Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.
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viernes, 18 de abril de 2014

Lección de música

- Es ella – musité mientras mis ojos no podían desprenderse de su estuche. 


 Era madera, de color oscuro, diría que morena, y aunque apenas me atreví a tocarla, sabía que era suave como esa clase de terciopelo inolvidable que se queda grabado en la piel. Pero sabía que no era el momento de abrirlo, todavía no. Recorrí su superficie durante interminables minutos, con la prudencia de los que quieren hacer las cosas bien, que se peleaba con la curiosidad de aquellos que no se contentan con las apariencias. La dejé marchar de mi lado, y sin embargo, estaba anclada en mi interior. 

Pasaron las horas y regresó. Cada vez me gustaba más ese estuche de roble macizo que tenía ante mí y cada vez sentía un afán mayor por descubrir lo que había dentro. Tuve que contenerme, reprimir un ardiente deseo que se avivaba cuanto más lo contemplaba. Hasta que sucedió. Una noche se colmó mi paciencia con una última gota de pasión y decidí destapar ligeramente la cubierta. Entonces la vi y lo supe. Quería aprender a tocarla. Mis manos existían para interpretar ese instrumento. Mi corazón anhelaba sentir la música que podía tocar con ese contrabajo. Y sabíamos que nos habíamos elegido, ‘parasiempre’ o ‘nuncajamás’, no podríamos decir por cuanto, sino hasta que quisiéramos. 

 - Hoy es siempre, todavía. – le susurré al contrabajo, cuyo estuche aún seguía entreabierto. 

Ocurre que cuando alguien se apasiona tanto por algo, se puede precipitar en un apremio en el que caen los que carecen de la paciencia suficiente para recorrer los caminos al mismo son que sus sentimientos. Y eso fue precisamente lo que pasó, cuando intenté abrir el estuche durante un atardecer, frente a un mar azorado por el viento. Las bisagras chirriaron con tanta estridencia que pensé que había quebrado el estuche. Quería comenzar a aprender a tocar mi contrabajo cuanto antes, pero había que respetar los tiempos que exige el buen aprendizaje. 

Así fue como comencé a aprender. A compartir confidencias y complicidades, incertidumbres y ausencias, y en cada amanecer que vivíamos, el estuche se abría un poco más, sin prisas, siguiendo el orden natural de las cosas. Hasta que, tras incontables despertares, se abrió por completo y pude tomarla entre mis brazos. De verdad. Nunca antes había sentido una sensación de plenitud tan intensa, como cuando empecé a tocar las primeras notas que nacían de esas tersas cuerdas. Era un sonido lento, puede que incluso torpe, pero sabía y sentía que pronto se convertiría en la música más bella que podría desear mi alma. Por lo que desde ese instante me conjuré para practicar cada día. 

Y la música fluyó, como fluyen las cosas que no necesitan explicación, en una armonía tan apasionada, que el entusiasmo nos llevó a descubrir las notas de esas canciones que siempre habíamos querido tocar. Ella había dejado de ser un instrumento, en realidad, nunca lo había sido. Por eso no era mía, sino de sí misma, tanto como podía serlo yo. Y cuando mi brazo la tomaba por la espalda, por el mango, apoyaba sus clavijas sobre mi piel hasta el dulce adormecimiento, mientras mis dedos aferraban el arco que arrancaba de esas cuerdas arpegios que más bien parecían gemidos del placer más intenso. En nuestro arrebato, era como una explosión, un estallido de sonidos, que terminaba por extraer notas casi perfectas de nuestros corazones, hasta que culminábamos en un éxtasis que nos dejaba exhaustos. Hasta el siguiente amanecer, en el que volvía a practicar con ella. Nunca era suficiente, no quería hacerlo tan sólo bien. 

- Siempre querré que sea mejor. – le revelé al contrabajo, después de haber estado acariciándolo durante horas. 

Sin embargo, todo el que quiere aprender, también ha de asumir el inevitable error. Tan pronto como sonaba una canción prodigiosa, se escapaban algunos acordes desafinados, que dibujaban en el aire el llanto. Incluso melodías completamente discordantes que provocaban decepciones y desencantos. No obstante, de estos inconvenientes se podía extraer la más útil de las lecciones, y después de asumir cada error, retomaba la música con esa vehemencia que insufla un enamorado corazón. Y quizá aquí estuvo mi equivocación. Pues aquel que aprende, que desea hacerlo mejor, irremediablemente, casi en su inconsciente, desea alcanzar la perfección; uno de esos anhelos imposibles con el que el ser humano siempre choca. 

Y un amanecer cualquiera, en el que la música era impecable, en el que las canciones sonaban con más o menos ilusión o más o menos melancolía, así como querían, llegó la fatalidad que implica la exigencia. No satisfecho con esas melodías que conseguía, por las que ambos nos amábamos, quise emprender un esfuerzo mayor, para no caer en el abismo de la rutina y la repetición. Por ello, la desorientación me despertó y percutí en las cuerdas con fiereza, y las dudas me asaltaron cuando el cordal empezó a restallar. 

En lugar de detenerme y asumir que no podría alcanzar ese ficticio virtuosismo, continué tocando, hasta que dejé de ser ese músico enamorado de su contrabajo, para convertirme en un ser obcecado por el miedo de no estar a la altura de sus sentimientos. Y una cuerda se rompió y la música cesó, por completo. Abatido y enojado, separé mis manos de ella y me marché avergonzado, sin saber qué ni por qué había ocurrido. Entonces lo supe y se lo dije. - Había buscado una canción que no quería, una canción que no existía, cuando ya habíamos encontrado nuestra melodía. Cerré el estuche de mi contrabajo y me marché, quién sabe si hasta el próximo amanecer o hasta que nos encuentre la luna llena. 

Porque ella se merecía nuestra canción cada día. 

Y yo quería aprender a tocarla.

viernes, 16 de agosto de 2013

Calcetines




Érase una vez una joven inquieta a la que le encantaba caminar. No podía parar quieta, siempre estaba de aquí para allá. Pero siempre tenía que recorrer un difícil camino en comparación a los demás. Le costaba llegar el doble a su destino, y eso frecuentemente la hacía entristecer. Sin embargo, con las primeras luces del amanecer, seguía hacia adelante, sin miedo a hacerse daño o caer.

 Entonces llegó un grave problema. Y es que, al ser tan arduos los caminos, su calzado se rompía y sus calcetines, ¡oh, pobres calcetines!, terminaban llenos de agujeros. Se hacía polvo los pies. Pero ésta era su vida, no conocía otra mejor. Hasta que llegó un buen día, en el que se le planteó una solución.

Un apuesto caballero, a lomos de un blanco corcel, se acercó hasta ella al verla cojear y le ofreció su ayuda mientras la intentaba cortejar:

- Ven conmigo, sube a mi caballo, y ya no tendrás que caminar más. Yo te llevaré a cualquier lugar, y tus pies no volverán a sufrir.

 La muchacha se montó en el caballo y se dejó llevar. Al principio, era todo maravilloso, ¡menuda comodidad! Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero por los agujeros del calcetín, le entraba un frío difícil de soportar. Así que antes de un amanecer, decidió bajarse del caballo y seguir a pie, hasta otro buen día, en el que se le planteo otra oportunidad.

Un gentil mercader, montado en un lujoso carromato, se dirigió hasta ella al verla tiritar y le ofreció su ayuda mientras la intentaba fascinar:

 - Toma mi mano, sube en mi carromato y no volverás a pasar frío jamás. A donde quiera que desees caminar, pondremos rumbo sin que tus pies lo tengan que lamentar. Yo tocaré mi laúd  para ti y tú me escucharás. No necesitarás hacer nada más.

La muchacha subió en el carromato y se sentó sobre un confortable cojín, mientras no tenía que hacer nada más que escuchar melodías de juglar y ver el paisaje desde la diligencia pasar. Empezó siendo muy hermoso y agradable, ¡vaya diferencia!

Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero se sentía atrapada y asfixiada, siempre estaba encerrada. Así que antes de un amanecer, decidió salir del carromato y seguir a pie.

Caminaba y caminaba, y hacía lo que le daba la gana. Y le seguían doliendo mucho los pies, pero no le importaba, porque ésta era su vida, y quería otra distinta. Hasta que llegó un día, ni bueno ni malo, en el que observó que a no mucha distancia, también en su camino, había un joven que lo recorría a pie. Caminaba lento, pero sin vacilar, disfrutando de cuanto le rodeaba, sin mirar ni demasiado hacia adelante, ni nunca hacia atrás.

Fue entonces cuando la joven se le acercó y empezaron a hablar sin más. Horas y horas de conversación, hasta que él, que la veía cojear y temblar, se decidió y le preguntó. Ella le contó su historia, la del apuesto caballero, del gentil mercader y muchas otras cosas que ahora no son menester. Días y días de caminar, hasta que ella, que le veía caminar y escuchar, se decidió y se lo contó.

- Sé que siempre tengo que recorrer un difícil camino en comparación a los demás, sé que me cuesta llegar el doble a mi destino; pero es mi vida y no quiero otra distinta.

Y esto fue lo que le respondió:

- Así es lo que quieres, y así es como te quiero yo. Por eso lo único que haré es caminar a tu lado y cuando se te rompa un calcetín...

                                 

... siempre traeré otro para ti.

viernes, 19 de abril de 2013

Cómo arreglar el mundo

Un científico que vivía preocupado con los problemas del mundo estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.

Cierto día su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención. De repente se encontró con una revista en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo:

- Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie.

Entonces calculó que al pequeño le llevaría diez días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.

- Papá, papá, ya lo he hecho, he conseguido terminarlo.

Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería imposible que a su edad hubiera conseguido recomponer un puzzle que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible?, ¿cómo el niño había sido capaz de hacerlo?. De esta manera el padre preguntó con asombro a su hijo:

- Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo has logrado?.

- Papá - respondió el niño-, yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que le di la vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, pues sí sabía como era.




Cuando conseguí arreglar al hombre, di la vuelta a la hoja y vi que ya había arreglado al mundo. 



Fuente: Gabriel García Márquez.

domingo, 24 de junio de 2012

Tan lejos, tan cerca


 Lentamente, desenredo la madeja de mi ayer.
Paso a paso, hilvanando, los retazos de un nuevo amanecer.

En mi espejo, tu reflejo, limpio y claro, aunque ya no estés.

Voy borrando, con mi mano tanto y tanto por lo que luché.

Y olvidé lo que aprendí, recordé que quise ser.
Fui buscando entre las ruinas un punto de inflexión.
Frené desenfrenado, me equivoqué otra vez.
Sigo igual de perdido, no hay nada, no hay nada que hacer.

Lejos, te quiero tan lejos, tan lejos, tan lejos, tan lejos de mí.
Lejos, te quiero tan lejos, tan lejos, tan lejos, tan lejos de mí.

Y abro los ojos y no puedo combatir,
Estoy cansado, me has derrotado, ¿qué es lo que has hecho de mí?
Por más que corra, por más que me esconda, siempre te encuentro.
Sigo igual de perdido, te quiero tan lejos, te quiero tan cerca de mí.
Cerca, te quiero tan cerca, tan cerca tan cerca, tan cerca de mí.
Cerca, te quiero tan lejos, tan lejos tan cerca, tan cerca de mí.
Vuelve conmigo, vete de aquí, vente conmigo, fuera de aquí, vente conmigo…

Lejos… te quiero tan lejos… tan lejos, tan cerca… tan lejos de mí.

viernes, 11 de mayo de 2012

De la música (II, III y IV)


2- ALWAYS AND NEVER
Coheed & Cambria
Stage IV (2006)
“¿Me cogerás cuando aterrice?”



En sus mundos fantásticos todo era más sencillo, más hermoso, más épico. Dragones de papel se quemaban con el fuego de los días, fuego de ceniza de regaliz y viento espolvoreado con azúcar y felicidad. Montaba en caballos y unicornios que se fundían con la niebla y surgían renovados, volando como pegasos incandescentes que atravesaban el cielo y las nubes, de algodón y música.
Se quedaba quieto, callado, centrado en lo que escribía y en lo que vivía dentro de sí mismo durante horas. Es normal que no hiciera amigos y que todos lo miraran como a un bicho raro. Lo genial es que durante muchísimo tiempo, eso no le importó.


3- IRISH HEARTBEAT
Van Morrison
Irish Heartbeat (1985)
“Hay un extraño esperando detrás de tu puerta. Puede ser tu amigo, tu hermano… quizás no lo sepas nunca…”



Se acercó a él una niña. Apenas tenían diez años.
- Hola.- dijo ella.+
Inmerso en uno de sus sueños él comenzó la conversación sin comenzarla.
- ¿Por qué siempre estás callado? Eres muy raro.
Él levantó entonces la cabeza y la vio. Todavía eran unos niños. Era imposible que comprendiera lo que años después sentiría por ella, como llegaría a ser el eje indiscutible de su mundo, su punto de apoyo, todo lo que importaba.
Aún así, aún sin comprenderlo la miró y sintió un pequeño relámpago recorrerle de los pies a la cabeza. La fantasía se disipó. Por lo menos por un momento.
Ella estaba allí.

4- DEEP
Anathema
Judgement (1996)
El tiempo nos verá cada día, y puedes buscar en tu alma si no te das cuenta…”


En lo profundo de su alma, en los recovecos escondidos entre sus pensamientos, su imaginación y sus sueños, se revolvía la inquietud y el viento.
Se volvió una enfermedad que no quiso asumir, algo irremediable  que el tiempo se molestó en empeorar. Madurar entre las tinieblas de lo incomprensible es algo que no debía sucederle a un niño de trece años.
Llegaba a su casa, todos los días después del colegio. Su padre era una sombra decadente, sentada en el sillón, cansado de estar cansado pero sin remedio posible para ello. Ni le dirigía la palabra.
En lo profundo de su alma, se refugiaba, y los garabatos de su fantasía le alcanzaban. 



miércoles, 23 de noviembre de 2011

En algún lugar



Se derrama la lluvia en la noche sin luna,
ecos de su repicar encienden mi desvelo,
colmado por pesares no hallo ese anhelo,
de aquel que en amar obtiene su fortuna.

Me recito en silencio que abrace el sueño,
las palabras se caen y como agua yo caigo,
pero en mis manos sólo tristes versos traigo,
para loar la soledad de la que soy dueño.

Lágrimas ausentes desertizan mi lamento,
olvidé que la vida se compone del recuerdo.
Abro las ventanas al frío en tácito acuerdo,
y atrona la añoranza azorada por el viento.

Es este instante de inundada melancolía,
cuando agostado tu fugaz sonrisa requiero,
vacía mi mirada de ti viaja nocturna al cielo,
buscando esa estrella tuya que ansío mía.

¿Y no es verdad que existes en algún lugar,
si tus ojos y los míos sumidos en oscuridad
se han encontrado en mitad de la tempestad,
contemplando acordes el firmamento estelar?

Imagen de Amarelle07
O tal vez la noche no sea oscura,
esta lluvia no sea húmeda,
esa estrella no sea mía,
 tú sólo seas un sueño,
y yo amanezco.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Conformistas


Penumbras lo anegaban todo, y sólo contornos se perfilaban a través de las sombras. Esas manos, diligentes, que rasgaban el velo de las tinieblas para amoldarse en aquella ardiente figura, que gemía con cada caricia dedicada, fragmentando el hálito del amante desesperado. Como si en ese momento sólo existiera ese silencio que auguraba el más extasiante de los suspiros.

Resplandecían las miradas en la oscuridad, en un profundo obsidiana, siguiendo el hábil recorrido de los dedos sobre el arco que traza el margen de la espalda, eternizando el éxtasis, deleitándose en el estremecimiento. Y se precipita otro jadeo, la sinfonía de un mundo que se desmorona sobre otro, una piel que se anexiona a otra y unos labios que ya son sólo uno.

- Abrázame -se escabullía el susurro entre las ínfimas fisuras de sus bocas. 

La desesperación se apodera de las voluntades, e iracundas se entrelazan unas lenguas que no precisaban de charlas para entenderse. Y querían pensar, pero la razón se ahogaba en la fricción de sus desnudeces, a medida que éstas descendían a los precipicios extraviados de su deseo. Un deseo que latía, como un resorte; un deseo que se abría, como una flor. Pero, asimismo, un deseo atormentado, sufrido por aquellos cuyo amor permanece callado.


La mente rendida al corazón, el pensamiento sometido a la pasión, perdidos en la embriaguez de los cuerpos, sin preguntas que formular, ni respuestas que buscar. Palabras orquestradas por los gemidos, ya lejos se escuchaban las voces del arrepentimiento por caer en tentaciones prohibidas. Y es que no hay lugar para el pesar cuando estoy dentro de ti porque tú me dejas entrar.

Así que estalla la guerra, sin vencedores ni vencidos, en la que se invade sin piedad. Abierta a él, hendido a ella, la corriente los arrastra a la vorágine del placer, sucumbiendo a la caída de unos imperios a los que les habían prendido fuego. Roto el silencio de los gemidos, por la tiranía de los bramidos, todo comienza a ser constante, cíclico, un orden natural de ascuas y brasas, de savia y cálices, en el que todo culmina en la desembocadura de un furibundo río, más allá de sus ombligos.

- ¿Me quieres? -escapa la agonizante voz de un abatido.
- Te deseo. -el eco no podía ser más cristalino.

Una sonrisa despuntó en su rostro, al mismo tiempo que el alba asomaba por la ventana. Quizá fuera satisfacción, puede que indiferencia, quién sabe si decepción. Pero había sido suficiente para su matutina inquisición, esa era la cuestión.

Y es que, algunos, se conforman con muy poco.

lunes, 24 de octubre de 2011

Placeres vacíos


Vacío. 


No quedaba nada ni nadie por rescatar, ni tan siquiera esas gotas de sudor -o quizá fuera la derramada simiente de un irresponsable- que empapaban las sábanas de una habitación que no era la mía, en un hostal en el que nunca había estado, bajo el creciente remordimiento de una desnudez olvidada, con el hedor del sexo impreso en mi piel y tras una noche que me afanaba por recordar. Mala idea, anunciaban los haces de luz matinales que se infiltraban burlones por la destartalada persiana. Había una inconsolable sequedad en mi boca, como si esos litros de alcohol que había ingerido horas antes hubieran desertizado mis papilas, una irrefrenable náusea germinaba desde mi estómago, la visión titubeaba vertiginosa deseando que las imágenes que me rodeaban fueran otras, y mi cuerpo se negaba a reaccionar ante esa situación aturdidora. Pero ahí estaba, solo, en mitad de un recuerdo que comenzaba a regresar a mi memoria.

Tenía que ser una noche como otra cualquiera, de un fin de semana que estaba deseando que llegara desde el segundo después de que terminara el anterior. El ansiado encuentro con esos rostros con los que tantas complicidades había compartido y en los que podía confiar para deambular por la cuerda floja de la pérdida del control no se hizo esperar. Amigos, los llaman algunos, pero para mí son algo mucho más trascendental: alguien en quien confiar cuando ni en ti mismo confías. Confabulamos tan deprisa con el alcohol que casi parecía uno de esos patéticos polvos que se improvisan en el baño de un pub, feroces y atragantados. Las risas estallaban estruendosas con mayor frecuencia a cada instante, a pesar de que las palabras menguaran en lucidez de un modo equidistante. Pero el único derrotado tenía que ser el rubor, con el permiso de nuestro hígado.


Todo era tal y como debía ser, pero no como quería que fuera. Así solía ocurrir, a medida que pasaban las horas, los sentidos se turbaban en favor del deseo y el 'after' de turno abría sus puertas para darnos la bienvenida a su particular jardín de las delicias. Porque era deseo, ardiente e incontenible, una irracional emoción que me vencía y que sólo se podía colmar en la búsqueda de los efímeros placeres. No había lugar para sutilezas ni elegancias, para bellas palabras y delicados halagos, sólo cabía el ansia por hundir las humedades de mi cuerpo en la ambrosía de una mujer. No, de cualquier mujer. Y si podía ser en plural, no sería mi voluntad la que se doblegara por evitarlo. Y son ellos, nosotros, tú, yo, los que abren juego, extinguidos por bafles que braman las mejores canciones que has escuchado en tu vida, aunque realmente las pudieras considerar una cantante y sonante mierda. 

Pero -llegó la anhelada adversativa- cuando llegaba inevitable el no va más de la tirada de ruleta y la fallida fortuna de un pusilánime jugador volvía a torcerse, se abismaron dos miradas. Una de ellas, la mía; mientras que la otra, la del objeto de mi afán. La mirada preludia, la sonrisa acontece y ese renglón invisible que nos separaba no tardó en esfumarse. Ella enarboló mi pasión, y ni tan siquiera tuvo que chasquear sus dedos, pues esos ojos de bruja me subyugaron de inmediato. Quería ser palabras, pero yo sólo veía formas, sus formas, y eran perfectas, al menos en ese lugar y en ese tiempo. No importaba lo que pudiera decir, mucho menos cuando mi beso cayó en el umbral de sus labios y mis manos interpretaban una osada melodía en su cuerpo. Sentí como el calor implosionaba y las llamas me consumían por dentro cuando encontré la correspondencia a mi arrebato en una lengua que se hilvanaba con la mía y ahogaba los sordos gemidos de nuestras gargantas. Me elevé hacia los edenes del deleite.


Desunimos lo anudado, en mi boca latía la miel del deseo. Quise saber su nombre, aunque no pronuncié palabras, pues mi mente, desamparada, no podía hacer más que desvestirla con la mirada. Fue su cálida mano la que acarició la mía, como si de la espuma de una ola que muere en la orilla se tratara, hasta estrecharla para sellar el vínculo que garantizaba la saciedad de mi placer. Escuché, distantes, los cantos de sirena. Tiró de mí, o yo de ella, mientras nos rodeaba una vorágine de luces de neón, rostros distorsionados y ruidos atronadores, abriéndonos paso entre una maraña de formas informes hasta alcanzar la pálida luz de una luna blanca. Y no, no fue su tibio fulgor plateado o una senda de estrellas la que me llevó a continuar ascendiendo, sino las únicas palabras que recuerdo que ella desarticuló y que calaron en mis oídos hasta sumergirlos en las mareas del descontrol:

- Quiero que me folles.

¿Era lo que quería escuchar? Martilleó mi mente. Pasos trastabillados, torpes caricias y besos apresurados, callejeros y desgarbados. Nada más que eso hasta llegar a un hostal, una escalera, una puerta y una cama. Esta cama. Y el sexo, patético y despiadado, con alguien que no conoces y que no está cuando has despertado. Ni tan siquiera sabía su nombre y hubiera sido lo único que habría querido recordar.


Porque ayer se llamó placer, pero hoy tan sólo era vacío.

lunes, 9 de agosto de 2010

Reencuentro

Todo parece distinto... depende de nuestro corazón, de lo que nos evoque en ese momento, de algo más allá del entendimiento, algo que se siente y que se escapa a cualquier razonamiento. Y a veces, pienso en que podría haber sido y lo que no es; pienso en lo que tengo y en lo que se me escapó, y es que a veces, más de las que me convienen, pienso en ti.

Fue algo inesperado, algo que surgió de repente sin previsión y que crecía poco a poco, que se iba creando a si mismo lleno de color, alegría, esperanza y buenas sensaciones. Y al principio alzaba el vuelo una sola mariposa, con valentía y majestuosa, delicada y tremendamente hermosa; y esa una llamó a otra, y con el paso de los días fueron cientos de ellas las que mi estomago recorrían. Y sus delicadas alas me acariciaban, haciéndome cosquillas, provocando esa agradable sensación cuando te veía y se aceleraba el latido de mi corazón.

Y al escuchar tu voz, podía sentir lo mismo que cuando escucho una buena canción de alguno de mis grupos preferidos, o a una banda de música interpretar algún tema de Beethoven, o de Mozart... o una pieza de piano de Chopin. Música, una preciosa melodía, una letra cargada de sentimiento y cerrar los ojos, e imaginar un susurro tuyo cerca de mi oído, y notar tu cálido aliento, y pensar que estás aquí, junto a mí y que podemos conversar toda la noche, sin importarnos nada, sin tener en cuenta el paso del tiempo.

Y cuando se nos acaben las palabras, dejaremos que hablen nuestros cuerpos, coger tus manos y mantenerla entre las mías, acariciarlas; tan suaves, tan tiernas, tan expresivas, pequeñas y vivarachas, intentarán jugando escaparse pero siempre volverán para darme su calor cuando las mías estén frías. Pero esto ya es imaginación, porque nunca pasó, porque no tuve valor y ahora es una causa perdida... pero amigo, así es la vida.

Si, así es la vida, te ofrece los néctares más dulces, te los pone al alcance de tu mano, para que puedas verlos, olerlos y degustarlos. Te ofrece una agradable caricia llena de candor y cariño y después te la arrebata antes de que puedas aferrarte a ella. Te ofrece un leve susurro que en ocasiones no alcanzas a escuchar y no puedes atender a su petición. Y piensas que es todo tan sublime, tan perfecto, tan puro que no puede ser verdad... y no te atreves a tocarlo, a aferrarte a ello para no corromperlo con tus impulsos más banales.

Pero aprendes, pues de todo se aprende. Entiendes que si no lo tomas tú, al final otro lo hará suyo. Y no vale lamentarse, pues todo ocurre por un motivo, tanto lo bueno como lo malo.

“AYER TE PERDÍ, PERO QUIZÁ SEA PARA QUE MAÑANA VOLVAMOS A ENCONTRARNOS”