Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

domingo, 16 de enero de 2022

Orden o Caos

Así que aquí estás. Otra vez.

Bienvenida a La Senda del Bardo


Esta vez no estás aquí para que te cuenten, sino para contar tú. Parece que se trata de una historia que escribieron otros hace mucho tiempo, pero no es del todo así. Lo que debes saber, de momento, es que tú tienes un papel protagónico en ella. Ya sea como alta elfa, como khajita... o como algo mucho más esencial que todavía no has terminado de creerte.

 

Pero empezarás a creer. Los bardos ya creen en ti.

 

Ante ti se abre una enigmática disyuntiva. Dos entidades venidas de un pasado lejano pero no perdido se te han aparecido en forma de palabras clandestinas. A ambos los conoces bien, porque has estado investigando su historia con cierta profundidad desde hace mucho. Pero ha llegado el momento de tomar una decisión...

*** 

... y no tengo duda de que tomarás la decisión más sensata, que no es otra que desenmascarar a ese traidor de Jagar Tharn y devolver al trono al legítimo emperador, Uriel Septim VII. Porque tú estás destinada a ser la Campeona Eterna. A liberar Tamriel de la tiranía de un pérfido hechicero cuyas aspiraciones no son otras que el control absoluto de sus provincias y sus gentes, y someterlas a su yugo magocrático. Yo ya estoy muerta, pero estoy aquí para aparecerme en tus sueños y orientarte en tu aventura. No me digas que no te he ayudado hasta ahora. Con lo fácil que te está resultando gracias a mí, ¿verdad...? Elige el Orden, que todo siga igual. Que la historia se mantenga gracias a ti. Tú tienes el don.

***

  ... por los aedra y los daedra, ¿de verdad quieres seguir escuchando a esta aprendiz inútil y entrometida? Mira, eso de que te está resultando fácil gracias a ella es lo más hiriente que se te podría decir, querida. Porque sé que está siendo complicado. Yo mismo me he encargado de ello. Y es complicado porque he trazado minuciosamente mis planes de usurpación del trono imperial. Y sí, lo reconozco, he ocupado el trono, pero para acabar con la verdadera tiranía, la de ese incapaz de Uriel. Ya es hora de devolverle el poder al pueblo sometido.

A las razas-bestia de Tamriel. Esa ha sido mi intención desde el principio. No serás Campeona Eterna, pero sí te convertirás en la Suma Sacerdotisa de las Bestias. Elige el Caos, que todo se transforme. Que la historia sea otra. Tú tienes el poder.

 

Ya lo ves. Tú tienes el Don. Tú tienes el Poder. Tuyo será el Pergamino Antiguo que te permita tomar esa decisión: Orden o Caos. Pero antes de obtenerlo, tendrás que escribir aquí mismo, bajo estas palabras, cuál será tu decisión.

 

Escribe ORDEN o CAOS.

 

Haz tu Voluntad. 

 

 

viernes, 14 de enero de 2022

Un puntito de luz


Hay algunas historias que no saben que lo son hasta que son contadas.
 

Esta es una de ellas.

Este es un cuento que se suele contar en tierras en las que el sol renace cada día en el mar. Existe un fulgor de luz que algunas personas que se atreven a mirar más allá se encuentran, inesperadamente y sólo en contadísimas ocasiones, justo a la hora del atardecer. Es un resplandor que no se puede ubicar con exactitud, ya que está en un indeterminado punto del horizonte. Es como si para cada cada uno de nosotros estuviera en un lugar distinto, como si nos correspondiera tan sólo uno. Cuando alguien se lo encuentra, normalmente, no le hace mucho caso. Incluso se frota los ojos, como tratando de apartarlo de su mirada. A fin de cuentas, no es más que un puntito de luz pequeño e insignificante. ¿A quién le importa?


No obstante, a veces, hay quien le presta atención a ese puntito. Suele tratarse de personas audaces, curiosas, que no se dejan llevar por los sentidos y sí por los sentimientos. Pero cuando intentan discernir la dirección, sus ojos son abrasados por la radiancia del sol del atardecer. Sólo existe una manera de poder alcanzar con la vista ese haz de diminita luminosidad que parece no importarle a casi nadie. Sólo un descendiente de marineros conoce esta manera, pues es la que antaño se usaba para orientarse en el mar. Hay que cerrar lentamente los ojos mientras se le susurra al viento: "Bajo los párpados para no morir con el sol."


Y entonces ocurre. Con los ojos completamente cerrados, sumido en la oscuridad, lo único que se atisba en esa negrura es el pequeño puntito. Indeleble y latente. Pero no es un puntito. Claro que no. Se trata de un fuego espléndido. Una hoguera que brilla desde la remota distancia. Su luminosidad es maravillosa y se extiende hacia todas direcciones. Su calor es reconfortante y envuelve como un hechizo a quien lo abraza.


Para la mayoría todo esto no es más que otro cuento de viejos marineros que no tienen donde caerse muertos, borrachos de aguardiente y salitre. Pero algunos nativos de estas tierras más supersticios hablan de esto con respeto. Dicen que quien ve esta hoguera arder no debe ir, porque no se vuelve a mirar al sol con los mismos ojos. Otros, que quien emprende el camino para encontrarla corre el riesgo de no regresar jamás a su hogar.

Pero yo, que cuento esta historia, conozco la verdad. Y tienen razón. Toda la maldita razón. Quien la ve de verdad no mira al sol igual. Y quien la encuentra no vuelve a su hogar nunca más.

Por eso, si tú la ves alguna vez, no dudes en ir a buscarla. Aunque te lleve casi la mitad de tu vida encontrarla.

 


Porque ella es tu historia, y se merece todos los cuentos.

viernes, 26 de noviembre de 2021

La Isla

A principios del siglo XX, en plena época de exploración y aventuras, se descubrió una isla misteriosa en medio del océano, y rápidamente se extendieron los rumores sobre las riquezas que se podían encontrar allí. Muchos exploradores quisieron encontrar ese lugar. Entre ellos, tú. Por desgracia, había un volcán situado en el centro de la isla y ha entrado en erupción. La isla se hunde. Todo se hunde. Ha llegado el momento de escapar... 

 

Y tú, aquí estas,

remando a la contra,

mientras aquello en lo que creíste se hunde

quemando tus fuerzas para huir de esa isla a la deriva,

y yo, allí estoy,

perdido a favor del viento,

en una isla desierta olvidada por el mundo,

y cuando digo desierta quiero decir: 

"sin ti todavía pero contigo".

- ¿Cuántas noches durará más este naufragio?

le preguntas en grito a la oscuridad.

- ¿A cuántos despertares estoy de ti?

le pregunto a mis ojeras clandestinas.

Quizá tú no esperabas navegar,

quizá yo no esperaba este insomnio,

Es muy sencillo que todo se quiebre

cuando el mundo parece de cristal.

Y ahora que todo empieza a arder,

quedan piratas llenando galeras de oro,

a costa de la fuerza de la potestad ajena

que vio como sus sueños se hundían a plomo.

Pero "hasta aquí" nos diremos, joder,

mientras todo se reduce a cenizas alrededor,

ya no dejaremos que la codicia de otros

tenga que ser nuestra única opción. 

 

 ... "The Island" es un juego en el que los jugadores están al frente de un equipo de exploración que debe abandonar una isla central que se hunde. Los Exploradores pueden llegar a otras islas con un bote que les mantiene peligrosamente a flote. Aunque también podrían hacerlo de forma más lenta: nadando. Esta travesía está llena de peligros, y tendrán que evitar serpientes marinas, ballenas y tiburones. Sobre todo "tiburones". 

¿Llegarán a salvo a la isla donde volver a empezar? 

Quién sabe. 

La cuestión es no perder esta oportunidad. 



 

 A jugar.




(Nota de Bardo: Sí, ya sabes lo que hay en la caja. Pero ábrela, por si acaso, no vaya a ser que nos hayan hecho "el paso")

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Lluvia

Tendrá que llover

que llueva de una vez

y se empape el malestar,

y se colmen las palabras,

y nos mojemos la verdad.

Que llueva ya

en una lluvia torrencial

que se lleve los milagros

que devaste la ciudad

retorciendo cada andamio

con los puños cerrados,

el pecho abierto en canal.

Vendrá como un tifón

como un huracán,

y los que gritan: nunca lo hará

serán los primeros en hundirse

y los que siempre nadaron en contra

por fin sabrán lo que es llegar.

A remar, ponte a remar,

que se viene la tempestad,

entre el cieno y el barro,

nadie se atreverá a juzgar,

nadie, ni los de siempre,

ni los de jamás,

sólo habrá lugar para valientes

que no saben todavía que lo son

que se atrevieron a mojarse

cuando la lluvia no era más

que lágrimas incandescentes.

El mundo sumergido, ahogado,

y aquí sólo respira la poesía...

mientras respire yo.

lunes, 1 de julio de 2019

Sigue corriendo

No hay vaso medio vacío que aunque no lo pretendas acabes de llenar a rebosar

No hay ni sueño ni espejismo, que sólo con un guiño, no conviertas en absoluta realidad

No hay lamento ni suspiro, que cerca de tu brillo, no se silencia en el momento...

No hay ni muro de cemento, ni manto tan oscuro, que te tape, te detenga te haga ir más lento.


Y te veo corriendo, y es que no entiendo, la suerte que tengo, de ver que nunca pararás,
sabiéndote eterno, no pisas el freno, y sigues corriendo, qué importa que venga detrás,
porque nada te alcanza, derribas los muros, con solo un soplido, creas un nuevo vendaval,
eres como un rayo, que deja a su paso sueños encontrados, mentiras reales para creer en magia real...

… corriendo en una estela de magia real...

Y aunque caerás, veo como te vuelves a levantar...

Tú sigue corriendo... ¡Sigue corriendo!

Y aunque nos dejarás atrás, el mundo está a tus pies...

Tú sigue corriendo... ¡Sigue corriendo!


No hay monstruo escondido,   grito ni susurro, ni miedo encarnado, ni trampas que no esquivarás,
No hay cruda tristeza que detenga tu risa, sólo una sonrisa, sé que todo ira más que bien,
No hay derrotas que tapen todas las victorias que brotan y botan mientras tu juegas a jugar,
Jugando en una estela de magia real.


Corre como el viento, inmune a todo desaliento...

¡Tú sigue corriendo! ¡Sigue corriendo!

Juega en movimiento, juega, mientras sueñas con jugar, mientras...

¡Sigues corriendo! ¡Sigues corriendo!

Y aunque caerás, veo como siempre te levantarás...

¡Sigue corriendo! ¡Sigue corriendo!

Y aunque nos dejarás atrás, el mundo se rinde ante ti...

¡Sigue corriendo! ¡Sigue corriendo!

lunes, 22 de abril de 2019

Espiral

 ¿Sabes? Anoche soñé que soñaba,

por eso cuando desperté no fue suficiente para despertar,

seguía soñando a, por lo menos, 20 sueños por segundo.

"Sólo basta con abrir un poco los ojos", me dirían los despiertos,

"Si me decís eso, es que seguís durmiendo", les respondería yo.

Nunca antes había tenido los ojos tan abiertos para mirar,

nunca antes había estado tan arriba sin sentir vértigo,

nunca antes había pensado que caer era sinónimo de volar,

porque he estado cayendo hacia espacios infinitos de la mente,

sin saber que una mirada me conectaba con todas las cosas del cosmos,

y en ese insondable lugar, que en otro tiempo fuera incertidumbre,

resuena una vibración profunda en un caos que no deja de girar.

- ¿Eres tú? - Preguntó mi voz ingrávida emergiendo desesperada desde algún lugar del garabato.

- Eres tú. - Me respondí a través de tus ojos. 

Y ya no fue necesario saber. Sólo sentir. 

Sentir. 

SENTIR EN ESPIRAL.

lunes, 24 de diciembre de 2018

El Intronauta

Año 2018. 23 de diciembre. 4:45 de la madrugada.

Era otra noche cualquiera de insomnio. Hacía unas horas que había leído un mantra: “Quien mira hacia afuera sueña; quien mira hacia adentro despierta”. No necesitaba más razones para volver a intentar dormirse. Así que encendió la lámpara de su escritorio y empezó a escribirle a esa mortecina luz que alumbraba, y que paradójicamente se parecía a la inspiración que sentía. No estaba del todo iluminado, pero no lo necesitaba para brillar dentro de su propia habitación. Nadie más le vería. Abrió el portátil, como aquel que abre el arcón de un tesoro y se lo encuentra vacío, y empezó a escribir.

Era uno de esos hombres de letras que escribía para esconder sus lágrimas cuando estaba triste o su sonrisa estúpida cuando sus escritos le enamoraban más que a sus lectores. Era una de esas personas que necesitaba ponerle nombre a las cosas, antes de las cosas le terminaran poniendo nombre a él mismo. Se han dado casos de escritores que han sido encerrados por sus propias palabras, y nunca jamás pudieron salir de ellas. No iba a permitir que eso le ocurriera. Pero tenía miedo. Temía quedarse sin sueños, sólo en palabras, ya que pasaba demasiado tiempo despierto, mirando hacia adentro. Y por si fuera poco, no estaba solo. Había una Ella.

Era una de esas mujeres de palabra a la que un escritor podía encadenarse como si no hubiera nada digno de escribirse más allá de lo que ella significaba. Era una de esas personas que sólo tenía que sonreír para hacer mejores los poemas. Los que aún no existían pero existirían, aunque supiera que no iban a ser siempre los suyos. Pero no era un buen lugar para encerrarse. No lo era, porque ella sólo tenía sentido cuando se escapaba. Y a Ella la encontraba cuando miraba de soslayo hacia adentro, pero tenía la mirada puesta lejos, mucho más lejos que en el afuera. Viajaba. Ella estaba despierta, y aun así soñaba.

“Entonces ya sé lo que soy yo”, escribí.

Soy un intronauta. Camino mirando al cielo, pero sin dar un paso, y ya no recuerdo lo que es el horizonte. Viajo hacia adentro de mí mismo. Voy de día en día, como de estación en estación, en el tren de mi cuerpo, asomado a las calles y a las plazas, a los gestos y a los rostros, siempre iguales y siempre diferentes. Si te escribo, viajo. Si te imagino, viajo. Si tú viajas, viajo. ¿Pero viajo de verdad? Todo viaje es un viaje hacia uno mismo, vayas a donde vayas, estés donde estés. Pero para viajar hay que ir, hay que estar. Viajar es tener tu propio mantra: “Quien mira hacia adentro sueña, con poder mirar hacia afuera y despertar.”

Viajar es no tener cadenas.

Nunca pensé que las tuviera, hasta este año 2018, un 23 de diciembre, a las 4.45 de la madrugada.

Guarda tú estas cadenas rotas.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Hombres que no saben aullar

Érase una vez un joven que no podía conciliar el sueño, porque durante las noches no hacía más que inventar historias. Pero un día su vida cambió, cuando conoció a una mujer, de la que no sólo se enamoró perdidamente, sino a la que también le contaba todas esas historias. Esto era un gran alivio para él. Sin embargo, ella era una Mujer Salvaje, y sólo tenía sentido cuando era libre y podía hacer su voluntad. Al principio, todas las noches, ambos yacían juntos, mientras él le contaba cuentos y ella se adormecía entre sus brazos. Pero entonces empezaron a aullar los lobos, y cuando eso ocurría, ella desaparecía y él se quedaba solo.

 El joven se sentía muy desdichado, porque temía que algún día la Mujer Salvaje no regresara a su lado cuando hacía caso a esos aullidos. Por eso, lo único que se le ocurrió fue inventar todavía más cuentos, más historias, para intentar retenerla, como si pudiera encerrarla entre palabras. Y esta no fue la solución. Trató de aprender a aullar, y no lo hacía mal. Tenía espíritu de lobo. Pero esa no esa su verdadera naturaleza. Y cuando se ama a alguien, no se debe luchar contra uno mismo. Él lo comprendió deprisa. Comenzó a aprender. No podía ser siempre él quien le contara esos cuentos, esas historias. Tenía que ser ella, la Mujer Salvaje, la que lo eligiera a él para contárselas o la que se marchara con los aullidos cuando deseara y con quien quisiera.

 Nadie supo que fue de estos dos enamorados, pero se dice que él aún sigue escribiendo historias para ella...


 ... aunque ella se marchó hace tiempo a correr libre con los lobos.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Sin control


Me descontrolo. 
Ando al borde de precipicios porque me da la gana, 
y a veces lo que parece es que quiero caerme, 
para saber que es verdad, que todo esto existe en serio
no sólo se queda en una realidad que sólo puedo ver 
a través de unos ojos mojados por las lágrimas. 

 Entonces vuelvo a tener esa manía de mirar hacia atrás 
cuando te tengo delante en plan ‘aquí y ahora, hostia’, 
pero me acostumbro a verte en lo que éramos antes 
que no me doy cuenta lo acojonante que es eso 
 de no poder ver el futuro pasar ante tu mirada 
y claro, casi siempre lo que no has vivido 
es lo que te llena de dudas, supongo. 

 Y te descontrolas 
sí, claro que tú, ya sabes quién, 
porque te suelo vestir con mis poemas y mis movidas, 
aunque sabes que te prefiero desnuda y desafiante. 
Que te bailas las noches a pesar de las heridas, 
y no necesitas a nadie que venga a tocarte las palmas. 

Todas esas vidas a las que parece que tienes que renunciar 
porque sólo tienes una, porque sólo tienes esta 
y está pasando, y se está pasando mogollón contigo. 
Por eso cuando encuentras una que te gusta, 
te encuentras y es cuando más te gustas. 
Y me gustas. Y me asustas. Lo reconozco, pero me conoces 
y te prefiero tan así, estás tan guapa siendo tú… 

Así que te escribo uno de tantos, 
(¿me volverás a leer algún día 
para tocarte donde nadie más te toca?) 
porque si me llega ese día de no estar 
y tú te sigues encontrando en estos versos, 
no habré vivido en vano, no habré muerto del todo,
porque estar vivo siempre quise que fuera esto, 
una botella medio llena o medio vacía 
y todas estas ganas de vivirnos cada sorbo, 
 sin controles de alcoholemia, 
sin controles del amor. 

 Estar vivo es esto que tengo contigo. 

“Pensaba que hacerse mayor te daba algo más de control”, 
 pero me doy cuenta que no es así, no es así…  
y tiro p’alante porque no hay otro modo de no caerse.

domingo, 15 de julio de 2018

Líneas paralelas





Son... como dos gotas de lluvia
deslizando en dos ventanas
cuando para de llover...

Son.. como cuentas no pagadas,
de silencios y miradas,
callando por lo que pudo ser...

... y no fue.

Y ya... se despiden frente a frente.
Sin notarse, sin saberse.
Ignorando cualquier plan.

Y no... no sopla viento de cambio.
No hay epifanía, no hay llanto.
Sólo sombras que se escapan ...
... sobre un alfiler.

Como líneas paralelas,
esquivando los recuerdos.
Como besos y caricias,
que se escapan de su piel.

Declarando bancarrota,
quebrando toda esperanza,
cada uno por su lado.
No te quiero ni puedo querer.

Y las hostias en la cara,
y el perfume que se pierde
y el pasado que les muerde
y el futuro no vendrá.

Sólo les queda el presente,
que se escurre entre sus dedos,
escapando en paralelo,
ya no queda nada por lo que luchar.

Y aunque fueron los mejores,
aunque el mundo era suyo,
y eran dueños del destino,
que no era de nadie más...

... ahora ya es que ni se miran,
ahora buscan la salida
que entorpece su memoria
en cada una de sus heridas hay sal.

Y no hay nada...
y no hay nada..
y no hay nada...
y no hay nada...

Y no hay nada...
y no hay nada...
y no hay nada...
Ya no queda nada por lo que luchar.

... ya no queda nada por lo que luchar.

Son... como líneas paralelas.
Cada uno por su lado.
Un espejo bifurcado.
Ya nunca mirarán...


... atrás

sábado, 6 de agosto de 2016

Sueños perdidos



Cuando se despertó...
todo había cambiado.

Quiso comprender
que es lo que había pasado.

Quiso descubrir,
los abismos que brillaban.

Mucho más atrás,
de lo que ahora le atormentaba.

Quiso retroceder,
tomar el tiempo en sus manos.

Arcilla ardiente y hiel.
tiempo inútil, dedos viciados.

Y no pudo ser,
cuando ser está prohibido.

Ni pudo recoger,
todos sus añicos.

El mundo le escupió sin más, como los restos de un naufragio, enredados en un mar, de cada triste descalabro, que sufrió y sufrirá, remolinos de tristeza, y sueños que no cumplirá, vida oculta entre tinieblas.

Y escarbó, y escarbó.
Y escarbó y escarbó.
Y buscó y buscó.
Jamás la encontraría a ella.

... y él, no era él. No fue él. No era él.

... y él... ¡no era él! Jamás volvería a ser él.


El muro de cristal,
a través del que la contemplaba

no era ahora más que sal,
en cada herida no cerrada.

Recuerdos de papel,
mojados por la lluvia.

Esparcidos por doquier,
como páginas de una mente sucia.

Quiso despertar,
pero ya ni dormir podía.

Quiso volver a soñar,
sueños que destilaran vida.

Y no había nada, nada más,
que le mantuviera entero.

Ni esperanza de acabar,
ni de volver a empezar de cero.

Y escarbó, y escarbó.
Y escarbó y escarbó.
Y buscó y buscó.
Jamás la encontraría a ella.


... y él... no era él. No fue él. No era él.
¡Y él... no era él! Jamás volvería a ser él.

Volver a soñar los sueños perdidos.
Volver a soñar los sueños perdidos.
Volver y soñar. esos sueños perdidos.
Volver, sin más, a los sueños perdidos.



miércoles, 28 de mayo de 2014

Jaulas

"Ni tú has nacido para vivir enjaulada, ni yo para tener todas las llaves..."


No quiero que me digan "tu chica". Ni "tu pareja". Ni "tu amor". No es mi propiedad, no la he comprado, no la retengo en una jaula. Ella y yo, caminamos un camino distinto, con un origen distinto, con un destino distinto, aunque es bien cierto que, en ocasiones, cuando nos da la gana, nos encontramos. Y puede que yo la acorrale contra el colchón de la cama. Y puede que yo la señale para decirle que la he vuelto a elegir. Entonces le puedo susurrar al oído: 'amor mío'. Entonces le puedo decir con la mirada: 'tuyo es mi corazón'. Pero todo esto es una ficción.

Llega un instante, por fortuna, en el que alguno de los dos, -generalmente ella, porque yo soy hijo único y nunca aprendí de verdad lo que es compartir- se escapa, se esconde, se difumina. La distancia se abre entre los dos, pero es una distancia que siempre estuvo ahí, que siempre estuvo abierta. Y me vuelvo a dar cuenta otra vez. Vuelvo a pensar que lo que nos hace estar verdaderamente enamorados no es compartir siempre el mismo lugar. Sino tener la misma distancia, y elegir cuando queremos recorrerla para acortarla o para ampliarla.


Y entonces me quedo observando la curva que se dibuja en su costado, que es el origen y el fin de todos esos caminos que algún día quise recorrer, y me siento dichoso de haber sentido esa ficción de haberla poseído alguna vez. Me doy cuenta que es como un pajarillo que, en cualquier momento, podría echar a volar.

Y es por eso que no me acostumbro a decir 'mi chica', 'mi pareja', 'mi amor'.. No quiero poseerla por completo: me gusta pensar que todo puede pasar, que cualquier día, igual abro la puerta y descubro que se ha largado para siempre por la ventana.

Eso me aterroriza.

Pero también me encanta.
Pero también me hace sentir bien, 
jodidamente bien.


Y es por eso que ojalá la persona a la que amo jamás sea mía.
Porque aunque la pueda tener a ratos,
como la quiero siempre
es libre.

viernes, 18 de abril de 2014

Lección de música

- Es ella – musité mientras mis ojos no podían desprenderse de su estuche. 


 Era madera, de color oscuro, diría que morena, y aunque apenas me atreví a tocarla, sabía que era suave como esa clase de terciopelo inolvidable que se queda grabado en la piel. Pero sabía que no era el momento de abrirlo, todavía no. Recorrí su superficie durante interminables minutos, con la prudencia de los que quieren hacer las cosas bien, que se peleaba con la curiosidad de aquellos que no se contentan con las apariencias. La dejé marchar de mi lado, y sin embargo, estaba anclada en mi interior. 

Pasaron las horas y regresó. Cada vez me gustaba más ese estuche de roble macizo que tenía ante mí y cada vez sentía un afán mayor por descubrir lo que había dentro. Tuve que contenerme, reprimir un ardiente deseo que se avivaba cuanto más lo contemplaba. Hasta que sucedió. Una noche se colmó mi paciencia con una última gota de pasión y decidí destapar ligeramente la cubierta. Entonces la vi y lo supe. Quería aprender a tocarla. Mis manos existían para interpretar ese instrumento. Mi corazón anhelaba sentir la música que podía tocar con ese contrabajo. Y sabíamos que nos habíamos elegido, ‘parasiempre’ o ‘nuncajamás’, no podríamos decir por cuanto, sino hasta que quisiéramos. 

 - Hoy es siempre, todavía. – le susurré al contrabajo, cuyo estuche aún seguía entreabierto. 

Ocurre que cuando alguien se apasiona tanto por algo, se puede precipitar en un apremio en el que caen los que carecen de la paciencia suficiente para recorrer los caminos al mismo son que sus sentimientos. Y eso fue precisamente lo que pasó, cuando intenté abrir el estuche durante un atardecer, frente a un mar azorado por el viento. Las bisagras chirriaron con tanta estridencia que pensé que había quebrado el estuche. Quería comenzar a aprender a tocar mi contrabajo cuanto antes, pero había que respetar los tiempos que exige el buen aprendizaje. 

Así fue como comencé a aprender. A compartir confidencias y complicidades, incertidumbres y ausencias, y en cada amanecer que vivíamos, el estuche se abría un poco más, sin prisas, siguiendo el orden natural de las cosas. Hasta que, tras incontables despertares, se abrió por completo y pude tomarla entre mis brazos. De verdad. Nunca antes había sentido una sensación de plenitud tan intensa, como cuando empecé a tocar las primeras notas que nacían de esas tersas cuerdas. Era un sonido lento, puede que incluso torpe, pero sabía y sentía que pronto se convertiría en la música más bella que podría desear mi alma. Por lo que desde ese instante me conjuré para practicar cada día. 

Y la música fluyó, como fluyen las cosas que no necesitan explicación, en una armonía tan apasionada, que el entusiasmo nos llevó a descubrir las notas de esas canciones que siempre habíamos querido tocar. Ella había dejado de ser un instrumento, en realidad, nunca lo había sido. Por eso no era mía, sino de sí misma, tanto como podía serlo yo. Y cuando mi brazo la tomaba por la espalda, por el mango, apoyaba sus clavijas sobre mi piel hasta el dulce adormecimiento, mientras mis dedos aferraban el arco que arrancaba de esas cuerdas arpegios que más bien parecían gemidos del placer más intenso. En nuestro arrebato, era como una explosión, un estallido de sonidos, que terminaba por extraer notas casi perfectas de nuestros corazones, hasta que culminábamos en un éxtasis que nos dejaba exhaustos. Hasta el siguiente amanecer, en el que volvía a practicar con ella. Nunca era suficiente, no quería hacerlo tan sólo bien. 

- Siempre querré que sea mejor. – le revelé al contrabajo, después de haber estado acariciándolo durante horas. 

Sin embargo, todo el que quiere aprender, también ha de asumir el inevitable error. Tan pronto como sonaba una canción prodigiosa, se escapaban algunos acordes desafinados, que dibujaban en el aire el llanto. Incluso melodías completamente discordantes que provocaban decepciones y desencantos. No obstante, de estos inconvenientes se podía extraer la más útil de las lecciones, y después de asumir cada error, retomaba la música con esa vehemencia que insufla un enamorado corazón. Y quizá aquí estuvo mi equivocación. Pues aquel que aprende, que desea hacerlo mejor, irremediablemente, casi en su inconsciente, desea alcanzar la perfección; uno de esos anhelos imposibles con el que el ser humano siempre choca. 

Y un amanecer cualquiera, en el que la música era impecable, en el que las canciones sonaban con más o menos ilusión o más o menos melancolía, así como querían, llegó la fatalidad que implica la exigencia. No satisfecho con esas melodías que conseguía, por las que ambos nos amábamos, quise emprender un esfuerzo mayor, para no caer en el abismo de la rutina y la repetición. Por ello, la desorientación me despertó y percutí en las cuerdas con fiereza, y las dudas me asaltaron cuando el cordal empezó a restallar. 

En lugar de detenerme y asumir que no podría alcanzar ese ficticio virtuosismo, continué tocando, hasta que dejé de ser ese músico enamorado de su contrabajo, para convertirme en un ser obcecado por el miedo de no estar a la altura de sus sentimientos. Y una cuerda se rompió y la música cesó, por completo. Abatido y enojado, separé mis manos de ella y me marché avergonzado, sin saber qué ni por qué había ocurrido. Entonces lo supe y se lo dije. - Había buscado una canción que no quería, una canción que no existía, cuando ya habíamos encontrado nuestra melodía. Cerré el estuche de mi contrabajo y me marché, quién sabe si hasta el próximo amanecer o hasta que nos encuentre la luna llena. 

Porque ella se merecía nuestra canción cada día. 

Y yo quería aprender a tocarla.

miércoles, 19 de febrero de 2014

La Rosa Negra

LA ROSA NEGRA 


Era la mañana de la vida, 
aún vibraba mi tierna ingenuidad, 
tu mano se convirtió en mi deriva, 
abriste una ancha herida mortal. 

 Fue en un bello jardín, te tomé, 
rosa negra por siempre funesta, 
a tus espinas el corazón arrojé, 
de mi alma cuán poco resta. 

 Es el eco pálido de tu voz, 
que me hunde en el abismo, 
proferiste cruel tu último adiós, 
te desvaneciste cual espejismo. 

 Será este mi cruento destino, 
el recuerdo no halla consuelo, 
es por eso que ahora te digo: 
para ti viví y por ti muero. 

 Rosa negra por siempre funesta, 
ni un vestigio de mi alma resta.

domingo, 20 de octubre de 2013

Vieja

VIEJA

Te llamaré vieja en los próximos versos,
con el cariño de un hijo a su madre,
sin el respeto de un joven a su mayor,
y sin llamarte todavía por tu nombre,
porque aún no me he ganado tu favor.

Vieja, somos como dos desconocidos,
aunque tú siempre me viste rondarte
buscando un instante de tu atención,
ahora peinas tus canas como olvidos
como suspirando por un perdido amor.

Vieja, nunca seremos entendidos,
tú eras el fuego, la mar o el viento,
me abrasas, me derivas, me estremeces,
yo el ciego, la lágrima o las hojas secas,
te entrego mis cenizas, mi sal, mi aliento.

Vieja, te duermes en tantos rincones,
desvelas noches, despierta amaneces,
escondidos bajo la piel de un soñador,
para encontrarte desgarro las pasiones, 
en tu busca me abandono a mi interior.

Vieja, tú que acunaste las estaciones,
se embriagó de tu pecho la primavera
incendiaste los veranos con tu calor,
y aquel otoño aún llora tu melancolía,
cuando el invierno muere en tu honor.

Vieja, no estés tan triste, vieja mía,
aunque mi palabra sea perecedera,
lejos queden tus alegres lozanías,
tú serás madre eterna y verdadera,
… al final lo lograste, te llamé poesía.


IIIer Premio en Certamen Poético Grupo NUMEN


viernes, 16 de agosto de 2013

Calcetines




Érase una vez una joven inquieta a la que le encantaba caminar. No podía parar quieta, siempre estaba de aquí para allá. Pero siempre tenía que recorrer un difícil camino en comparación a los demás. Le costaba llegar el doble a su destino, y eso frecuentemente la hacía entristecer. Sin embargo, con las primeras luces del amanecer, seguía hacia adelante, sin miedo a hacerse daño o caer.

 Entonces llegó un grave problema. Y es que, al ser tan arduos los caminos, su calzado se rompía y sus calcetines, ¡oh, pobres calcetines!, terminaban llenos de agujeros. Se hacía polvo los pies. Pero ésta era su vida, no conocía otra mejor. Hasta que llegó un buen día, en el que se le planteó una solución.

Un apuesto caballero, a lomos de un blanco corcel, se acercó hasta ella al verla cojear y le ofreció su ayuda mientras la intentaba cortejar:

- Ven conmigo, sube a mi caballo, y ya no tendrás que caminar más. Yo te llevaré a cualquier lugar, y tus pies no volverán a sufrir.

 La muchacha se montó en el caballo y se dejó llevar. Al principio, era todo maravilloso, ¡menuda comodidad! Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero por los agujeros del calcetín, le entraba un frío difícil de soportar. Así que antes de un amanecer, decidió bajarse del caballo y seguir a pie, hasta otro buen día, en el que se le planteo otra oportunidad.

Un gentil mercader, montado en un lujoso carromato, se dirigió hasta ella al verla tiritar y le ofreció su ayuda mientras la intentaba fascinar:

 - Toma mi mano, sube en mi carromato y no volverás a pasar frío jamás. A donde quiera que desees caminar, pondremos rumbo sin que tus pies lo tengan que lamentar. Yo tocaré mi laúd  para ti y tú me escucharás. No necesitarás hacer nada más.

La muchacha subió en el carromato y se sentó sobre un confortable cojín, mientras no tenía que hacer nada más que escuchar melodías de juglar y ver el paisaje desde la diligencia pasar. Empezó siendo muy hermoso y agradable, ¡vaya diferencia!

Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero se sentía atrapada y asfixiada, siempre estaba encerrada. Así que antes de un amanecer, decidió salir del carromato y seguir a pie.

Caminaba y caminaba, y hacía lo que le daba la gana. Y le seguían doliendo mucho los pies, pero no le importaba, porque ésta era su vida, y quería otra distinta. Hasta que llegó un día, ni bueno ni malo, en el que observó que a no mucha distancia, también en su camino, había un joven que lo recorría a pie. Caminaba lento, pero sin vacilar, disfrutando de cuanto le rodeaba, sin mirar ni demasiado hacia adelante, ni nunca hacia atrás.

Fue entonces cuando la joven se le acercó y empezaron a hablar sin más. Horas y horas de conversación, hasta que él, que la veía cojear y temblar, se decidió y le preguntó. Ella le contó su historia, la del apuesto caballero, del gentil mercader y muchas otras cosas que ahora no son menester. Días y días de caminar, hasta que ella, que le veía caminar y escuchar, se decidió y se lo contó.

- Sé que siempre tengo que recorrer un difícil camino en comparación a los demás, sé que me cuesta llegar el doble a mi destino; pero es mi vida y no quiero otra distinta.

Y esto fue lo que le respondió:

- Así es lo que quieres, y así es como te quiero yo. Por eso lo único que haré es caminar a tu lado y cuando se te rompa un calcetín...

                                 

... siempre traeré otro para ti.

lunes, 5 de agosto de 2013

La niña de los ojos grandes


Había una niña que era realmente especial. No especial como dicen a la gente rara, era más bien singular de tal manera que la gente convencional, muchas veces pensaban que era extraña, antisocial, apática.

No era así. Sencillamente veía, no así como la gran mayoría de seres humanos, que estaban ciegos, parcial o totalmente. Ella veía todo con claridad, con sus grandes ojos escrutando cada cara, cada situación. Ella se preguntaba con avidez de responderse por cosas que esa gente que la tachaba de bicho raro jamás ni siquiera se paraba a pensar. Verdades a medias que la gente olvidaba u obviaba. Claras para ella.

Estiraba de la manga de la camisa de su madre. Ella bajaba la mirada. Y la veía mirando fijamente.
- Mamá, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás triste?
La mujer, cansada de trabajar, de soportar la vida y su rutina, ni siquiera era consciente de estar triste. Vivía y malvivía al mismo nivel de manera que los días pasaban y las cosas habían dejado de brillar y de importar más que por la misma inercia de la existencia. Nadie se habría dado cuenta de que estaba triste. Pero la niña de los ojos grandes sí lo sabía. Porque miraba. Porque comprendía más observando que decenas de miles de personas pensando que pensaban.



- Hija, no estoy triste. ¿Por qué dices esas cosas?- respondió la mujer con la misma inercia que vivía sus días.

- Sí que estás triste. Estás cansada. Hay veces que no, ¿sabes? Hay veces que sonríes, y sonríes de verdad. Pero no ahora. Casi nunca. ¿Por qué estás triste? ¿Por qué estás cansada?

La mujer, quizás porque en el fondo de las palabras de su hija sí veía el porqué y la realidad que esquivaba, se molestó.

- Ay, de verdad, siempre estás igual. Vale, algo cansada estoy. Así es la vida. Esto es vivir.

Y la niña no comprendía. No comprendía que eso fuera vivir. No entendía de ninguna de las maneras que vivir tuviera que conllevar desgastarse y volverse mustio, morir en vida no era vida, era más muerte. Sin embargo, en absurda paradoja eran sus padres y su familia los que pensaban que ella era una niña triste y sombría. No lo era. Vivía con toda intensidad, cada segundo era respuesta de algo, cada minuto entrañaba un nuevo enigma que le inquietaba, que carcomía su curiosidad.
Miraba las estrellas preguntándose cómo brillaban tanto, de dónde venían, porque observaban el mundo cómo ella observaba todas las cosas. Miraba el agua fluir por los grifos, curiosa se preguntaba cómo y de dónde salía, si era un regalo, si estaba siempre ahí. Cogía un dvd, y palpaba la superficie plana, devanándose para averiguar cómo podía caber tanta información ahí dentro. De lo cotidiano y mundano, a lo inexplicable y celestial, siempre se preguntaba. Nunca se aburría.
Amaba de manera sincera como en realidad es la única forma en la que se puede amar. Con sinceridad y dedicación, sin artificios. Ella nunca entendió las formalidades y las tristes convenciones de la gente; ella actuaba como quería actuar, porque era más madura y real que la falsa multitud, que poco o nada podían enseñarle.

Amaba a todo lo que merecía ser amado. Sobre todo a los animales, que representaban para ella lo que los humanos no conseguían representar, sinceridad, transparencia, nobleza y un verdadero porqué a cada una de sus acciones. Era capaz de quedarse embobada durante horas mirando un escarabajo arrastrando una bola de barro, soñando con abrazar un pingüino sólo por ver cómo se movía, acariciar el rostro de un caballo. Sus padres nunca le dejaron tener animales, y era muy frustrante para ella que no comprendía porqué. Estaba segura de que cuando pudiera, tendría mil animales… pero un día se sorprendió teniendo sólo uno y fue la mejor opción posible, porque ese animal era exactamente como ella… pero con pelo y hocico.

La perrita era pequeña, con los ojos enormes y transparentes. Sola en el mundo, un mundo que no la comprendía, que la tachaba de anormal en su retorcida retórica. Abocada a un final desconcertante y oscuro para un ser que entrañaba toda luz posible. La niña de los ojos grandes paseaba por la calle maravillándose con una tela de araña en un poste de luz, por su perfección; por cómo durante miles de años los seres humanos jamás han logrado hacer algo tan simétrico y perfecto cuando se la encontró. En una caja de cartón. Junto a una camada de siete cachorros, cuatro negros, dos con motas por la piel, vitales y alegres. Preciosos. Y entre todos ellos, una pizca de magia brotando en la oscuridad.
La perrita albina sobresalía como una estrella recién nacida, los ojos de la niña la vieron y no podían separarse de ella.


 “Seguro que la comprarán la primera. Es preciosa. Es preciosa. No se puede ser más bonita.”

La niña, con una ristra de sueños y esperanza a sus espaldas, pasaba todos los días por delante de la vieja que exhibía su caja como mercancía, seres vivos en venta, otra terrible verdad de la humanidad. En los días siguientes los cachorros fueron siendo cogidos. Menos ella. Ella no. A ella no la comprendían.

La niña de los ojos grandes sí la comprendía, veía sus débiles movimientos, veía su emergente vitalidad. Su singularidad. Ambas eran singulares. Corrió a su casa y rompió su hucha.

- Me la llevo.- odiaba pagar por ella, jamás se debería pagar por un ser vivo, un ser viviente con anhelos, esperanzas, dolor, amor… ¿qué sentido podía tener? ¿Cómo el resto del mundo no se daba cuenta? ¿Cómo era posible?

- ¿De verdad la quieres? Nadie la ha querido hasta ahora. Iba a deshacerme de ella.
La naturalidad y rugosa voz de la vieja diciendo algo tan asqueroso le lleno de tristeza, de esa tristeza que intentaba esquivar y que los seres humanos le escupían cada día. Hizo acopio de fuerzas.

- Claro que la quiero. ¿Cómo no voy a quererla?- “es preciosa, no cómo tú, vieja desagradable y arrugada.” se atrevió a pensar.

- Cómo quieras. Pero es albina, siempre será una perra enferma, y tendrás que cuidarla. ¿Crees que serás capaz? Yo creo que lo mejor para el animal sería no sufrir.

- Jamás sufrirá. Jamás. Ni un segundo. ¡Desde ya!- la niña cogió la caja y echó a correr, con cuidado y mimo, sabiendo que era imposible que se le cayera al suelo e hiciera daño a la perrita. La horrible vieja hizo ademán de perseguirla pero tropezó y calló de bruces sin tiempo para reaccionar.

Con la libertad de ambas y la certeza de que había hecho lo correcto, la niña corrió y corrió, esperanzada, feliz, completa.

La niña de los ojos grandes nunca mentía. Lo que decía lo hacía. Y estaba segura como de que el sol saldría a la mañana siguiente, la perrita no sufriría. Sería el centro del universo como debía de ser, como merecía.

Así fue. La perrita fue la prolongación de la niña, y la niña la prolongación de la perrita. Al principio la escondió de sus padres, pero le fue imposible, y su padre, hombre que apenas pasaba dos horas al día en su casa, quiso devolverla. Pero el hombre le quería más que nada en el mundo, y se vio incapaz de quebrantar los sueños de la niña como haría si no aceptaba a la perrita en la casa. Así que tras mucho esfuerzo, apechugó y fue una más en la familia.

La existencia de la niña fue mucho más feliz, aunque la gente seguía pensando que era una niña triste y que su perrita era una perra extraña. Dos seres singulares conviviendo en harmonía y simbiosis.

Un día la niña paseaba por la calle de camino de vuelta del colegio. Un gato asomó por debajo de un coche.

- ¡Hola guapo!- la niña se agachó y se acercó al felino. Éste se acercó con suavidad y con ternura pasó el lomo por debajo de su mano, queriendo y buscando el amor que la sociedad le había devuelto en forma de abandono y frío. Muchos gatos estaban tan escarmentados con la gente que nada más ver a uno de ellos, huían como alma que llevaba el diablo. Este gatito era joven y todavía no había aprendido de la maldad de los humanos.

Caminaron juntos un buen rato, el gato de vez en cuando se paraba y le hacía una carantoña, y la niña de los grandes ojos se derretía.

Ella perdió la noción del tiempo  y del espacio, y siguiendo al gato mientras jugaban se fue de su barrió, y se adentró por una parte de la ciudad que no conocía.
Se encontró con un grupo de niños, preadolescentes un par de años mayores que ella.

- ¿Habéis visto ese gato? Es feo el jodido.
- Buah, es más fea y rara la niña que va con él. ¿Qué pasa bicho raro?
La niña de los ojos grandes se asustó, más que por ella, que en parte también, por el gato.

- ¡Dejadnos en paz! ¡No os hemos hecho nada!

El niño cobarde apenas llevaba tres meses viviendo en la ciudad. Sus padres se mudaban una y otra vez, y no conseguía hacer amigos. No habría sido mal chaval. Sólo era cobarde. Desaliñado y ausente, sólo quería ser aceptado, equivocándose una y otra vez. No conocía a esos chicos más que de unas semanas. Eran los malotes de la clase, él no, pero no sabía cómo integrarse. Los primeros dos meses le hicieron perrerías constantemente, hasta que decidió ser uno de ellos, y se metió con alguien que era más débil incluso. Era un niño cobarde.
Porque tanto la niña como el gato le parecían preciosos. Pero era incapaz de intervenir.

- Joder, claro que nos habéis hecho. Es un gato apestoso y tú eres una niñita puta.- el más grande de todos cogió una piedra. El gato era demasiado pequeño e ingenuo todavía. – Y os merecéis ser más feos todavía.- lanzó la piedra con la destreza de quién había hecho y cometido crueldades tan a menudo, que golpear a un indefenso animal era un deporte que no entrañaba ningún secreto.

El proyectil tomó una trayectoria perfecta e impactó en el rostro del animal. La niña de los ojos grandes contempló horrorizada como estallaba un globo de sangre en la cara del felino, que atontado y dejando un reguero carmesí  tras de él, maullando dolor, salió disparado. Todos los niños menos el niño cobarde rompieron a reír de manera grotesca.

 - ¡No! ¡No! ¡No!- la niña sintió una rabia tan grande como nunca sintió, como casi nunca sentiría. Un odio basado en la razón sin  lugar a ningún género de dudas. En una razón que combatía desesperadamente en una batalla perdida contra la crueldad, incomprensible entre tantas cosas que trataba de comprender.  La más incomprensible de todas. En ese momento, ella habría sido tan despiadada y vengativa o más que el chaval. Cogió la piedra y la lanzó contra el desgraciado chiquillo, pero a pesar de su rabia y de su odio, la fuerza no estaba con ella y cayó al lado de sus sucios zapatos.

Eso les hizo reír aún más.

“Oh no, el gato. Está herido, se ha ido corriendo. Tengo que encontrarlo.” Intentando priorizar y olvidar a los estúpidos niños corrió calle abajo siguiendo a la desazón el rastro de sangre para encontrar al animal e intentar ayudarlo como no sabía ni cómo le ayudaría pero deseándolo a pleno pulmón.

- ¿Habéis visto a la niñata cómo corre? ¡Dios es que le he dado en todos los morros!
Todos los niños seguían riendo salvo el niño cobarde.

- ¿Es que no te hace gracia, payaso?- le espetó el líder de la banda.

Una extraña mueca atravesó su cara y todas sus facciones. No sentía más que asco y lástima por todo lo que había sucedido, pero era un niño cobarde y más miedo tenía que rebeldía.

- Claro, claro. Joder ha sido genial. Vaya hostia le has dado en toda la jeta.- se sintió tan repugnante que estuvo a punto de vomitar ahí mismo.- Bueno tíos, me voy a casa ya que me estarán esperando para cenar.- intentando no mirarles a la cara mientras se daba la vuelta y se despedía para que no vieran la mentira mal disimulada se marchó en dirección contraria hacia donde habían corrido el gato y la niña, para girar en la manzana inmediatamente posterior y correr tras ellos. Se sentía el peor ser de la creación. Era un cobarde, pero no era mala persona. Quería encontrar a la niña y ayudarles.

Pero la niña corría y corría y no encontraba al gato, el rastro de sangre se difuminaba y la humedad, la suciedad y los charcos de la ciudad lo empapaban todo de tal manera que era imposible no confundirlos y confundirse.  La oscuridad la devoraba. Sintió miedo en toda la extensión de la palabra, y lo curioso es que la gran mayor parte del miedo, era por la seguridad del gato y por su destino; aunque de alguna manera empezaba también a temer por ella misma, más lejos de lo que nunca había estado en soledad de su casa, en un entorno hostil y casi violento, violentada ella por lo sucedido, alterada, nerviosa. Apenas pensaba, sólo oía los latidos de su corazón desbocado que quería escapársele por la boca abriéndose paso entre su garganta.
Una niña ahora sí, triste y asustada, con sus enormes ojos repletos de un mar incontenible de lágrimas.
 

Lo había perdido. No lo encontraría. Moriría. No podría salvarlo. Estaba perdida. Estaba perdido. Todo estaba perdido
Un coche se paró justo al lado de ella, que se había sentado ensuciándose el vestido, con la mirada
perdida contra el suelo. La ventanilla se bajó.
- ¿Hola? ¿Pero qué haces aquí tú sola?- entre la marisma de pensamientos que le golpeaban el cráneo, oyó la voz que provenía del coche. Le era familiar. Era un amigo de sus padres, había ido varias veces a cenar a su casa. Uno de tantos que la miraban como se mira a algo triste y extraño. Era profesor en la escuela del centro de la ciudad.
- Yo… yo… yo… - las lágrimas y la congestión le impedían hablar, el peso sobre su conciencia se aglutinaba en su garganta y era casi incapaz de articular palabra.

El hombre se sintió realmente conmovido.

- Pero, ¿qué sucede? ¿qué pasa? Anda sube, que estarás muerta de frío, y tus padres estarán preocupadísimos.

- No… no lo entiendes. Lo he perdido. No lo encuentro. Ha sido culpa mía. Yo lo traje hasta aquí. Y le hicieron daño… y no he podido salvarle. – se derrumbó por completo por primera vez en su vida y rompió a llorar de manera tan desconsolada como sólo se llora por el más noble y certero de los motivos.

El hombre bajó del coche y cogió a la chiquilla en brazos que no se resistió, derrotada y marchita. Había tenido mucha suerte de encontrarse con él.

En ese preciso instante, el niño cobarde que estaba buscando al gato y a la niña, la vio subirse al coche. Conocía a ese hombre, era su profesor de historia, el mejor y más amable de los profesores que tenía. Vio como el coche arrancaba y se iba lejos de él.
Se sentía un despojo, un desperdicio, una inmundicia.
Él podía haber sido valiente. Pero fue cobarde, y en parte permitió que todo eso sucediera. El mundo estaba podrido, ¿él también lo estaba?

Esta vez no lo estaría. Encontraría a ese gato. Lo encontraría.

A las diez y media de la mañana, Horacio impartía su primera clase de la mañana. Todavía andaba preguntándose cómo esa niña había llegado hasta allí, y qué había sucedido para que anduviera triste y sola por las calles de la ciudad, qué había perdido, qué le reconcomía.

Con absoluta profesionalidad, impartió su clase olvidando ese misterio con la pasión que le caracterizaba; adoraba su trabajo, y vivía en la esperanza de lograr inculcar ciertas ideas en chiquillos que verdaderamente, no poseían ninguna. En realidad, con llegar a uno de entre sus treinta alumnos le era suficiente.

El niño cobarde no era un buen estudiante. No era un muchacho estúpido, pero era demasiado distraído y torpe. Sin embargo, probablemente era ése chaval, el único de los treinta al que realmente Horacio conseguía llegar y despertar su conciencia. Cuando sonó la sirena, Horacio tenía cierta prisa y recogió sus cosas rápidamente. Pero el niño cobarde se acercó. A Horacio le sorprendió que tuviera los brazos llenos de arañazos.

- Profesor… me gustaría hablar con  usted.

- Te tengo dicho que me llames de tú, hombre. ¿Qué sucede? No voy muy bien de tiempo. ¿Y qué te ha pasado en los brazos?

- Escuche… escucha. Eso no importa ahora. Te vi ayer recoger a esa niña en la ciudad. ¿Es tu hija?

- ¿Me viste? No, no es mi hija, es la hija de unos amigos. ¿Sabes qué hacía allí sola? ¿Qué le sucedía?

- Sí. Los sé perfectamente. Sé qué había perdido. Sé por qué se sentía así. Si me dice dónde vive, le devolveré lo que había perdido.

- Bueno, dámelo a mí y yo iré.

- Profesor…  me gustaría hacerlo a mí. En parte yo soy culpable de lo que le sucedió.

- Vamos, ¿a qué te refieres? Tú eres un buen chaval. ¿Por qué harías llorar a una niña?

“Porque soy un cobarde.”
pensó.

- Porque no hice nada por ayudarla. Pero ahora quiero remediarlo. Si me dijeras dónde vive…

Horacio conocía al muchacho, y sabía que era trigo limpio. Veía sus desesperados intentos por integrarse con chicos que valían un millón de veces menos que él. Decidió confiar.

- Está bien. Esta tarde te recogeré y te llevaré a verla. No vive precisamente cerca.

El chaval hasta se ruborizó, como si hubiera encontrado las piezas de un complicado puzle  y estuviera sorprendido de poder encajarlas.

- Muchas gracias. Muchas gracias.- sonrió con sinceridad casi por primera vez desde que estaba en la ciudad.

La niña no había podido dormir. Siempre se había hecho preguntas que la mantenían inquieta por la noche, pero sobre todo desde que tenía a su perra a su lado, le bastaba con abrazarla y conciliar el sueño. Esa noche ni siquiera eso fue suficiente para apaciguarla, nadando en el mar de dudas y de culpa en el que se ahogaba. En clase en el colegio fue más esquiva  incluso que de costumbre, y por primera vez, la tristeza que la gente creía ver en ella era palpable y real, terrible, y a flor de piel.

Sonó el timbre.

- ¡Horacio!- escuchó decir a su madre. -¡Qué sorpresa! Gracias de nuevo por lo de anoche, jamás podremos agradecértelo del todo. Cuidaremos de que la niña no vuelva a meterse en problemas.

- Fue un placer, no te preocupes. Escucha, he traído a este chaval. Es un alumno mío del colegio y le gustaría hablar con tu hija.

Tocaron a su puerta.

- Hija, este chico quiere hablar contigo.- dijo la madre que estaba muy contenta de que la chiquilla sociabilizara e hiciera amigos.

- No quiero ver a nadie. Déjame en paz.

Por desgracia  para ella, su habitación no tenía nada parecido a un pestillo.

- Anda, no seas boba y juega con él un rato mientras me tomo un café con Horacio.

La niña estuvo a punto de gritar a todos que se fueran y que la dejaran sola de una maldita vez… pero al abrirse la puerta vio la cesta. La llevaba el niño, una cesta para gatos.
Vio al niño. Le odió instantáneamente al reconocerlo como uno de los desgraciados que se rieron de ella y asistieron a lo sucedido. Pero volvió a mirar la cesta.

Horacio y la madre les dejaron solos.

- ¿Qué haces aquí?- sólo preguntó sin apartar sus enormes ojos del trasportín y su posible contenido.

- Hola… - el niño cobarde era un niño cobarde y muy tímido. Bajó la mirada mirándose los pies y dándose cuenta de lo sucios que tenía los zapatos.

- ¿Qué heces aquí?- volvió a repetir la niña de los ojos grandes.


- Yo… yo… anoche vi lo que pasó. Yo… yo quería ayudarte … pero tuve miedo.

- No es excusa. Eres igual que ellos. Igual que el que tiró la piedra.

- Puede ser… puede ser… pero luego lo busqué. Estuve dos horas buscándole… no lo encontraba… me llevé una bronca muy gorda de mis padres  pero…

-… ¿pero lo encontraste?- una mecha encendió de golpe el brillo de sus ojos, un interruptor automático transformando tristeza en esperanza en una milésima de segundo.

- Sí… lo encontré. Mis padres me ayudaron a curarlo.- lo sacó del trasportín. La perrita que estaba durmiendo, se despertó de sopetón, lo miró fijamente, alzó las orejas, introdujo su rabo entre las piernas, y se fue al rincón más apartado de la habitación para esconderse. No llevaba bien las visitas extrañas, y era el primer gato que veía en su vida.

El minino estaba confuso y puede que todavía atontado por el golpe. La niña de los ojos grandes lo miró extasiada y feliz. La piedra habría abierto una brecha en el entrecejo, pero estaba más o menos curada, y mirándolo de manera optimista, dentro de lo que cabe había tenido suerte, porque unos centímetros más a la izquierda, y le habría dejado tuerto. No había sido así. Se sorprendió de ver que además de la herida de la frente, tenía   el cuello con una herida circular.

- Hala. ¿Qué le ha pasado en el cuello?

El niño cobarde se ruborizó más incluso.

- Yo… no se dejaba coger y le até un cordel al cuello y estiré de él…

La rabia que había desaparecido del rostro de la niña volvió multiplicada por un millón.

- Pero… pero… ¿Tú eres tonto o qué? ¿Querías ayudarlo o hacerle más daño? Qué chaval.

- No sabía qué hacer. Lo siento.
Perdóname.

- ¡Pero sí que eres tonto! A mí no tienes que pedirme perdón. Te has portado mal con él.

El niño quedó un poco confuso. Según su manera de ver las cosas, había ayudado al gato aunque le hubiera hecho daño, la recompensa había sido mayor. No podía comprender el mundo tan maravillosamente blanco y negro en el que vivía la niña: no se podía ser pragmático con un ser vivo. Si había que salvarlo, se le salvaba bien. Que hubiera pedido ayuda.

A pesar de parecerle verdaderamente tonto, la niña vio al gato a salvo y volvió a sonreír.

- ¿Y qué vas a hacer con él? Ahora no lo soltarás, ¿no?

- No.- sonrió él también. – Nos lo vamos a quedar. Se llama Lobezno.

- ¿Lobezno? Si es un gato. ¿Qué nombre tonto es ése? ¿Y te lo vas a quedar tú? ¿Seguro que no le vas a hacer daño otra vez aunque sea sin querer?

- Oye, Lobezno es un nombre que mola un montón. El de los X-Men. El de las garras. Porque no veas cómo araña… y sí lo voy a cuidar mucho.

- ¿Seguro?

- Seguro.

- ¿Seguro?

- Seguro.

- ¿Seguro?

- Seguro…

- ¿Seguro?

- ¡Que sí!

La niña de los ojos grandes volcó su mirada sobre el niño.  Inevitable y descomunal. Incluso con   once años había aprendido a las malas que la gente no era de fiar. Que las promesas casi nunca valían nada. Que no valía la pena prometer,  y mucho menos creer. Sin embargo, con esa mirada aplastando al niño cobarde, preguntó:


-¿Me lo prometes?

Éste se asustó. Era obvio que era muy asustadizo y que tenía verdadera facilidad para asustarse. Pero este miedo era tan real, miedo a la decepción, a volver a fracasar. Miedo absoluto que le helaba las venas.


- Te lo… te lo… te lo prometo.

La niña hizo acopio de la poquitísima fe que tenía en la gente, cerró los ojos y decidió creerle.

El niño cobarde y Lobezno abandonaron la casa, y era un niño un poquito menos cobarde.
Pero todavía le quedaba mucho por aprender. Muchísimos fracasos, muchísimos miedos, tanto odio y rencor.

Ésa fue la primera vez que vio a la niña de los ojos grandes.

Miró la fachada de la casa. Se quedó pensativo. Confuso, porque curiosamente era la primera persona que había entendido a la niña aunque ni siquiera fuera consciente de que la entendía.
Emprendió camino convencido de que sólo quería conocerla más, saber de ella, conocer su mundo, tan mágico y especial como único, peculiar y absolutamente maravilloso.

Mientras, a pesar de que la niña tampoco comprendía al niño cobarde, cerró los ojos y bailó por la habitación. La perra salió de su escondrijo y se unió al baile.

El mundo, después de mucho tiempo, por unos instantes, fue sencillo.

Fue de la niña. Fue del niño.


Fue tal y como tenía que ser.




Todos las ilustraciones de la niña y la perrita son obra del gran Jorge Tresáncoras, http://lagaleriadetresancoras.blogspot.com.es/


Gracias también a la verdadera, única y genial niña de los ojos grandes.