Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

martes, 14 de junio de 2011

Cuentos de Dravenor: Furia del Norte, Parte II: En la arena



El gong de la arena sonó, era la señal, no había mas tiempo para divagar, no había mas tiempo para cavilar, solo había tiempo para morir. La puerta de acero del fondo de la sala se abrió, dejando ver un elevador que le conduciría a la arena. Suspiró con fuerza, se apresuró armarse con dos brazales armados, arma que le daba una leve protección desde los hombros hasta las manos y a la vez eran ofensivas ya que del puño sobresalía un filo ancho con la longitud de una espada corta. No se equipó con mas pieza de protección pues la única ventaja que tenia era la agilidad y la velocidad de movimiento, llevar yelmo, pechera, perneras, etc… sólo serviría para que se le hundiera en la carne de un golpe, de modo que solo vestiría el taparrabos que portaba. Nunca había tenido que combatir por su vida, trató de recordar unas inútiles lecciones que le había dado uno de sus “dueños” hace años. Fue escudero de un caballero, el cual renegó de sus votos al poco tiempo de ser nombrado, al parecer le daban mas satisfacción el calor corporal de los niños que su divina Fe en Aedon. Cuando se quiso dar cuenta ya estaba en el centro del anfiteatro, solo en mitad de la arena. Miró a su alrededor, las gradas estaban al completo, la peor escoria de todas las razas conocidas estaba ahí, era evidente que todo aquel espectáculo era de todo menos legal. Sobre un pedestal divisó a un mediano achaparrado gritando sobre una plataforma que lo colocaba por encima del público, no prestó demasiada atención a lo que decía, se quedó abrumado por el gentío que le observaba con ira, vociferaban, algunos insultaban mostrando una cara desencajada. Algo humillante tuvo que decir el mediano antes de callar, ya que el público comenzó a arrojar todo tipo de hortalizas contra el muchacho. El joven permaneció inmóvil donde estaba mientras recibía la lluvia vegetariana, tomates, lechugas se estrellaban en su espalda, en el pecho, en la cara.

La avalancha se convirtió en gritos de euforia cuando un ogro de tres metros y medio apareció en escena con una atarraga en sus manos. El muchacho apretó la mandíbula y contrajo los músculos de los brazos y las piernas, se estremeció al ver tal mole de carne, un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando la criatura abrió la boca para rugir mostrando una dentadura deforme y ennegrecida, las babas le colgaban desde las comisuras de los agrietados labios. El público, lejos de sentirse intimidado, elevó la voz en una explosión de éxtasis. El joven permaneció inmóvil con la mirada fija en su rival, esperó a que el ogro actuara primero.

No tuvo que esperar mucho, el ogro embistió contra él, pero como había predicho, era mas rápido, no le fue difícil apartarse de su camino. Así lo hizo, una vez, y otra, y otra a la vez que le lanzaba tajos allá donde sus brazos alcanzaban, aunque sus ataques eran poco certeros y solo le causaban heridas superficiales al ogro, le gente empezaba a abuchear la situación, pedían sangre, querían muerte.

El ogro enrojecía de furia, era una mala bestia de fuerza bruta, pero de inteligencia limitada. El muchacho empezó a sonreír de satisfacción y se dispuso a esquivar una nueva embestida, pero, algo salió mal, su pie resbaló con una zanahoria haciéndole perder el equilibrio.

Cuando recuperó la estabilidad ya era tarde, tenía al ogro en frente y antes de poder reaccionar, un brutal martillazo impacto contra su cabeza, cayó al suelo instantáneamente conmocionado, medio inconsciente, un agudo zumbido le ensordecía el oído y notó la calidez de la sangre derramarse por la oreja y por la cabeza donde recibió el impacto. El ogro rugió lo que parecía una maléfica risa, tiró el martillo lejos y apresó al desdichado con sus manos, lo levantó dos metros del suelo y comenzó a golpearle repetidamente en la cabeza con su puño derecho. Cada golpe producía un reguero de sangre que caía sobre la arena, empezó a perder la capacidad auditiva, todo sonaba lejano, con eco, tenía los ojos en blanco, no alcanzaba a distinguir nada, solo notaba los contundentes golpes que le sacudía violentamente la cabeza, era increíble ver como su cuello era capaz de aguantar tal castigo sin partirse en dos. Sus brazos y piernas colgaban pesados, agotados y empapados de la sangre que chorreaba desde su hinchado rostro, era imposible saber si continuaba vivo. El puño del ogro estaba totalmente tintado de color carmesí pese a que la sangre del joven era cada vez mas espesa. Cuando la criatura se aburrió lo suficiente lo dejo caer al suelo como si de un trapo sucio se tratase y fue en busca de su martillo. El muchacho quedó tendido en el suelo, boca arriba, observando las estrellas, el cielo nocturno, prefería que su ultima visión del mundo fuese el manto oscuro de la noche. Veía el firmamento en todo su esplendor, veía la blanca luna, radiante, observando su cuerpo maltrecho, su rostro deformado por la paliza, su dificultad para respirar, sus esputos sanguinolentos, sus lágrimas saladas y ensangrentadas. Mientras su visión se oscurecía vio de nuevo al ogro, levantando la atarraga por encima de su cabeza a punto de asestarle el golpe de gracia innecesario. La luz de sus ojos se apagó, solo alcanzo a escuchar… POR EL REY!!!!!!...

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