Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Algo brota



Al principio no fue nada. O casi nada, por lo menos. Fuera lo que fuese, era difícil de discernir, incluso cuando no había nadie que pudiera discernirlo.

Antes del concepto en sí mismo, antes de que hubiera que explicar cualquier cosa. Antes de todo, porque era casi nada.




Fueron palabras quizás, o algún tipo de remoto sentimiento, de algún lugar más remoto si cabe. O quizás cercano. Un conjunto de sensaciones. Un olor. Una risa. Un recuerdo. Y un punto surgió en el horizonte, dándose la vuelta, girando, creando una perspectiva nueva, como si hubiera alguien que pudiera mirarlo, y que pudiera apreciar su belleza.


El tiempo comenzó a transcurrir, cuando no tenía significado alguno, y la realidad realizó sus primeros compases, al ritmo de los segundos que la iban configurando. Tic tac, tic tac.

El negro había sido el color, o por lo menos la percepción si hubiera existido la capacidad de percibir cualquier cosa. En el momento preciso que brotó esa percepción, sí lo fue. Pero fue cambiando, sujeto al azar de tantas sensaciones nuevas que resonaban en ecos indescifrables pero repletos. Salpicaron destellos de vida, sopló alrededor un viento que giró transportando el misterio y la incertidumbre.


Algo despertó, curioso, porque nunca hubo nada dormido. Pero así fue, y el nuevo insondable contorno se acercó a un destino que no existió pero ahora existía. Fue tierra, fue suelo. Fue.

Arido, abrupto. Si hubiera habido quien caminara, habría sido abatido por el peligro y por la arena recién creada. No era así, por lo que no era importante realmente.

Entonces, lo que despertó rascó de alguna manera difusa la superficie. Ese horizonte nuevo ya estaba fijo en su lugar, marcando la frontera desde cualquier ángulo de visión entre esa tierra sombría y lo que era un cielo infranqueable.


El sonido de lluvia de cientos de miles de lágrimas irrumpió, acompañado por risas y por ojos y pestañas, por dientes y mordiscos, por nuevos conceptos. El suelo tembló, el sonido sonó con fuerza, y ese algo, lo oyó en toda su magnitud.

Consciente de su existencia, porque existía. Y al principio, no había existido. Apenas nada existía, nada que remotamente mereciese la pena. Esto lo merecía.


Porque a su alrededor todas las lágrimas cayeron, y las risas las sazonaron. El nuevo viento transportó con mucha más fuerza aquello que parecía estar insuflando esa nueva vida. Como los ignotos y retumbantes sonidos que vencían a la ignorancia de lo desconocido, abriéndose paso veloces, imperceptibles en su mayoría, pero lo suficientemente perceptibles para marcar una diferencia.

En eso residió el secreto, en lo diferente. En algo que cambiaba, era un cambio, fuera el que fuese. Cambiar, evolucionar, llevaban a vivir. Y eso podía suceder.


Pero la triste broma de la vida fue demasiado. Una broma pesada, un susurro cínico, porque todo lo que vive muere. El palpitante corazón de la tierra lo sintió, como si quien se lo contara pretendiera borrar todo rastro de existencia futura.

Tanto se perdía cuando tanto se podría haber ganado. Ahora, el horizonte parpadeaba, borroso, difuminándose y resquebrajando estrellas, o lo que era algo muy parecido a estrellas que comenzaban a poblarlo. Desaparecían sin más, sin ningún artificio espectacular, porque realmente eso no era lo importante. La importancia, tampoco era.


Lo único que prevalecía era desaparecer, porque desapareciendo no había riesgo, no había miedo, y el miedo era un concepto tan fuerte que podía aplastar a todos los conceptos todavía no nacidos.

Por lo que todo empezó a no ser de nuevo, lo que germinaba empezó a sencillamente, quedarse atrás. Separado, en una barrera que diseccionaba cada capa creada, lo que quedaba atrás se esfumaba con la rabia de que no conocería, cuando podía haber tantas cosas que conocer.


Era comprensible. ¿Cómo existir cuando toda existencia es una prolongación innecesaria hacia el vacío? Abocado a volver al punto de partida, era mucho más práctico adelantar ese regreso, de tal maner que la aventura del viaje quedara en un retazo, una suave pincelada borrada para siempre.

Eso era la muerte, y cualquier vía de escape era válida. Vivir, un esfuerzo lastrado por la certidumbre de su propio ocaso. Vacío como cualquier cosa que estaba destinada a dejar de existir.

Toda voz que llegaba, sin embargo, no se marchaba del todo del lugar sin nombre que comenzaba a volver a no ser. En su precipitación, cada vez más masiva, se perdía cada intento de aterrizar, entre la complicación inherente a lo épico de su tarea, y, sobre todo, esa nueva necesidad de evitar el avatar de la irreversibilidad.


Sólo hay una cosa irreversible, y es la muerte; y lo puede todo. Menos una cosa.

La esperanza.

Ingenua, ilusa, pero cargada de posibilidades. Portadora de voluntad, campeona de los sueños perdidos y sobre todo, de todos los sueños posibles y por encontrar.


Las voces, los recuerdos, los sentimientos que llegaban eran destruídos antes de poder hacer mella, pero dejaban semillas. Pequeñas, minúsculas, insignificante de una en una. Pero juntas, la cosa cambiaba.

El horizonte volvió a fijarse. Los colores, más allá del negro que de vez en cuando adquiría nuevas tonalidades por la nueva luz, hicieron acto de presencia. Lo que fuera que estaba tomando forma, volvió a tomarla, levemente, como asiéndose a una única posibilidad, pero mucho más evocadora que el fin, que, por otra parte, teminaría alcanzándole.


Todos los sueños de los millones de soñadores que habían vivido en cualquier lugar, se apilaron en la lluvia incesante sobre el nuevo rincón de la existencia que nacía con la calma asustada de quién no sabe si ese nacimiento traerá algo más que desdicha.


Plasmados como gotas de lluvia, empaparon el suelo. Ese agua creó barro donde hacía unos instantes del todavía existente tiempo, se revertía el proceso hasta el punto de que en algunos momentos, esas lágrimas atravesaban la eternidad.

Ahora, el barro enterraba esas semillas, y el agua, las nutría en el interior de la tierra, juntándose como una sola.


Los errores y los aciertos actuaron como fertilizante, fueran los que fueran, y en cualquier orden y proporción. La tierra se sacudió, en un terremoto aterrador, tan poderoso que el miedo mismo se asustó.

El miedo se asustó al atravesar la certeza de que nada daba miedo realmente. De que ni siquiera la muerte era suficiente. Porque esa certeza no era nada comparada con cada fertil pensamiento, cada sentimiento, cada decisión.


Y un brote surgió de las tinieblas de esa tierra fertilizada. Con poca fuerza al principio, pero traspasando toda barrera física, mental, existente y todavía por existir al poco tiempo de comenzar su viaje hacia la superficie. Tomó fuerza rescatando todo lo que llegaba, fuera malo o bueno, porque de todo se aprendía, contra todo se podía luchar y todo evolucionaba.


Mientras el brote iba creciendo, a pesar del enorme tamaño que adquiría, el temblor se iba sofocando, derribando las tristes certezas y sustituyéndolas con inciertas promesas. Promesas que no significaban nada, pero que sin embargo, movían la creación al asegurar que, efectivamente, casi nada estaría escrito.

Quién pudiera respirar, habría captado el aroma de la flor que surgió del brote, con vigorosas espinas a su alrededor, protegiendo toda esperanza que nunca jamás volvería a ser violada. El capullo, cerrado, fue olvidando el miedo hasta que no quedó en siquiera un retazo de la memoria, y se abrió, desplegando una belleza tan grande como todo lo que la había forjado. Los colores danzaron a su alrededor, y uno de ellos se posó sobre la flor. El único color posible, el que lo dotaría todo de sentido y de magia.


Y La Rosa Verde se irguió victoriosa, y todo tuvo sentido en un mundo irónico, donde no debería tenerlo, pero lo tenía por cada motivo que cada ser que jamás hubiera existido en cualquier lugar, había luchado desesperadamente por formar y por creer, dando tanto que lo que luego les era arrebatado, palidecía con miseria.

Entonces, por fin, absolutamente, algo existió. Ya no fue nada, nunca más lo sería. Todo vibraba, todo era posible. Todo era esperanza.

3 comentarios:

Maldoror dijo...

Me alegro mucho que lo merezca, Axel. Y que continúe mereciéndolo siempre, incluso si esa esperanza nos conduce a la tortuosa senda de la desilusión.

Axel dijo...

Es lo que tiene la esperanza, es un arma de doble filo. Pero al final, realmente, merece mucho más la pena luchar por ella. En realidad, en lo que importa de verdad, no tenemos nada que perder.

Gracias por leerlo, mi Gungu original.

Ginebra dijo...

Nunca me gustó utilizar ese tipo de frases que a veces pecan de vacías siendo tan solo eso, una frase…pero hoy, caigo rendida ante ella, y he de decírtela, amigo mío…es de lo mejor que he leído jamás…
Creo que aun me siento etérea, allí, en ese estado donde tus letras me han llevado, dulce, delicada, y exquisitamente…
Me siento…me siento inmensa, aun cuando este mundo en que vivimos suele hacerme cada vez mas pequeña…
Inmensa cuando mi alma se alimenta de esa danza maravillosa de palabras que te inundan por dentro, esas que no son tan solo palabras, esas que dejan entrever una tímida brizna, por la que adentrarse en un ser que siente, piensa, vibra, en toda su esencia…
Ahí vive y radica mi esperanza, en ese preciso momento en el que descubres que no estás solo, que no eres un ser extraño con delirios y sueños sobre un mundo que duerme, que perece…en esa diminuta semilla que en unos pocos o muchos ha brotado, aquella con la que nacimos…y el mundo se obstinó en ahogarla entre llantos y dolor…
De niña siempre tuve un único miedo…no quería ser como aquellos ojos frívolos que me miraban sin ver…no quería ser tan solo ese cuerpo que escondía mi verdadero ser…sabía, sentía, esa semilla que iba creciendo en mí, por cada recoveco de mis entrañas, corriendo en estampida por mi sangre, haciéndome partícipe de un universo maravilloso, sintiéndome luz, aire, tierra…sintiéndome parte de cada elemento…y sufriendo, cayendo en un autismo, en absurdos juicios de quien sencillamente…no sabía ver mas allá de sus ojos…ciegos…
Camino de espinas fue aquel que condujo mis pies…pero ellos se fueron curtiendo y haciendo más fuertes…cuentos y sueños arrancados de cuajo, dando mas fuerza a los cimientos de mi castillo, con mis delirios creado y forjado…
La esperanza, la ilusión…alma candente e inquieta que no deja de luchar…porque es, porque siente, y porque no se resiste ante la muerte, pues no hay más muerte que la frivolidad inerte, de un corazón, un alma, que no siente…

Un verdadero deleite, una vez mas…leerte…y no es una frase hecha, es la verdad de un delirante corazón, que palpita, vibra, y siente ;-)

Uffss…culpa tuya es…tus letras, que inspiran…

Muackss!!

Amigo, me quito el sombrero…