Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.
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lunes, 24 de diciembre de 2018

El Intronauta

Año 2018. 23 de diciembre. 4:45 de la madrugada.

Era otra noche cualquiera de insomnio. Hacía unas horas que había leído un mantra: “Quien mira hacia afuera sueña; quien mira hacia adentro despierta”. No necesitaba más razones para volver a intentar dormirse. Así que encendió la lámpara de su escritorio y empezó a escribirle a esa mortecina luz que alumbraba, y que paradójicamente se parecía a la inspiración que sentía. No estaba del todo iluminado, pero no lo necesitaba para brillar dentro de su propia habitación. Nadie más le vería. Abrió el portátil, como aquel que abre el arcón de un tesoro y se lo encuentra vacío, y empezó a escribir.

Era uno de esos hombres de letras que escribía para esconder sus lágrimas cuando estaba triste o su sonrisa estúpida cuando sus escritos le enamoraban más que a sus lectores. Era una de esas personas que necesitaba ponerle nombre a las cosas, antes de las cosas le terminaran poniendo nombre a él mismo. Se han dado casos de escritores que han sido encerrados por sus propias palabras, y nunca jamás pudieron salir de ellas. No iba a permitir que eso le ocurriera. Pero tenía miedo. Temía quedarse sin sueños, sólo en palabras, ya que pasaba demasiado tiempo despierto, mirando hacia adentro. Y por si fuera poco, no estaba solo. Había una Ella.

Era una de esas mujeres de palabra a la que un escritor podía encadenarse como si no hubiera nada digno de escribirse más allá de lo que ella significaba. Era una de esas personas que sólo tenía que sonreír para hacer mejores los poemas. Los que aún no existían pero existirían, aunque supiera que no iban a ser siempre los suyos. Pero no era un buen lugar para encerrarse. No lo era, porque ella sólo tenía sentido cuando se escapaba. Y a Ella la encontraba cuando miraba de soslayo hacia adentro, pero tenía la mirada puesta lejos, mucho más lejos que en el afuera. Viajaba. Ella estaba despierta, y aun así soñaba.

“Entonces ya sé lo que soy yo”, escribí.

Soy un intronauta. Camino mirando al cielo, pero sin dar un paso, y ya no recuerdo lo que es el horizonte. Viajo hacia adentro de mí mismo. Voy de día en día, como de estación en estación, en el tren de mi cuerpo, asomado a las calles y a las plazas, a los gestos y a los rostros, siempre iguales y siempre diferentes. Si te escribo, viajo. Si te imagino, viajo. Si tú viajas, viajo. ¿Pero viajo de verdad? Todo viaje es un viaje hacia uno mismo, vayas a donde vayas, estés donde estés. Pero para viajar hay que ir, hay que estar. Viajar es tener tu propio mantra: “Quien mira hacia adentro sueña, con poder mirar hacia afuera y despertar.”

Viajar es no tener cadenas.

Nunca pensé que las tuviera, hasta este año 2018, un 23 de diciembre, a las 4.45 de la madrugada.

Guarda tú estas cadenas rotas.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Hombres que no saben aullar

Érase una vez un joven que no podía conciliar el sueño, porque durante las noches no hacía más que inventar historias. Pero un día su vida cambió, cuando conoció a una mujer, de la que no sólo se enamoró perdidamente, sino a la que también le contaba todas esas historias. Esto era un gran alivio para él. Sin embargo, ella era una Mujer Salvaje, y sólo tenía sentido cuando era libre y podía hacer su voluntad. Al principio, todas las noches, ambos yacían juntos, mientras él le contaba cuentos y ella se adormecía entre sus brazos. Pero entonces empezaron a aullar los lobos, y cuando eso ocurría, ella desaparecía y él se quedaba solo.

 El joven se sentía muy desdichado, porque temía que algún día la Mujer Salvaje no regresara a su lado cuando hacía caso a esos aullidos. Por eso, lo único que se le ocurrió fue inventar todavía más cuentos, más historias, para intentar retenerla, como si pudiera encerrarla entre palabras. Y esta no fue la solución. Trató de aprender a aullar, y no lo hacía mal. Tenía espíritu de lobo. Pero esa no esa su verdadera naturaleza. Y cuando se ama a alguien, no se debe luchar contra uno mismo. Él lo comprendió deprisa. Comenzó a aprender. No podía ser siempre él quien le contara esos cuentos, esas historias. Tenía que ser ella, la Mujer Salvaje, la que lo eligiera a él para contárselas o la que se marchara con los aullidos cuando deseara y con quien quisiera.

 Nadie supo que fue de estos dos enamorados, pero se dice que él aún sigue escribiendo historias para ella...


 ... aunque ella se marchó hace tiempo a correr libre con los lobos.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Jaulas

"Ni tú has nacido para vivir enjaulada, ni yo para tener todas las llaves..."


No quiero que me digan "tu chica". Ni "tu pareja". Ni "tu amor". No es mi propiedad, no la he comprado, no la retengo en una jaula. Ella y yo, caminamos un camino distinto, con un origen distinto, con un destino distinto, aunque es bien cierto que, en ocasiones, cuando nos da la gana, nos encontramos. Y puede que yo la acorrale contra el colchón de la cama. Y puede que yo la señale para decirle que la he vuelto a elegir. Entonces le puedo susurrar al oído: 'amor mío'. Entonces le puedo decir con la mirada: 'tuyo es mi corazón'. Pero todo esto es una ficción.

Llega un instante, por fortuna, en el que alguno de los dos, -generalmente ella, porque yo soy hijo único y nunca aprendí de verdad lo que es compartir- se escapa, se esconde, se difumina. La distancia se abre entre los dos, pero es una distancia que siempre estuvo ahí, que siempre estuvo abierta. Y me vuelvo a dar cuenta otra vez. Vuelvo a pensar que lo que nos hace estar verdaderamente enamorados no es compartir siempre el mismo lugar. Sino tener la misma distancia, y elegir cuando queremos recorrerla para acortarla o para ampliarla.


Y entonces me quedo observando la curva que se dibuja en su costado, que es el origen y el fin de todos esos caminos que algún día quise recorrer, y me siento dichoso de haber sentido esa ficción de haberla poseído alguna vez. Me doy cuenta que es como un pajarillo que, en cualquier momento, podría echar a volar.

Y es por eso que no me acostumbro a decir 'mi chica', 'mi pareja', 'mi amor'.. No quiero poseerla por completo: me gusta pensar que todo puede pasar, que cualquier día, igual abro la puerta y descubro que se ha largado para siempre por la ventana.

Eso me aterroriza.

Pero también me encanta.
Pero también me hace sentir bien, 
jodidamente bien.


Y es por eso que ojalá la persona a la que amo jamás sea mía.
Porque aunque la pueda tener a ratos,
como la quiero siempre
es libre.

viernes, 18 de abril de 2014

Lección de música

- Es ella – musité mientras mis ojos no podían desprenderse de su estuche. 


 Era madera, de color oscuro, diría que morena, y aunque apenas me atreví a tocarla, sabía que era suave como esa clase de terciopelo inolvidable que se queda grabado en la piel. Pero sabía que no era el momento de abrirlo, todavía no. Recorrí su superficie durante interminables minutos, con la prudencia de los que quieren hacer las cosas bien, que se peleaba con la curiosidad de aquellos que no se contentan con las apariencias. La dejé marchar de mi lado, y sin embargo, estaba anclada en mi interior. 

Pasaron las horas y regresó. Cada vez me gustaba más ese estuche de roble macizo que tenía ante mí y cada vez sentía un afán mayor por descubrir lo que había dentro. Tuve que contenerme, reprimir un ardiente deseo que se avivaba cuanto más lo contemplaba. Hasta que sucedió. Una noche se colmó mi paciencia con una última gota de pasión y decidí destapar ligeramente la cubierta. Entonces la vi y lo supe. Quería aprender a tocarla. Mis manos existían para interpretar ese instrumento. Mi corazón anhelaba sentir la música que podía tocar con ese contrabajo. Y sabíamos que nos habíamos elegido, ‘parasiempre’ o ‘nuncajamás’, no podríamos decir por cuanto, sino hasta que quisiéramos. 

 - Hoy es siempre, todavía. – le susurré al contrabajo, cuyo estuche aún seguía entreabierto. 

Ocurre que cuando alguien se apasiona tanto por algo, se puede precipitar en un apremio en el que caen los que carecen de la paciencia suficiente para recorrer los caminos al mismo son que sus sentimientos. Y eso fue precisamente lo que pasó, cuando intenté abrir el estuche durante un atardecer, frente a un mar azorado por el viento. Las bisagras chirriaron con tanta estridencia que pensé que había quebrado el estuche. Quería comenzar a aprender a tocar mi contrabajo cuanto antes, pero había que respetar los tiempos que exige el buen aprendizaje. 

Así fue como comencé a aprender. A compartir confidencias y complicidades, incertidumbres y ausencias, y en cada amanecer que vivíamos, el estuche se abría un poco más, sin prisas, siguiendo el orden natural de las cosas. Hasta que, tras incontables despertares, se abrió por completo y pude tomarla entre mis brazos. De verdad. Nunca antes había sentido una sensación de plenitud tan intensa, como cuando empecé a tocar las primeras notas que nacían de esas tersas cuerdas. Era un sonido lento, puede que incluso torpe, pero sabía y sentía que pronto se convertiría en la música más bella que podría desear mi alma. Por lo que desde ese instante me conjuré para practicar cada día. 

Y la música fluyó, como fluyen las cosas que no necesitan explicación, en una armonía tan apasionada, que el entusiasmo nos llevó a descubrir las notas de esas canciones que siempre habíamos querido tocar. Ella había dejado de ser un instrumento, en realidad, nunca lo había sido. Por eso no era mía, sino de sí misma, tanto como podía serlo yo. Y cuando mi brazo la tomaba por la espalda, por el mango, apoyaba sus clavijas sobre mi piel hasta el dulce adormecimiento, mientras mis dedos aferraban el arco que arrancaba de esas cuerdas arpegios que más bien parecían gemidos del placer más intenso. En nuestro arrebato, era como una explosión, un estallido de sonidos, que terminaba por extraer notas casi perfectas de nuestros corazones, hasta que culminábamos en un éxtasis que nos dejaba exhaustos. Hasta el siguiente amanecer, en el que volvía a practicar con ella. Nunca era suficiente, no quería hacerlo tan sólo bien. 

- Siempre querré que sea mejor. – le revelé al contrabajo, después de haber estado acariciándolo durante horas. 

Sin embargo, todo el que quiere aprender, también ha de asumir el inevitable error. Tan pronto como sonaba una canción prodigiosa, se escapaban algunos acordes desafinados, que dibujaban en el aire el llanto. Incluso melodías completamente discordantes que provocaban decepciones y desencantos. No obstante, de estos inconvenientes se podía extraer la más útil de las lecciones, y después de asumir cada error, retomaba la música con esa vehemencia que insufla un enamorado corazón. Y quizá aquí estuvo mi equivocación. Pues aquel que aprende, que desea hacerlo mejor, irremediablemente, casi en su inconsciente, desea alcanzar la perfección; uno de esos anhelos imposibles con el que el ser humano siempre choca. 

Y un amanecer cualquiera, en el que la música era impecable, en el que las canciones sonaban con más o menos ilusión o más o menos melancolía, así como querían, llegó la fatalidad que implica la exigencia. No satisfecho con esas melodías que conseguía, por las que ambos nos amábamos, quise emprender un esfuerzo mayor, para no caer en el abismo de la rutina y la repetición. Por ello, la desorientación me despertó y percutí en las cuerdas con fiereza, y las dudas me asaltaron cuando el cordal empezó a restallar. 

En lugar de detenerme y asumir que no podría alcanzar ese ficticio virtuosismo, continué tocando, hasta que dejé de ser ese músico enamorado de su contrabajo, para convertirme en un ser obcecado por el miedo de no estar a la altura de sus sentimientos. Y una cuerda se rompió y la música cesó, por completo. Abatido y enojado, separé mis manos de ella y me marché avergonzado, sin saber qué ni por qué había ocurrido. Entonces lo supe y se lo dije. - Había buscado una canción que no quería, una canción que no existía, cuando ya habíamos encontrado nuestra melodía. Cerré el estuche de mi contrabajo y me marché, quién sabe si hasta el próximo amanecer o hasta que nos encuentre la luna llena. 

Porque ella se merecía nuestra canción cada día. 

Y yo quería aprender a tocarla.

viernes, 16 de agosto de 2013

Calcetines




Érase una vez una joven inquieta a la que le encantaba caminar. No podía parar quieta, siempre estaba de aquí para allá. Pero siempre tenía que recorrer un difícil camino en comparación a los demás. Le costaba llegar el doble a su destino, y eso frecuentemente la hacía entristecer. Sin embargo, con las primeras luces del amanecer, seguía hacia adelante, sin miedo a hacerse daño o caer.

 Entonces llegó un grave problema. Y es que, al ser tan arduos los caminos, su calzado se rompía y sus calcetines, ¡oh, pobres calcetines!, terminaban llenos de agujeros. Se hacía polvo los pies. Pero ésta era su vida, no conocía otra mejor. Hasta que llegó un buen día, en el que se le planteó una solución.

Un apuesto caballero, a lomos de un blanco corcel, se acercó hasta ella al verla cojear y le ofreció su ayuda mientras la intentaba cortejar:

- Ven conmigo, sube a mi caballo, y ya no tendrás que caminar más. Yo te llevaré a cualquier lugar, y tus pies no volverán a sufrir.

 La muchacha se montó en el caballo y se dejó llevar. Al principio, era todo maravilloso, ¡menuda comodidad! Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero por los agujeros del calcetín, le entraba un frío difícil de soportar. Así que antes de un amanecer, decidió bajarse del caballo y seguir a pie, hasta otro buen día, en el que se le planteo otra oportunidad.

Un gentil mercader, montado en un lujoso carromato, se dirigió hasta ella al verla tiritar y le ofreció su ayuda mientras la intentaba fascinar:

 - Toma mi mano, sube en mi carromato y no volverás a pasar frío jamás. A donde quiera que desees caminar, pondremos rumbo sin que tus pies lo tengan que lamentar. Yo tocaré mi laúd  para ti y tú me escucharás. No necesitarás hacer nada más.

La muchacha subió en el carromato y se sentó sobre un confortable cojín, mientras no tenía que hacer nada más que escuchar melodías de juglar y ver el paisaje desde la diligencia pasar. Empezó siendo muy hermoso y agradable, ¡vaya diferencia!

Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero se sentía atrapada y asfixiada, siempre estaba encerrada. Así que antes de un amanecer, decidió salir del carromato y seguir a pie.

Caminaba y caminaba, y hacía lo que le daba la gana. Y le seguían doliendo mucho los pies, pero no le importaba, porque ésta era su vida, y quería otra distinta. Hasta que llegó un día, ni bueno ni malo, en el que observó que a no mucha distancia, también en su camino, había un joven que lo recorría a pie. Caminaba lento, pero sin vacilar, disfrutando de cuanto le rodeaba, sin mirar ni demasiado hacia adelante, ni nunca hacia atrás.

Fue entonces cuando la joven se le acercó y empezaron a hablar sin más. Horas y horas de conversación, hasta que él, que la veía cojear y temblar, se decidió y le preguntó. Ella le contó su historia, la del apuesto caballero, del gentil mercader y muchas otras cosas que ahora no son menester. Días y días de caminar, hasta que ella, que le veía caminar y escuchar, se decidió y se lo contó.

- Sé que siempre tengo que recorrer un difícil camino en comparación a los demás, sé que me cuesta llegar el doble a mi destino; pero es mi vida y no quiero otra distinta.

Y esto fue lo que le respondió:

- Así es lo que quieres, y así es como te quiero yo. Por eso lo único que haré es caminar a tu lado y cuando se te rompa un calcetín...

                                 

... siempre traeré otro para ti.

lunes, 20 de mayo de 2013

Ovejas negras


Hubo un tiempo en el que todas las ovejas eran negras. 

Libres y salvajes, no había tapias ni barreras que las detuvieran. No necesitaban perros que las defendieran, ni pastores que las gobernaran. El mundo era suyo, hasta donde alcanzaran sus ojos, hasta donde les llevaran sus patitas. Pastaban lo que deseaban y entre ellas se protegían si alguien les atacaba. Pero la libertad se consigue sólo cuando se persigue. Exige sacrificio y responsabilidad. Y las ovejas comenzaron a acomodarse, perdieron su voluntad y con ella, poco a poco, su color. 

Cada vez había menos ovejas negras. Se veía alguna marrón. Y, al fin, fueron apareciendo las ovejas blancas, tal y como se conocen hoy. Estas ovejas blancas, sin voluntad, sin pasión, en lugar de perseguir su libertad, buscaban un pastor. Alguien que las guiara hacia ricos pastos y les diera protección para poder vivir cómodas y sin esfuerzo. A cambio, tan sólo tenían que darles su lana. También su sumisión. Las ovejas estaban conformes con esta situación. Todas excepto las negras, cuya lana no le servía para nada al pastor.

De esta manera, las ovejas pasaron del negro al blanco. Y las pocas que quedaron negras, fueron vistas como extrañas, incluso malvadas. Despreciadas por el resto, no tenían más remedio que abandonar los rebaños por orden del pastor, y si se resistían, los perros las devorarían sin contemplación. Casi todas desaparecieron. Mientras que cada vez había más blancas, más sumisas y más acomodadas. El pastor tenía mucha lana. Toda la que quisiera. Tanta lana tenía que terminó resultando demasiada. 

Llegó el día en el que el pastor ya no necesitaba tanta lana, y por lo tanto, ya no necesitaba tanta oveja. Los pastos comenzaron a escasear, y los perros comenzaron a morder. Las ovejas blancas no sabían que hacer. Muchas de ellas insistían, y hacían cola en la puerta del pastor, para que las esquilaran aunque fuera por un pasto menor. Estaban acostumbradas a ser guiadas que habían perdido la capacidad para decidir donde pastar por sí mismas. La situación era tan desesperada que algunas ovejas hasta empezaron a perder su lana.


Y así fue como poco a poco, algunas y por necesidad, empezaron a cambiar de color a fuerza de voluntad, al recordar que hubo un tiempo en el que todas eran ovejas negras.

Y tenían libertad.


viernes, 19 de abril de 2013

Cómo arreglar el mundo

Un científico que vivía preocupado con los problemas del mundo estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.

Cierto día su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención. De repente se encontró con una revista en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo:

- Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie.

Entonces calculó que al pequeño le llevaría diez días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.

- Papá, papá, ya lo he hecho, he conseguido terminarlo.

Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería imposible que a su edad hubiera conseguido recomponer un puzzle que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible?, ¿cómo el niño había sido capaz de hacerlo?. De esta manera el padre preguntó con asombro a su hijo:

- Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo has logrado?.

- Papá - respondió el niño-, yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que le di la vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, pues sí sabía como era.




Cuando conseguí arreglar al hombre, di la vuelta a la hoja y vi que ya había arreglado al mundo. 



Fuente: Gabriel García Márquez.

miércoles, 10 de abril de 2013

La Ranita Sorda

Érase una vez una laguna, no tan pequeña como un charco ni tan grande como un estanque, en el que vivía una colonia de ranitas. Croando y saltando, pasaban noche y día. Pero ocurrió que dos de ellas, saltando entre cañas y nenúfares, acabaron cayendo a un profundo agujero. 


 El resto de las ranas, alarmadas, se reunieron alrededor del agujero, y cuando vieron lo profundo que era, le dijeron a las dos ranas que estaban en el fondo, entre gritos y aspavientos, que toda esperanza perdieran, pues jamás lograrían salir. ¡Que se debían dar por muertas!. 


Pero las dos ranas no hicieron caso alguno a estas palabras y continuaron intentando saltar con todas sus fuerzas para lograr salir del profundo agujero. Mientras tanto, desde arriba las otras también insistían en que sus esfuerzos serían en vano. 

 Finalmente, una de las ranas les prestó atención y en el desánimo cayó. Se tendió en el suelo, se puso a croar amargamente y de pena se murió. Pero la otra rana continuó dando saltos, sin hacer caso de los gritos y las señas de la multitud de ranas, que querían que dejara de sufrir y, simplemente, se dispusiera a morir. ¡No tenía sentido seguir luchando!. 


 Y sin embargo la ranita saltó, y saltó, cada vez más fuerte, cada vez más alto, hasta que tras un gran esfuerzo, logró salir del profundo agujero. ¡Qué proeza la de este anfibio!. 


 Cuando salió, el resto de ranas se le acercó y muy sorprendidos le dijeron:

- Nos alegra mucho que hayas logrado salir, a pesar de que gritáramos que te dejaras morir. 

Fue entonces cuando la rana les explicó que era sorda, y que pensó que lo que hacían desde arriba, entre señas, era animarla a esforzarse más y más para que saliera del agujero.

- Siempre es preferible un aspaviento a una palabra de desaliento. 



 Así pues, tened mucho cuidado no sólo con lo decís, ¡sino con lo que escucháis!, y digan lo que os digan, jamás os rindáis.

domingo, 24 de marzo de 2013

Soñadoras y Lunáticos




Cuenta la leyenda que en los días de plenilunio, aquellas y aquellos, soñadoras y lunáticos, que sienten una especial fascinación, una irremediable atracción por la luna llena, pierden el control y el sentido de la concentración. Se sienten mucho menos lúcidos y mucho más inquietos. 

 Pero hay una razón, una única razón que sólo conoce su corazón: desean que la luna llena sea deslumbrante y bella, que con ella no pueda rivalizar ninguna estrella, que luzca en todo su esplendor en el nocturno firmamento y que la noche se convierta en día por un momento. Así que, sin percatarse que lo hacen pero queriendo hacerlo, le regalan a la luna su esplendor, sumiéndose de esta manera en un vacilante estupor.

Por eso, y nada más que por eso, en los días de plenilunio soñadoras y lunáticos son un poco menos brillantes, tan sólo para que en la oscura noche la luna resplandezca con majestuosa grandeza.

Aunque eso implique que algunas y algunos... perdamos un poco la cabeza.

sábado, 23 de febrero de 2013

Despierto


El chico dormía. Dormía, dormía y dormía. Apenas sí se despertaba de vez en cuando, de manera inevitable, porque no había más remedio, porque no hay remedio ni cura permanente a estar despierto salvo la muerte, y morir no quería, no llegaba a ese extremo. Prefería dormir. Porque junto a la somnolencia llega el sueño, porque el sueño y el reposo eran la clave cobarde de su no vida, distinta a la muerte que huía, pero sólo de manera superficial.
Dormía mientras no vivía, y dormía mientras apenas vivía. Dormía de noche, dormía mientras las horas se consumían alrededor. Dormía mientras perdía el tiempo que se escurría y se agotaba cansado como él con cada decisión que no tomaba, con cada vago intento de despertar que nunca llegaba a acometer.

Dormía incluso cuando alguna vez se presentaba la oportunidad de despertar, porque nunca fue valiente, porque nunca le mereció la pena, porque nunca conoció motivo real y determinante para despertar de una vez por todas.

Entre sueño y sueño, dormía. Entre sueño y sueño, soñaba estar despierto. A veces hasta se lo creía. Podía permanecer meses presa de una ensoñación en la que por fin había despertado. Y lo que era más importante, en la que prefería permanecer despierto. Pero sólo era eso, una ensoñación más, más compleja que el resto, intrincada, pero falsa, engañosa, traicionera. Terminaba siempre dándose cuenta, y refugiándose en sí mismo de manera mucho más radical incluso. En consecuencia, seguía durmiendo.

Tomando cada pizca de esperanza para transformarla en irreal sueño, escondido, sombrío, eterno en apariencia y condición. Así no era feliz. Pero tampoco infeliz del todo. Apenas era, subsistía, el tiempo y los sueños se difuminaban, su realidad no era clara, pero transcurría. Fluía sin fluir. Triste manera de acometer la existencia, pero mucho más cómoda que la aterradora e imprevisible realidad.

Habría seguido así año tras año, hasta consumirse del todo. Habría permanecido ajeno a lo importante, a la chispa incandescente. ¿La verdad? Nunca habría despertado. Porque habría hecho falta algo tan absolutamente peculiar, mágico, único y desconcertante para que despertara, que era de locos llegar a imaginar que apareciese.

Pero el mundo está loco. A veces, pocas veces, pero a veces, sucede algo imprevisible. Y sucedió.

Apareció ella.

Ella le despertó. Ella le despertó por fin. No lo hizo queriendo. No pretendía despertarle. Pero le despertó. Y el sueño, por cómodo, por habitable que fuese, se disipó. Casi de golpe, él palpó y habitó la realidad. Junto a ella.

La contempló real, pero compendio de todo lo que soñó que merecía la pena. El sueño en vida dejó de ser triste, fue un soplo de aire fresco. Todo mereció la pena. Supo que debía luchar, se levantó, su cuerpo estaba anquilosado por permanecer tanto tiempo tumbado, pero supo que debía levantarse, y se levantó. Se incorporó. 

El sol casi le tumba. La responsabilidad casi le destruye.

Pero ella estaba allí. Sólo tenía que levantarse y caminar. Y encontrarla. Y abrazarla.

Y participar de un mundo y de una realidad que le eran desconocidos, pero mucho más apetecibles que la apatía en la que estuvo sumergido durante toda su vida.

Efectivamente, ella le estaba esperando. Le miró. Sonrió. Fue tan genial verla sonreir. Él cogió su mano. La apretó fuerte. Sujetándola, se vio asido y seguro. Por fin. Seguro en el mundo real. Dejando los sueños atrás.

Pero mientras caminaban tuvo miedo. Se sintió incapaz. Se supo incapaz. Los dedos se escurrían, y en su espalda, lejos pero todavía cerca, estaba su mundo anterior, su cama, su no vida pasada. Esperándole. Tentadora al fin y al cabo, porque en parte estaba abrumado y era tan sencillo descansar como antes hacía por poco gratificante que fuera...

Pero no podía perderla. No. No. No. En realidad no. En realidad no.

- Prefiero estar despierto. Ahora estoy despierto.- le dijo. Estaba despierto. Vivía. Vivían. Vivirían. Juntos. Despiertos. 

No más sueños, ni perdidos ni encontrados.

Ahora estaba despierto. Volvió a apretar la mano, la notó más fuerte, cada dedo sujetando cada dedo, cada fibra de su ser atada a cada fibra de la suya.

Esta era la realidad. Sería la realidad. Junto a ella, por fin. Despierto.


lunes, 19 de noviembre de 2012

El León y el Ratón


Érase una vez un león, un fiero león, que dormía tranquilo a la sombra de un olivo, y un ratón, un pequeño ratón, comenzó a juguetear por encima de su cuerpo. Entonces el león se despertó y, enfurecido, atrapó entre sus garras al ratón. Y cuando se disponía a devorar al pequeño roedor, éste le suplicó:

- Por favor, señor león, perdóneme la vida y le compensaré cuando tenga ocasión.

El león se rió y lo dejó marchar, pues, a decir verdad, hacía poco que había comido y no tenía hambre en ese momento.

Pasó el tiempo, y estando el león cazando, no se dio cuenta y pisó donde no debía, siendo apresado con una cuerda a un frondoso árbol. Viendo que había sido capturado, el león empezó a lamentar amargamente su destino, pero fue entonces cuando apareció el pequeño ratón, que corrió al lugar al escuchar esos gritos.

Trepó por el árbol, se encaramó a la cuerda y con sus dientecillos la royó hasta romperla, dejando libre al sorprendido león. Entonces volvió a hablar el ratón:

- Hace unos días me perdonaste la vida, y te echaste a reír, pues pensaste nunca podría hacer algo por ti. Pues hete aquí, mi promesa queda saldada, ¡libre puedes ir!.

Y desde este día, hasta el final de los tiempos, se dice que los leones jamás volvieron a comer ratones.




Nunca desprecies a los que crees que no te podrían ayudar, pues si son sinceros, por pequeños que pudieran parecer, siempre tendrán algo que ofrecer.

martes, 3 de julio de 2012

Antes del amanecer





Escucho...

... en la oscuridad de mi desvelo, converso conmigo mismo. Abrazado bajo sábanas de desasosiego, cayendo lenta la noche como la pluma de un pájaro recién cazado por un gato, me atrevo y me observo. Aunque sea complicado mirar cuando me resulto tan extraño, es el momento de hablarme lo callado. Por eso cierro los ojos y en picado caen mis párpados, son pesadas losas. No duermo, pienso y...

... recuerdo...


... el silencio de caricias con las que adornaba tu piel dormida, esos besos cincelados que se tallaban en cada rincón de tu cuerpo y un susurro que me traía tu respiración desde el fin del mundo. Colma el vacío de sensaciones jamás vividas. Era una montaña rusa, a veces tocando el cielo, en otras en los confines del infierno, transcurría los senderos de una brillante ciudad hacia callejuelas inexploradas donde me pierdo. Me extravío de mí, y al mismo tiempo, a ti no te encuentro, pero...

... aprendo...

... que no es el súbito mal el que nos desencamina, sino ese miedo consentido e inadvertido, aquel que reside en lo cotidiano y se instala dentro de nosotros mismos sin querer darnos cuenta, marchitándonos hasta que olvidamos quienes somos. Como si estuviéramos frente a un espejo, con una vela que antes permitía vernos y que ahora se consume en su propia cera, ensombreciendo la visión de nuestro rostro. Y, sin embargo, por fin lo sé y lo...

... siento...

... como la luz vuelve a deslizarse por los recovecos de una persiana que no tendría porque estar bajada. Me ilumina esa naciente claridad que acompaña la brisa marina de un ventilador y descubro que sigo estando ahí, que nunca me he marchado. Tan sólo necesitaba escucharme en silencio y aprender a sentirme. Hacer algo que ya sabía: ser yo mismo.


Entonces abro los ojos, me giro en la cama, despiertas...

... y amanezco.





domingo, 22 de enero de 2012

Y cada susurro... será canción


Es el sentimiento que guía mis pasos, que aún enlenteciéndolos, en realidad los hace cada vez ser más fuertes y certeros. ¿Que lo desconocido está en frente de mí? No me queda más que sacar mi machete, y a fuertes tajos, despejar el camino, para buscar el privilegio de contemplar el horizonte.

El mundo fue oscuro, realmente aterra saber que lo sigue siendo, pero eso debe quedar atrás. Los puntos de luz son tan difusos, tan difícil discernirlos con claridad, ser verdaderamente consciente de su existencia. Pero sé que existen. Los veo, ¿sabes?

Con mi cazamariposas, busco y recolecto esos puntos de luz, porque no merece la pena vivir un segundo más en oscuridad. ¿Optimismo ciego? No, en absoluto. Convencimiento de que otro mundo es posible. Quizás es que te he visto sonreír.

Paradoja, sobre todo cuando no es sólo mi mundo el que tiende a desmoronarse... sino toda la realidad, aquejada de tantos males que ponerse a contarlos, en este momento de esperanza, sería desalentador. Pero también veo la luz en los ojos de tantos hombres, la querencia de cambiar. La posibilidad de creer, y de la fe a la voluntad, tiene que haber sólo un paso. Lo habrá, ¡puede haberlo!

Es el sentimiento, el que duerme cuando suelo malvivir, el que despierto a golpes, el que capta cada movimiento a mi alrededor. El que me dice qué es por lo que merece la pena luchar. Lo que diferencia los cantos de sirena, lo que me anima a no atarme al mástil de proa, para ser yo quién distinga esos cantos y quién los evite, escuchando cada nota en todo su volumen, magnitud y esplendor. Mi juicio.

Es cada nueva palabra que te escucho, es el susurro tenue, discreto, que silba un sonido sosegado, de manera que es difícil captar verdaderas palabras. Pero las hay.

Porque ésta es la contienda que merece la pena ser luchada. Porque ver tus ojos, y luchar por poder volver a verlos, sea cuando sea, sea como sea, es algo que merece tanto la pena. Comprender cada palabra, darle forma, intuír cada sonrisa, lejos, cerca, en cualquier lugar.

El camino sigue, tanto dejo atrás, tanto busco y puedo encontrar que no pararé un minuto. Sin prisa, sin pausa, con el tiempo y la voluntad como aliados. Olvidando mis prejuicios, considerando mis temores, su valor y repercusión, pero sabiendo que puedo vencerlos, que puedo ser valiente. Coger tu mano al caminar, en círculos, hacia ningún lugar, pero viajando a todos los lugares imaginables. Tú y yo. Todo es posible. Todo gira, todo es nuestro, todo lo será... ¿por qué no?

Y ojalá lo comprendas como creo que empiezo a comprenderlo yo. Si lo comprendes, la magia existirá. Si no, tendré la certeza de haber caminado, por primera vez en mucho tiempo en línea recta, y haber intentado sortear obstáculos que indiscutiblemente, merecía la pena ser sorteados. Todo es natural, todo fluye. Todo sigue su curso.

Es el sentimiento que consigue; gracias, gracias, gracias; hacer que siga hacia delante, que hoy, quizás no mañana, pero sí hoy; sienta, toque, mire, saboree. Que escuche los silencios, que capte sus recovecos sabiendo de todas, todas, que hay algo más.

Y cada duda será certeza. Y cada mentira será engullida por la verdad. Cada minuto se detendrá, pudiendo así palpar y contemplar el mundo, dándole forma a nuestro antojo.

Y cada susurro... será canción.

miércoles, 18 de enero de 2012

La Voz


Ya son las seis de la mañana,

El reloj te escupe minutos.

No has conseguido dormir nada,

Tu cordura sigue de luto.




Tu almohada sigue empapada,

Y tú sigues cansado y confuso,

Es el final de la escapada,

Y la voz te grita un susurro.


Palabras que te vuelven a hacer sentir bien,

Que lo vuelven todo del revés.

Una colmena repleta de miel.

Y tú eres una abeja.


Estás en la estacada

Surcas el vacío entre tinieblas,

La voz es afilada,

Corta de un tajo todos tus problemas,


Es aterciopelada,

Una mentira tras otra mentira,

Es como una avalancha,

Tan pronto como empieza termina.


Cuando piensas que empiezas a comprender,

Que hay mucho más de lo que ves,

Quizás pienses que aún puedes vencer.

Quizá no sea tarde.


Despierta,

Quizás estés a tiempo.

Quizás puedas elegir.

¿Qué quieres escuchar?


Una voz que te inunde el corazón, y susurre que todo va a ir mejor,

O una voz que te rompa el corazón, y te grite: ¡nada puede ir peor!


En el fondo de tu alma,

La mentira es comodidad,

La voz es como escarcha,

Que congela tu realidad.


Pero es que al congelarla,

Toda tu vida es un espejismo,

Al filo de la navaja,

En un instante todo son añicos.


Un mosaico con piezas sin determinar,

Las olvidas, entre la bruma.

¿Cómo distingues lo falso de lo real?

¡Si es imposible!


Piensas que has escapado,

Que has conseguido ver lo invisible,

Estás equivocado.

Porque otra vez es la voz que te dice.


Una solución ficticia,

Tu mente será una llanura vacía,

Si sigues escuchando

La dulce voz de la mentira.


Todos mienten, nadie se dice la verdad,

En el fondo, sólo eres uno más.

Atrapado, siempre en la eterna espiral.

¿Qué es lo que quieres?


Una voz que te inunde el corazón, y susurre: todo va a ir mejor,

O una voz que te rompa el corazón, y te grite: ¡nada puede ir peor!

Una voz que te inunde el corazón, y susurre que todo va a ir mejor,

O una voz que te rompa el corazón, y te grite: ¡nada puede ir peor!


Una mentira dulce en tu paladar o la tristeza amarga de la realidad.

La cobardía de volverse a engañar, o mirar a los ojos a la verdad.


Una voz que te inunde el corazón, y te susurre: todo va a ir mejor,

O una voz que te rompa el corazón, y te grite: ¡nada puede ir peor!

Una mentira dulce en tu paladar o la tristeza amarga de la realidad.

La cobardía de volverse a engañar, o mirar a los ojos a la verdad.

martes, 27 de diciembre de 2011

El Misterio del Amor

- ¡Oh, Supremo Rey Cuervo! Acudo a ti desesperado.
- Habla, pequeño mortal. No te quedes ahí pasmado.
- Te imploro que no permitas que vuelva a amanecer.
- ¿Y por qué razón un deseo así te debería conceder?
- No existe mujer que quiera que descubra mi oscuridad.
- ¿Acaso piensas que nadie hay con quien compartir tu soledad?

- La noche es fugaz y al imaginarla me atenaza el dolor.
- ¡Miserable insensato!, ¿desconoces el Misterio del Amor?
- La pena me nubla. Te ruego me ilumines con tu sabiduría.
- Escúchame, pues cuanto necesitas es imaginar su compañía.
- En sus brazos está mi hogar, me eleva al inmarcesible cielo.
- ¿Se jacta el bello sin fealdad, se apaga el fuego sin hielo?

- Anhelo acariciar cada rincón de su ser, mi deseo es eterno.
- ¿Cómo habría justicia sin delito, y un Edén sin su Infierno?
- No respiro sin sus besos, ni existo más allá de su mirada.
- ¿Quién vive sin temer a la muerte, vence sin perder nada?

- ¡Mas como soportar su ausencia y apaciguar mi lamento!
- ¿Qué es la luz sin la oscuridad, el amar sin el sufrimiento?





- Ahora lo entiendo, su Nocturnidad, agradezco la lección.
- Jamás olvides que de dicha y de pesar se nutre un corazón...
 
 
 
 
 
 
 
 

... algún día, alguna noche, la encontrarás, y sabrás por fin qué es de verdad

viernes, 16 de diciembre de 2011

Regalos


Inseguro y confuso, como el niño que a ratos todavía soy, te observo distante sin poder atravesar del todo el muro transparente que nos separa. Lo rozo con la yema de los dedos, anhelando saber lo que hay detrás sin poder siquiera imaginar el torrente eléctrico que surca cada pensamiento.

Sólo puedo tocar ese muro, y decirte a ciencia cierta, todo lo que lanzo contra él, a veces con calma, otras desesperadamente, casi todas espectante. Es todo lo que te regalo.

Te regalo mi miedo, enorme, aunque escondido bajo toda la frialdad que puedo reunir. Esa frialdad es tuya también.
Te regalo mis sueños, uno a uno, desde el más ínfimo, insignificante y precioso, pasando por los que quizás cumplí; hasta los más, los imposibles, sueños que nunca cumpliré, que todavía me persiguen, que todavía persigo. También mi realidad, mucho más predecible y gris, pero toda tuya si la quieres y alcanzas a pintarla de cualquier otro color.

Te regalo la brisa que me despierta cada mañana, anhelando el regalo de un nuevo día, quizás rutina encubierta bajo falsa prótesis de ilusión, pero todavía por esconder tanto que se niega a ser entregado... Quizás tú puedas desentrañarlo. Ojalá puedas.

Te regalo el futuro, cerrado en mi puño. Retira dedo a dedo, y hazlo tuyo. Porque parece imposible, pero cada segundo que arañes te hará un instante más inmortal.

Te regalo un espejo, en el que veas tu reflejo, y te cerciores de la luz que te recorre de los pies a la cabeza, haciéndote brillar de tal manera que quien se atreva a mirarte de frente, comprenderá el verdadero significado de resplandor. Ojalá seas consciente de ese brillo, de lo que eres, de lo que puedes llegar a ser.

Si me lees, te regalo cada letra que escribo. Si me oyes, te regalo cada palabra, cada susurro, cada certeza, cada inseguridad. Sólo tienes que abrir los ojos, o escuchar atentamente. Ni mucho menos nada de lo que escriba o diga será importante o digno de tu atención. Pero es tuyo. Guárdalo, quémalo, atesóralo. Es tu decisión.

Y cada lágrima que aún me queda por llorar. Y cada carcajada, cada parpadeo. Cada lamento, cada paso en falso y cada acierto, por nimio o determinante que haya sido, que vaya a ser, que sea en este preciso instante. Ojalá pudiera regalarte un poquito de la chispa que has generado en mí y verla devuelta en tu sonrisa. Sólo eso, sólo un instante de tu sonrisa, valdría más que todos los regalos que lanzo contra el cristal.

Y por supuesto, te regalo tanta esperanza. La esperanza que creí perdida, que seguramente volveré a perder, pero en este momento concreto, sé que aunque se derrame a borbotones, siempre, siempre, siempre, vuelve, por cada momento por el que merece la pena desesperadamente luchar para ser feliz.

Todo te lo lanzo con fuerza, esperando alcanzar un punto de ese muro donde no rebote, lo escuches de alguna manera, y gires la cabeza. Y acierte a ver tu mirada. Acierte a sumergirme en ella, contando cada segundo del privilegio que supone mirarte a los ojos y perderme en ti. Cada uno de esos segundos será algo nuevo y mágico, con lo que estaré burlando a la tristeza, a la desesperanza y al olvido.

Sin nada en absoluto que perder. Con todo un mundo infinito de posibilidades que ganar. Porque aunque no arañe a ver la superficie de, ese, tu mundo, aunque todavía ahora, y quizás para siempre, sólo te observe a través de un muro irrompible... cada vez que me devuelves la mirada...


... gano.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Caminando


Caminando por el filo, de puntillas, sin hacer ruido, paso a paso, vacilante pero haciendo camino,;sobre las fauces de lo invisible, que tiñe de silencio y de vacío de existencia. Él pisó, con tanto miedo de que sus huellas fueran contempladas, que miraba cada paso con total y absoluta atención.

Era tan importante no mancillar el paisaje y sus alrededores, era vital no manchar, no molestar. Sólo convivir con harmonía y disfrutar de cada movimiento, fuera lento o fuera como fuera.
Porque el paisaje era tan alentador, tan cargado de inexplicable magia, que su reparo era totalmente justificado. No valía la pena arriesgar a que un paso en falso cargara de su apestosa realidad pasada todo aquello que contemplaba ensimismado.

Pero el camino, era escabroso, y las tinieblas cegaban sus vacilantes pasos. Sabía que en cualquier momento se precipitaría y ni siquiera podría agarrarse a los bordes, los veía resbaladizos e inseguros.

Suspiró. Resopló. Cerró los ojos. Hizo de tripas corazón. Siguió caminando.

En sus sueños, todavía albergaba retazos de la misma magia que contemplaba. Sueños de que podría atravesar el paisaje, incluso pasear por él con la certeza de que todo iría bien, de que podría formar parte de aquello, fundirse con el entorno, respirar llenando los pulmones de nueva brisa y nuevos horizontes. Todavía, de vez en cuando, soñaba que abriría los ojos y el camino nunca más sería escabroso. Sería felicidad.

Pero al abrirlos, el precipicio le contemplaba.

¿Saltaría, pensando que podía volar?

sábado, 5 de noviembre de 2011

Caminos


Son diversas las formas de interpretar un camino, un largo devenir, que puede, por analogía, considerarse como el propio destino, por lo que ese camino se convierte en un irremediable viaje que recorrer. También, cómo una estela que dejamos a medida que avanzamos, por lo que ese camino sólo existe cuando nosotros lo caminamos. Incluso, cuando la superstición no invade al pretendido raciocinio, los azares se transmutan en causas, que son las que nos empujan a las distintas sendas que emprendemos por acontecimientos pasados, por lo que ese camino que parecía casual en su origen, se constituye por las decisiones de nuestro caminar.

Muchos son, asimismo, los tipos de camino, tan dispares cómo entes vagan por cuántos mundos pudieran existir, pero en un punto convergen, en su final, un final que ninguno de nosotros podemos elegir y en el que ninguno de nosotros queremos pensar, no al menos cuando la disposición quiere eludir la angustia.

Aunque sí hay algo que podemos elegir, con quién queremos recorrer ese camino y hacia qué lugares queremos que nos lleve. Pero los senderos se bifurcan e, incluso, difuminan, cuando teníamos esa trascendental certeza de que conocíamos por dónde transitábamos. Ese 'quién que me acompañaba' se convierte en un 'por qué me acompañó' y ese lugar al que 'quería' llegar, no era más que el 'espejismo' de una ficción.

Pero, pase lo que pase, ocurra cuanto ocurra, a pesar de que nos empeñemos en volver la vista atrás con esa endémica melancolía que  aflige a todo ser humano que considera que cualquier pasada travesía  siempre fue mejor recorrida, el camino sigue ante nosotros, bajo nuestros pies, sea predestinado, recreado, decidido, en compañía o soledad.

Es por eso, y mucho más, que lo importante no es el fin del camino, sino el camino en sí mismo.

Y quién intenta caminar demasiado rápido, pierde la esencia de su propio viaje.

lunes, 24 de octubre de 2011

Placeres vacíos


Vacío. 


No quedaba nada ni nadie por rescatar, ni tan siquiera esas gotas de sudor -o quizá fuera la derramada simiente de un irresponsable- que empapaban las sábanas de una habitación que no era la mía, en un hostal en el que nunca había estado, bajo el creciente remordimiento de una desnudez olvidada, con el hedor del sexo impreso en mi piel y tras una noche que me afanaba por recordar. Mala idea, anunciaban los haces de luz matinales que se infiltraban burlones por la destartalada persiana. Había una inconsolable sequedad en mi boca, como si esos litros de alcohol que había ingerido horas antes hubieran desertizado mis papilas, una irrefrenable náusea germinaba desde mi estómago, la visión titubeaba vertiginosa deseando que las imágenes que me rodeaban fueran otras, y mi cuerpo se negaba a reaccionar ante esa situación aturdidora. Pero ahí estaba, solo, en mitad de un recuerdo que comenzaba a regresar a mi memoria.

Tenía que ser una noche como otra cualquiera, de un fin de semana que estaba deseando que llegara desde el segundo después de que terminara el anterior. El ansiado encuentro con esos rostros con los que tantas complicidades había compartido y en los que podía confiar para deambular por la cuerda floja de la pérdida del control no se hizo esperar. Amigos, los llaman algunos, pero para mí son algo mucho más trascendental: alguien en quien confiar cuando ni en ti mismo confías. Confabulamos tan deprisa con el alcohol que casi parecía uno de esos patéticos polvos que se improvisan en el baño de un pub, feroces y atragantados. Las risas estallaban estruendosas con mayor frecuencia a cada instante, a pesar de que las palabras menguaran en lucidez de un modo equidistante. Pero el único derrotado tenía que ser el rubor, con el permiso de nuestro hígado.


Todo era tal y como debía ser, pero no como quería que fuera. Así solía ocurrir, a medida que pasaban las horas, los sentidos se turbaban en favor del deseo y el 'after' de turno abría sus puertas para darnos la bienvenida a su particular jardín de las delicias. Porque era deseo, ardiente e incontenible, una irracional emoción que me vencía y que sólo se podía colmar en la búsqueda de los efímeros placeres. No había lugar para sutilezas ni elegancias, para bellas palabras y delicados halagos, sólo cabía el ansia por hundir las humedades de mi cuerpo en la ambrosía de una mujer. No, de cualquier mujer. Y si podía ser en plural, no sería mi voluntad la que se doblegara por evitarlo. Y son ellos, nosotros, tú, yo, los que abren juego, extinguidos por bafles que braman las mejores canciones que has escuchado en tu vida, aunque realmente las pudieras considerar una cantante y sonante mierda. 

Pero -llegó la anhelada adversativa- cuando llegaba inevitable el no va más de la tirada de ruleta y la fallida fortuna de un pusilánime jugador volvía a torcerse, se abismaron dos miradas. Una de ellas, la mía; mientras que la otra, la del objeto de mi afán. La mirada preludia, la sonrisa acontece y ese renglón invisible que nos separaba no tardó en esfumarse. Ella enarboló mi pasión, y ni tan siquiera tuvo que chasquear sus dedos, pues esos ojos de bruja me subyugaron de inmediato. Quería ser palabras, pero yo sólo veía formas, sus formas, y eran perfectas, al menos en ese lugar y en ese tiempo. No importaba lo que pudiera decir, mucho menos cuando mi beso cayó en el umbral de sus labios y mis manos interpretaban una osada melodía en su cuerpo. Sentí como el calor implosionaba y las llamas me consumían por dentro cuando encontré la correspondencia a mi arrebato en una lengua que se hilvanaba con la mía y ahogaba los sordos gemidos de nuestras gargantas. Me elevé hacia los edenes del deleite.


Desunimos lo anudado, en mi boca latía la miel del deseo. Quise saber su nombre, aunque no pronuncié palabras, pues mi mente, desamparada, no podía hacer más que desvestirla con la mirada. Fue su cálida mano la que acarició la mía, como si de la espuma de una ola que muere en la orilla se tratara, hasta estrecharla para sellar el vínculo que garantizaba la saciedad de mi placer. Escuché, distantes, los cantos de sirena. Tiró de mí, o yo de ella, mientras nos rodeaba una vorágine de luces de neón, rostros distorsionados y ruidos atronadores, abriéndonos paso entre una maraña de formas informes hasta alcanzar la pálida luz de una luna blanca. Y no, no fue su tibio fulgor plateado o una senda de estrellas la que me llevó a continuar ascendiendo, sino las únicas palabras que recuerdo que ella desarticuló y que calaron en mis oídos hasta sumergirlos en las mareas del descontrol:

- Quiero que me folles.

¿Era lo que quería escuchar? Martilleó mi mente. Pasos trastabillados, torpes caricias y besos apresurados, callejeros y desgarbados. Nada más que eso hasta llegar a un hostal, una escalera, una puerta y una cama. Esta cama. Y el sexo, patético y despiadado, con alguien que no conoces y que no está cuando has despertado. Ni tan siquiera sabía su nombre y hubiera sido lo único que habría querido recordar.


Porque ayer se llamó placer, pero hoy tan sólo era vacío.