Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

sábado, 6 de agosto de 2016

Sueños perdidos



Cuando se despertó...
todo había cambiado.

Quiso comprender
que es lo que había pasado.

Quiso descubrir,
los abismos que brillaban.

Mucho más atrás,
de lo que ahora le atormentaba.

Quiso retroceder,
tomar el tiempo en sus manos.

Arcilla ardiente y hiel.
tiempo inútil, dedos viciados.

Y no pudo ser,
cuando ser está prohibido.

Ni pudo recoger,
todos sus añicos.

El mundo le escupió sin más, como los restos de un naufragio, enredados en un mar, de cada triste descalabro, que sufrió y sufrirá, remolinos de tristeza, y sueños que no cumplirá, vida oculta entre tinieblas.

Y escarbó, y escarbó.
Y escarbó y escarbó.
Y buscó y buscó.
Jamás la encontraría a ella.

... y él, no era él. No fue él. No era él.

... y él... ¡no era él! Jamás volvería a ser él.


El muro de cristal,
a través del que la contemplaba

no era ahora más que sal,
en cada herida no cerrada.

Recuerdos de papel,
mojados por la lluvia.

Esparcidos por doquier,
como páginas de una mente sucia.

Quiso despertar,
pero ya ni dormir podía.

Quiso volver a soñar,
sueños que destilaran vida.

Y no había nada, nada más,
que le mantuviera entero.

Ni esperanza de acabar,
ni de volver a empezar de cero.

Y escarbó, y escarbó.
Y escarbó y escarbó.
Y buscó y buscó.
Jamás la encontraría a ella.


... y él... no era él. No fue él. No era él.
¡Y él... no era él! Jamás volvería a ser él.

Volver a soñar los sueños perdidos.
Volver a soñar los sueños perdidos.
Volver y soñar. esos sueños perdidos.
Volver, sin más, a los sueños perdidos.



miércoles, 28 de mayo de 2014

Jaulas

"Ni tú has nacido para vivir enjaulada, ni yo para tener todas las llaves..."


No quiero que me digan "tu chica". Ni "tu pareja". Ni "tu amor". No es mi propiedad, no la he comprado, no la retengo en una jaula. Ella y yo, caminamos un camino distinto, con un origen distinto, con un destino distinto, aunque es bien cierto que, en ocasiones, cuando nos da la gana, nos encontramos. Y puede que yo la acorrale contra el colchón de la cama. Y puede que yo la señale para decirle que la he vuelto a elegir. Entonces le puedo susurrar al oído: 'amor mío'. Entonces le puedo decir con la mirada: 'tuyo es mi corazón'. Pero todo esto es una ficción.

Llega un instante, por fortuna, en el que alguno de los dos, -generalmente ella, porque yo soy hijo único y nunca aprendí de verdad lo que es compartir- se escapa, se esconde, se difumina. La distancia se abre entre los dos, pero es una distancia que siempre estuvo ahí, que siempre estuvo abierta. Y me vuelvo a dar cuenta otra vez. Vuelvo a pensar que lo que nos hace estar verdaderamente enamorados no es compartir siempre el mismo lugar. Sino tener la misma distancia, y elegir cuando queremos recorrerla para acortarla o para ampliarla.


Y entonces me quedo observando la curva que se dibuja en su costado, que es el origen y el fin de todos esos caminos que algún día quise recorrer, y me siento dichoso de haber sentido esa ficción de haberla poseído alguna vez. Me doy cuenta que es como un pajarillo que, en cualquier momento, podría echar a volar.

Y es por eso que no me acostumbro a decir 'mi chica', 'mi pareja', 'mi amor'.. No quiero poseerla por completo: me gusta pensar que todo puede pasar, que cualquier día, igual abro la puerta y descubro que se ha largado para siempre por la ventana.

Eso me aterroriza.

Pero también me encanta.
Pero también me hace sentir bien, 
jodidamente bien.


Y es por eso que ojalá la persona a la que amo jamás sea mía.
Porque aunque la pueda tener a ratos,
como la quiero siempre
es libre.

viernes, 18 de abril de 2014

Lección de música

- Es ella – musité mientras mis ojos no podían desprenderse de su estuche. 


 Era madera, de color oscuro, diría que morena, y aunque apenas me atreví a tocarla, sabía que era suave como esa clase de terciopelo inolvidable que se queda grabado en la piel. Pero sabía que no era el momento de abrirlo, todavía no. Recorrí su superficie durante interminables minutos, con la prudencia de los que quieren hacer las cosas bien, que se peleaba con la curiosidad de aquellos que no se contentan con las apariencias. La dejé marchar de mi lado, y sin embargo, estaba anclada en mi interior. 

Pasaron las horas y regresó. Cada vez me gustaba más ese estuche de roble macizo que tenía ante mí y cada vez sentía un afán mayor por descubrir lo que había dentro. Tuve que contenerme, reprimir un ardiente deseo que se avivaba cuanto más lo contemplaba. Hasta que sucedió. Una noche se colmó mi paciencia con una última gota de pasión y decidí destapar ligeramente la cubierta. Entonces la vi y lo supe. Quería aprender a tocarla. Mis manos existían para interpretar ese instrumento. Mi corazón anhelaba sentir la música que podía tocar con ese contrabajo. Y sabíamos que nos habíamos elegido, ‘parasiempre’ o ‘nuncajamás’, no podríamos decir por cuanto, sino hasta que quisiéramos. 

 - Hoy es siempre, todavía. – le susurré al contrabajo, cuyo estuche aún seguía entreabierto. 

Ocurre que cuando alguien se apasiona tanto por algo, se puede precipitar en un apremio en el que caen los que carecen de la paciencia suficiente para recorrer los caminos al mismo son que sus sentimientos. Y eso fue precisamente lo que pasó, cuando intenté abrir el estuche durante un atardecer, frente a un mar azorado por el viento. Las bisagras chirriaron con tanta estridencia que pensé que había quebrado el estuche. Quería comenzar a aprender a tocar mi contrabajo cuanto antes, pero había que respetar los tiempos que exige el buen aprendizaje. 

Así fue como comencé a aprender. A compartir confidencias y complicidades, incertidumbres y ausencias, y en cada amanecer que vivíamos, el estuche se abría un poco más, sin prisas, siguiendo el orden natural de las cosas. Hasta que, tras incontables despertares, se abrió por completo y pude tomarla entre mis brazos. De verdad. Nunca antes había sentido una sensación de plenitud tan intensa, como cuando empecé a tocar las primeras notas que nacían de esas tersas cuerdas. Era un sonido lento, puede que incluso torpe, pero sabía y sentía que pronto se convertiría en la música más bella que podría desear mi alma. Por lo que desde ese instante me conjuré para practicar cada día. 

Y la música fluyó, como fluyen las cosas que no necesitan explicación, en una armonía tan apasionada, que el entusiasmo nos llevó a descubrir las notas de esas canciones que siempre habíamos querido tocar. Ella había dejado de ser un instrumento, en realidad, nunca lo había sido. Por eso no era mía, sino de sí misma, tanto como podía serlo yo. Y cuando mi brazo la tomaba por la espalda, por el mango, apoyaba sus clavijas sobre mi piel hasta el dulce adormecimiento, mientras mis dedos aferraban el arco que arrancaba de esas cuerdas arpegios que más bien parecían gemidos del placer más intenso. En nuestro arrebato, era como una explosión, un estallido de sonidos, que terminaba por extraer notas casi perfectas de nuestros corazones, hasta que culminábamos en un éxtasis que nos dejaba exhaustos. Hasta el siguiente amanecer, en el que volvía a practicar con ella. Nunca era suficiente, no quería hacerlo tan sólo bien. 

- Siempre querré que sea mejor. – le revelé al contrabajo, después de haber estado acariciándolo durante horas. 

Sin embargo, todo el que quiere aprender, también ha de asumir el inevitable error. Tan pronto como sonaba una canción prodigiosa, se escapaban algunos acordes desafinados, que dibujaban en el aire el llanto. Incluso melodías completamente discordantes que provocaban decepciones y desencantos. No obstante, de estos inconvenientes se podía extraer la más útil de las lecciones, y después de asumir cada error, retomaba la música con esa vehemencia que insufla un enamorado corazón. Y quizá aquí estuvo mi equivocación. Pues aquel que aprende, que desea hacerlo mejor, irremediablemente, casi en su inconsciente, desea alcanzar la perfección; uno de esos anhelos imposibles con el que el ser humano siempre choca. 

Y un amanecer cualquiera, en el que la música era impecable, en el que las canciones sonaban con más o menos ilusión o más o menos melancolía, así como querían, llegó la fatalidad que implica la exigencia. No satisfecho con esas melodías que conseguía, por las que ambos nos amábamos, quise emprender un esfuerzo mayor, para no caer en el abismo de la rutina y la repetición. Por ello, la desorientación me despertó y percutí en las cuerdas con fiereza, y las dudas me asaltaron cuando el cordal empezó a restallar. 

En lugar de detenerme y asumir que no podría alcanzar ese ficticio virtuosismo, continué tocando, hasta que dejé de ser ese músico enamorado de su contrabajo, para convertirme en un ser obcecado por el miedo de no estar a la altura de sus sentimientos. Y una cuerda se rompió y la música cesó, por completo. Abatido y enojado, separé mis manos de ella y me marché avergonzado, sin saber qué ni por qué había ocurrido. Entonces lo supe y se lo dije. - Había buscado una canción que no quería, una canción que no existía, cuando ya habíamos encontrado nuestra melodía. Cerré el estuche de mi contrabajo y me marché, quién sabe si hasta el próximo amanecer o hasta que nos encuentre la luna llena. 

Porque ella se merecía nuestra canción cada día. 

Y yo quería aprender a tocarla.

miércoles, 19 de febrero de 2014

La Rosa Negra

LA ROSA NEGRA 


Era la mañana de la vida, 
aún vibraba mi tierna ingenuidad, 
tu mano se convirtió en mi deriva, 
abriste una ancha herida mortal. 

 Fue en un bello jardín, te tomé, 
rosa negra por siempre funesta, 
a tus espinas el corazón arrojé, 
de mi alma cuán poco resta. 

 Es el eco pálido de tu voz, 
que me hunde en el abismo, 
proferiste cruel tu último adiós, 
te desvaneciste cual espejismo. 

 Será este mi cruento destino, 
el recuerdo no halla consuelo, 
es por eso que ahora te digo: 
para ti viví y por ti muero. 

 Rosa negra por siempre funesta, 
ni un vestigio de mi alma resta.

domingo, 20 de octubre de 2013

Vieja

VIEJA

Te llamaré vieja en los próximos versos,
con el cariño de un hijo a su madre,
sin el respeto de un joven a su mayor,
y sin llamarte todavía por tu nombre,
porque aún no me he ganado tu favor.

Vieja, somos como dos desconocidos,
aunque tú siempre me viste rondarte
buscando un instante de tu atención,
ahora peinas tus canas como olvidos
como suspirando por un perdido amor.

Vieja, nunca seremos entendidos,
tú eras el fuego, la mar o el viento,
me abrasas, me derivas, me estremeces,
yo el ciego, la lágrima o las hojas secas,
te entrego mis cenizas, mi sal, mi aliento.

Vieja, te duermes en tantos rincones,
desvelas noches, despierta amaneces,
escondidos bajo la piel de un soñador,
para encontrarte desgarro las pasiones, 
en tu busca me abandono a mi interior.

Vieja, tú que acunaste las estaciones,
se embriagó de tu pecho la primavera
incendiaste los veranos con tu calor,
y aquel otoño aún llora tu melancolía,
cuando el invierno muere en tu honor.

Vieja, no estés tan triste, vieja mía,
aunque mi palabra sea perecedera,
lejos queden tus alegres lozanías,
tú serás madre eterna y verdadera,
… al final lo lograste, te llamé poesía.


IIIer Premio en Certamen Poético Grupo NUMEN


viernes, 16 de agosto de 2013

Calcetines




Érase una vez una joven inquieta a la que le encantaba caminar. No podía parar quieta, siempre estaba de aquí para allá. Pero siempre tenía que recorrer un difícil camino en comparación a los demás. Le costaba llegar el doble a su destino, y eso frecuentemente la hacía entristecer. Sin embargo, con las primeras luces del amanecer, seguía hacia adelante, sin miedo a hacerse daño o caer.

 Entonces llegó un grave problema. Y es que, al ser tan arduos los caminos, su calzado se rompía y sus calcetines, ¡oh, pobres calcetines!, terminaban llenos de agujeros. Se hacía polvo los pies. Pero ésta era su vida, no conocía otra mejor. Hasta que llegó un buen día, en el que se le planteó una solución.

Un apuesto caballero, a lomos de un blanco corcel, se acercó hasta ella al verla cojear y le ofreció su ayuda mientras la intentaba cortejar:

- Ven conmigo, sube a mi caballo, y ya no tendrás que caminar más. Yo te llevaré a cualquier lugar, y tus pies no volverán a sufrir.

 La muchacha se montó en el caballo y se dejó llevar. Al principio, era todo maravilloso, ¡menuda comodidad! Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero por los agujeros del calcetín, le entraba un frío difícil de soportar. Así que antes de un amanecer, decidió bajarse del caballo y seguir a pie, hasta otro buen día, en el que se le planteo otra oportunidad.

Un gentil mercader, montado en un lujoso carromato, se dirigió hasta ella al verla tiritar y le ofreció su ayuda mientras la intentaba fascinar:

 - Toma mi mano, sube en mi carromato y no volverás a pasar frío jamás. A donde quiera que desees caminar, pondremos rumbo sin que tus pies lo tengan que lamentar. Yo tocaré mi laúd  para ti y tú me escucharás. No necesitarás hacer nada más.

La muchacha subió en el carromato y se sentó sobre un confortable cojín, mientras no tenía que hacer nada más que escuchar melodías de juglar y ver el paisaje desde la diligencia pasar. Empezó siendo muy hermoso y agradable, ¡vaya diferencia!

Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero se sentía atrapada y asfixiada, siempre estaba encerrada. Así que antes de un amanecer, decidió salir del carromato y seguir a pie.

Caminaba y caminaba, y hacía lo que le daba la gana. Y le seguían doliendo mucho los pies, pero no le importaba, porque ésta era su vida, y quería otra distinta. Hasta que llegó un día, ni bueno ni malo, en el que observó que a no mucha distancia, también en su camino, había un joven que lo recorría a pie. Caminaba lento, pero sin vacilar, disfrutando de cuanto le rodeaba, sin mirar ni demasiado hacia adelante, ni nunca hacia atrás.

Fue entonces cuando la joven se le acercó y empezaron a hablar sin más. Horas y horas de conversación, hasta que él, que la veía cojear y temblar, se decidió y le preguntó. Ella le contó su historia, la del apuesto caballero, del gentil mercader y muchas otras cosas que ahora no son menester. Días y días de caminar, hasta que ella, que le veía caminar y escuchar, se decidió y se lo contó.

- Sé que siempre tengo que recorrer un difícil camino en comparación a los demás, sé que me cuesta llegar el doble a mi destino; pero es mi vida y no quiero otra distinta.

Y esto fue lo que le respondió:

- Así es lo que quieres, y así es como te quiero yo. Por eso lo único que haré es caminar a tu lado y cuando se te rompa un calcetín...

                                 

... siempre traeré otro para ti.

lunes, 5 de agosto de 2013

La niña de los ojos grandes


Había una niña que era realmente especial. No especial como dicen a la gente rara, era más bien singular de tal manera que la gente convencional, muchas veces pensaban que era extraña, antisocial, apática.

No era así. Sencillamente veía, no así como la gran mayoría de seres humanos, que estaban ciegos, parcial o totalmente. Ella veía todo con claridad, con sus grandes ojos escrutando cada cara, cada situación. Ella se preguntaba con avidez de responderse por cosas que esa gente que la tachaba de bicho raro jamás ni siquiera se paraba a pensar. Verdades a medias que la gente olvidaba u obviaba. Claras para ella.

Estiraba de la manga de la camisa de su madre. Ella bajaba la mirada. Y la veía mirando fijamente.
- Mamá, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás triste?
La mujer, cansada de trabajar, de soportar la vida y su rutina, ni siquiera era consciente de estar triste. Vivía y malvivía al mismo nivel de manera que los días pasaban y las cosas habían dejado de brillar y de importar más que por la misma inercia de la existencia. Nadie se habría dado cuenta de que estaba triste. Pero la niña de los ojos grandes sí lo sabía. Porque miraba. Porque comprendía más observando que decenas de miles de personas pensando que pensaban.



- Hija, no estoy triste. ¿Por qué dices esas cosas?- respondió la mujer con la misma inercia que vivía sus días.

- Sí que estás triste. Estás cansada. Hay veces que no, ¿sabes? Hay veces que sonríes, y sonríes de verdad. Pero no ahora. Casi nunca. ¿Por qué estás triste? ¿Por qué estás cansada?

La mujer, quizás porque en el fondo de las palabras de su hija sí veía el porqué y la realidad que esquivaba, se molestó.

- Ay, de verdad, siempre estás igual. Vale, algo cansada estoy. Así es la vida. Esto es vivir.

Y la niña no comprendía. No comprendía que eso fuera vivir. No entendía de ninguna de las maneras que vivir tuviera que conllevar desgastarse y volverse mustio, morir en vida no era vida, era más muerte. Sin embargo, en absurda paradoja eran sus padres y su familia los que pensaban que ella era una niña triste y sombría. No lo era. Vivía con toda intensidad, cada segundo era respuesta de algo, cada minuto entrañaba un nuevo enigma que le inquietaba, que carcomía su curiosidad.
Miraba las estrellas preguntándose cómo brillaban tanto, de dónde venían, porque observaban el mundo cómo ella observaba todas las cosas. Miraba el agua fluir por los grifos, curiosa se preguntaba cómo y de dónde salía, si era un regalo, si estaba siempre ahí. Cogía un dvd, y palpaba la superficie plana, devanándose para averiguar cómo podía caber tanta información ahí dentro. De lo cotidiano y mundano, a lo inexplicable y celestial, siempre se preguntaba. Nunca se aburría.
Amaba de manera sincera como en realidad es la única forma en la que se puede amar. Con sinceridad y dedicación, sin artificios. Ella nunca entendió las formalidades y las tristes convenciones de la gente; ella actuaba como quería actuar, porque era más madura y real que la falsa multitud, que poco o nada podían enseñarle.

Amaba a todo lo que merecía ser amado. Sobre todo a los animales, que representaban para ella lo que los humanos no conseguían representar, sinceridad, transparencia, nobleza y un verdadero porqué a cada una de sus acciones. Era capaz de quedarse embobada durante horas mirando un escarabajo arrastrando una bola de barro, soñando con abrazar un pingüino sólo por ver cómo se movía, acariciar el rostro de un caballo. Sus padres nunca le dejaron tener animales, y era muy frustrante para ella que no comprendía porqué. Estaba segura de que cuando pudiera, tendría mil animales… pero un día se sorprendió teniendo sólo uno y fue la mejor opción posible, porque ese animal era exactamente como ella… pero con pelo y hocico.

La perrita era pequeña, con los ojos enormes y transparentes. Sola en el mundo, un mundo que no la comprendía, que la tachaba de anormal en su retorcida retórica. Abocada a un final desconcertante y oscuro para un ser que entrañaba toda luz posible. La niña de los ojos grandes paseaba por la calle maravillándose con una tela de araña en un poste de luz, por su perfección; por cómo durante miles de años los seres humanos jamás han logrado hacer algo tan simétrico y perfecto cuando se la encontró. En una caja de cartón. Junto a una camada de siete cachorros, cuatro negros, dos con motas por la piel, vitales y alegres. Preciosos. Y entre todos ellos, una pizca de magia brotando en la oscuridad.
La perrita albina sobresalía como una estrella recién nacida, los ojos de la niña la vieron y no podían separarse de ella.


 “Seguro que la comprarán la primera. Es preciosa. Es preciosa. No se puede ser más bonita.”

La niña, con una ristra de sueños y esperanza a sus espaldas, pasaba todos los días por delante de la vieja que exhibía su caja como mercancía, seres vivos en venta, otra terrible verdad de la humanidad. En los días siguientes los cachorros fueron siendo cogidos. Menos ella. Ella no. A ella no la comprendían.

La niña de los ojos grandes sí la comprendía, veía sus débiles movimientos, veía su emergente vitalidad. Su singularidad. Ambas eran singulares. Corrió a su casa y rompió su hucha.

- Me la llevo.- odiaba pagar por ella, jamás se debería pagar por un ser vivo, un ser viviente con anhelos, esperanzas, dolor, amor… ¿qué sentido podía tener? ¿Cómo el resto del mundo no se daba cuenta? ¿Cómo era posible?

- ¿De verdad la quieres? Nadie la ha querido hasta ahora. Iba a deshacerme de ella.
La naturalidad y rugosa voz de la vieja diciendo algo tan asqueroso le lleno de tristeza, de esa tristeza que intentaba esquivar y que los seres humanos le escupían cada día. Hizo acopio de fuerzas.

- Claro que la quiero. ¿Cómo no voy a quererla?- “es preciosa, no cómo tú, vieja desagradable y arrugada.” se atrevió a pensar.

- Cómo quieras. Pero es albina, siempre será una perra enferma, y tendrás que cuidarla. ¿Crees que serás capaz? Yo creo que lo mejor para el animal sería no sufrir.

- Jamás sufrirá. Jamás. Ni un segundo. ¡Desde ya!- la niña cogió la caja y echó a correr, con cuidado y mimo, sabiendo que era imposible que se le cayera al suelo e hiciera daño a la perrita. La horrible vieja hizo ademán de perseguirla pero tropezó y calló de bruces sin tiempo para reaccionar.

Con la libertad de ambas y la certeza de que había hecho lo correcto, la niña corrió y corrió, esperanzada, feliz, completa.

La niña de los ojos grandes nunca mentía. Lo que decía lo hacía. Y estaba segura como de que el sol saldría a la mañana siguiente, la perrita no sufriría. Sería el centro del universo como debía de ser, como merecía.

Así fue. La perrita fue la prolongación de la niña, y la niña la prolongación de la perrita. Al principio la escondió de sus padres, pero le fue imposible, y su padre, hombre que apenas pasaba dos horas al día en su casa, quiso devolverla. Pero el hombre le quería más que nada en el mundo, y se vio incapaz de quebrantar los sueños de la niña como haría si no aceptaba a la perrita en la casa. Así que tras mucho esfuerzo, apechugó y fue una más en la familia.

La existencia de la niña fue mucho más feliz, aunque la gente seguía pensando que era una niña triste y que su perrita era una perra extraña. Dos seres singulares conviviendo en harmonía y simbiosis.

Un día la niña paseaba por la calle de camino de vuelta del colegio. Un gato asomó por debajo de un coche.

- ¡Hola guapo!- la niña se agachó y se acercó al felino. Éste se acercó con suavidad y con ternura pasó el lomo por debajo de su mano, queriendo y buscando el amor que la sociedad le había devuelto en forma de abandono y frío. Muchos gatos estaban tan escarmentados con la gente que nada más ver a uno de ellos, huían como alma que llevaba el diablo. Este gatito era joven y todavía no había aprendido de la maldad de los humanos.

Caminaron juntos un buen rato, el gato de vez en cuando se paraba y le hacía una carantoña, y la niña de los grandes ojos se derretía.

Ella perdió la noción del tiempo  y del espacio, y siguiendo al gato mientras jugaban se fue de su barrió, y se adentró por una parte de la ciudad que no conocía.
Se encontró con un grupo de niños, preadolescentes un par de años mayores que ella.

- ¿Habéis visto ese gato? Es feo el jodido.
- Buah, es más fea y rara la niña que va con él. ¿Qué pasa bicho raro?
La niña de los ojos grandes se asustó, más que por ella, que en parte también, por el gato.

- ¡Dejadnos en paz! ¡No os hemos hecho nada!

El niño cobarde apenas llevaba tres meses viviendo en la ciudad. Sus padres se mudaban una y otra vez, y no conseguía hacer amigos. No habría sido mal chaval. Sólo era cobarde. Desaliñado y ausente, sólo quería ser aceptado, equivocándose una y otra vez. No conocía a esos chicos más que de unas semanas. Eran los malotes de la clase, él no, pero no sabía cómo integrarse. Los primeros dos meses le hicieron perrerías constantemente, hasta que decidió ser uno de ellos, y se metió con alguien que era más débil incluso. Era un niño cobarde.
Porque tanto la niña como el gato le parecían preciosos. Pero era incapaz de intervenir.

- Joder, claro que nos habéis hecho. Es un gato apestoso y tú eres una niñita puta.- el más grande de todos cogió una piedra. El gato era demasiado pequeño e ingenuo todavía. – Y os merecéis ser más feos todavía.- lanzó la piedra con la destreza de quién había hecho y cometido crueldades tan a menudo, que golpear a un indefenso animal era un deporte que no entrañaba ningún secreto.

El proyectil tomó una trayectoria perfecta e impactó en el rostro del animal. La niña de los ojos grandes contempló horrorizada como estallaba un globo de sangre en la cara del felino, que atontado y dejando un reguero carmesí  tras de él, maullando dolor, salió disparado. Todos los niños menos el niño cobarde rompieron a reír de manera grotesca.

 - ¡No! ¡No! ¡No!- la niña sintió una rabia tan grande como nunca sintió, como casi nunca sentiría. Un odio basado en la razón sin  lugar a ningún género de dudas. En una razón que combatía desesperadamente en una batalla perdida contra la crueldad, incomprensible entre tantas cosas que trataba de comprender.  La más incomprensible de todas. En ese momento, ella habría sido tan despiadada y vengativa o más que el chaval. Cogió la piedra y la lanzó contra el desgraciado chiquillo, pero a pesar de su rabia y de su odio, la fuerza no estaba con ella y cayó al lado de sus sucios zapatos.

Eso les hizo reír aún más.

“Oh no, el gato. Está herido, se ha ido corriendo. Tengo que encontrarlo.” Intentando priorizar y olvidar a los estúpidos niños corrió calle abajo siguiendo a la desazón el rastro de sangre para encontrar al animal e intentar ayudarlo como no sabía ni cómo le ayudaría pero deseándolo a pleno pulmón.

- ¿Habéis visto a la niñata cómo corre? ¡Dios es que le he dado en todos los morros!
Todos los niños seguían riendo salvo el niño cobarde.

- ¿Es que no te hace gracia, payaso?- le espetó el líder de la banda.

Una extraña mueca atravesó su cara y todas sus facciones. No sentía más que asco y lástima por todo lo que había sucedido, pero era un niño cobarde y más miedo tenía que rebeldía.

- Claro, claro. Joder ha sido genial. Vaya hostia le has dado en toda la jeta.- se sintió tan repugnante que estuvo a punto de vomitar ahí mismo.- Bueno tíos, me voy a casa ya que me estarán esperando para cenar.- intentando no mirarles a la cara mientras se daba la vuelta y se despedía para que no vieran la mentira mal disimulada se marchó en dirección contraria hacia donde habían corrido el gato y la niña, para girar en la manzana inmediatamente posterior y correr tras ellos. Se sentía el peor ser de la creación. Era un cobarde, pero no era mala persona. Quería encontrar a la niña y ayudarles.

Pero la niña corría y corría y no encontraba al gato, el rastro de sangre se difuminaba y la humedad, la suciedad y los charcos de la ciudad lo empapaban todo de tal manera que era imposible no confundirlos y confundirse.  La oscuridad la devoraba. Sintió miedo en toda la extensión de la palabra, y lo curioso es que la gran mayor parte del miedo, era por la seguridad del gato y por su destino; aunque de alguna manera empezaba también a temer por ella misma, más lejos de lo que nunca había estado en soledad de su casa, en un entorno hostil y casi violento, violentada ella por lo sucedido, alterada, nerviosa. Apenas pensaba, sólo oía los latidos de su corazón desbocado que quería escapársele por la boca abriéndose paso entre su garganta.
Una niña ahora sí, triste y asustada, con sus enormes ojos repletos de un mar incontenible de lágrimas.
 

Lo había perdido. No lo encontraría. Moriría. No podría salvarlo. Estaba perdida. Estaba perdido. Todo estaba perdido
Un coche se paró justo al lado de ella, que se había sentado ensuciándose el vestido, con la mirada
perdida contra el suelo. La ventanilla se bajó.
- ¿Hola? ¿Pero qué haces aquí tú sola?- entre la marisma de pensamientos que le golpeaban el cráneo, oyó la voz que provenía del coche. Le era familiar. Era un amigo de sus padres, había ido varias veces a cenar a su casa. Uno de tantos que la miraban como se mira a algo triste y extraño. Era profesor en la escuela del centro de la ciudad.
- Yo… yo… yo… - las lágrimas y la congestión le impedían hablar, el peso sobre su conciencia se aglutinaba en su garganta y era casi incapaz de articular palabra.

El hombre se sintió realmente conmovido.

- Pero, ¿qué sucede? ¿qué pasa? Anda sube, que estarás muerta de frío, y tus padres estarán preocupadísimos.

- No… no lo entiendes. Lo he perdido. No lo encuentro. Ha sido culpa mía. Yo lo traje hasta aquí. Y le hicieron daño… y no he podido salvarle. – se derrumbó por completo por primera vez en su vida y rompió a llorar de manera tan desconsolada como sólo se llora por el más noble y certero de los motivos.

El hombre bajó del coche y cogió a la chiquilla en brazos que no se resistió, derrotada y marchita. Había tenido mucha suerte de encontrarse con él.

En ese preciso instante, el niño cobarde que estaba buscando al gato y a la niña, la vio subirse al coche. Conocía a ese hombre, era su profesor de historia, el mejor y más amable de los profesores que tenía. Vio como el coche arrancaba y se iba lejos de él.
Se sentía un despojo, un desperdicio, una inmundicia.
Él podía haber sido valiente. Pero fue cobarde, y en parte permitió que todo eso sucediera. El mundo estaba podrido, ¿él también lo estaba?

Esta vez no lo estaría. Encontraría a ese gato. Lo encontraría.

A las diez y media de la mañana, Horacio impartía su primera clase de la mañana. Todavía andaba preguntándose cómo esa niña había llegado hasta allí, y qué había sucedido para que anduviera triste y sola por las calles de la ciudad, qué había perdido, qué le reconcomía.

Con absoluta profesionalidad, impartió su clase olvidando ese misterio con la pasión que le caracterizaba; adoraba su trabajo, y vivía en la esperanza de lograr inculcar ciertas ideas en chiquillos que verdaderamente, no poseían ninguna. En realidad, con llegar a uno de entre sus treinta alumnos le era suficiente.

El niño cobarde no era un buen estudiante. No era un muchacho estúpido, pero era demasiado distraído y torpe. Sin embargo, probablemente era ése chaval, el único de los treinta al que realmente Horacio conseguía llegar y despertar su conciencia. Cuando sonó la sirena, Horacio tenía cierta prisa y recogió sus cosas rápidamente. Pero el niño cobarde se acercó. A Horacio le sorprendió que tuviera los brazos llenos de arañazos.

- Profesor… me gustaría hablar con  usted.

- Te tengo dicho que me llames de tú, hombre. ¿Qué sucede? No voy muy bien de tiempo. ¿Y qué te ha pasado en los brazos?

- Escuche… escucha. Eso no importa ahora. Te vi ayer recoger a esa niña en la ciudad. ¿Es tu hija?

- ¿Me viste? No, no es mi hija, es la hija de unos amigos. ¿Sabes qué hacía allí sola? ¿Qué le sucedía?

- Sí. Los sé perfectamente. Sé qué había perdido. Sé por qué se sentía así. Si me dice dónde vive, le devolveré lo que había perdido.

- Bueno, dámelo a mí y yo iré.

- Profesor…  me gustaría hacerlo a mí. En parte yo soy culpable de lo que le sucedió.

- Vamos, ¿a qué te refieres? Tú eres un buen chaval. ¿Por qué harías llorar a una niña?

“Porque soy un cobarde.”
pensó.

- Porque no hice nada por ayudarla. Pero ahora quiero remediarlo. Si me dijeras dónde vive…

Horacio conocía al muchacho, y sabía que era trigo limpio. Veía sus desesperados intentos por integrarse con chicos que valían un millón de veces menos que él. Decidió confiar.

- Está bien. Esta tarde te recogeré y te llevaré a verla. No vive precisamente cerca.

El chaval hasta se ruborizó, como si hubiera encontrado las piezas de un complicado puzle  y estuviera sorprendido de poder encajarlas.

- Muchas gracias. Muchas gracias.- sonrió con sinceridad casi por primera vez desde que estaba en la ciudad.

La niña no había podido dormir. Siempre se había hecho preguntas que la mantenían inquieta por la noche, pero sobre todo desde que tenía a su perra a su lado, le bastaba con abrazarla y conciliar el sueño. Esa noche ni siquiera eso fue suficiente para apaciguarla, nadando en el mar de dudas y de culpa en el que se ahogaba. En clase en el colegio fue más esquiva  incluso que de costumbre, y por primera vez, la tristeza que la gente creía ver en ella era palpable y real, terrible, y a flor de piel.

Sonó el timbre.

- ¡Horacio!- escuchó decir a su madre. -¡Qué sorpresa! Gracias de nuevo por lo de anoche, jamás podremos agradecértelo del todo. Cuidaremos de que la niña no vuelva a meterse en problemas.

- Fue un placer, no te preocupes. Escucha, he traído a este chaval. Es un alumno mío del colegio y le gustaría hablar con tu hija.

Tocaron a su puerta.

- Hija, este chico quiere hablar contigo.- dijo la madre que estaba muy contenta de que la chiquilla sociabilizara e hiciera amigos.

- No quiero ver a nadie. Déjame en paz.

Por desgracia  para ella, su habitación no tenía nada parecido a un pestillo.

- Anda, no seas boba y juega con él un rato mientras me tomo un café con Horacio.

La niña estuvo a punto de gritar a todos que se fueran y que la dejaran sola de una maldita vez… pero al abrirse la puerta vio la cesta. La llevaba el niño, una cesta para gatos.
Vio al niño. Le odió instantáneamente al reconocerlo como uno de los desgraciados que se rieron de ella y asistieron a lo sucedido. Pero volvió a mirar la cesta.

Horacio y la madre les dejaron solos.

- ¿Qué haces aquí?- sólo preguntó sin apartar sus enormes ojos del trasportín y su posible contenido.

- Hola… - el niño cobarde era un niño cobarde y muy tímido. Bajó la mirada mirándose los pies y dándose cuenta de lo sucios que tenía los zapatos.

- ¿Qué heces aquí?- volvió a repetir la niña de los ojos grandes.


- Yo… yo… anoche vi lo que pasó. Yo… yo quería ayudarte … pero tuve miedo.

- No es excusa. Eres igual que ellos. Igual que el que tiró la piedra.

- Puede ser… puede ser… pero luego lo busqué. Estuve dos horas buscándole… no lo encontraba… me llevé una bronca muy gorda de mis padres  pero…

-… ¿pero lo encontraste?- una mecha encendió de golpe el brillo de sus ojos, un interruptor automático transformando tristeza en esperanza en una milésima de segundo.

- Sí… lo encontré. Mis padres me ayudaron a curarlo.- lo sacó del trasportín. La perrita que estaba durmiendo, se despertó de sopetón, lo miró fijamente, alzó las orejas, introdujo su rabo entre las piernas, y se fue al rincón más apartado de la habitación para esconderse. No llevaba bien las visitas extrañas, y era el primer gato que veía en su vida.

El minino estaba confuso y puede que todavía atontado por el golpe. La niña de los ojos grandes lo miró extasiada y feliz. La piedra habría abierto una brecha en el entrecejo, pero estaba más o menos curada, y mirándolo de manera optimista, dentro de lo que cabe había tenido suerte, porque unos centímetros más a la izquierda, y le habría dejado tuerto. No había sido así. Se sorprendió de ver que además de la herida de la frente, tenía   el cuello con una herida circular.

- Hala. ¿Qué le ha pasado en el cuello?

El niño cobarde se ruborizó más incluso.

- Yo… no se dejaba coger y le até un cordel al cuello y estiré de él…

La rabia que había desaparecido del rostro de la niña volvió multiplicada por un millón.

- Pero… pero… ¿Tú eres tonto o qué? ¿Querías ayudarlo o hacerle más daño? Qué chaval.

- No sabía qué hacer. Lo siento.
Perdóname.

- ¡Pero sí que eres tonto! A mí no tienes que pedirme perdón. Te has portado mal con él.

El niño quedó un poco confuso. Según su manera de ver las cosas, había ayudado al gato aunque le hubiera hecho daño, la recompensa había sido mayor. No podía comprender el mundo tan maravillosamente blanco y negro en el que vivía la niña: no se podía ser pragmático con un ser vivo. Si había que salvarlo, se le salvaba bien. Que hubiera pedido ayuda.

A pesar de parecerle verdaderamente tonto, la niña vio al gato a salvo y volvió a sonreír.

- ¿Y qué vas a hacer con él? Ahora no lo soltarás, ¿no?

- No.- sonrió él también. – Nos lo vamos a quedar. Se llama Lobezno.

- ¿Lobezno? Si es un gato. ¿Qué nombre tonto es ése? ¿Y te lo vas a quedar tú? ¿Seguro que no le vas a hacer daño otra vez aunque sea sin querer?

- Oye, Lobezno es un nombre que mola un montón. El de los X-Men. El de las garras. Porque no veas cómo araña… y sí lo voy a cuidar mucho.

- ¿Seguro?

- Seguro.

- ¿Seguro?

- Seguro.

- ¿Seguro?

- Seguro…

- ¿Seguro?

- ¡Que sí!

La niña de los ojos grandes volcó su mirada sobre el niño.  Inevitable y descomunal. Incluso con   once años había aprendido a las malas que la gente no era de fiar. Que las promesas casi nunca valían nada. Que no valía la pena prometer,  y mucho menos creer. Sin embargo, con esa mirada aplastando al niño cobarde, preguntó:


-¿Me lo prometes?

Éste se asustó. Era obvio que era muy asustadizo y que tenía verdadera facilidad para asustarse. Pero este miedo era tan real, miedo a la decepción, a volver a fracasar. Miedo absoluto que le helaba las venas.


- Te lo… te lo… te lo prometo.

La niña hizo acopio de la poquitísima fe que tenía en la gente, cerró los ojos y decidió creerle.

El niño cobarde y Lobezno abandonaron la casa, y era un niño un poquito menos cobarde.
Pero todavía le quedaba mucho por aprender. Muchísimos fracasos, muchísimos miedos, tanto odio y rencor.

Ésa fue la primera vez que vio a la niña de los ojos grandes.

Miró la fachada de la casa. Se quedó pensativo. Confuso, porque curiosamente era la primera persona que había entendido a la niña aunque ni siquiera fuera consciente de que la entendía.
Emprendió camino convencido de que sólo quería conocerla más, saber de ella, conocer su mundo, tan mágico y especial como único, peculiar y absolutamente maravilloso.

Mientras, a pesar de que la niña tampoco comprendía al niño cobarde, cerró los ojos y bailó por la habitación. La perra salió de su escondrijo y se unió al baile.

El mundo, después de mucho tiempo, por unos instantes, fue sencillo.

Fue de la niña. Fue del niño.


Fue tal y como tenía que ser.




Todos las ilustraciones de la niña y la perrita son obra del gran Jorge Tresáncoras, http://lagaleriadetresancoras.blogspot.com.es/


Gracias también a la verdadera, única y genial niña de los ojos grandes.