Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.
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viernes, 19 de julio de 2013

LIMBO

¿Qué extraña oscuridad es ésta que me invade y me rodea como si yo necesitase de su abrazo?. ¿Qué marchita tierra es ésta que piso y me aferra para impedir mi vuelo?. ¿Qué negro sol es el que me observa desde lo alto, privando a mis ojos del fulgor radiante?.

No sé donde estoy ni de dónde vengo, pero no ignoro a donde voy, pues detrás de le mustia arboleda me espera el olvido. No hay aves, ni grillos que den música a la oscuridad. No hay brisa que den vida a los ramajes que me apuntan como dedos acusadores.

No hay nadie, ni una sombra que me acompañe en la aventura, sólo yo. Cierros los ojos evoco un alarido que se pierde incluso antes de abandonar mi cuerpo. No respiro, no hay nada que respirar. Me derrumbo, sobre la tierra,  pero sin lágrimas. El silencio me ensordece, me machaca el alma, me enloquece. Mis manos rígidas cubren mi rostro, presionándolo hasta hundir las uñas en la carne que se desgarra. No hay dolor, no hay sangre, no hay calor ni color.

Me alzo como una nube de polvo, como un fénix de sus cenizas, pero sin fuego ni pasión. Avanzo, taciturno pero seguro. Los arboles me abren paso me arrullan, me invitan, me aceptan.

Me esperaban.

domingo, 19 de junio de 2011

Amor y Locura

Cuentan que una vez se reunieron en un mágico lugar de la Tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres.

Cuando el Aburrimiento había bostezado por tercera vez, la Locura, como siempre tan loca, les propuso: 'Vamos a jugar al escondite'. La Intriga levantó la ceja intrigada y la Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó: '¿al escondite?, ¿y cómo es eso?'

'Es un juego', explicó la Locura, 'en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras os escondéis, y cuando yo haya terminado de contar, al primero que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego'.

El Entusiasmo bailó secundado por la Euforia. La Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la Duda, e inclusive a la Apatía, a la que nunca le interesaba nada.

Pero no todos quisieron participar. La Verdad prefirió no esconderse. Para qué, si al final siempre todos piensan que la encuentran, y la Soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella). La Cobardía prefirió no arriesgarse.

'Uno, dos, tres....' comenzó a contar la Locura.

La primera en esconderse fue la Pereza, que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del camino. La Fe subió al cielo y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no alcanzaba a esconderse, pues cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: que si un lago cristalino ideal para la Belleza, que si la hendija de un árbol perfecto para la Timidez, que si el vuelo de la mariposa lo mejor para la Volatilidad, que si una ráfaga de viento para la Libertad. Finalmente terminó por ocultarse en un rayito de sol.

El Egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo...pero sólo para él. La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arcoiris), y la Pasión y el Deseo en el centro de los volcanes. El Olvido... se me olvidó dónde se escondió... pero eso no es lo importante.

Cuando la Locura contaba novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve, el Amor aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado...hasta que divisó un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores. 'Un millón', contó la Locura y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue la Pereza, sólo a tres pasos de una piedra. Después escuchó a la Fe discutiendo con Dios en el cielo sobre Zoología, y a la Pasión y el Deseo los sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a la Envidia y, claro, pudo deducir dónde estaba el Triunfo. El Egoísmo no tuvo ni que buscarlo, él solito salió disparado de su escondite, que había resultado ser un nido de avispas.

De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a la Belleza, y con la Duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir en qué lado esconderse. Así fue encontrando a todos: el Talento entre la hierba fresca, a la Angustia en una oscura cueva, a la Mentira detrás del arcoiris (mentira, si ella estaba en el fondo del océano) y hasta el Olvido... que ya se le había olvidado que estaba jugando a las escondidas.

Pero sólo el Amor no aparecía por ningún sitio. La Locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada riachuelo del planeta, en la cima de las montañas, y cuando estaba por darse por vencida divisó un rosal y las rosas...

Tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto se escuchó un doloroso grito. Las espinas habían herido en los ojos al Amor.

La Locura no sabía qué hacer para disculparse, lloró, rogó, imploró, pidió perdón, hasta que prometió ser su lazarillo. Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la Tierra...


... el Amor es ciego y la Locura siempre le acompaña.

Fuente: Mario Benedetti

domingo, 31 de mayo de 2009

Cuando nos separamos

Cuando nos separamos.
de George Gordon Byron, eternamente conocido como Lord Byron.

Cuando nos separamos
En silencio y entre lágrimas,
Con el corazón partido,
Apartándonos por años,
Tu mejilla se volvió pálida y fría,
Más fríos tus besos;
Y es verdad que aquella hora predijo
El dolor de esta.

El rocío de la mañana
Se hundió gélido en mi frente,
Lo sentí como el preludio
De lo que hoy siento.
Tus votos fueron quebrados,
Y ligera es tu fama:
Escucho decir tu nombre
Y comparto su vergüenza.

Te nombran en mi presencia,
Lúgubres voces en mis oídos;
Un estremecimiento en mi camino:
¿Por qué tanto te he querido?
Ellos no saben que te conocí,
Los que te conocen demasiado bien:
Largo, largo tiempo he de arrepentirme de ti,
Hondos pensamientos que jamás diré.

En silencio nos conocimos,
En silencio me lamento
De tu corazón proclive al olvido,
Del engaño de tu espíritu.
Si llegara a encontrarte
Tras largos años,
¡Cómo habría de saludarte!
Con lágrimas y silencio.

Y en esta lírica maldita no podía permitirme el inmenso privilegio de comenzar sin una obra del paradigma del Romanticismo, Lord Byron, una de las mentes más inspiradoras y rebeldes de la Historia de la Humanidad.

Maldito poeta, incansable aventurero, amante descorazonado y pasional combatiente, sólo perseguía aquellas causas que le hacían sentir vivo, ya fuera una absurda guerra o un amor imposible.

Su vida y su obra se enmarcan en los albores del siglo XIX, dónde el mundo se convulsionaba en un frenesí bélico y revolucionario que, sin duda, influyó en este fecundo artista. Su existencia se apagó despiadadamente, cercenada por la fatalidad con la que danzaba cada día de su vida. Una fatalidad que le condujo a la inexorable desgracia, pero que le hizo sentir las mayores sensaciones y emociones que ningun otro ser humano podría desear (y no, yo no desearía morir de malaria, pero no es a eso a lo que me refiero, profano y oligofrénico lector).

Legó a sus sucesores literarios de ese carácter desgarrador y emocional que se destila de cada una de sus composiciones y aún todavía se puede percibir el aroma de las lágrimas, la fragancia de la sangre y el perfume de la rebeldía en cada una de sus palabras.

Cuando el hombre cesa de crear, deja de existir. Fue una de sus tantas citas.
En este caso, una incierta sentencia, pues su vida, su obra y sus ideales fueron, son y serán siempre inmortales.

Y dos siglos después, yo me hago eco de tus palabras, querido camarada, pues siento, padezco y maldigo lo mismo que tú.