Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.
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lunes, 17 de diciembre de 2018

Hombres que no saben aullar

Érase una vez un joven que no podía conciliar el sueño, porque durante las noches no hacía más que inventar historias. Pero un día su vida cambió, cuando conoció a una mujer, de la que no sólo se enamoró perdidamente, sino a la que también le contaba todas esas historias. Esto era un gran alivio para él. Sin embargo, ella era una Mujer Salvaje, y sólo tenía sentido cuando era libre y podía hacer su voluntad. Al principio, todas las noches, ambos yacían juntos, mientras él le contaba cuentos y ella se adormecía entre sus brazos. Pero entonces empezaron a aullar los lobos, y cuando eso ocurría, ella desaparecía y él se quedaba solo.

 El joven se sentía muy desdichado, porque temía que algún día la Mujer Salvaje no regresara a su lado cuando hacía caso a esos aullidos. Por eso, lo único que se le ocurrió fue inventar todavía más cuentos, más historias, para intentar retenerla, como si pudiera encerrarla entre palabras. Y esta no fue la solución. Trató de aprender a aullar, y no lo hacía mal. Tenía espíritu de lobo. Pero esa no esa su verdadera naturaleza. Y cuando se ama a alguien, no se debe luchar contra uno mismo. Él lo comprendió deprisa. Comenzó a aprender. No podía ser siempre él quien le contara esos cuentos, esas historias. Tenía que ser ella, la Mujer Salvaje, la que lo eligiera a él para contárselas o la que se marchara con los aullidos cuando deseara y con quien quisiera.

 Nadie supo que fue de estos dos enamorados, pero se dice que él aún sigue escribiendo historias para ella...


 ... aunque ella se marchó hace tiempo a correr libre con los lobos.

viernes, 18 de abril de 2014

Lección de música

- Es ella – musité mientras mis ojos no podían desprenderse de su estuche. 


 Era madera, de color oscuro, diría que morena, y aunque apenas me atreví a tocarla, sabía que era suave como esa clase de terciopelo inolvidable que se queda grabado en la piel. Pero sabía que no era el momento de abrirlo, todavía no. Recorrí su superficie durante interminables minutos, con la prudencia de los que quieren hacer las cosas bien, que se peleaba con la curiosidad de aquellos que no se contentan con las apariencias. La dejé marchar de mi lado, y sin embargo, estaba anclada en mi interior. 

Pasaron las horas y regresó. Cada vez me gustaba más ese estuche de roble macizo que tenía ante mí y cada vez sentía un afán mayor por descubrir lo que había dentro. Tuve que contenerme, reprimir un ardiente deseo que se avivaba cuanto más lo contemplaba. Hasta que sucedió. Una noche se colmó mi paciencia con una última gota de pasión y decidí destapar ligeramente la cubierta. Entonces la vi y lo supe. Quería aprender a tocarla. Mis manos existían para interpretar ese instrumento. Mi corazón anhelaba sentir la música que podía tocar con ese contrabajo. Y sabíamos que nos habíamos elegido, ‘parasiempre’ o ‘nuncajamás’, no podríamos decir por cuanto, sino hasta que quisiéramos. 

 - Hoy es siempre, todavía. – le susurré al contrabajo, cuyo estuche aún seguía entreabierto. 

Ocurre que cuando alguien se apasiona tanto por algo, se puede precipitar en un apremio en el que caen los que carecen de la paciencia suficiente para recorrer los caminos al mismo son que sus sentimientos. Y eso fue precisamente lo que pasó, cuando intenté abrir el estuche durante un atardecer, frente a un mar azorado por el viento. Las bisagras chirriaron con tanta estridencia que pensé que había quebrado el estuche. Quería comenzar a aprender a tocar mi contrabajo cuanto antes, pero había que respetar los tiempos que exige el buen aprendizaje. 

Así fue como comencé a aprender. A compartir confidencias y complicidades, incertidumbres y ausencias, y en cada amanecer que vivíamos, el estuche se abría un poco más, sin prisas, siguiendo el orden natural de las cosas. Hasta que, tras incontables despertares, se abrió por completo y pude tomarla entre mis brazos. De verdad. Nunca antes había sentido una sensación de plenitud tan intensa, como cuando empecé a tocar las primeras notas que nacían de esas tersas cuerdas. Era un sonido lento, puede que incluso torpe, pero sabía y sentía que pronto se convertiría en la música más bella que podría desear mi alma. Por lo que desde ese instante me conjuré para practicar cada día. 

Y la música fluyó, como fluyen las cosas que no necesitan explicación, en una armonía tan apasionada, que el entusiasmo nos llevó a descubrir las notas de esas canciones que siempre habíamos querido tocar. Ella había dejado de ser un instrumento, en realidad, nunca lo había sido. Por eso no era mía, sino de sí misma, tanto como podía serlo yo. Y cuando mi brazo la tomaba por la espalda, por el mango, apoyaba sus clavijas sobre mi piel hasta el dulce adormecimiento, mientras mis dedos aferraban el arco que arrancaba de esas cuerdas arpegios que más bien parecían gemidos del placer más intenso. En nuestro arrebato, era como una explosión, un estallido de sonidos, que terminaba por extraer notas casi perfectas de nuestros corazones, hasta que culminábamos en un éxtasis que nos dejaba exhaustos. Hasta el siguiente amanecer, en el que volvía a practicar con ella. Nunca era suficiente, no quería hacerlo tan sólo bien. 

- Siempre querré que sea mejor. – le revelé al contrabajo, después de haber estado acariciándolo durante horas. 

Sin embargo, todo el que quiere aprender, también ha de asumir el inevitable error. Tan pronto como sonaba una canción prodigiosa, se escapaban algunos acordes desafinados, que dibujaban en el aire el llanto. Incluso melodías completamente discordantes que provocaban decepciones y desencantos. No obstante, de estos inconvenientes se podía extraer la más útil de las lecciones, y después de asumir cada error, retomaba la música con esa vehemencia que insufla un enamorado corazón. Y quizá aquí estuvo mi equivocación. Pues aquel que aprende, que desea hacerlo mejor, irremediablemente, casi en su inconsciente, desea alcanzar la perfección; uno de esos anhelos imposibles con el que el ser humano siempre choca. 

Y un amanecer cualquiera, en el que la música era impecable, en el que las canciones sonaban con más o menos ilusión o más o menos melancolía, así como querían, llegó la fatalidad que implica la exigencia. No satisfecho con esas melodías que conseguía, por las que ambos nos amábamos, quise emprender un esfuerzo mayor, para no caer en el abismo de la rutina y la repetición. Por ello, la desorientación me despertó y percutí en las cuerdas con fiereza, y las dudas me asaltaron cuando el cordal empezó a restallar. 

En lugar de detenerme y asumir que no podría alcanzar ese ficticio virtuosismo, continué tocando, hasta que dejé de ser ese músico enamorado de su contrabajo, para convertirme en un ser obcecado por el miedo de no estar a la altura de sus sentimientos. Y una cuerda se rompió y la música cesó, por completo. Abatido y enojado, separé mis manos de ella y me marché avergonzado, sin saber qué ni por qué había ocurrido. Entonces lo supe y se lo dije. - Había buscado una canción que no quería, una canción que no existía, cuando ya habíamos encontrado nuestra melodía. Cerré el estuche de mi contrabajo y me marché, quién sabe si hasta el próximo amanecer o hasta que nos encuentre la luna llena. 

Porque ella se merecía nuestra canción cada día. 

Y yo quería aprender a tocarla.

viernes, 16 de agosto de 2013

Calcetines




Érase una vez una joven inquieta a la que le encantaba caminar. No podía parar quieta, siempre estaba de aquí para allá. Pero siempre tenía que recorrer un difícil camino en comparación a los demás. Le costaba llegar el doble a su destino, y eso frecuentemente la hacía entristecer. Sin embargo, con las primeras luces del amanecer, seguía hacia adelante, sin miedo a hacerse daño o caer.

 Entonces llegó un grave problema. Y es que, al ser tan arduos los caminos, su calzado se rompía y sus calcetines, ¡oh, pobres calcetines!, terminaban llenos de agujeros. Se hacía polvo los pies. Pero ésta era su vida, no conocía otra mejor. Hasta que llegó un buen día, en el que se le planteó una solución.

Un apuesto caballero, a lomos de un blanco corcel, se acercó hasta ella al verla cojear y le ofreció su ayuda mientras la intentaba cortejar:

- Ven conmigo, sube a mi caballo, y ya no tendrás que caminar más. Yo te llevaré a cualquier lugar, y tus pies no volverán a sufrir.

 La muchacha se montó en el caballo y se dejó llevar. Al principio, era todo maravilloso, ¡menuda comodidad! Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero por los agujeros del calcetín, le entraba un frío difícil de soportar. Así que antes de un amanecer, decidió bajarse del caballo y seguir a pie, hasta otro buen día, en el que se le planteo otra oportunidad.

Un gentil mercader, montado en un lujoso carromato, se dirigió hasta ella al verla tiritar y le ofreció su ayuda mientras la intentaba fascinar:

 - Toma mi mano, sube en mi carromato y no volverás a pasar frío jamás. A donde quiera que desees caminar, pondremos rumbo sin que tus pies lo tengan que lamentar. Yo tocaré mi laúd  para ti y tú me escucharás. No necesitarás hacer nada más.

La muchacha subió en el carromato y se sentó sobre un confortable cojín, mientras no tenía que hacer nada más que escuchar melodías de juglar y ver el paisaje desde la diligencia pasar. Empezó siendo muy hermoso y agradable, ¡vaya diferencia!

Pero, poco a poco, comenzó a sentir que no era lo que quería. Sus pies no sufrían las inclemencias de los caminos, pero se sentía atrapada y asfixiada, siempre estaba encerrada. Así que antes de un amanecer, decidió salir del carromato y seguir a pie.

Caminaba y caminaba, y hacía lo que le daba la gana. Y le seguían doliendo mucho los pies, pero no le importaba, porque ésta era su vida, y quería otra distinta. Hasta que llegó un día, ni bueno ni malo, en el que observó que a no mucha distancia, también en su camino, había un joven que lo recorría a pie. Caminaba lento, pero sin vacilar, disfrutando de cuanto le rodeaba, sin mirar ni demasiado hacia adelante, ni nunca hacia atrás.

Fue entonces cuando la joven se le acercó y empezaron a hablar sin más. Horas y horas de conversación, hasta que él, que la veía cojear y temblar, se decidió y le preguntó. Ella le contó su historia, la del apuesto caballero, del gentil mercader y muchas otras cosas que ahora no son menester. Días y días de caminar, hasta que ella, que le veía caminar y escuchar, se decidió y se lo contó.

- Sé que siempre tengo que recorrer un difícil camino en comparación a los demás, sé que me cuesta llegar el doble a mi destino; pero es mi vida y no quiero otra distinta.

Y esto fue lo que le respondió:

- Así es lo que quieres, y así es como te quiero yo. Por eso lo único que haré es caminar a tu lado y cuando se te rompa un calcetín...

                                 

... siempre traeré otro para ti.

lunes, 5 de agosto de 2013

La niña de los ojos grandes


Había una niña que era realmente especial. No especial como dicen a la gente rara, era más bien singular de tal manera que la gente convencional, muchas veces pensaban que era extraña, antisocial, apática.

No era así. Sencillamente veía, no así como la gran mayoría de seres humanos, que estaban ciegos, parcial o totalmente. Ella veía todo con claridad, con sus grandes ojos escrutando cada cara, cada situación. Ella se preguntaba con avidez de responderse por cosas que esa gente que la tachaba de bicho raro jamás ni siquiera se paraba a pensar. Verdades a medias que la gente olvidaba u obviaba. Claras para ella.

Estiraba de la manga de la camisa de su madre. Ella bajaba la mirada. Y la veía mirando fijamente.
- Mamá, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás triste?
La mujer, cansada de trabajar, de soportar la vida y su rutina, ni siquiera era consciente de estar triste. Vivía y malvivía al mismo nivel de manera que los días pasaban y las cosas habían dejado de brillar y de importar más que por la misma inercia de la existencia. Nadie se habría dado cuenta de que estaba triste. Pero la niña de los ojos grandes sí lo sabía. Porque miraba. Porque comprendía más observando que decenas de miles de personas pensando que pensaban.



- Hija, no estoy triste. ¿Por qué dices esas cosas?- respondió la mujer con la misma inercia que vivía sus días.

- Sí que estás triste. Estás cansada. Hay veces que no, ¿sabes? Hay veces que sonríes, y sonríes de verdad. Pero no ahora. Casi nunca. ¿Por qué estás triste? ¿Por qué estás cansada?

La mujer, quizás porque en el fondo de las palabras de su hija sí veía el porqué y la realidad que esquivaba, se molestó.

- Ay, de verdad, siempre estás igual. Vale, algo cansada estoy. Así es la vida. Esto es vivir.

Y la niña no comprendía. No comprendía que eso fuera vivir. No entendía de ninguna de las maneras que vivir tuviera que conllevar desgastarse y volverse mustio, morir en vida no era vida, era más muerte. Sin embargo, en absurda paradoja eran sus padres y su familia los que pensaban que ella era una niña triste y sombría. No lo era. Vivía con toda intensidad, cada segundo era respuesta de algo, cada minuto entrañaba un nuevo enigma que le inquietaba, que carcomía su curiosidad.
Miraba las estrellas preguntándose cómo brillaban tanto, de dónde venían, porque observaban el mundo cómo ella observaba todas las cosas. Miraba el agua fluir por los grifos, curiosa se preguntaba cómo y de dónde salía, si era un regalo, si estaba siempre ahí. Cogía un dvd, y palpaba la superficie plana, devanándose para averiguar cómo podía caber tanta información ahí dentro. De lo cotidiano y mundano, a lo inexplicable y celestial, siempre se preguntaba. Nunca se aburría.
Amaba de manera sincera como en realidad es la única forma en la que se puede amar. Con sinceridad y dedicación, sin artificios. Ella nunca entendió las formalidades y las tristes convenciones de la gente; ella actuaba como quería actuar, porque era más madura y real que la falsa multitud, que poco o nada podían enseñarle.

Amaba a todo lo que merecía ser amado. Sobre todo a los animales, que representaban para ella lo que los humanos no conseguían representar, sinceridad, transparencia, nobleza y un verdadero porqué a cada una de sus acciones. Era capaz de quedarse embobada durante horas mirando un escarabajo arrastrando una bola de barro, soñando con abrazar un pingüino sólo por ver cómo se movía, acariciar el rostro de un caballo. Sus padres nunca le dejaron tener animales, y era muy frustrante para ella que no comprendía porqué. Estaba segura de que cuando pudiera, tendría mil animales… pero un día se sorprendió teniendo sólo uno y fue la mejor opción posible, porque ese animal era exactamente como ella… pero con pelo y hocico.

La perrita era pequeña, con los ojos enormes y transparentes. Sola en el mundo, un mundo que no la comprendía, que la tachaba de anormal en su retorcida retórica. Abocada a un final desconcertante y oscuro para un ser que entrañaba toda luz posible. La niña de los ojos grandes paseaba por la calle maravillándose con una tela de araña en un poste de luz, por su perfección; por cómo durante miles de años los seres humanos jamás han logrado hacer algo tan simétrico y perfecto cuando se la encontró. En una caja de cartón. Junto a una camada de siete cachorros, cuatro negros, dos con motas por la piel, vitales y alegres. Preciosos. Y entre todos ellos, una pizca de magia brotando en la oscuridad.
La perrita albina sobresalía como una estrella recién nacida, los ojos de la niña la vieron y no podían separarse de ella.


 “Seguro que la comprarán la primera. Es preciosa. Es preciosa. No se puede ser más bonita.”

La niña, con una ristra de sueños y esperanza a sus espaldas, pasaba todos los días por delante de la vieja que exhibía su caja como mercancía, seres vivos en venta, otra terrible verdad de la humanidad. En los días siguientes los cachorros fueron siendo cogidos. Menos ella. Ella no. A ella no la comprendían.

La niña de los ojos grandes sí la comprendía, veía sus débiles movimientos, veía su emergente vitalidad. Su singularidad. Ambas eran singulares. Corrió a su casa y rompió su hucha.

- Me la llevo.- odiaba pagar por ella, jamás se debería pagar por un ser vivo, un ser viviente con anhelos, esperanzas, dolor, amor… ¿qué sentido podía tener? ¿Cómo el resto del mundo no se daba cuenta? ¿Cómo era posible?

- ¿De verdad la quieres? Nadie la ha querido hasta ahora. Iba a deshacerme de ella.
La naturalidad y rugosa voz de la vieja diciendo algo tan asqueroso le lleno de tristeza, de esa tristeza que intentaba esquivar y que los seres humanos le escupían cada día. Hizo acopio de fuerzas.

- Claro que la quiero. ¿Cómo no voy a quererla?- “es preciosa, no cómo tú, vieja desagradable y arrugada.” se atrevió a pensar.

- Cómo quieras. Pero es albina, siempre será una perra enferma, y tendrás que cuidarla. ¿Crees que serás capaz? Yo creo que lo mejor para el animal sería no sufrir.

- Jamás sufrirá. Jamás. Ni un segundo. ¡Desde ya!- la niña cogió la caja y echó a correr, con cuidado y mimo, sabiendo que era imposible que se le cayera al suelo e hiciera daño a la perrita. La horrible vieja hizo ademán de perseguirla pero tropezó y calló de bruces sin tiempo para reaccionar.

Con la libertad de ambas y la certeza de que había hecho lo correcto, la niña corrió y corrió, esperanzada, feliz, completa.

La niña de los ojos grandes nunca mentía. Lo que decía lo hacía. Y estaba segura como de que el sol saldría a la mañana siguiente, la perrita no sufriría. Sería el centro del universo como debía de ser, como merecía.

Así fue. La perrita fue la prolongación de la niña, y la niña la prolongación de la perrita. Al principio la escondió de sus padres, pero le fue imposible, y su padre, hombre que apenas pasaba dos horas al día en su casa, quiso devolverla. Pero el hombre le quería más que nada en el mundo, y se vio incapaz de quebrantar los sueños de la niña como haría si no aceptaba a la perrita en la casa. Así que tras mucho esfuerzo, apechugó y fue una más en la familia.

La existencia de la niña fue mucho más feliz, aunque la gente seguía pensando que era una niña triste y que su perrita era una perra extraña. Dos seres singulares conviviendo en harmonía y simbiosis.

Un día la niña paseaba por la calle de camino de vuelta del colegio. Un gato asomó por debajo de un coche.

- ¡Hola guapo!- la niña se agachó y se acercó al felino. Éste se acercó con suavidad y con ternura pasó el lomo por debajo de su mano, queriendo y buscando el amor que la sociedad le había devuelto en forma de abandono y frío. Muchos gatos estaban tan escarmentados con la gente que nada más ver a uno de ellos, huían como alma que llevaba el diablo. Este gatito era joven y todavía no había aprendido de la maldad de los humanos.

Caminaron juntos un buen rato, el gato de vez en cuando se paraba y le hacía una carantoña, y la niña de los grandes ojos se derretía.

Ella perdió la noción del tiempo  y del espacio, y siguiendo al gato mientras jugaban se fue de su barrió, y se adentró por una parte de la ciudad que no conocía.
Se encontró con un grupo de niños, preadolescentes un par de años mayores que ella.

- ¿Habéis visto ese gato? Es feo el jodido.
- Buah, es más fea y rara la niña que va con él. ¿Qué pasa bicho raro?
La niña de los ojos grandes se asustó, más que por ella, que en parte también, por el gato.

- ¡Dejadnos en paz! ¡No os hemos hecho nada!

El niño cobarde apenas llevaba tres meses viviendo en la ciudad. Sus padres se mudaban una y otra vez, y no conseguía hacer amigos. No habría sido mal chaval. Sólo era cobarde. Desaliñado y ausente, sólo quería ser aceptado, equivocándose una y otra vez. No conocía a esos chicos más que de unas semanas. Eran los malotes de la clase, él no, pero no sabía cómo integrarse. Los primeros dos meses le hicieron perrerías constantemente, hasta que decidió ser uno de ellos, y se metió con alguien que era más débil incluso. Era un niño cobarde.
Porque tanto la niña como el gato le parecían preciosos. Pero era incapaz de intervenir.

- Joder, claro que nos habéis hecho. Es un gato apestoso y tú eres una niñita puta.- el más grande de todos cogió una piedra. El gato era demasiado pequeño e ingenuo todavía. – Y os merecéis ser más feos todavía.- lanzó la piedra con la destreza de quién había hecho y cometido crueldades tan a menudo, que golpear a un indefenso animal era un deporte que no entrañaba ningún secreto.

El proyectil tomó una trayectoria perfecta e impactó en el rostro del animal. La niña de los ojos grandes contempló horrorizada como estallaba un globo de sangre en la cara del felino, que atontado y dejando un reguero carmesí  tras de él, maullando dolor, salió disparado. Todos los niños menos el niño cobarde rompieron a reír de manera grotesca.

 - ¡No! ¡No! ¡No!- la niña sintió una rabia tan grande como nunca sintió, como casi nunca sentiría. Un odio basado en la razón sin  lugar a ningún género de dudas. En una razón que combatía desesperadamente en una batalla perdida contra la crueldad, incomprensible entre tantas cosas que trataba de comprender.  La más incomprensible de todas. En ese momento, ella habría sido tan despiadada y vengativa o más que el chaval. Cogió la piedra y la lanzó contra el desgraciado chiquillo, pero a pesar de su rabia y de su odio, la fuerza no estaba con ella y cayó al lado de sus sucios zapatos.

Eso les hizo reír aún más.

“Oh no, el gato. Está herido, se ha ido corriendo. Tengo que encontrarlo.” Intentando priorizar y olvidar a los estúpidos niños corrió calle abajo siguiendo a la desazón el rastro de sangre para encontrar al animal e intentar ayudarlo como no sabía ni cómo le ayudaría pero deseándolo a pleno pulmón.

- ¿Habéis visto a la niñata cómo corre? ¡Dios es que le he dado en todos los morros!
Todos los niños seguían riendo salvo el niño cobarde.

- ¿Es que no te hace gracia, payaso?- le espetó el líder de la banda.

Una extraña mueca atravesó su cara y todas sus facciones. No sentía más que asco y lástima por todo lo que había sucedido, pero era un niño cobarde y más miedo tenía que rebeldía.

- Claro, claro. Joder ha sido genial. Vaya hostia le has dado en toda la jeta.- se sintió tan repugnante que estuvo a punto de vomitar ahí mismo.- Bueno tíos, me voy a casa ya que me estarán esperando para cenar.- intentando no mirarles a la cara mientras se daba la vuelta y se despedía para que no vieran la mentira mal disimulada se marchó en dirección contraria hacia donde habían corrido el gato y la niña, para girar en la manzana inmediatamente posterior y correr tras ellos. Se sentía el peor ser de la creación. Era un cobarde, pero no era mala persona. Quería encontrar a la niña y ayudarles.

Pero la niña corría y corría y no encontraba al gato, el rastro de sangre se difuminaba y la humedad, la suciedad y los charcos de la ciudad lo empapaban todo de tal manera que era imposible no confundirlos y confundirse.  La oscuridad la devoraba. Sintió miedo en toda la extensión de la palabra, y lo curioso es que la gran mayor parte del miedo, era por la seguridad del gato y por su destino; aunque de alguna manera empezaba también a temer por ella misma, más lejos de lo que nunca había estado en soledad de su casa, en un entorno hostil y casi violento, violentada ella por lo sucedido, alterada, nerviosa. Apenas pensaba, sólo oía los latidos de su corazón desbocado que quería escapársele por la boca abriéndose paso entre su garganta.
Una niña ahora sí, triste y asustada, con sus enormes ojos repletos de un mar incontenible de lágrimas.
 

Lo había perdido. No lo encontraría. Moriría. No podría salvarlo. Estaba perdida. Estaba perdido. Todo estaba perdido
Un coche se paró justo al lado de ella, que se había sentado ensuciándose el vestido, con la mirada
perdida contra el suelo. La ventanilla se bajó.
- ¿Hola? ¿Pero qué haces aquí tú sola?- entre la marisma de pensamientos que le golpeaban el cráneo, oyó la voz que provenía del coche. Le era familiar. Era un amigo de sus padres, había ido varias veces a cenar a su casa. Uno de tantos que la miraban como se mira a algo triste y extraño. Era profesor en la escuela del centro de la ciudad.
- Yo… yo… yo… - las lágrimas y la congestión le impedían hablar, el peso sobre su conciencia se aglutinaba en su garganta y era casi incapaz de articular palabra.

El hombre se sintió realmente conmovido.

- Pero, ¿qué sucede? ¿qué pasa? Anda sube, que estarás muerta de frío, y tus padres estarán preocupadísimos.

- No… no lo entiendes. Lo he perdido. No lo encuentro. Ha sido culpa mía. Yo lo traje hasta aquí. Y le hicieron daño… y no he podido salvarle. – se derrumbó por completo por primera vez en su vida y rompió a llorar de manera tan desconsolada como sólo se llora por el más noble y certero de los motivos.

El hombre bajó del coche y cogió a la chiquilla en brazos que no se resistió, derrotada y marchita. Había tenido mucha suerte de encontrarse con él.

En ese preciso instante, el niño cobarde que estaba buscando al gato y a la niña, la vio subirse al coche. Conocía a ese hombre, era su profesor de historia, el mejor y más amable de los profesores que tenía. Vio como el coche arrancaba y se iba lejos de él.
Se sentía un despojo, un desperdicio, una inmundicia.
Él podía haber sido valiente. Pero fue cobarde, y en parte permitió que todo eso sucediera. El mundo estaba podrido, ¿él también lo estaba?

Esta vez no lo estaría. Encontraría a ese gato. Lo encontraría.

A las diez y media de la mañana, Horacio impartía su primera clase de la mañana. Todavía andaba preguntándose cómo esa niña había llegado hasta allí, y qué había sucedido para que anduviera triste y sola por las calles de la ciudad, qué había perdido, qué le reconcomía.

Con absoluta profesionalidad, impartió su clase olvidando ese misterio con la pasión que le caracterizaba; adoraba su trabajo, y vivía en la esperanza de lograr inculcar ciertas ideas en chiquillos que verdaderamente, no poseían ninguna. En realidad, con llegar a uno de entre sus treinta alumnos le era suficiente.

El niño cobarde no era un buen estudiante. No era un muchacho estúpido, pero era demasiado distraído y torpe. Sin embargo, probablemente era ése chaval, el único de los treinta al que realmente Horacio conseguía llegar y despertar su conciencia. Cuando sonó la sirena, Horacio tenía cierta prisa y recogió sus cosas rápidamente. Pero el niño cobarde se acercó. A Horacio le sorprendió que tuviera los brazos llenos de arañazos.

- Profesor… me gustaría hablar con  usted.

- Te tengo dicho que me llames de tú, hombre. ¿Qué sucede? No voy muy bien de tiempo. ¿Y qué te ha pasado en los brazos?

- Escuche… escucha. Eso no importa ahora. Te vi ayer recoger a esa niña en la ciudad. ¿Es tu hija?

- ¿Me viste? No, no es mi hija, es la hija de unos amigos. ¿Sabes qué hacía allí sola? ¿Qué le sucedía?

- Sí. Los sé perfectamente. Sé qué había perdido. Sé por qué se sentía así. Si me dice dónde vive, le devolveré lo que había perdido.

- Bueno, dámelo a mí y yo iré.

- Profesor…  me gustaría hacerlo a mí. En parte yo soy culpable de lo que le sucedió.

- Vamos, ¿a qué te refieres? Tú eres un buen chaval. ¿Por qué harías llorar a una niña?

“Porque soy un cobarde.”
pensó.

- Porque no hice nada por ayudarla. Pero ahora quiero remediarlo. Si me dijeras dónde vive…

Horacio conocía al muchacho, y sabía que era trigo limpio. Veía sus desesperados intentos por integrarse con chicos que valían un millón de veces menos que él. Decidió confiar.

- Está bien. Esta tarde te recogeré y te llevaré a verla. No vive precisamente cerca.

El chaval hasta se ruborizó, como si hubiera encontrado las piezas de un complicado puzle  y estuviera sorprendido de poder encajarlas.

- Muchas gracias. Muchas gracias.- sonrió con sinceridad casi por primera vez desde que estaba en la ciudad.

La niña no había podido dormir. Siempre se había hecho preguntas que la mantenían inquieta por la noche, pero sobre todo desde que tenía a su perra a su lado, le bastaba con abrazarla y conciliar el sueño. Esa noche ni siquiera eso fue suficiente para apaciguarla, nadando en el mar de dudas y de culpa en el que se ahogaba. En clase en el colegio fue más esquiva  incluso que de costumbre, y por primera vez, la tristeza que la gente creía ver en ella era palpable y real, terrible, y a flor de piel.

Sonó el timbre.

- ¡Horacio!- escuchó decir a su madre. -¡Qué sorpresa! Gracias de nuevo por lo de anoche, jamás podremos agradecértelo del todo. Cuidaremos de que la niña no vuelva a meterse en problemas.

- Fue un placer, no te preocupes. Escucha, he traído a este chaval. Es un alumno mío del colegio y le gustaría hablar con tu hija.

Tocaron a su puerta.

- Hija, este chico quiere hablar contigo.- dijo la madre que estaba muy contenta de que la chiquilla sociabilizara e hiciera amigos.

- No quiero ver a nadie. Déjame en paz.

Por desgracia  para ella, su habitación no tenía nada parecido a un pestillo.

- Anda, no seas boba y juega con él un rato mientras me tomo un café con Horacio.

La niña estuvo a punto de gritar a todos que se fueran y que la dejaran sola de una maldita vez… pero al abrirse la puerta vio la cesta. La llevaba el niño, una cesta para gatos.
Vio al niño. Le odió instantáneamente al reconocerlo como uno de los desgraciados que se rieron de ella y asistieron a lo sucedido. Pero volvió a mirar la cesta.

Horacio y la madre les dejaron solos.

- ¿Qué haces aquí?- sólo preguntó sin apartar sus enormes ojos del trasportín y su posible contenido.

- Hola… - el niño cobarde era un niño cobarde y muy tímido. Bajó la mirada mirándose los pies y dándose cuenta de lo sucios que tenía los zapatos.

- ¿Qué heces aquí?- volvió a repetir la niña de los ojos grandes.


- Yo… yo… anoche vi lo que pasó. Yo… yo quería ayudarte … pero tuve miedo.

- No es excusa. Eres igual que ellos. Igual que el que tiró la piedra.

- Puede ser… puede ser… pero luego lo busqué. Estuve dos horas buscándole… no lo encontraba… me llevé una bronca muy gorda de mis padres  pero…

-… ¿pero lo encontraste?- una mecha encendió de golpe el brillo de sus ojos, un interruptor automático transformando tristeza en esperanza en una milésima de segundo.

- Sí… lo encontré. Mis padres me ayudaron a curarlo.- lo sacó del trasportín. La perrita que estaba durmiendo, se despertó de sopetón, lo miró fijamente, alzó las orejas, introdujo su rabo entre las piernas, y se fue al rincón más apartado de la habitación para esconderse. No llevaba bien las visitas extrañas, y era el primer gato que veía en su vida.

El minino estaba confuso y puede que todavía atontado por el golpe. La niña de los ojos grandes lo miró extasiada y feliz. La piedra habría abierto una brecha en el entrecejo, pero estaba más o menos curada, y mirándolo de manera optimista, dentro de lo que cabe había tenido suerte, porque unos centímetros más a la izquierda, y le habría dejado tuerto. No había sido así. Se sorprendió de ver que además de la herida de la frente, tenía   el cuello con una herida circular.

- Hala. ¿Qué le ha pasado en el cuello?

El niño cobarde se ruborizó más incluso.

- Yo… no se dejaba coger y le até un cordel al cuello y estiré de él…

La rabia que había desaparecido del rostro de la niña volvió multiplicada por un millón.

- Pero… pero… ¿Tú eres tonto o qué? ¿Querías ayudarlo o hacerle más daño? Qué chaval.

- No sabía qué hacer. Lo siento.
Perdóname.

- ¡Pero sí que eres tonto! A mí no tienes que pedirme perdón. Te has portado mal con él.

El niño quedó un poco confuso. Según su manera de ver las cosas, había ayudado al gato aunque le hubiera hecho daño, la recompensa había sido mayor. No podía comprender el mundo tan maravillosamente blanco y negro en el que vivía la niña: no se podía ser pragmático con un ser vivo. Si había que salvarlo, se le salvaba bien. Que hubiera pedido ayuda.

A pesar de parecerle verdaderamente tonto, la niña vio al gato a salvo y volvió a sonreír.

- ¿Y qué vas a hacer con él? Ahora no lo soltarás, ¿no?

- No.- sonrió él también. – Nos lo vamos a quedar. Se llama Lobezno.

- ¿Lobezno? Si es un gato. ¿Qué nombre tonto es ése? ¿Y te lo vas a quedar tú? ¿Seguro que no le vas a hacer daño otra vez aunque sea sin querer?

- Oye, Lobezno es un nombre que mola un montón. El de los X-Men. El de las garras. Porque no veas cómo araña… y sí lo voy a cuidar mucho.

- ¿Seguro?

- Seguro.

- ¿Seguro?

- Seguro.

- ¿Seguro?

- Seguro…

- ¿Seguro?

- ¡Que sí!

La niña de los ojos grandes volcó su mirada sobre el niño.  Inevitable y descomunal. Incluso con   once años había aprendido a las malas que la gente no era de fiar. Que las promesas casi nunca valían nada. Que no valía la pena prometer,  y mucho menos creer. Sin embargo, con esa mirada aplastando al niño cobarde, preguntó:


-¿Me lo prometes?

Éste se asustó. Era obvio que era muy asustadizo y que tenía verdadera facilidad para asustarse. Pero este miedo era tan real, miedo a la decepción, a volver a fracasar. Miedo absoluto que le helaba las venas.


- Te lo… te lo… te lo prometo.

La niña hizo acopio de la poquitísima fe que tenía en la gente, cerró los ojos y decidió creerle.

El niño cobarde y Lobezno abandonaron la casa, y era un niño un poquito menos cobarde.
Pero todavía le quedaba mucho por aprender. Muchísimos fracasos, muchísimos miedos, tanto odio y rencor.

Ésa fue la primera vez que vio a la niña de los ojos grandes.

Miró la fachada de la casa. Se quedó pensativo. Confuso, porque curiosamente era la primera persona que había entendido a la niña aunque ni siquiera fuera consciente de que la entendía.
Emprendió camino convencido de que sólo quería conocerla más, saber de ella, conocer su mundo, tan mágico y especial como único, peculiar y absolutamente maravilloso.

Mientras, a pesar de que la niña tampoco comprendía al niño cobarde, cerró los ojos y bailó por la habitación. La perra salió de su escondrijo y se unió al baile.

El mundo, después de mucho tiempo, por unos instantes, fue sencillo.

Fue de la niña. Fue del niño.


Fue tal y como tenía que ser.




Todos las ilustraciones de la niña y la perrita son obra del gran Jorge Tresáncoras, http://lagaleriadetresancoras.blogspot.com.es/


Gracias también a la verdadera, única y genial niña de los ojos grandes.


viernes, 19 de julio de 2013

LIMBO

¿Qué extraña oscuridad es ésta que me invade y me rodea como si yo necesitase de su abrazo?. ¿Qué marchita tierra es ésta que piso y me aferra para impedir mi vuelo?. ¿Qué negro sol es el que me observa desde lo alto, privando a mis ojos del fulgor radiante?.

No sé donde estoy ni de dónde vengo, pero no ignoro a donde voy, pues detrás de le mustia arboleda me espera el olvido. No hay aves, ni grillos que den música a la oscuridad. No hay brisa que den vida a los ramajes que me apuntan como dedos acusadores.

No hay nadie, ni una sombra que me acompañe en la aventura, sólo yo. Cierros los ojos evoco un alarido que se pierde incluso antes de abandonar mi cuerpo. No respiro, no hay nada que respirar. Me derrumbo, sobre la tierra,  pero sin lágrimas. El silencio me ensordece, me machaca el alma, me enloquece. Mis manos rígidas cubren mi rostro, presionándolo hasta hundir las uñas en la carne que se desgarra. No hay dolor, no hay sangre, no hay calor ni color.

Me alzo como una nube de polvo, como un fénix de sus cenizas, pero sin fuego ni pasión. Avanzo, taciturno pero seguro. Los arboles me abren paso me arrullan, me invitan, me aceptan.

Me esperaban.

viernes, 12 de julio de 2013

Mamá, quiero ser medieval


Empuñar la afilada espada,
Lucir mi argentada armadura,
Arrancar a un dragón sus escamas
y demostrar al mundo mi bravura.

Sí, hijo, y buscar el Santo Grial.
Sí, mamá, yo quiero ser medieval.

Hijo, no es más que pura fantasía.
Mamá, es lo que mi corazón ansía.

Enfrentarme a terribles peligros,
Por el día abatir enemigos.
Por la noche a la luz de las velas,
Enamorar a bellas damiselas.

Sí, hijo, un caballero sin igual.
Sí, mamá, yo quiero ser medieval.

Hijo, todo eso es pura locura.
Mamá, yo nunca presumí de cordura.

Recorrer los reinos a caballo,
Guiado por la luz de las estrellas,
y me hagan olvidar las querellas,
Que mi cuerpo sufriera antaño.

Sí, hijo, un caminante jovial.
Sí, mamá, yo quiero ser medieval.

Hijo, no sabes lo que estás diciendo.
Mamá, te lo digo como lo siento.

Y el fin de mis días llegaría,
Mientras al mal mantengo a raya,
Abrazaré la gloría, mi alegría,
Cuando mi cuerpo caiga en batalla.

Sí, hijo, con un coro celestial.
Sí, mamá, yo quiero ser medieval.

Hijo, tus deseos nunca dejes escapar.
Mamá, esta quimera quiero alcanzar

Hijo mío, nunca dejes de soñar.


lunes, 20 de mayo de 2013

Ovejas negras


Hubo un tiempo en el que todas las ovejas eran negras. 

Libres y salvajes, no había tapias ni barreras que las detuvieran. No necesitaban perros que las defendieran, ni pastores que las gobernaran. El mundo era suyo, hasta donde alcanzaran sus ojos, hasta donde les llevaran sus patitas. Pastaban lo que deseaban y entre ellas se protegían si alguien les atacaba. Pero la libertad se consigue sólo cuando se persigue. Exige sacrificio y responsabilidad. Y las ovejas comenzaron a acomodarse, perdieron su voluntad y con ella, poco a poco, su color. 

Cada vez había menos ovejas negras. Se veía alguna marrón. Y, al fin, fueron apareciendo las ovejas blancas, tal y como se conocen hoy. Estas ovejas blancas, sin voluntad, sin pasión, en lugar de perseguir su libertad, buscaban un pastor. Alguien que las guiara hacia ricos pastos y les diera protección para poder vivir cómodas y sin esfuerzo. A cambio, tan sólo tenían que darles su lana. También su sumisión. Las ovejas estaban conformes con esta situación. Todas excepto las negras, cuya lana no le servía para nada al pastor.

De esta manera, las ovejas pasaron del negro al blanco. Y las pocas que quedaron negras, fueron vistas como extrañas, incluso malvadas. Despreciadas por el resto, no tenían más remedio que abandonar los rebaños por orden del pastor, y si se resistían, los perros las devorarían sin contemplación. Casi todas desaparecieron. Mientras que cada vez había más blancas, más sumisas y más acomodadas. El pastor tenía mucha lana. Toda la que quisiera. Tanta lana tenía que terminó resultando demasiada. 

Llegó el día en el que el pastor ya no necesitaba tanta lana, y por lo tanto, ya no necesitaba tanta oveja. Los pastos comenzaron a escasear, y los perros comenzaron a morder. Las ovejas blancas no sabían que hacer. Muchas de ellas insistían, y hacían cola en la puerta del pastor, para que las esquilaran aunque fuera por un pasto menor. Estaban acostumbradas a ser guiadas que habían perdido la capacidad para decidir donde pastar por sí mismas. La situación era tan desesperada que algunas ovejas hasta empezaron a perder su lana.


Y así fue como poco a poco, algunas y por necesidad, empezaron a cambiar de color a fuerza de voluntad, al recordar que hubo un tiempo en el que todas eran ovejas negras.

Y tenían libertad.


martes, 23 de abril de 2013

La leyenda de Jorge y el dragón


Cuenta la leyenda que en una lejana ciudad conocida como Silene vivía una terrible criatura, un dragón perverso e inmundo, que aterrorizaba a la población. La bestia era inmensa y habitaba en un lago cercano, causando grandes daños a los rebaños e, incluso, a los habitantes que perecían asesinados. Y no sólo devoraba a sus presas, también devastaba cosechas y pastos, pues su aliento era de fuego y su mirada de trueno.

Para calmar al dragón, los habitantes del lugar acordaron entregarle sacrificios cada día, animales que engordaban para que la bestia fuera saciada. Sin embargo, llegó el momento en el que se acabaron todos los animales de la región y la criatura exigía ofrendas. El rey no tuvo más remedio que ordenar que los sacrificios empezaran a ser humanos. Así fue como, todos los días, se realizaba un sorteo en el que salía elegida una doncella virgen que debía ser entregada.

Uno de esos días el azar hizo que fuera la hija del rey, la princesa, la que resultara elegida como sacrificio. Era una joven y bella mujer, de cabellos negros y fascinante mirada, amada por todos los habitantes del reino por su bondad y su generosidad, pues siempre daba a los que menos tenía y le contaba cuentos a los niños cuando éstos enfermaban y no se dormían. Su padre se resistía a entregarla, y muchos de sus súbditos se ofrecieron para ocupar su lugar, pero el rey se negó. Él mismo había tomado esta terrible decisión y no había otra solución.

La princesa se marchó de la ciudad, caminando sin prisa en dirección al lago del dragón, deteniéndose algunos instantes para contemplar su pueblo, con tristeza pero determinación. Cuando llegó a orillas de aquel infecto lugar, observó como en uno de los lindes había una cueva de la que salía un humo negro y un hedor pestilente. Y de pronto, cuando menos lo esperaba, apareció un joven caballero, de origen humilde, montado sobre un caballo blanco. 


Al verlo, la princesa le explicó el peligro que corría e intentó disuadirlo para que se marchara, pero el caballero se negó a abandonarla. Estaba allí para salvarla.

Este caballero de leyenda, de nombre Jorge, se enfrentó al dragón en cuanto éste repentinamente apareció. Libraron una de las batallas más cruentas que los anales recuerdan, hasta que el guerrero cargó a caballo contra la bestia y, tras esquivar su aliento de fuego y sus descomunales garras, le incrustó una gran lanza en el pecho. De la sangre que derramó el dragón brotó un hermoso rosal. 



Y así fue como Jorge le entregó a la princesa aquella flor de amor nacida de la sangre de un dragón, y ella le regaló la historia de su gesta que aún hoy perdura imperecedera.

viernes, 19 de abril de 2013

Cómo arreglar el mundo

Un científico que vivía preocupado con los problemas del mundo estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.

Cierto día su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención. De repente se encontró con una revista en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo:

- Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie.

Entonces calculó que al pequeño le llevaría diez días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.

- Papá, papá, ya lo he hecho, he conseguido terminarlo.

Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería imposible que a su edad hubiera conseguido recomponer un puzzle que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible?, ¿cómo el niño había sido capaz de hacerlo?. De esta manera el padre preguntó con asombro a su hijo:

- Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo has logrado?.

- Papá - respondió el niño-, yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que le di la vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, pues sí sabía como era.




Cuando conseguí arreglar al hombre, di la vuelta a la hoja y vi que ya había arreglado al mundo. 



Fuente: Gabriel García Márquez.

miércoles, 10 de abril de 2013

La Ranita Sorda

Érase una vez una laguna, no tan pequeña como un charco ni tan grande como un estanque, en el que vivía una colonia de ranitas. Croando y saltando, pasaban noche y día. Pero ocurrió que dos de ellas, saltando entre cañas y nenúfares, acabaron cayendo a un profundo agujero. 


 El resto de las ranas, alarmadas, se reunieron alrededor del agujero, y cuando vieron lo profundo que era, le dijeron a las dos ranas que estaban en el fondo, entre gritos y aspavientos, que toda esperanza perdieran, pues jamás lograrían salir. ¡Que se debían dar por muertas!. 


Pero las dos ranas no hicieron caso alguno a estas palabras y continuaron intentando saltar con todas sus fuerzas para lograr salir del profundo agujero. Mientras tanto, desde arriba las otras también insistían en que sus esfuerzos serían en vano. 

 Finalmente, una de las ranas les prestó atención y en el desánimo cayó. Se tendió en el suelo, se puso a croar amargamente y de pena se murió. Pero la otra rana continuó dando saltos, sin hacer caso de los gritos y las señas de la multitud de ranas, que querían que dejara de sufrir y, simplemente, se dispusiera a morir. ¡No tenía sentido seguir luchando!. 


 Y sin embargo la ranita saltó, y saltó, cada vez más fuerte, cada vez más alto, hasta que tras un gran esfuerzo, logró salir del profundo agujero. ¡Qué proeza la de este anfibio!. 


 Cuando salió, el resto de ranas se le acercó y muy sorprendidos le dijeron:

- Nos alegra mucho que hayas logrado salir, a pesar de que gritáramos que te dejaras morir. 

Fue entonces cuando la rana les explicó que era sorda, y que pensó que lo que hacían desde arriba, entre señas, era animarla a esforzarse más y más para que saliera del agujero.

- Siempre es preferible un aspaviento a una palabra de desaliento. 



 Así pues, tened mucho cuidado no sólo con lo decís, ¡sino con lo que escucháis!, y digan lo que os digan, jamás os rindáis.

domingo, 24 de marzo de 2013

Soñadoras y Lunáticos




Cuenta la leyenda que en los días de plenilunio, aquellas y aquellos, soñadoras y lunáticos, que sienten una especial fascinación, una irremediable atracción por la luna llena, pierden el control y el sentido de la concentración. Se sienten mucho menos lúcidos y mucho más inquietos. 

 Pero hay una razón, una única razón que sólo conoce su corazón: desean que la luna llena sea deslumbrante y bella, que con ella no pueda rivalizar ninguna estrella, que luzca en todo su esplendor en el nocturno firmamento y que la noche se convierta en día por un momento. Así que, sin percatarse que lo hacen pero queriendo hacerlo, le regalan a la luna su esplendor, sumiéndose de esta manera en un vacilante estupor.

Por eso, y nada más que por eso, en los días de plenilunio soñadoras y lunáticos son un poco menos brillantes, tan sólo para que en la oscura noche la luna resplandezca con majestuosa grandeza.

Aunque eso implique que algunas y algunos... perdamos un poco la cabeza.

jueves, 20 de diciembre de 2012

La noche más larga

Érase una vez en una pequeña aldea de pescadores que por aquel entonces ya se llamaba Calpe, tres hermanos, cada cual más codicioso y supersticioso, que se estaban preparando para el Solsticio de Invierno. Por todos era conocido que esa noche sería la más larga del año, pero sólo unos pocos sabían lo que verdaderamente ocurría. Se decía que durante esa noche, que desde tiempo inmemorial era llamada Yule, los muertos caminaban entre los vivos. Y contaba la leyenda que aquel que se encontrara con un espíritu podría pedirle cualquier deseo a cambio de un favor.

Y hete aquí que estos tres hermanos, codiciosos y supersticiosos, aguardaron a que cayera el anochecer, y emprendieron rumbo a un lugar conocido como Peñón de Ifach, un enorme monte que se alzaba junto a la aldea y desafiante contra el mar. Después de mucho esperar, cuando pensaban que nada iban a encontrar, saliendo desde detrás de unas ruinas, se asomó una figura envuelta por una bruma sombría, que se deslizaba sobre el pedregal. Al principio, los hermanos se mostraron temerosos, pero la avaricia les pudo y se acercaron silenciosos:

- ¿Eres tú quién sólo pasea en la noche más larga? - preguntó el mayor.
- Así es, soy yo. - respondió con su fría voz.
- ¿Nos concederás lo que te pidamos? - preguntó el mediano.
- Tan sólo a cambio de un favor. - respondió con su oscura mirada.
- ¿Qué podemos hacer por ti? - preguntó el pequeño.
- Tendréis que conseguir tres objetos para mí. - respondió con su mano enlutada.
- Y si los conseguimos, ¿nos darás lo que sea? - preguntaron los hermanos al unísono.
- Lo que sea que queráis. - respondió mientras se acercaba.
- Queremos que nunca más nos falte nada. - hablaron los tres a la vez.
- Y así será si antes del amanecer me traéis: la ceniza de un campo fértil, el corazón de una gaviota y el hueso de un niño. 

 En cuanto fueron dichas estas palabras, la lúgubre aparición se dio la vuelta y se marchó con el eco de su propia voz. Sin más dilación, los hermanos decidieron dividirse para poder cumplir con la tarea antes de que el amanecer asomara por encima de los mares. El pequeño buscaría la ceniza, el mediano se encargaría del corazón y el mayor desenterraría el hueso. Se despidieron con alegría y grandes expectativas, pues ninguno de ellos dudaba que conseguirían todo cuanto les habían encomendado. Pero era la noche más larga del año, y nunca se sabe lo que te puede deparar.

 El hermano más pequeño, cruel y mezquino, decidió que el método más sencillo para conseguir una ceniza era con fuego. Así que se acercó al campo más cercano, prendió un retal de tela y lo arrojó contra los cultivos, incendiándolos. Y cuando creía que pronto lo conseguiría, la brisa marina sopló con más fuerza, avivó el fuego, que terminó por alcanzarlo hasta quemarlo vivo reduciéndolo a él mismo a cenizas.

El hermano mediano, feroz y desalmado, recorrió los caminos del Peñón hasta llegar a la cumbre, en la que sabía que encontraría los nidos de las gaviotas. En esos nidos podría matar a una cría sin dificultad y arrancarle el corazón de su cuerpo con suma facilidad. Cuando se acercó a un polluelo para asestarle el golpe fatal, su madre y el resto de aves se lanzaron contra el agresor, picoteando y pinchando su cuerpo hasta que a él mismo le arrancaron el corazón.

 El hermano mayor, pérfido y miserable, se dirigió hacia el cementerio de la aldea, que no estaba muy lejos de allí. Se encaramó al muro, saltó la cancela de metal y empezó a pasear entre las tumbas, buscando la más propicia para profanar. No tardó mucho en encontrar una fosa común, en la que se arrojaban los cuerpos de los niños huérfanos. Sin escrúpulo ni aprensión, se inclinó para usurpar uno de los restos óseos. Pero cuando pensaba que lo tenía aferrado, perdió el equilibrio y cayó en la sepultura, muriendo en el acto y dejando él mismo allí sus propios huesos.

Y fue así como la figura envuelta por la sombría bruma, de fría voz, oscura mirada y mano enlutada, fue paseando por cada lugar en el que los hermanos habían caído, y antes de que el Yule terminara, les reveló quién era mientras se los llevaba para siempre:

- Soy la Muerte que os reclama. Y ya nunca os hará falta nada.

La noche más larga del año terminó, como todas las largas noches, para dar paso a un nuevo amanecer, pues no existe principio ni final, ni luz sin oscuridad.


¡FELIZ YULE!

viernes, 7 de diciembre de 2012

Buscadores de luz


Ella sale a la calle, cansada, aburrida, presa de la monotonía, ignorando la luz que desprende a borbotones, la magia que crea a cada paso que da. Ignorando que el mundo se detiene con cada uno de sus movimientos, ignorando cada una de las cosas que la hacen única y especial.

Y todo transcurre como siempre, previsible, la rueda gira una y otra vez, los días se atropellan con desidia, nada cambia...


... excepto para quien la contemple. Quien tenga ese privilegio, que se agarre a él, con toda fuerza imaginable. Porque es difícil subsistir en un mundo vacío, y más difícil captar gente que lo llena de verdad, que sin ser consciente, con un guiño, con un simple e involuntario movimiento, da sentido al sinsentido.


Porque ella, en el día más triste, más oscuro, más cansado, más aburrido, más monótono... sale a la calle...


... e ilumina el mundo.





Hay quien dedica toda su vida, cada minuto que vive o malvive, buscando luz de manera incansable, como único objetivo vital del que es imposible escapar. Los buscadores de luz son necesarios en nuestro mundo, a través de un mundo lejano pero incrustado en las tinieblas de éste. Ese mundo, sin nombre, casi sin realidad, se derrumba si los buscadores no cumplen su objetivo. Ese mundo es un compendio de todos los anhelos y de todas las voluntades humanas, su sustento, su esqueleto, su muro maestro en todos los sentidos posibles. La argamasa insustituible que da verdadera forma y consistencia a la esperanza. Sin él, todo lo que realmente merece la pena, se desmorona.
Para ello, los buscadores de luz consagran su vida a recopilarla. Los hay verdaderos expertos, que a pesar de lo difícil de su tarea, a veces descorazonadora y devastadora, consiguen reunir suficientes puntos de luz para que todo adquiera sentido aunque sea para unos instantes.
Son todos gente oscura. Se confunden entre la multitud sin que las personas de alrededor sepan quienes son, a qué se dedican, y lo indispensables que resultan para que la vida no se vuelva tan oscura como ellos.
Ése es su sacrificio. Su búsqueda, la única recompensa. Pero en contraste con lo que encuentran ellos no sienten, no padecen, sólo buscan y buscan.
Él  nunca quiso ser un buscador de luz. Y no era porque no cumpliera algunos de los requisitos, siempre vivió en la oscuridad de quien busca la luz. No, no lo quiso ser sin más por creerse incapaz; tardo tiempo en plantearse que acabaría siéndolo y ni por esas se llegó a imaginar que acabaría encontrando la mayor fuente de luz imaginable.
La luz más allá del concepto lumínico en sí mismo, habita en determinadas personas, de manera más o menos nítida, desde la chispa más inocua, hasta el destello más cegador. Pero los buscadores no solían encontrarla en el interior de las personas. La luz física era mucho más fácil de recopilar. La luz de lo espontáneo también, de la casualidad, de algún acto aislado sorprendente y de extraña bondad. Sin embargo, buscarla intrínsecamente en un solo ser humano… sucedía con tan poca frecuencia que esa búsqueda tuviera éxito. Él, la encontraría, sin lugar a dudas. Sin pretenderlo. Sin más.
Entre lo sombrío del mundo de la oscuridad, entre lo oscuro del mundo de las sombras, él despertaba cada mañana todas nubladas, todas grises. Su rutina le invadía, siempre lo hacía. Salía a la calle sabiéndose consciente de que habitaba ese mundo, de que el letargo, el cansancio vital, la tristeza, eran parte y todo de su existencia. Sólo era un contemplador, dueño de un puñado de cenizas que tendían a dispersarse por el viento para luego volver y ensuciarle con el color gris de lo descorazonador.
Ver la luz ajena es algo que en realidad no es necesario ser un buscador para poder hacer, cualquiera con un mínimo de sensibilidad puede darse cuenta de quién mana la luz. Pero hay que tener en cuenta una cosa, las personas más luminosas no son siempre las portadoras de luz. Brillar por fuera es muy sencillo muchas veces, un estado de ánimo, una belleza especial, un sencillo reflejo, una casualidad. Pero la luz en realidad habita de manera inequívoca en quienes repudian el concepto de luz en sí. Y así sucedía con esa mujer. Que no se sabía portadora de luz, que no tenía ni idea de lo que escondía.
Por eso, ver en ella la luz como el resto de la gente la veía, no tuvo mucho mérito.  Porque claro que eso fue lo primero que vio. En principio, casi cualquiera que por cualquier motivo tuviera la oportunidad de contemplarla, sabría y distinguiría cada fotón que la poblaba. Porque la belleza de esa mujer era espléndida, porque cada sonrisa por rara era aún más maravillosa, desconcertante en la magnitud de su esplendor. Y esa belleza gigantesca le cegó como un golpe de esperanza. Pero no era eso lo que brillaba de manera latente, sumergida y descomunal en ella, no era sólo su indiscutible belleza física. No. Era su interior, era el hecho de que ella no era ni mucho menos consciente de cómo podía llegar a brillar, de la magia que la habitaba de manera total, que no la  había desbordado por el mero hecho de su ignorancia y negación al respecto, porque no asumía toda la extensión inabarcable de su belleza, en todos los sentidos posibles de la palabra, dándole significado de manera definitiva al concepto.
Sólo fue un segundo. Casual, todavía por decidir, repentino. Pero la vio. Se cruzó con ella. Entre el gentío ensordecedor, entre la muchedumbre cegadora y destructora de luz, ella. Un punto, una sonrisa escondida en un ceño fruncido, un faro dominado por la tormenta que sólo acierta a vislumbrar quien tiene fe verdadera en la existencia de la luz y de las segundas oportunidades.
Ella. Sólo ella. Completa, definitiva, con un potencial tan evidente y escandaloso que no comprendía como la gente a su alrededor no se apartaba sencillamente para contemplarla y verse dominados por el lujo de poder caminar a su lado.
Ella. Una más, pero más que una, todas.
Ella. Que se perdería para siempre entre la multitud, que nunca jamás volvería a ver, que se vería obligado a olvidarla de cualquier manera posible, aunque no hubiera manera que conociera para que existiera esa posibilidad.
Ella. Sin más. Con todo. Eterna. Fugaz.
Fuente de luz. Olvido inolvidable.

Ella.
Todo eso surgió en un segundo. Toda la vida que podría vivir si hubiera conseguido conocerla. Todo lo que podía ganar. Todo lo que estaba perdiendo mientras se alejaba. Y se alejó. Se alejó.
Su imagen, su silueta, se habría marchado. Habría sido sólo un recuerdo en la niebla. Si no hubiera sido por los buscadores de luz.
Porque los buscadores de luz lo supieron. Supieron que él la había encontrado. Lo supieron en seguida, es algo que captan inevitablemente. Supieron cuando él la vio, cuando sin que el resto del mundo se diera cuenta, su existencia se detuvo al contemplarla

- La has encontrado.- le dijo una voz una vez estaba tratando de volver a emprender camino y fundirse con las sombras de nuevo.
- ¿Quién… quién eres?- respondió él asustado.
- Soy lo que tú eres ahora. Soy un buscador de luz. Y has encontrado una fuente. Ahora debes de hacer que de ella emane la luz que buscamos.
- ¿Cómo? ¿Por qué yo?
- Has sido tú quién la ha descubierto. Has sido tú el que has atravesado su coraza y te has atrevido a mirar en su interior. La gente no es consciente de que existen personas, que con su energía, sólo con la luz que les habita, pueden mover montañas, pueden cambiar estaciones, pueden hacer reír, llorar de felicidad… pueden cambiar el mundo. Nosotros recopilamos toda luz posible. Ahora tú recopilarás la suya.
- Pero, ¿eso cómo se hace? ¿Tengo que exprimirla como si fuera una naranja?
- No es necesario hacer bromas estúpidas. Sabes perfectamente cómo. Sólo tienes que hacer que ella se cerciore de la existencia de su luz interior. Porque es lo que sucede con las personas más maravillosas, que sencillamente, muchas veces, ignoran su potencial. Se empeñan en ignorar lo que realmente son. Tú sabes lo que esconde, lo que alberga. Hazlo salir.
- Yo no soy nadie. No seré capaz.
- Sí. No serás capaz en tanto en cuanto creas que ella brillará por ti. No. Brillará sólo y exclusivamente por sí misma. Tú sólo tendrás que guiarla.

Sucedió. Se vio atado a esa misión, a una promesa que hizo cuando creía que no quería hacerla, pero queriendo cumplirla más que cualquier otra cosa en el mundo en realidad. Porque sólo haberse cruzado con ella un momento, sólo haberse asomado ligeramente a la mujer que era, le seducía tantísimo, le intrigaba, le obligaba a saber más, a jugarse el todo por el todo para buscar la luz que albergaba con toda intensidad posible.
El nuevo buscador de luz, por tanto, se dedicó a buscar a la mujer que poblaba sus sueños, a la mujer que habitaba sus fantasías desde la realidad, porque aunque alguien así sólo podía tener sentido siendo un producto de su fantasía, era real. La había visto con sus propios ojos antes de imaginarla por más que ahora no hiciera más que imaginarla una y otra vez.
Por lo que comenzó su búsqueda. Primero, tenía que encontrarla, a priori lo más sencillo. Pero no lo fue tanto. Él era inexperto y torpe, no sabía hacer los movimientos adecuados, y se perdía entre el gentío. Captaba un ramalazo de luz, pero desaparecía de manera abrupta; corría esquivando personas oscuras, sueños perdidos, muchos de ellos suyos propios, que se recomponían con tan sólo imaginar la imagen de aquella que enhebraría los mimbres más resistentes en los que la esperanza pudiera sujetarse sin caer al vacío.
- ¿La han visto?- preguntaba.- Es imposible que la hayan olvidado.
La gente no le respondía, muchos le ignoraban, muchos se compadecían de él, pobre buscador de luz loco. En sus ojos se dibujaba su silueta aunque no supiera buscarla en realidad. Llegó al punto de buscar el reflejo de sus propios ojos, en el cuál habitaba esa silueta, sólo para darse cuenta de que estaba viajando en círculos concéntricos.
Con su barca, remando a la deriva, comenzó a buscarla entre las olas sólo guiándose con las estrellas que había en el mar, que habían caído una a una, tristes destellos de felicidad pasada. En esos destellos caídos, en esas estrellas en el mar también la buscó.
- Vosotras habéis olvidado la felicidad. Vosotras ya no brilláis. Pero brillasteis. Ayudadme. Podréis volver a brillar.
- Pobre buscador de luz loco.- susurraban.- ¿No sabes lo que eres? Lo que eres te hará ser más oscuro y olvidable incluso de lo que somos nosotras ahora mismo. ¿Y aún así quieres encontrar de nuevo la luz?
- Sí. Indiscutiblemente. Yo no importo. Vosotras y quienes tenéis posibilidades de recuperar vuestro brillo, sí. Y por supuesto, ella también.
Le pareció, sorprendentemente, captar un pequeño fogonazo en ellas cuando en teoría se habían extinguido para formar parte del negro manto nocturno del mar.
- Te estás equivocando desde el principio. No la busques más. La encontrarás.
- ¿Por qué? ¿Cómo voy a encontrarla si no la encuentro?
- Pobre buscador de luz loco. Ya la encontraste una vez. Sin más la encontrarás.
Pensativo, abandonó la quietud del mar para volver a introducirse en el gentío. Se sentó en el suelo. Cerró los ojos. La recordó con toda intensidad.
El tiempo se detuvo, o quizás fue más deprisa… el caso es que todo giró desacompasado.
Fue un niño, fue un adolescente, fue un adulto. Todo lo que quiso, todo lo que buscó y no encontró, se agolpó en su mente, temeroso del olvido, víctima de su soledad.
Quiso tanto encontrarla. Lo quiso de verdad. No como muchas veces queremos las cosas, como un capricho momentáneo por el que mataríamos aunque realmente no nos fuera nada en ello. No, no fue así. Quiso encontrarla con toda certeza, sin artificios, sin exageraciones. No había nada más que encontrarla.

Las estrellas no mentían. Quizás se compadecieron de él. Quizás entendieron que, al fin y al cabo, siempre hay luz que puede ser rescatada. Siempre existe la oportunidad de rectificar, de dar un paso atrás para dar tres hacia delante.
Ella no quería encontrarle. Ella vivía inmersa en sus propias preocupaciones, apremiantes, una vida completa y plena amargada por la rutina. De hecho a priori no era muy diferente de la vida del buscador de luz en lo que realmente importaba. Había matices claro, pero ambos se habían visto devorados por el mundo, escupidos después de haber sido masticados y casi digeridos.
La diferencia radicaba en que él tenía que encontrarla, y ella tenía que ser encontrada. Y le encontró.
Ella lo vio. Sentado en el bordillo. Sujetando su cabeza con las manos, como con un miedo atroz a que se desprendiera de su cuello y cayera rodando por el suelo para ser pateada y pisoteada por el torrente de gente que subía y bajaba por las calles, siempre con prisa, nunca con calma.
Ella no se habría detenido en circunstancias normales. Pero ese chico, sin ser atractivo en absoluto, le llamó poderosamente la atención. Su concentración y pena, atadas con un nudo irrompible, el peso de sus párpados cerrados, como temiendo abrirlos y chocarse con la realidad. Todo en él. Fue así porque lo único que quería en la vida sin que ella lo supiese, era encontrarla, por encima de todas las cosas.
Y se acercó a él. Se sentó a tu lado. Sin darse cuenta de cómo y porqué lo hacía, le preguntó:
- ¿Qué te sucede?
La voz que él oyó, respondía a las plegarias de su búsqueda. Supo instantáneamente que era ella. Que quién sabe porqué, las estrellas tenían razón. Que quién sabe porqué, volvía a tener suerte.
El peso de los párpados se diluyó y pudo abrir los ojos. Se chocó de frente contra la mujer. Ahora, a su lado, mirándole, el influjo de su presencia era cien veces más grande. Se vio tan tentado de olvidar porqué la buscaba y consagrarse no sólo a buscar su luz, sino a amarla como comenzaba a amarla en ese preciso instante, cuidarla y hacerla feliz...
… pero no. No sería por él que saldría esa luz. Sería sólo por ella.
- Hola.- consiguió responder no sin esfuerzo.- Hola. Estás aquí.

- Claro que estoy aquí. Qué hombrecillo. ¿Dónde iba a estar?

“Hasta hace unos instantes, en mis sueños.” Estuvo a punto de replicar. Pero se comedió.
- No tenemos mucho tiempo. Tú no lo comprendes. No comprendes lo que eres en realidad.- y lo era tanto y tan intensamente. Apenas podía apartar la mirada, mirarla era un regalo tan jugoso y difícil de rechazar…- Ven conmigo.

- ¿A dónde?- ella también se sintió intrigada en parte. No en vano, cualquier excusa de escapar de la rutina en la cuál se veía sumergida día y noche, era bien recibida.

- A todos los destinos posibles. A todas las verdades escondidas. A tu interior. Verás. Tú eres una persona muy especial. Y el problema, es que no lo sabes. No sabes la luz que hay en tu interior. No sabes que puedes iluminar el mundo si te lo propones. No eres consciente de que no hay barreras, de que no hay límites. De que tú eres el límite.

Ella río, y fue sorprendente para ambos que no se levantara y marchara automáticamente, porque su risa no fue precisamente de felicidad, si no de sorna.
- A otra con ese cuento.

- Espera. Sólo tienes que esperar. Te lo demostraré.

Cogió su mano y la apretó con fuerza. La miró a los ojos.

- El viaje que vamos a hacer… quizás no será el mejor de los viajes. Pero te garantizo, que haré todo lo posible, todo lo que esté en mi mano, para que tu luz, para que la luz que ni tú ni yo comprendemos pero que vive en ti… sea libre, para que tú seas libre. Para que seas feliz.

Un libro se abrió ante ellos, un libro en blanco, con tanto por escribir, tachar y emborronar.
Ella soltaría su mano en repentinas ocasiones. La historia que escribirían no sería la historia más hermosa del mundo. Sería su historia, una historia en la que él no desfallecería buscando su luz.

Sería el primer buscador de luz capaz de amar, porque la amaría mientras, a veces quizás con ligero éxito, le hacía intentar comprender de que tanto ella como el mundo, necesitaban la luz. Necesitaban su luz.




… y el nuevo buscador de luz, quizás fracasaría. Quizás tendría éxito. Pero nunca, nunca, nunca desfallecería.




Y en un punto, sólo deseaba que sus miradas se cruzaran, y ella viera la luz de sus ojos reflejada en los suyos.

Porque así, quizás y sólo quizás, ella podría comprender toda la felicidad el torrente indominable de pura luz que podía generar.

Cada sonrisa que le arrancó, cada duda que generó en su corazón, valieron fotones valiosos que dieron rienda suelta a las más salvajes fantasías.

Porque ella, sabiéndolo o no, en el día más triste, más oscuro, más cansado, más aburrido, más monótono… fuera con él o sin él… sale a la calle…

… e ilumina el mundo.