Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.
Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños.
Toma asiento y escucha con atención.
Siempre habrá un cuento que narrar.
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sábado, 6 de agosto de 2016
Sueños perdidos
Cuando se despertó...
todo había cambiado.
Quiso comprender
que es lo que había pasado.
Quiso descubrir,
los abismos que brillaban.
Mucho más atrás,
de lo que ahora le atormentaba.
Quiso retroceder,
tomar el tiempo en sus manos.
Arcilla ardiente y hiel.
tiempo inútil, dedos viciados.
Y no pudo ser,
cuando ser está prohibido.
Ni pudo recoger,
todos sus añicos.
El mundo le escupió sin más, como los restos de un naufragio, enredados en un mar, de cada triste descalabro, que sufrió y sufrirá, remolinos de tristeza, y sueños que no cumplirá, vida oculta entre tinieblas.
Y escarbó, y escarbó.
Y escarbó y escarbó.
Y buscó y buscó.
Jamás la encontraría a ella.
... y él, no era él. No fue él. No era él.
... y él... ¡no era él! Jamás volvería a ser él.
El muro de cristal,
a través del que la contemplaba
no era ahora más que sal,
en cada herida no cerrada.
Recuerdos de papel,
mojados por la lluvia.
Esparcidos por doquier,
como páginas de una mente sucia.
Quiso despertar,
pero ya ni dormir podía.
Quiso volver a soñar,
sueños que destilaran vida.
Y no había nada, nada más,
que le mantuviera entero.
Ni esperanza de acabar,
ni de volver a empezar de cero.
Y escarbó, y escarbó.
Y escarbó y escarbó.
Y buscó y buscó.
Jamás la encontraría a ella.
... y él... no era él. No fue él. No era él.
¡Y él... no era él! Jamás volvería a ser él.
Volver a soñar los sueños perdidos.
Volver a soñar los sueños perdidos.
Volver y soñar. esos sueños perdidos.
Volver, sin más, a los sueños perdidos.
lunes, 5 de agosto de 2013
La niña de los ojos grandes
No era así. Sencillamente veía, no así como la gran
mayoría de seres humanos, que estaban ciegos, parcial o totalmente. Ella veía
todo con claridad, con sus grandes ojos escrutando cada cara, cada situación.
Ella se preguntaba con avidez de responderse por cosas que esa gente que la
tachaba de bicho raro jamás ni siquiera se paraba a pensar. Verdades a medias
que la gente olvidaba u obviaba. Claras para ella.
Estiraba de la manga de la camisa de su madre. Ella
bajaba la mirada. Y la veía mirando fijamente.
- Mamá, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás triste?
La mujer, cansada de trabajar, de soportar la vida y su
rutina, ni siquiera era consciente de estar triste. Vivía y malvivía al mismo
nivel de manera que los días pasaban y las cosas habían dejado de brillar y de
importar más que por la misma inercia de la existencia. Nadie se habría dado
cuenta de que estaba triste. Pero la niña de los ojos grandes sí lo sabía.
Porque miraba. Porque comprendía más observando que decenas de miles de
personas pensando que pensaban.
- Hija, no estoy triste. ¿Por qué dices esas cosas?-
respondió la mujer con la misma inercia que vivía sus días.
- Sí que estás triste. Estás cansada. Hay veces que no,
¿sabes? Hay veces que sonríes, y sonríes de verdad. Pero no ahora. Casi nunca.
¿Por qué estás triste? ¿Por qué estás cansada?
La mujer, quizás porque en el fondo de las palabras de
su hija sí veía el porqué y la realidad que esquivaba, se molestó.
- Ay, de verdad, siempre estás igual. Vale, algo cansada
estoy. Así es la vida. Esto es vivir.
Y la niña no comprendía. No comprendía que eso fuera
vivir. No entendía de ninguna de las maneras que vivir tuviera que conllevar
desgastarse y volverse mustio, morir en vida no era vida, era más muerte. Sin
embargo, en absurda paradoja eran sus padres y su familia los que pensaban que
ella era una niña triste y sombría. No lo era. Vivía con toda intensidad, cada
segundo era respuesta de algo, cada minuto entrañaba un nuevo enigma que le
inquietaba, que carcomía su curiosidad.
Miraba las estrellas preguntándose cómo brillaban tanto,
de dónde venían, porque observaban el mundo cómo ella observaba todas las
cosas. Miraba el agua fluir por los grifos, curiosa se preguntaba cómo y de
dónde salía, si era un regalo, si estaba siempre ahí. Cogía un dvd, y palpaba la
superficie plana, devanándose para averiguar cómo podía caber tanta información
ahí dentro. De lo cotidiano y mundano, a lo inexplicable y celestial, siempre
se preguntaba. Nunca se aburría.
Amaba de manera sincera como en realidad es la única
forma en la que se puede amar. Con sinceridad y dedicación, sin artificios.
Ella nunca entendió las formalidades y las tristes convenciones de la gente;
ella actuaba como quería actuar, porque era más madura y real que la falsa
multitud, que poco o nada podían enseñarle.
Amaba a todo lo que merecía ser amado. Sobre todo a los
animales, que representaban para ella lo que los humanos no conseguían
representar, sinceridad, transparencia, nobleza y un verdadero porqué a cada
una de sus acciones. Era capaz de quedarse embobada durante horas mirando un
escarabajo arrastrando una bola de barro, soñando con abrazar un pingüino sólo
por ver cómo se movía, acariciar el rostro de un caballo. Sus padres nunca le
dejaron tener animales, y era muy frustrante para ella que no comprendía
porqué. Estaba segura de que cuando pudiera, tendría mil animales… pero un día
se sorprendió teniendo sólo uno y fue la mejor opción posible, porque ese
animal era exactamente como ella… pero con pelo y hocico.
La perrita era pequeña, con los ojos enormes y transparentes. Sola en el mundo, un mundo que no la comprendía, que la tachaba de anormal en su retorcida retórica. Abocada a un final desconcertante y oscuro para un ser que entrañaba toda luz posible. La niña de los ojos grandes paseaba por la calle maravillándose con una tela de araña en un poste de luz, por su perfección; por cómo durante miles de años los seres humanos jamás han logrado hacer algo tan simétrico y perfecto cuando se la encontró. En una caja de cartón. Junto a una camada de siete cachorros, cuatro negros, dos con motas por la piel, vitales y alegres. Preciosos. Y entre todos ellos, una pizca de magia brotando en la oscuridad.
La perrita albina sobresalía como una estrella recién nacida, los ojos de la niña la vieron y no podían separarse de ella.
La perrita era pequeña, con los ojos enormes y transparentes. Sola en el mundo, un mundo que no la comprendía, que la tachaba de anormal en su retorcida retórica. Abocada a un final desconcertante y oscuro para un ser que entrañaba toda luz posible. La niña de los ojos grandes paseaba por la calle maravillándose con una tela de araña en un poste de luz, por su perfección; por cómo durante miles de años los seres humanos jamás han logrado hacer algo tan simétrico y perfecto cuando se la encontró. En una caja de cartón. Junto a una camada de siete cachorros, cuatro negros, dos con motas por la piel, vitales y alegres. Preciosos. Y entre todos ellos, una pizca de magia brotando en la oscuridad.
La perrita albina sobresalía como una estrella recién nacida, los ojos de la niña la vieron y no podían separarse de ella.
“Seguro que la comprarán la primera. Es preciosa. Es preciosa. No se puede ser
más bonita.”
La niña, con una ristra de sueños y esperanza a sus espaldas, pasaba todos los días por delante de la vieja que exhibía su caja como mercancía, seres vivos en venta, otra terrible verdad de la humanidad. En los días siguientes los cachorros fueron siendo cogidos. Menos ella. Ella no. A ella no la comprendían.
La niña de los ojos grandes sí la comprendía, veía sus débiles movimientos, veía su emergente vitalidad. Su singularidad. Ambas eran singulares. Corrió a su casa y rompió su hucha.
- Me la llevo.- odiaba pagar por ella, jamás se debería pagar por un ser vivo, un ser viviente con anhelos, esperanzas, dolor, amor… ¿qué sentido podía tener? ¿Cómo el resto del mundo no se daba cuenta? ¿Cómo era posible?
- ¿De verdad la quieres? Nadie la ha querido hasta ahora. Iba a deshacerme de ella.
La niña, con una ristra de sueños y esperanza a sus espaldas, pasaba todos los días por delante de la vieja que exhibía su caja como mercancía, seres vivos en venta, otra terrible verdad de la humanidad. En los días siguientes los cachorros fueron siendo cogidos. Menos ella. Ella no. A ella no la comprendían.
La niña de los ojos grandes sí la comprendía, veía sus débiles movimientos, veía su emergente vitalidad. Su singularidad. Ambas eran singulares. Corrió a su casa y rompió su hucha.
- Me la llevo.- odiaba pagar por ella, jamás se debería pagar por un ser vivo, un ser viviente con anhelos, esperanzas, dolor, amor… ¿qué sentido podía tener? ¿Cómo el resto del mundo no se daba cuenta? ¿Cómo era posible?
- ¿De verdad la quieres? Nadie la ha querido hasta ahora. Iba a deshacerme de ella.
La naturalidad y rugosa voz de la vieja diciendo algo
tan asqueroso le lleno de tristeza, de esa tristeza que intentaba esquivar y
que los seres humanos le escupían cada día. Hizo acopio de fuerzas.
- Claro que la quiero. ¿Cómo no voy a quererla?- “es preciosa, no cómo tú, vieja desagradable y arrugada.” se atrevió a pensar.
- Cómo quieras. Pero es albina, siempre será una perra enferma, y tendrás que cuidarla. ¿Crees que serás capaz? Yo creo que lo mejor para el animal sería no sufrir.
- Jamás sufrirá. Jamás. Ni un segundo. ¡Desde ya!- la niña cogió la caja y echó a correr, con cuidado y mimo, sabiendo que era imposible que se le cayera al suelo e hiciera daño a la perrita. La horrible vieja hizo ademán de perseguirla pero tropezó y calló de bruces sin tiempo para reaccionar.
Con la libertad de ambas y la certeza de que había hecho lo correcto, la niña corrió y corrió, esperanzada, feliz, completa.
La niña de los ojos grandes nunca mentía. Lo que decía lo hacía. Y estaba segura como de que el sol saldría a la mañana siguiente, la perrita no sufriría. Sería el centro del universo como debía de ser, como merecía.
- Claro que la quiero. ¿Cómo no voy a quererla?- “es preciosa, no cómo tú, vieja desagradable y arrugada.” se atrevió a pensar.
- Cómo quieras. Pero es albina, siempre será una perra enferma, y tendrás que cuidarla. ¿Crees que serás capaz? Yo creo que lo mejor para el animal sería no sufrir.
- Jamás sufrirá. Jamás. Ni un segundo. ¡Desde ya!- la niña cogió la caja y echó a correr, con cuidado y mimo, sabiendo que era imposible que se le cayera al suelo e hiciera daño a la perrita. La horrible vieja hizo ademán de perseguirla pero tropezó y calló de bruces sin tiempo para reaccionar.
Con la libertad de ambas y la certeza de que había hecho lo correcto, la niña corrió y corrió, esperanzada, feliz, completa.
La niña de los ojos grandes nunca mentía. Lo que decía lo hacía. Y estaba segura como de que el sol saldría a la mañana siguiente, la perrita no sufriría. Sería el centro del universo como debía de ser, como merecía.
Así fue. La perrita fue la prolongación de la niña, y la
niña la prolongación de la perrita. Al principio la escondió de sus padres,
pero le fue imposible, y su padre, hombre que apenas pasaba dos horas al día en
su casa, quiso devolverla. Pero el hombre le quería más que nada en el mundo, y
se vio incapaz de quebrantar los sueños de la niña como haría si no aceptaba a
la perrita en la casa. Así que tras mucho esfuerzo, apechugó y fue una más en
la familia.
La existencia de la niña fue mucho más feliz, aunque la gente seguía pensando que era una niña triste y que su perrita era una perra extraña. Dos seres singulares conviviendo en harmonía y simbiosis.
Un día la niña paseaba por la calle de camino de vuelta del colegio. Un gato asomó por debajo de un coche.
- ¡Hola guapo!- la niña se agachó y se acercó al felino. Éste se acercó con suavidad y con ternura pasó el lomo por debajo de su mano, queriendo y buscando el amor que la sociedad le había devuelto en forma de abandono y frío. Muchos gatos estaban tan escarmentados con la gente que nada más ver a uno de ellos, huían como alma que llevaba el diablo. Este gatito era joven y todavía no había aprendido de la maldad de los humanos.
Caminaron juntos un buen rato, el gato de vez en cuando se paraba y le hacía una carantoña, y la niña de los grandes ojos se derretía.
Ella perdió la noción del tiempo y del espacio, y siguiendo al gato mientras jugaban se fue de su barrió, y se adentró por una parte de la ciudad que no conocía.
La existencia de la niña fue mucho más feliz, aunque la gente seguía pensando que era una niña triste y que su perrita era una perra extraña. Dos seres singulares conviviendo en harmonía y simbiosis.
Un día la niña paseaba por la calle de camino de vuelta del colegio. Un gato asomó por debajo de un coche.
- ¡Hola guapo!- la niña se agachó y se acercó al felino. Éste se acercó con suavidad y con ternura pasó el lomo por debajo de su mano, queriendo y buscando el amor que la sociedad le había devuelto en forma de abandono y frío. Muchos gatos estaban tan escarmentados con la gente que nada más ver a uno de ellos, huían como alma que llevaba el diablo. Este gatito era joven y todavía no había aprendido de la maldad de los humanos.
Caminaron juntos un buen rato, el gato de vez en cuando se paraba y le hacía una carantoña, y la niña de los grandes ojos se derretía.
Ella perdió la noción del tiempo y del espacio, y siguiendo al gato mientras jugaban se fue de su barrió, y se adentró por una parte de la ciudad que no conocía.
Se encontró con un grupo de niños, preadolescentes un
par de años mayores que ella.
- ¿Habéis visto ese gato? Es feo el jodido.
- Buah, es más fea y rara la niña que va con él. ¿Qué pasa bicho raro?
- ¿Habéis visto ese gato? Es feo el jodido.
- Buah, es más fea y rara la niña que va con él. ¿Qué pasa bicho raro?
La niña de los ojos grandes se asustó, más que por ella,
que en parte también, por el gato.
- ¡Dejadnos en paz! ¡No os hemos hecho nada!
El niño cobarde apenas llevaba tres meses viviendo en la ciudad. Sus padres se mudaban una y otra vez, y no conseguía hacer amigos. No habría sido mal chaval. Sólo era cobarde. Desaliñado y ausente, sólo quería ser aceptado, equivocándose una y otra vez. No conocía a esos chicos más que de unas semanas. Eran los malotes de la clase, él no, pero no sabía cómo integrarse. Los primeros dos meses le hicieron perrerías constantemente, hasta que decidió ser uno de ellos, y se metió con alguien que era más débil incluso. Era un niño cobarde.
Porque tanto la niña como el gato le parecían preciosos. Pero era incapaz de intervenir.
- Joder, claro que nos habéis hecho. Es un gato apestoso y tú eres una niñita puta.- el más grande de todos cogió una piedra. El gato era demasiado pequeño e ingenuo todavía. – Y os merecéis ser más feos todavía.- lanzó la piedra con la destreza de quién había hecho y cometido crueldades tan a menudo, que golpear a un indefenso animal era un deporte que no entrañaba ningún secreto.
El proyectil tomó una trayectoria perfecta e impactó en el rostro del animal. La niña de los ojos grandes contempló horrorizada como estallaba un globo de sangre en la cara del felino, que atontado y dejando un reguero carmesí tras de él, maullando dolor, salió disparado. Todos los niños menos el niño cobarde rompieron a reír de manera grotesca.
- ¡Dejadnos en paz! ¡No os hemos hecho nada!
El niño cobarde apenas llevaba tres meses viviendo en la ciudad. Sus padres se mudaban una y otra vez, y no conseguía hacer amigos. No habría sido mal chaval. Sólo era cobarde. Desaliñado y ausente, sólo quería ser aceptado, equivocándose una y otra vez. No conocía a esos chicos más que de unas semanas. Eran los malotes de la clase, él no, pero no sabía cómo integrarse. Los primeros dos meses le hicieron perrerías constantemente, hasta que decidió ser uno de ellos, y se metió con alguien que era más débil incluso. Era un niño cobarde.
Porque tanto la niña como el gato le parecían preciosos. Pero era incapaz de intervenir.
- Joder, claro que nos habéis hecho. Es un gato apestoso y tú eres una niñita puta.- el más grande de todos cogió una piedra. El gato era demasiado pequeño e ingenuo todavía. – Y os merecéis ser más feos todavía.- lanzó la piedra con la destreza de quién había hecho y cometido crueldades tan a menudo, que golpear a un indefenso animal era un deporte que no entrañaba ningún secreto.
El proyectil tomó una trayectoria perfecta e impactó en el rostro del animal. La niña de los ojos grandes contempló horrorizada como estallaba un globo de sangre en la cara del felino, que atontado y dejando un reguero carmesí tras de él, maullando dolor, salió disparado. Todos los niños menos el niño cobarde rompieron a reír de manera grotesca.
- ¡No! ¡No! ¡No!- la niña sintió una rabia tan grande como nunca sintió, como
casi nunca sentiría. Un odio basado en la razón sin lugar a ningún género de dudas. En una razón
que combatía desesperadamente en una batalla perdida contra la crueldad,
incomprensible entre tantas cosas que trataba de comprender. La más incomprensible de todas. En ese
momento, ella habría sido tan despiadada y vengativa o más que el chaval. Cogió
la piedra y la lanzó contra el desgraciado chiquillo, pero a pesar de su rabia
y de su odio, la fuerza no estaba con ella y cayó al lado de sus sucios
zapatos.
Eso les hizo reír aún más.
“Oh no, el gato. Está herido, se ha ido corriendo. Tengo que encontrarlo.” Intentando priorizar y olvidar a los estúpidos niños corrió calle abajo siguiendo a la desazón el rastro de sangre para encontrar al animal e intentar ayudarlo como no sabía ni cómo le ayudaría pero deseándolo a pleno pulmón.
- ¿Habéis visto a la niñata cómo corre? ¡Dios es que le he dado en todos los morros!
Todos los niños seguían riendo salvo el niño cobarde.
- ¿Es que no te hace gracia, payaso?- le espetó el líder de la banda.
Una extraña mueca atravesó su cara y todas sus facciones. No sentía más que asco y lástima por todo lo que había sucedido, pero era un niño cobarde y más miedo tenía que rebeldía.
Eso les hizo reír aún más.
“Oh no, el gato. Está herido, se ha ido corriendo. Tengo que encontrarlo.” Intentando priorizar y olvidar a los estúpidos niños corrió calle abajo siguiendo a la desazón el rastro de sangre para encontrar al animal e intentar ayudarlo como no sabía ni cómo le ayudaría pero deseándolo a pleno pulmón.
- ¿Habéis visto a la niñata cómo corre? ¡Dios es que le he dado en todos los morros!
Todos los niños seguían riendo salvo el niño cobarde.
- ¿Es que no te hace gracia, payaso?- le espetó el líder de la banda.
Una extraña mueca atravesó su cara y todas sus facciones. No sentía más que asco y lástima por todo lo que había sucedido, pero era un niño cobarde y más miedo tenía que rebeldía.
- Claro, claro. Joder ha sido genial. Vaya hostia le has dado en toda la jeta.- se sintió tan repugnante que estuvo a punto de vomitar ahí mismo.- Bueno tíos, me voy a casa ya que me estarán esperando para cenar.- intentando no mirarles a la cara mientras se daba la vuelta y se despedía para que no vieran la mentira mal disimulada se marchó en dirección contraria hacia donde habían corrido el gato y la niña, para girar en la manzana inmediatamente posterior y correr tras ellos. Se sentía el peor ser de la creación. Era un cobarde, pero no era mala persona. Quería encontrar a la niña y ayudarles.
Pero la niña corría y corría y no encontraba al gato, el rastro de sangre se difuminaba y la humedad, la suciedad y los charcos de la ciudad lo empapaban todo de tal manera que era imposible no confundirlos y confundirse. La oscuridad la devoraba. Sintió miedo en toda la extensión de la palabra, y lo curioso es que la gran mayor parte del miedo, era por la seguridad del gato y por su destino; aunque de alguna manera empezaba también a temer por ella misma, más lejos de lo que nunca había estado en soledad de su casa, en un entorno hostil y casi violento, violentada ella por lo sucedido, alterada, nerviosa. Apenas pensaba, sólo oía los latidos de su corazón desbocado que quería escapársele por la boca abriéndose paso entre su garganta.
Una niña ahora sí, triste y asustada, con sus enormes ojos repletos de un mar incontenible de lágrimas.
Lo había perdido. No lo encontraría. Moriría. No podría salvarlo. Estaba
perdida. Estaba perdido. Todo estaba perdido
Un coche se paró justo al lado de ella, que se había
sentado ensuciándose el vestido, con la mirada
perdida contra el suelo. La ventanilla se bajó.
- ¿Hola? ¿Pero qué haces aquí tú sola?- entre la marisma
de pensamientos que le golpeaban el cráneo, oyó la voz que provenía del coche.
Le era familiar. Era un amigo de sus padres, había ido varias veces a cenar a
su casa. Uno de tantos que la miraban como se mira a algo triste y extraño. Era
profesor en la escuela del centro de la ciudad.
- Yo… yo… yo… - las lágrimas y la congestión le impedían hablar, el peso sobre su conciencia se aglutinaba en su garganta y era casi incapaz de articular palabra.
- Yo… yo… yo… - las lágrimas y la congestión le impedían hablar, el peso sobre su conciencia se aglutinaba en su garganta y era casi incapaz de articular palabra.
El hombre se sintió realmente conmovido.
- Pero, ¿qué sucede? ¿qué pasa? Anda sube, que estarás muerta de frío, y tus padres estarán preocupadísimos.
- No… no lo entiendes. Lo he perdido. No lo encuentro. Ha sido culpa mía. Yo lo traje hasta aquí. Y le hicieron daño… y no he podido salvarle. – se derrumbó por completo por primera vez en su vida y rompió a llorar de manera tan desconsolada como sólo se llora por el más noble y certero de los motivos.
El hombre bajó del coche y cogió a la chiquilla en brazos que no se resistió, derrotada y marchita. Había tenido mucha suerte de encontrarse con él.
En ese preciso instante, el niño cobarde que estaba buscando al gato y a la niña, la vio subirse al coche. Conocía a ese hombre, era su profesor de historia, el mejor y más amable de los profesores que tenía. Vio como el coche arrancaba y se iba lejos de él.
Se sentía un despojo, un desperdicio, una inmundicia.
Él podía haber sido valiente. Pero fue cobarde, y en parte permitió que todo eso sucediera. El mundo estaba podrido, ¿él también lo estaba?
Esta vez no lo estaría. Encontraría a ese gato. Lo encontraría.
- Pero, ¿qué sucede? ¿qué pasa? Anda sube, que estarás muerta de frío, y tus padres estarán preocupadísimos.
- No… no lo entiendes. Lo he perdido. No lo encuentro. Ha sido culpa mía. Yo lo traje hasta aquí. Y le hicieron daño… y no he podido salvarle. – se derrumbó por completo por primera vez en su vida y rompió a llorar de manera tan desconsolada como sólo se llora por el más noble y certero de los motivos.
El hombre bajó del coche y cogió a la chiquilla en brazos que no se resistió, derrotada y marchita. Había tenido mucha suerte de encontrarse con él.
En ese preciso instante, el niño cobarde que estaba buscando al gato y a la niña, la vio subirse al coche. Conocía a ese hombre, era su profesor de historia, el mejor y más amable de los profesores que tenía. Vio como el coche arrancaba y se iba lejos de él.
Se sentía un despojo, un desperdicio, una inmundicia.
Él podía haber sido valiente. Pero fue cobarde, y en parte permitió que todo eso sucediera. El mundo estaba podrido, ¿él también lo estaba?
Esta vez no lo estaría. Encontraría a ese gato. Lo encontraría.
A las diez y media de la mañana, Horacio impartía su
primera clase de la mañana. Todavía andaba preguntándose cómo esa niña había
llegado hasta allí, y qué había sucedido para que anduviera triste y sola por
las calles de la ciudad, qué había perdido, qué le reconcomía.
Con absoluta profesionalidad, impartió su clase olvidando ese misterio con la pasión que le caracterizaba; adoraba su trabajo, y vivía en la esperanza de lograr inculcar ciertas ideas en chiquillos que verdaderamente, no poseían ninguna. En realidad, con llegar a uno de entre sus treinta alumnos le era suficiente.
El niño cobarde no era un buen estudiante. No era un muchacho estúpido, pero era demasiado distraído y torpe. Sin embargo, probablemente era ése chaval, el único de los treinta al que realmente Horacio conseguía llegar y despertar su conciencia. Cuando sonó la sirena, Horacio tenía cierta prisa y recogió sus cosas rápidamente. Pero el niño cobarde se acercó. A Horacio le sorprendió que tuviera los brazos llenos de arañazos.
- Profesor… me gustaría hablar con usted.
- Te tengo dicho que me llames de tú, hombre. ¿Qué sucede? No voy muy bien de tiempo. ¿Y qué te ha pasado en los brazos?
- Escuche… escucha. Eso no importa ahora. Te vi ayer recoger a esa niña en la ciudad. ¿Es tu hija?
- ¿Me viste? No, no es mi hija, es la hija de unos amigos. ¿Sabes qué hacía allí sola? ¿Qué le sucedía?
- Sí. Los sé perfectamente. Sé qué había perdido. Sé por qué se sentía así. Si me dice dónde vive, le devolveré lo que había perdido.
- Bueno, dámelo a mí y yo iré.
- Profesor… me gustaría hacerlo a mí. En parte yo soy culpable de lo que le sucedió.
- Vamos, ¿a qué te refieres? Tú eres un buen chaval. ¿Por qué harías llorar a una niña?
“Porque soy un cobarde.” pensó.
- Porque no hice nada por ayudarla. Pero ahora quiero remediarlo. Si me dijeras dónde vive…
Horacio conocía al muchacho, y sabía que era trigo limpio. Veía sus desesperados intentos por integrarse con chicos que valían un millón de veces menos que él. Decidió confiar.
- Está bien. Esta tarde te recogeré y te llevaré a verla. No vive precisamente cerca.
El chaval hasta se ruborizó, como si hubiera encontrado las piezas de un complicado puzle y estuviera sorprendido de poder encajarlas.
- Muchas gracias. Muchas gracias.- sonrió con sinceridad casi por primera vez desde que estaba en la ciudad.
Con absoluta profesionalidad, impartió su clase olvidando ese misterio con la pasión que le caracterizaba; adoraba su trabajo, y vivía en la esperanza de lograr inculcar ciertas ideas en chiquillos que verdaderamente, no poseían ninguna. En realidad, con llegar a uno de entre sus treinta alumnos le era suficiente.
El niño cobarde no era un buen estudiante. No era un muchacho estúpido, pero era demasiado distraído y torpe. Sin embargo, probablemente era ése chaval, el único de los treinta al que realmente Horacio conseguía llegar y despertar su conciencia. Cuando sonó la sirena, Horacio tenía cierta prisa y recogió sus cosas rápidamente. Pero el niño cobarde se acercó. A Horacio le sorprendió que tuviera los brazos llenos de arañazos.
- Profesor… me gustaría hablar con usted.
- Te tengo dicho que me llames de tú, hombre. ¿Qué sucede? No voy muy bien de tiempo. ¿Y qué te ha pasado en los brazos?
- Escuche… escucha. Eso no importa ahora. Te vi ayer recoger a esa niña en la ciudad. ¿Es tu hija?
- ¿Me viste? No, no es mi hija, es la hija de unos amigos. ¿Sabes qué hacía allí sola? ¿Qué le sucedía?
- Sí. Los sé perfectamente. Sé qué había perdido. Sé por qué se sentía así. Si me dice dónde vive, le devolveré lo que había perdido.
- Bueno, dámelo a mí y yo iré.
- Profesor… me gustaría hacerlo a mí. En parte yo soy culpable de lo que le sucedió.
- Vamos, ¿a qué te refieres? Tú eres un buen chaval. ¿Por qué harías llorar a una niña?
“Porque soy un cobarde.” pensó.
- Porque no hice nada por ayudarla. Pero ahora quiero remediarlo. Si me dijeras dónde vive…
Horacio conocía al muchacho, y sabía que era trigo limpio. Veía sus desesperados intentos por integrarse con chicos que valían un millón de veces menos que él. Decidió confiar.
- Está bien. Esta tarde te recogeré y te llevaré a verla. No vive precisamente cerca.
El chaval hasta se ruborizó, como si hubiera encontrado las piezas de un complicado puzle y estuviera sorprendido de poder encajarlas.
- Muchas gracias. Muchas gracias.- sonrió con sinceridad casi por primera vez desde que estaba en la ciudad.
La niña no había podido dormir. Siempre se había hecho
preguntas que la mantenían inquieta por la noche, pero sobre todo desde que
tenía a su perra a su lado, le bastaba con abrazarla y conciliar el sueño. Esa
noche ni siquiera eso fue suficiente para apaciguarla, nadando en el mar de
dudas y de culpa en el que se ahogaba. En clase en el colegio fue más
esquiva incluso que de costumbre, y por
primera vez, la tristeza que la gente creía ver en ella era palpable y real,
terrible, y a flor de piel.
Sonó el timbre.
- ¡Horacio!- escuchó decir a su madre. -¡Qué sorpresa! Gracias de nuevo por lo de anoche, jamás podremos agradecértelo del todo. Cuidaremos de que la niña no vuelva a meterse en problemas.
- Fue un placer, no te preocupes. Escucha, he traído a este chaval. Es un alumno mío del colegio y le gustaría hablar con tu hija.
Tocaron a su puerta.
- Hija, este chico quiere hablar contigo.- dijo la madre que estaba muy contenta de que la chiquilla sociabilizara e hiciera amigos.
- No quiero ver a nadie. Déjame en paz.
Por desgracia para ella, su habitación no tenía nada parecido a un pestillo.
- Anda, no seas boba y juega con él un rato mientras me tomo un café con Horacio.
La niña estuvo a punto de gritar a todos que se fueran y que la dejaran sola de una maldita vez… pero al abrirse la puerta vio la cesta. La llevaba el niño, una cesta para gatos.
Vio al niño. Le odió instantáneamente al reconocerlo como uno de los desgraciados que se rieron de ella y asistieron a lo sucedido. Pero volvió a mirar la cesta.
Horacio y la madre les dejaron solos.
- ¿Qué haces aquí?- sólo preguntó sin apartar sus enormes ojos del trasportín y su posible contenido.
- Hola… - el niño cobarde era un niño cobarde y muy tímido. Bajó la mirada mirándose los pies y dándose cuenta de lo sucios que tenía los zapatos.
- ¿Qué heces aquí?- volvió a repetir la niña de los ojos grandes.
- Yo… yo… anoche vi lo que pasó. Yo… yo quería ayudarte … pero tuve miedo.
- No es excusa. Eres igual que ellos. Igual que el que tiró la piedra.
- Puede ser… puede ser… pero luego lo busqué. Estuve dos horas buscándole… no lo encontraba… me llevé una bronca muy gorda de mis padres pero…
-… ¿pero lo encontraste?- una mecha encendió de golpe el brillo de sus ojos, un interruptor automático transformando tristeza en esperanza en una milésima de segundo.
- Sí… lo encontré. Mis padres me ayudaron a curarlo.- lo sacó del trasportín. La perrita que estaba durmiendo, se despertó de sopetón, lo miró fijamente, alzó las orejas, introdujo su rabo entre las piernas, y se fue al rincón más apartado de la habitación para esconderse. No llevaba bien las visitas extrañas, y era el primer gato que veía en su vida.
El minino estaba confuso y puede que todavía atontado por el golpe. La niña de los ojos grandes lo miró extasiada y feliz. La piedra habría abierto una brecha en el entrecejo, pero estaba más o menos curada, y mirándolo de manera optimista, dentro de lo que cabe había tenido suerte, porque unos centímetros más a la izquierda, y le habría dejado tuerto. No había sido así. Se sorprendió de ver que además de la herida de la frente, tenía el cuello con una herida circular.
- Hala. ¿Qué le ha pasado en el cuello?
El niño cobarde se ruborizó más incluso.
- Yo… no se dejaba coger y le até un cordel al cuello y estiré de él…
La rabia que había desaparecido del rostro de la niña volvió multiplicada por un millón.
- Pero… pero… ¿Tú eres tonto o qué? ¿Querías ayudarlo o hacerle más daño? Qué chaval.
- No sabía qué hacer. Lo siento. Perdóname.
- ¡Pero sí que eres tonto! A mí no tienes que pedirme perdón. Te has portado mal con él.
El niño quedó un poco confuso. Según su manera de ver las cosas, había ayudado al gato aunque le hubiera hecho daño, la recompensa había sido mayor. No podía comprender el mundo tan maravillosamente blanco y negro en el que vivía la niña: no se podía ser pragmático con un ser vivo. Si había que salvarlo, se le salvaba bien. Que hubiera pedido ayuda.
A pesar de parecerle verdaderamente tonto, la niña vio al gato a salvo y volvió a sonreír.
- ¿Y qué vas a hacer con él? Ahora no lo soltarás, ¿no?
- No.- sonrió él también. – Nos lo vamos a quedar. Se llama Lobezno.
- ¿Lobezno? Si es un gato. ¿Qué nombre tonto es ése? ¿Y te lo vas a quedar tú? ¿Seguro que no le vas a hacer daño otra vez aunque sea sin querer?
- Oye, Lobezno es un nombre que mola un montón. El de los X-Men. El de las garras. Porque no veas cómo araña… y sí lo voy a cuidar mucho.
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Seguro?
- Seguro…
- ¿Seguro?
- ¡Que sí!
La niña de los ojos grandes volcó su mirada sobre el niño. Inevitable y descomunal. Incluso con once años había aprendido a las malas que la gente no era de fiar. Que las promesas casi nunca valían nada. Que no valía la pena prometer, y mucho menos creer. Sin embargo, con esa mirada aplastando al niño cobarde, preguntó:
Sonó el timbre.
- ¡Horacio!- escuchó decir a su madre. -¡Qué sorpresa! Gracias de nuevo por lo de anoche, jamás podremos agradecértelo del todo. Cuidaremos de que la niña no vuelva a meterse en problemas.
- Fue un placer, no te preocupes. Escucha, he traído a este chaval. Es un alumno mío del colegio y le gustaría hablar con tu hija.
Tocaron a su puerta.
- Hija, este chico quiere hablar contigo.- dijo la madre que estaba muy contenta de que la chiquilla sociabilizara e hiciera amigos.
- No quiero ver a nadie. Déjame en paz.
Por desgracia para ella, su habitación no tenía nada parecido a un pestillo.
- Anda, no seas boba y juega con él un rato mientras me tomo un café con Horacio.
La niña estuvo a punto de gritar a todos que se fueran y que la dejaran sola de una maldita vez… pero al abrirse la puerta vio la cesta. La llevaba el niño, una cesta para gatos.
Vio al niño. Le odió instantáneamente al reconocerlo como uno de los desgraciados que se rieron de ella y asistieron a lo sucedido. Pero volvió a mirar la cesta.
Horacio y la madre les dejaron solos.
- ¿Qué haces aquí?- sólo preguntó sin apartar sus enormes ojos del trasportín y su posible contenido.
- Hola… - el niño cobarde era un niño cobarde y muy tímido. Bajó la mirada mirándose los pies y dándose cuenta de lo sucios que tenía los zapatos.
- ¿Qué heces aquí?- volvió a repetir la niña de los ojos grandes.
- Yo… yo… anoche vi lo que pasó. Yo… yo quería ayudarte … pero tuve miedo.
- No es excusa. Eres igual que ellos. Igual que el que tiró la piedra.
- Puede ser… puede ser… pero luego lo busqué. Estuve dos horas buscándole… no lo encontraba… me llevé una bronca muy gorda de mis padres pero…
-… ¿pero lo encontraste?- una mecha encendió de golpe el brillo de sus ojos, un interruptor automático transformando tristeza en esperanza en una milésima de segundo.
- Sí… lo encontré. Mis padres me ayudaron a curarlo.- lo sacó del trasportín. La perrita que estaba durmiendo, se despertó de sopetón, lo miró fijamente, alzó las orejas, introdujo su rabo entre las piernas, y se fue al rincón más apartado de la habitación para esconderse. No llevaba bien las visitas extrañas, y era el primer gato que veía en su vida.
El minino estaba confuso y puede que todavía atontado por el golpe. La niña de los ojos grandes lo miró extasiada y feliz. La piedra habría abierto una brecha en el entrecejo, pero estaba más o menos curada, y mirándolo de manera optimista, dentro de lo que cabe había tenido suerte, porque unos centímetros más a la izquierda, y le habría dejado tuerto. No había sido así. Se sorprendió de ver que además de la herida de la frente, tenía el cuello con una herida circular.
- Hala. ¿Qué le ha pasado en el cuello?
El niño cobarde se ruborizó más incluso.
- Yo… no se dejaba coger y le até un cordel al cuello y estiré de él…
La rabia que había desaparecido del rostro de la niña volvió multiplicada por un millón.
- Pero… pero… ¿Tú eres tonto o qué? ¿Querías ayudarlo o hacerle más daño? Qué chaval.
- No sabía qué hacer. Lo siento. Perdóname.
- ¡Pero sí que eres tonto! A mí no tienes que pedirme perdón. Te has portado mal con él.
El niño quedó un poco confuso. Según su manera de ver las cosas, había ayudado al gato aunque le hubiera hecho daño, la recompensa había sido mayor. No podía comprender el mundo tan maravillosamente blanco y negro en el que vivía la niña: no se podía ser pragmático con un ser vivo. Si había que salvarlo, se le salvaba bien. Que hubiera pedido ayuda.
A pesar de parecerle verdaderamente tonto, la niña vio al gato a salvo y volvió a sonreír.
- ¿Y qué vas a hacer con él? Ahora no lo soltarás, ¿no?
- No.- sonrió él también. – Nos lo vamos a quedar. Se llama Lobezno.
- ¿Lobezno? Si es un gato. ¿Qué nombre tonto es ése? ¿Y te lo vas a quedar tú? ¿Seguro que no le vas a hacer daño otra vez aunque sea sin querer?
- Oye, Lobezno es un nombre que mola un montón. El de los X-Men. El de las garras. Porque no veas cómo araña… y sí lo voy a cuidar mucho.
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Seguro?
- Seguro.
- ¿Seguro?
- Seguro…
- ¿Seguro?
- ¡Que sí!
La niña de los ojos grandes volcó su mirada sobre el niño. Inevitable y descomunal. Incluso con once años había aprendido a las malas que la gente no era de fiar. Que las promesas casi nunca valían nada. Que no valía la pena prometer, y mucho menos creer. Sin embargo, con esa mirada aplastando al niño cobarde, preguntó:
-¿Me lo prometes?
Éste se asustó. Era obvio que era muy asustadizo y que tenía verdadera facilidad para asustarse. Pero este miedo era tan real, miedo a la decepción, a volver a fracasar. Miedo absoluto que le helaba las venas.
- Te lo… te lo… te lo prometo.
La niña hizo acopio de la poquitísima fe que tenía en la gente, cerró los ojos y decidió creerle.
El niño cobarde y Lobezno abandonaron la casa, y era un niño un poquito menos cobarde.
Pero todavía le quedaba mucho por aprender. Muchísimos fracasos, muchísimos miedos, tanto odio y rencor.
Ésa fue la primera vez que vio a la niña de los ojos grandes.
Miró la fachada de la casa. Se quedó pensativo. Confuso, porque curiosamente era la primera persona que había entendido a la niña aunque ni siquiera fuera consciente de que la entendía.
Éste se asustó. Era obvio que era muy asustadizo y que tenía verdadera facilidad para asustarse. Pero este miedo era tan real, miedo a la decepción, a volver a fracasar. Miedo absoluto que le helaba las venas.
- Te lo… te lo… te lo prometo.
La niña hizo acopio de la poquitísima fe que tenía en la gente, cerró los ojos y decidió creerle.
El niño cobarde y Lobezno abandonaron la casa, y era un niño un poquito menos cobarde.
Pero todavía le quedaba mucho por aprender. Muchísimos fracasos, muchísimos miedos, tanto odio y rencor.
Ésa fue la primera vez que vio a la niña de los ojos grandes.
Miró la fachada de la casa. Se quedó pensativo. Confuso, porque curiosamente era la primera persona que había entendido a la niña aunque ni siquiera fuera consciente de que la entendía.
Emprendió camino convencido de que sólo quería conocerla
más, saber de ella, conocer su mundo, tan mágico y especial como único,
peculiar y absolutamente maravilloso.
Mientras, a pesar de que la niña tampoco comprendía al
niño cobarde, cerró los ojos y bailó por la habitación. La perra salió de su
escondrijo y se unió al baile.
El mundo, después de mucho tiempo, por unos instantes, fue sencillo.
Fue de la niña. Fue del niño.
Fue tal y como tenía que ser.
El mundo, después de mucho tiempo, por unos instantes, fue sencillo.
Fue de la niña. Fue del niño.
Fue tal y como tenía que ser.
Todos las ilustraciones de la niña y la perrita son obra del gran Jorge Tresáncoras, http://lagaleriadetresancoras.blogspot.com.es/
Gracias también a la verdadera, única y genial niña de los ojos grandes.
lunes, 20 de mayo de 2013
Ovejas negras
Hubo un tiempo en el que todas las ovejas eran negras.
Libres y salvajes, no había tapias ni barreras que las detuvieran. No necesitaban perros que las defendieran, ni pastores que las gobernaran. El mundo era suyo, hasta donde alcanzaran sus ojos, hasta donde les llevaran sus patitas. Pastaban lo que deseaban y entre ellas se protegían si alguien les atacaba. Pero la libertad se consigue sólo cuando se persigue. Exige sacrificio y responsabilidad. Y las ovejas comenzaron a acomodarse, perdieron su voluntad y con ella, poco a poco, su color.
Cada vez había menos ovejas negras. Se veía alguna marrón. Y, al fin, fueron apareciendo las ovejas blancas, tal y como se conocen hoy. Estas ovejas blancas, sin voluntad, sin pasión, en lugar de perseguir su libertad, buscaban un pastor. Alguien que las guiara hacia ricos pastos y les diera protección para poder vivir cómodas y sin esfuerzo. A cambio, tan sólo tenían que darles su lana. También su sumisión. Las ovejas estaban conformes con esta situación. Todas excepto las negras, cuya lana no le servía para nada al pastor.
De esta manera, las ovejas pasaron del negro al blanco. Y las pocas que quedaron negras, fueron vistas como extrañas, incluso malvadas. Despreciadas por el resto, no tenían más remedio que abandonar los rebaños por orden del pastor, y si se resistían, los perros las devorarían sin contemplación. Casi todas desaparecieron. Mientras que cada vez había más blancas, más sumisas y más acomodadas. El pastor tenía mucha lana. Toda la que quisiera. Tanta lana tenía que terminó resultando demasiada.
Llegó el día en el que el pastor ya no necesitaba tanta lana, y por lo tanto, ya no necesitaba tanta oveja. Los pastos comenzaron a escasear, y los perros comenzaron a morder. Las ovejas blancas no sabían que hacer. Muchas de ellas insistían, y hacían cola en la puerta del pastor, para que las esquilaran aunque fuera por un pasto menor. Estaban acostumbradas a ser guiadas que habían perdido la capacidad para decidir donde pastar por sí mismas. La situación era tan desesperada que algunas ovejas hasta empezaron a perder su lana.
Y así fue como poco a poco, algunas y por necesidad, empezaron a cambiar de color a fuerza de voluntad, al recordar que hubo un tiempo en el que todas eran ovejas negras.
Y tenían libertad.
miércoles, 10 de abril de 2013
La Ranita Sorda
Érase una vez una laguna, no tan pequeña como un charco ni tan grande como un estanque, en el que vivía una colonia de ranitas. Croando y saltando, pasaban noche y día. Pero ocurrió que dos de ellas, saltando entre cañas y nenúfares, acabaron cayendo a un profundo agujero.

El resto de las ranas, alarmadas, se reunieron alrededor del agujero, y cuando vieron lo profundo que era, le dijeron a las dos ranas que estaban en el fondo, entre gritos y aspavientos, que toda esperanza perdieran, pues jamás lograrían salir. ¡Que se debían dar por muertas!.
Pero las dos ranas no hicieron caso alguno a estas palabras y continuaron intentando saltar con todas sus fuerzas para lograr salir del profundo agujero. Mientras tanto, desde arriba las otras también insistían en que sus esfuerzos serían en vano.
Finalmente, una de las ranas les prestó atención y en el desánimo cayó. Se tendió en el suelo, se puso a croar amargamente y de pena se murió. Pero la otra rana continuó dando saltos, sin hacer caso de los gritos y las señas de la multitud de ranas, que querían que dejara de sufrir y, simplemente, se dispusiera a morir. ¡No tenía sentido seguir luchando!.

Y sin embargo la ranita saltó, y saltó, cada vez más fuerte, cada vez más alto, hasta que tras un gran esfuerzo, logró salir del profundo agujero. ¡Qué proeza la de este anfibio!.
Cuando salió, el resto de ranas se le acercó y muy sorprendidos le dijeron:
- Nos alegra mucho que hayas logrado salir, a pesar de que gritáramos que te dejaras morir.
Fue entonces cuando la rana les explicó que era sorda, y que pensó que lo que hacían desde arriba, entre señas, era animarla a esforzarse más y más para que saliera del agujero.
- Siempre es preferible un aspaviento a una palabra de desaliento.
Así pues, tened mucho cuidado no sólo con lo decís, ¡sino con lo que escucháis!, y digan lo que os digan, jamás os rindáis.
sábado, 23 de febrero de 2013
Despierto
El
chico dormía. Dormía, dormía y dormía. Apenas sí se despertaba de vez
en cuando, de manera inevitable, porque no había más remedio, porque no
hay remedio ni cura permanente a estar despierto salvo la muerte, y
morir no quería, no llegaba a ese extremo. Prefería dormir. Porque junto
a la somnolencia llega el sueño, porque el sueño y el reposo eran la
clave cobarde de su no vida, distinta a la muerte que huía, pero sólo de
manera superficial.
Dormía mientras no vivía, y dormía mientras apenas vivía. Dormía de noche, dormía mientras las horas se consumían alrededor. Dormía mientras perdía el tiempo que se escurría y se agotaba cansado como él con cada decisión que no tomaba, con cada vago intento de despertar que nunca llegaba a acometer.
Dormía incluso cuando alguna vez se presentaba la oportunidad de despertar, porque nunca fue valiente, porque nunca le mereció la pena, porque nunca conoció motivo real y determinante para despertar de una vez por todas.
Entre sueño y sueño, dormía. Entre sueño y sueño, soñaba estar despierto. A veces hasta se lo creía. Podía permanecer meses presa de una ensoñación en la que por fin había despertado. Y lo que era más importante, en la que prefería permanecer despierto. Pero sólo era eso, una ensoñación más, más compleja que el resto, intrincada, pero falsa, engañosa, traicionera. Terminaba siempre dándose cuenta, y refugiándose en sí mismo de manera mucho más radical incluso. En consecuencia, seguía durmiendo.
Dormía mientras no vivía, y dormía mientras apenas vivía. Dormía de noche, dormía mientras las horas se consumían alrededor. Dormía mientras perdía el tiempo que se escurría y se agotaba cansado como él con cada decisión que no tomaba, con cada vago intento de despertar que nunca llegaba a acometer.
Dormía incluso cuando alguna vez se presentaba la oportunidad de despertar, porque nunca fue valiente, porque nunca le mereció la pena, porque nunca conoció motivo real y determinante para despertar de una vez por todas.
Entre sueño y sueño, dormía. Entre sueño y sueño, soñaba estar despierto. A veces hasta se lo creía. Podía permanecer meses presa de una ensoñación en la que por fin había despertado. Y lo que era más importante, en la que prefería permanecer despierto. Pero sólo era eso, una ensoñación más, más compleja que el resto, intrincada, pero falsa, engañosa, traicionera. Terminaba siempre dándose cuenta, y refugiándose en sí mismo de manera mucho más radical incluso. En consecuencia, seguía durmiendo.
Tomando
cada pizca de esperanza para transformarla en irreal sueño, escondido,
sombrío, eterno en apariencia y condición. Así no era feliz. Pero
tampoco infeliz del todo. Apenas era, subsistía, el tiempo y los sueños
se difuminaban, su realidad no era clara, pero transcurría. Fluía sin
fluir. Triste manera de acometer la existencia, pero mucho más cómoda
que la aterradora e imprevisible realidad.
Habría
seguido así año tras año, hasta consumirse del todo. Habría permanecido
ajeno a lo importante, a la chispa incandescente. ¿La verdad? Nunca
habría despertado. Porque habría hecho falta algo tan absolutamente
peculiar, mágico, único y desconcertante para que despertara, que era de
locos llegar a imaginar que apareciese.
Pero el mundo está loco. A veces, pocas veces, pero a veces, sucede algo imprevisible. Y sucedió.
Apareció ella.
Ella le
despertó. Ella le despertó por fin. No lo hizo queriendo. No pretendía
despertarle. Pero le despertó. Y el sueño, por cómodo, por habitable que
fuese, se disipó. Casi de golpe, él palpó y habitó la realidad. Junto a
ella.
La
contempló real, pero compendio de todo lo que soñó que merecía la pena.
El sueño en vida dejó de ser triste, fue un soplo de aire fresco. Todo
mereció la pena. Supo que debía luchar, se levantó, su cuerpo estaba
anquilosado por permanecer tanto tiempo tumbado, pero supo que debía
levantarse, y se levantó. Se incorporó.
El sol casi le tumba. La responsabilidad casi le destruye.
Pero ella estaba allí. Sólo tenía que levantarse y caminar. Y encontrarla. Y abrazarla.
Y
participar de un mundo y de una realidad que le eran desconocidos, pero
mucho más apetecibles que la apatía en la que estuvo sumergido durante
toda su vida.
Efectivamente, ella le estaba esperando. Le miró. Sonrió. Fue tan genial verla sonreir. Él cogió su mano. La apretó fuerte. Sujetándola, se vio asido y seguro. Por fin. Seguro en el mundo real. Dejando los sueños atrás.
Efectivamente, ella le estaba esperando. Le miró. Sonrió. Fue tan genial verla sonreir. Él cogió su mano. La apretó fuerte. Sujetándola, se vio asido y seguro. Por fin. Seguro en el mundo real. Dejando los sueños atrás.
Pero mientras caminaban tuvo miedo. Se sintió incapaz. Se supo incapaz. Los dedos se escurrían, y en su espalda, lejos pero todavía cerca, estaba su mundo anterior, su cama, su no vida pasada. Esperándole. Tentadora al fin y al cabo, porque en parte estaba abrumado y era tan sencillo descansar como antes hacía por poco gratificante que fuera...
Pero no podía perderla. No. No. No. En realidad no. En realidad no.
- Prefiero estar despierto. Ahora estoy despierto.- le dijo. Estaba despierto. Vivía. Vivían. Vivirían. Juntos. Despiertos.
No más sueños, ni perdidos ni encontrados.
Ahora estaba despierto. Volvió a apretar la mano, la notó más fuerte, cada dedo sujetando cada dedo, cada fibra de su ser atada a cada fibra de la suya.
Esta era la realidad. Sería la realidad. Junto a ella, por fin. Despierto.
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