenía que hacer nada más que escuchar melodías de juglar y ver el paisaje desde la diligencia pasar. Empezó siendo muy hermoso y agradable, ¡vaya diferencia!

Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero se sentía atrapada y asfixiada, siempre estaba encerrada. Así que antes de un amanecer, decidió salir del carromato y seguir a pie.

Caminaba y caminaba, y hacía lo que le daba la gana. Y le seguían doliendo mucho los pies, pero no le importaba, porque ésta era su vida, y quería otra distinta. Hasta que llegó un día, ni bueno ni malo, en el que observó que a no mucha distancia, también en su camino, había un joven que lo recorría a pie. Caminaba lento, pero sin vacilar, disfrutando de cuanto le rodeaba, sin mirar ni demasiado hacia adelante, ni nunca hacia atrás.

Fue entonces cuando la joven se le acercó y empezaron a hablar sin más. Horas y horas de conversación, hasta que él, que la veía cojear y temblar, se decidió y le preguntó. Ella le contó su historia, la del apuesto caballero, del gentil mercader y muchas otras cosas que ahora no son menester. Días y días de caminar, hasta que ella, que le veía caminar y escuchar, se decidió y se lo contó.

- Sé que siempre tengo que recorrer un difícil camino en comparación a los demás, sé que me cuesta llegar el doble a mi destino; pero es mi vida y no quiero otra distinta.

Y esto fue lo que le respondió:

- Así es lo que quieres, y así es como te quiero yo. Por eso lo único que haré es caminar a tu lado y cuando se te rompa un calcetín...

                                 

... siempre traeré otro para ti.