Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

sábado, 16 de junio de 2012

Estrellas en el suelo


Se dice que el ser humano sucumbe a un deseo, extender la mano para alcanzar con los dedos el cielo. Con el paso del tiempo, casi siempre, se apacigua este sentimiento. Pero hete aquí que tenemos una excepción, un joven que sentía verdadera fascinación por el nocturno firmamento, pues desde que era niño estaba irremisiblemente enamorado de una estrella que resplandecía en un brillo eterno. Por esta razón, era conocido como Estrellado, y transcurría las noches observando el anhelo de su corazón, sintiéndose profundamente desdichado, pues sólo podía contemplarla mas no acariciarla. Era un amor desesperado. Y la estrella le sonreía de la única manera que podía: deslumbrante e inaccesible, irradiando su áureo esplendor, sumiendo al Estrellado en una profunda desazón.

Pasaba las noches encerrado en su habitación, atisbando desde su ventanal, con la mirada clavada en la bóveda celestial, encadenado a la soledad de una obsesión que se escapaba a su voluntad. Tímido e introvertido, lo único que conseguía cuando a alguien le revelaba su pasión, era que se burlara hasta la extenuación. Es por esta, y no otra razón, que se conjuró para encontrar una solución. Transcurrió el tiempo, el Estrellado creció, y a pesar de ello no perdió ni ápice de su imaginación. Era como si bajo este embrujo estelar la fantasía jamás pudiera terminar. Entre mil y un cuentos comenzó a indagar, pues de alguna manera sabía que en el interior de las leyendas se contenía la esencia de la sabiduría, el refugio para que los sueños no pasaran en el invierno frío, ni se deshicieran de calor en el estío.

Tanto se dedicó que pronto halló la primera idea para lograr satisfacer su aspiración: pensó que si reunía escaleras, todas las escaleras que obtener pudiera, conseguiría unirlas entre sí para conformar una escalinata colosal, que le llevaría hasta la estrella que cada noche le aguardaba en la oscuridad sideral. Ni un instante quiso perder, y empezó a errar buscando escaleras de todo tipo y condición, por cada lugar y cada rincón, sin importar lo que la gente pudiera opinar, hasta que amontonó las que consideraba necesarias para ascender al cielo. Cuando las hubo enderezado, inició la ascensión, paso a paso, peldaño a peldaño, subiendo a una altura que jamás había alcanzado, pero que fue por completo insuficiente. Desolado, pero no vencido, volvió a bajar, haciendo equilibrios, y cuando llegó a tierra se encontró con alguien que no había visto desde el cielo. Una chica, de ojos iridiscentes, y astuta sonrisa, que había sido espectadora de esta empresa agotadora. Ambos cruzaron una mirada y ella fue la única que habló:

- Más suerte para la próxima ocasión. 

Aunque le resultó curiosa esta afirmación, para él no era un consuelo. Además, ella tenía los pies en el suelo.

El siguiente método que pensó parecía mucho más razonable que el anterior. Había visto y leído mucho en novelas sobre viajes en globo, por lo que imaginó que si conseguía tejer una inmensa tela para que contuviera un inmenso aire en su interior, podría elevarse tanto que terminaría llegando hasta el objeto de su ilusión. Así fue como viajó por todos los continentes para adquirir las telas más resistentes, aprendió de maestros costureros el arte del bordado y, en apenas un pestañeo, su gigantesco globo ya estaba terminado. Aguardó a que la noche acaeciera, prendió el quemador, la tela ensanchó y el dirigible emprendió su elevación. Ligero murmuraba el viento, las corrientes eran propicias para satisfacer un sentimiento y el entusiasmo brotó con intensidad. Sin embargo, cuando alcanzó cierta altitud se percató de que se había alegrado con prontitud, puesto que más allá de las nubes no se elevaría y el globo oscilaba poniendo en peligro su vida. Abatido, pero nunca derrotado, tuvo que maniobrar con destreza para descender y no perder la cabeza, y cuando llegó a tierra se encontró con alguien que no había visto desde el cielo. Una chica, esa chica, de brunos cabellos, y tono pausado, que había observado este vuelo accidentado. Ambos cruzaron una mirada y ella fue, otra vez, la única que habló:

- Más suerte para la próxima ocasión.

Aunque le resultó curiosa esta afirmación, para él no era un consuelo. Además, ella tenía los pies en el suelo.

A partir de este momento, lo intentó de tantas maneras, que cada fracaso era peor que un tormento. Sobre muelles, en catapulta, con avión, incluso se planteó profundizar en el mito y despertar a quiméricas criaturas, quién sabe si un pegaso o un dragón harían caso de su desesperación. No obstante, sólo derrotas obtenía, y cada vez que eso ocurría, allí estaba ella, una chica, esa chica, de tez nacarada y desafiante semblante, con los pies en el suelo que consolarle no podía. 

Por fin averiguó, un buen día, que si quería subir al cielo, hasta las estrellas, sabía que no tendría más remedio que seguir otra pauta, que no era otra que hacerse astronauta. Siempre le había apasionado el cósmico espacio, al fin  al cabo, ahí era dónde tenía su hogar su querida estrella, que aún refulgía más que el más bello topacio. Como su existencia estaba dedicada por completo a su utópica amada, no le importó y en la carrera espacial se enroló.F ueron muchos años de pruebas y sacrificios, que a cualquiera podría haber sacado de quicio. Pero él era el Estrellado y dedicaba su vida exclusivamente a alcanzar a su utópico ser amado. En cuanto obtuvo la licenciatura, sintió que ya podía desafiar a las alturas y pensaba que con suma brevedad tendría entre sus brazos a su amado lucero astral. En cuanto tuvo la oportunidad, se enroló en una astronave espacial y con cada número de la cuenta atrás percibía que pronto saciaría su afán. Nada más lejos de la realidad. El cohete subió, la atmósfera atravesó y aunque nunca antes había estado tan arriba, su estrella aún estaba perdida en una remota deriva. Supo que vasto era el universo y ella siempre estaría perdida. Devastado y, ahora sí, rendido, no quiso esperar a que culminara la astronáutica expedición y a la Tierra regresó en una cápsula de protección. 

 Cuando llegó a tierra se encontró con alguien que no había visto desde el cielo, aunque que sabía que le esperaría. Una chica, esa chica, de ojos iridiscentes, astuta sonrisa, brunos cabellos, tono pausado, tez nacarada y desafiante semblante, con la que volvió a cruzar una enésima mirada y que, de nuevo, volvió a hablar:

- Más suerte para la próxima ocasión.

Pero esta vez no le resultó curiosa esta afirmación, y supo que no era un consuelo, a pesar de que ella tenía los pies en el suelo.

- Ya no tengo que mirar al cielo -respondió él, por primera vez.
- ¿Por qué razón, Estrellado? -pregunta ella, sin ninguna timidez.

Entonces las respuestas comenzaron a brotar, después de tanto tiempo intentando volar.

- Porque mi corazón te ha encontrado sin necesidad de haberte buscado.
- Pero tengo los pies en el suelo...

Fue cuando entendió que ella era su verdadera estrella.

-  Es por eso por lo que te quiero.


Y bajo el fulgor del firmamento imperecedero, un beso selló para siempre su amor verdadero.

2 comentarios:

Axel dijo...

¡Lo damos todo con las estrellas!

Maldoror dijo...

Nos encanta 'estrellarnos', en todos los sentidos. De eso no cabe duda alguna, camarada estrellado.