Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.
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lunes, 30 de julio de 2012

El último asalto




La Rosa Verde
                               … o “El último asalto”

La noche era oscura, sofocante y silenciosa, salvo por el sonido de las pisadas sobre los charcos.
El hombre corría como alma que llevaba el diablo, buscando un resquicio en la noche que le sirviera de escondrijo, jadeando cansado, sabiendo que le alcanzarían en cualquier momento. Apestaba a basura, el calor era asfixiante, el suelo estaba encharcado, todo jugaba en su contra. Tropezó y estuvo a punto de caer, pero se rehizo a tiempo; había estado a punto de perder toda su ventaja, tanto esfuerzo habría sido en vano. Aún así escuchaba las pisadas de quien le daba caza, más decididas y pesadas que las suyas, no tardarían en alcanzarle. Estaba perdido y en el fondo lo sabía.
Su perseguidor, no estaba nervioso. Era rutina absoluta de un tiempo a esta parte. Éste era su trabajo, sin más. Todo aquello diferente, cualquier capacidad de decisión, había quedado atrás. Apretó el paso, veía perfectamente al pobre diablo que, sabía de todas, todas;  tenía las horas contadas.

La noche era brillante, los focos y los flashes de las cámaras emitían su brillo incandescente sobre el ring, como un oasis de luz y de esperanza, del que bebían cientos de personas, buscando emociones, espectáculo, pasar una noche entretenida, o amar el deporte. Ésa era la noche, donde los sueños se cumplirían golpe a golpe, grito a grito entre la multitud y el sonido sordo de los puños estrellándose contra los cuerpos.
Todo estaba a punto de empezar. El speaker hizo acto de presencia, y con su perfecta y trabajada pronunciación, pasó a hacer su trabajo, adornar a los dos contendientes, presentar el espectáculo de la mejor manera posible.
- ¡Damas y caballeros! ¡Bienvenidos al palacio del boxeo! ¡Prepárense para pasar una noche gloriosa que jamás olvidarán por el título mundial de los pesos mediopesados!

Mientras huía, veía pasar su vida a través de sus ojos. Casi le hacía gracia, era algo que había oído muchas veces pero que nunca había terminado de tomarse en serio; sin embargo le estaba ocurriendo en ese preciso instante. Perdía esperanza a cada paso que daba, pero no podía parar de correr. Huír de lo inevitable. El ser humano, aun siendo totalmente consciente de su perdición, difícilmente la asume. Él cada vez estaba más seguro de lo que le esperaba. De hecho, llevaba años labrándoselo, bailando sobre el agudísimo filo de la navaja, como un funambulista borracho, de tal manera que muchos se habían preguntado cómo era posible que no hubiera caído hacía ya tiempo rebanándose por la mitad.

El público estaba preparado para el combate. Cómo no estarlo, era el combate del año. Algún espabilado se había aventurado a llamarlo incluso el combate del siglo, pero tampoco era necesario exagerar. Mike Williams “Ataúd” era un púgil implacable, una leyenda imbatida en la ciudad. Su sobrenombre no era gratuíto. En su tercer combate profesional acabó con la vida de Terry Dinaher, que era campeón estatal. Desde entonces fue conocido entre el público con ese morboso apodo. Muchos de sus rivales saltaban al ring con el miedo en el cuerpo, ese sobrenombre había hecho mucho por él en realidad. Pero estaba claro que no debía su apabullante racha de victorias exclusivamente al temor que despertaba su mote. Su técnica era depurada, y su directo de izquierda, un martillo pilón. Había logrado k.o en sus últimos doce combates y en todos, antes de llegar al cuarto asalto.

Quien le perseguía, efectivamente, no tenía ninguna prisa. La misma certeza vivía  en ambos, sucedería. Le iba a alcanzar, tarde o temprano. No tenía ningún lugar al que escapar ni dónde esconderse. No era la primera vez que perseguía a alguien por los callejones del muelle. Había aprendido a conocer perfectamente sus recovecos, a escuchar los pasos en la quietud de la noche y discernir la dirección con tan sólo escuchar una pisada. Todo el proceso que le había llevado a tal maestría en la persecución, no era sin embargo algo de lo que enorgullecerse. Lo había aprendido de la peor manera, bajo el fracaso y la necesidad, la desesperanza, la derrota. Ser brillante en ser oscuro. Ser algo en la nada.

Pero lo que hacía especialmente estimulante el combate de esa noche, no era la presencia de Williams. Claro, contribuía, pero a pesar de ser el favorito de las apuestas, no era el favorito del gran público, más con el corazón en la mano que con la cabeza, eso sí.
No, lo que impregnaba la noche de un aroma especial era su contrincante. Nunca mejor dicho, porque posiblemente era el único luchador en la historia del boxeo con un sobrenombre de flor. Derrick O´Shea, más conocido como “La Rosa Verde”. Con su pose desgarbada, y sus sempiternos calzones verdes con la bandera irlandesa en la parte superior de la pernera derecha. La Rosa no era el luchador más ortodoxo. Pero habiendo partido desde cero, hijo de inmigrantes irlandeses,  trabajador del muelle, boxeando para alimentar a su familia, parecía normal, por lo menos en principio que su técnica no fuera la más depurada. Al principio fue objeto de burlas, es normal. Ese mote en un deporte tan plagado de testosterona como es el boxeo era una invitación a la mofa. Pero cada victoria in extremis mitigaba las risas y las transformaba en admiración. “¡Sus espinas destilan esperanza!” era el grito de guerra, porque eso es lo que era ese boxeador. Esperanza pura. El sueño americano con escala en Irlanda, enfundado en unos guantes y calzones verdes.

Pensó en detenerse y pedir piedad. Lo pensó durante unos momentos sólo. Por supuesto, fue un pensamiento estúpido. Llevaba toreando a Benjamin Saphiro desde hacía meses. Habría tirado por el retrete todas las prórrogas que le había concedido para saldar su deuda. La gota que colmó el vaso, es que desperdició su última oportunidad de manera definitiva. Benjamin Saphiro era el capo más conocido de la ciudad, y si era conocido, no lo era precisamente por dar oportunidades a troche y moche. Y eso, que por algún inexplicable motivo, anteriorimente fue relativamente piadoso en su caso concreto. Le concedió una última opción, trabajaría para él, como sicario. Tendría que encargarse de un tipo que estaba más o menos en su misma situación. Pero a la hora de la verdad, fue incapaz. Era un ladrón, un estafador. Pero no un asesino. Probablemente no por sus principios morales, inexistentes en realidad. Sino porque carecía de escrúpulos. Todo lo contrario de quién le perseguía.

- ¿Están preparados para el combate del año?- la voz del speaker volvió con fuerzas renovdas, como si fuera a anunciar el principio o el fin de todas las cosas. – En la esquina derecha del cuadrilátero, con 88 kgs de peso, calzón rojo y guantes negros, el hombre de los puños de piedra, la apisonadora Newyorkina, capaz de derrumbar las mejores defensas, de introducir el miedo en el corazón del más valiente rival. Con un impresionante récord de veinticino victorias, dieciséis de ellas por k.o… Mikeeeeee Williams!- “Ataúd” saltó al cuadrilátero con la seguridad absoluta dibujada en sus puños y en su porte, como sabiendo positivamente que podría detener un tren de mercancías a golpes si fuera necesario.
- Y en la esquina izquierda, el sueño americano hecho boxeo, de la nada a la cumbre, de ser un simple estribador del puerto, a competir por el título mundial. Con 76 kgs de peso, calzones y guantes verdes… sus espinas destilan esperanza… ¡Derrick “La Rosa Verde” O´Shea!
La Rosa entró en escena con mucho más ímpetu que su rival, sin esa serenidad en apariencia, pero con una vitalidad contagiosa. Una de las cosas que más llamaba la atención era su rostro, su cuerpo era rudo y propio de un boxeador de su nivel, pero las facciones de su cara eran aniñadas, como de un chaval que no había terminado de crecer, pecoso y pelirrojo era todo inocencia a pesar de ser un torbellino en el ring. Ambos estaban frente a frente. Sólo esperaban el sonido de la campana para que comenzara su desafío, y el espectáculo para los impacientes asistentes al combate.

Mientras le perseguía, por enésima vez  hacía un repaso mental. Cómo había llegado a esa situación. Nunca se lo planteó, siempre pensó que acabaría de otra manera. Tuvo los mimbres adecuados para que esta situación nunca hubiera llegado a producirse. En su juventud es cierto que se lo llegó a plantear. El camino fácil. Tenía físico y aptitudes para ser un buen matón. Pero luego, su vida fue llevándole por otros derroteros. Logró tantas cosas. Creyó verdaderamente que sería feliz, que lo lograría de manera legal, que todos, empezando por él, estarían orgullosos, tanto quienes no importaban, como sobre todo quienes fueron parte vital en su existencia y su hipotética y malograda felicidad.

La campana sonó y el público rugió enloquecido cuando los púgiles se dirigieron el uno al otro, sin concesiones, para que lo inevitable diera comienzo. La Rosa era más rápido, aunque tenía una técnica menos depurada en realidad, cosa comprensible porque sus orígenes humildes no habían dado tiempo a mucha preparación y entrenamiento. Su habilidad venía  más por la intuición, había nacido para el boxeo, su técnica nacía de lo innato, qué cotas podría alcanzar este hombre con el entrenador y el tiempo adecuados. Sabía que la defensa de Ataúd por el costado izquierdo era más débil, sin embargo no empezó castigando esa zona. Era demasiado evidente, y estaba seguro de que estaría pendiente de salvaguardar su punto débil, sobre todo mientras estuviera entero físicamente. Por lo tanto era más imprevisible atacar el costado derecho, pero siempre manteniendo las distancias y haciendo que se moviera sin parar. Era mucho más pesado que él, y no podría aguantar el baile si se producía muy deprisa. Además era fundamental el mantenerse a una distancia prudencial, Ataúd tenía un directo de izquierda demoledor. De hecho lo sabía, muchas veces sus combates se trataban de aguantar el momento exacto para descargarlo. Una vez había impactado de lleno, podían pasar varias cosas. O el rival caía directamente al suelo y se producía el k.o, o aguantaba la acometida, pero quedaba tan debilitado que le resultaba imposible esquivarlo una segunda vez. Había quienes aguantaban dos de sus directos, pero su destino estaba totalmente sentenciado a partir de ese momento.

La noche le golpeaba con fuerza, con casi tanta como la que emplearía el arma de su perseguidor para abatirle. Le sacaba cierta distancia, pero no conocía la zona con exactitud, no así su rival. Tenía muy pocas opciones, terminaría encontrándose de bruces con un callejón sin salida, de tal manera que estaría irremediablemente perdido y sin una nueva posibilidad de escape. La única manera de sobrevivir, remotísima pero quizás posible al fin y al cabo, era tenderle una emboscada. No tenía ningún arma, pero no era un payaso, sabía usar los puños, y si se abalanzaba sobre él desde una posición ventajosa, quizás podría dar buena cuenta, y aunque fuera, por lo menos dejarle lo suficientemente atontado para ganar el tiempo necesario para emprender la huída definitiva. Con la esperanza en el horizonte, esperanza que creyó perdida, apretó el paso con vigor renovado. Su ventaja tenía que aumentar para que poder por lo menos desaparecer de su vista durante el tiempo necesario para encontrar el escondite desde el cual, dar rienda suelta a su plan.

Los tres primeros asaltos transcurrieron de esa guisa, La Rosa tanteaba mientras Ataúd esperaba su oportunidad, algo molesto con la táctica de su adversario, que posiblemente era la mejor posible dadas las circunstancias. También le molestaba el hecho de que fuera el primero que no se amedrentara ante su mera presencia. Ni le molestaba ni le enorgullecía lo que sucedió cuando terminó con la vida de Dinaher, fueron gajes del oficio, no buscaba acabar con su vida, sucedió sin más, y no valía la pena preocuparse. Pero no podía negar que le había sido tremendamente útil. Otros boxeadores en su piel habrían caídos presa de la culpa. Él no, aprovechó cada gramo de ventaja que su reputación asesina le concedió. La Rosa era el primer rival que parecía ignorar el hecho de que había matado una persona con sus puños, era valiente y osado, pero no perdía la calma. No tenía miedo. No sabía si era por pura inconsciencia o al contrario, por creerse verdaderamente consciente de sus posibilidades. Era mucho más fuerte que su adversario, y lo sabía, su táctica le resultaba incómoda ciertamente y estaba logrando evitar su izquierda con mucha solvencia. Estaba intentando agotarle, y si el combate acabara en ese mismo momento, la victoria sería por los puntos para La Rosa. Williams sabía que quedaba mucho. Llevaba mucho tiempo sin que un combate rebasara los cuatro asaltos, este sería sin duda el primero en casi dos años. Pero aún cansándose él, el irlandés no era tan resistente. Flaquearía un momento. Estaba seguro. Y ese momento de flaqueza sería el momento exacto en el que su destructor directo de izquierda haría acto de presencia.

Ahora lo veía más claro. No. No moriría. Había sido un cobarde. De hecho llevaba siendo un cobarde mucho tiempo, en una desquiciante huída hacia delante, de tal manera, que en el fondo siempre supo que acabaría muerto en un callejón de mala muerte. Ya bastaba. Ya bastaba de huír, de creerse perdido. Podía ser optimista. Es más, durante todo este tiempo había sobrevivido, estaba entero, y listo para su último combate. Burlaría a la muerte una vez más. Ese matón no era más que un mandado, sin inteligencia, sin inventiva, le sorprendería. Él no era un don nadie. Sobrevivir, a las malas, había sido su deporte favorito, incluso más que el boxeo, deporte del que siempre estuvo enamorado.
No, no se rendiría. No esa noche. Ni nunca más. Por fin tomaría las riendas de su vida. No era joven, pero tampoco era un anciano. Tenía tanto tiempo por delante, tanta mierda que dejar atrás, y no la dejaría huyendo. No, esta vez lo haría con todas las de la ley, con pies de plomo, como un hombre. Primero, se encargaría de este payaso. Luego, reuniría el dinero que le debía a Saphiro, y se lo entregaría con intereses. No habría fantasmas persiguiéndole. Nadie ni nada le volvería a perseguir.

El griterío del público era ensordecedor, quién poblara las gradas y se parara a pensar un momento, se preguntaría cómo los dos púgiles no perdían la concentración con el griterío. Y la respuesta era que sencillamente, en esos momentos, eran totalmente presos de su mundo particular. Ya podía estar estallando la tercera guerra mundial a su alrededor, que serían incapaces de darse cuenta. No había nada más que su rival. Fuera  sólo un contorno difuminado. Sólo podían pensar en cómo doblegarse mutuamente, en conseguir el golpe correcto en el momento adecuado.
El éxtasis de la concurrencia, en todo caso, estaba totalmente justificado. Ya transcurría el séptimo asalto, y la igualdad era absoluta. La Rosa Verde seguía con su plan, pero cómo había baticinado Williams, estaba aguantando peor de lo que imaginaba. Era natural en realidad, la Rosa era demasiado impetuoso. Gastaba demasaida energía en cada movimiento. El baile que realizaba era demasiado costoso, mucho estaba aguantando. En el sexto asalto ya recibió un gancho de derecha que casi le hace besar la lona, pero se rehizo e incluso logró contraatacar con la serie de golpes más seguidos que había logrado encadenar en todo el combate. Por lo tanto, en este séptimo la equidad en el combate no podía ser mayor. Williams se permitió arriesgar un poco y apretó, La Rosa no se esperaba el embate, y fue empujado contra las cuerdas. El árbitro les separó justo antes de que volviera a sonar la campana. Pero la gente vio por primera vez, como la esperanza se desdibujaba del rostro de quien, pensaban, entrañaba toda esperanza posible.

En un momento de la persecución, se sorprendió al dejar de escuchar las torpes pisadas de quien perseguía. Pensó que se habría rendido a su suerte, que lo habría dado todo por perdido. Pero cuando giró al callejón, no estaba. Maldita sea, se había esfumado. Se rascó la cabeza. Miró hacia todos los lados. ¿Cómo lo había hecho? No podía permitirse fracasar, tenía que darle caza. Trabajar como sicario de Saphiro era lo mejor que le había pasado en años. Años duros, años dónde perdió todo lo mucho que ganó y mucho más, más rápido y de peor manera que si lo hubiera hecho a propósito. Ahora, se había ganado un puesto de confianza junto al mafioso, y sabía que no podía permitirse el lujo de pifiarla si quería mantenerlo. Lo perdería seguramente con el paso del tiempo, como lo perdía todo, como era incapaz de mantener nada, ni lo que merecía la pena, ni la basura como ésta en la que estaba enfrascado, aunque le permitiera seguir malviviendo. Así que tenía que encontrarlo. Y rápido.

Por lo que al comenzar el octavo asalto, Derrick O’Shea estaba decididamente nervioso. Se notó nada más empezar, atacó de manera casi infantil a Williams que le estaba esperando y contraatacó castigándole las costillas. El dolor fue tan intenso que estuvo a punto de gritar, pero mordió su protector bucal, y aguantó incluso logrando colar un par de golpes y un buen uppercut. A pesar de ello, había salido perdiendo en el toma y daca, y Williams apenas había salido perjudicado mientras que él apenas podía respirar por el intercambio de golpes. Ese octavo asalto estaba siendo como una losa para él, su plan se estaba torciendo, y por momentos, su rival parecía estar jugando con él. Nada más lejos de la realidad. Sólo le tanteaba. Para asestarle el golpe de gracia. Y así fue, el famoso directo de izquierda apareció con todo su esplendor, en un momento en el que La Rosa bajó especialmente la guardia para intentar una ofensiva casi suicida. El puño se estrelló de bruces contra su mentón, como si le lanzaran un frigorífico contra los morros, frío, enorme y pesado. El mundo que ambos compartían se hizo añicos y cayó de bruces contra el suelo del ring. El público rugió de tal manera que ni se podía escuchar contar al árbitro, una cuenta atrás que visto lo visto, iba a dilapidar toda esperanza futura. La Rosa Verde estaba perdiendo sus pétalos.

Su plan estaba dando resultado. Sólo tuvo una oportunidad y lo hizo tan rápido y tan bien, que no dudó de que una vez había tenido éxito en esa maniobra, conseguiría salir de ésta. Se dio impulso por encima de un contenedor, se sujetó a una viga del ruinoso edificio, y logró levantarse a pulso. La luna llena hacía sombra justo en su perspectiva, de tal manera que pudo saltar de una viga a otra apenas sin hacer ruido y situarse detrás justo de su perseguidor cuando torcía hacia dónde teóricamente pensaba encontrarlo. Pero no fue así. Habían cambiado las tornas. El cazador era ahora la presa. Ahora, tenía la sartén por el mango. Saltó desde su ventajosa posición y lo pilló desprevenido. Al caer sobre él, se dio cuenta además de que era mucho más grande que su teórico asesino, le sacaba casi una cabeza, y además era mucho más grande que él. Intentó sacar una pistola, pero le pateó la mano y salió volando unos metros, ahora le tenía a su merced.
- Vamos, chiquitín.- dijo con toda la confianza que le daba la ventaja.  – Ahora vamos a jugar.- dicho lo cuál le golpeó con tanta fuerza que pensó que podría haberle arrancado la cabeza.

Pero la esperanza es algo tan maravilloso. No sé, muchos dicen que lo que sucedió en ese momento fue pura magia. Algo inexplicable. Un milagro. En el segundo ocho de la cuenta atrás, cuando incluso sus más acérrimos seguidores habían tirado la toalla, abrió los ojos e hizo ademán de incorporarse. Williams apenas se lo podía creer. Era cierto que algunos otros habían resistido su directo, pero, ¿a esas alturas? Era inconcebible. Tenía que haber estado durmiendo durante horas. O para siempre, como le sucedió a Dinaher. Pero no. Se levantó. Le hizo un gesto al árbitro, y el combate se reanudó. Fue como si se parara el tiempo, para el público, para los jueces, para el árbitro, pero sobre todo para Derrick O´Shea, dueño absoluto de la situación, del presente, y del futuro. Con la furia de un relámpago en la más terrible de las tormentas, se abalanzó contra el costado izquierdo de Ataúd, por primera vez en todo el largo combate. Obviamente, a esas alturas había olvidado las precauciones para proteger su punto débil. Por lo tanto, las espinas de La Rosa Verde empezaron a clavarse como disparadas por una ametralladora a la velocidad de la luz por toda la zona baja, cada nuevo golpe lo acompañaba el furor de un público que empezaba a creer en lo inverosímil, que compartía cada gramo de esperanza que ese pequeño boxeador expulsaba a chorros y descargaba con una ira inigualable.

Pero, ante su sorpresa, el mejor de sus puñetazos no le hizo gran cosa. Sólo le hizo recular un par de pasos. Pensó entonces que iría a por la pistola, e intentó tomar ventaja y hacerse él con ella. Pero no fue así. En cinco segundos, le golpeó siete veces. Los puñetazos iban hacia todos lados. Desarticuló su defensa en cuestión de un instante, él pensaba que sabía luchar, pero su rival le demostró de todas, todas, que era un aficionado a su lado. Sin apenas esfuerzo, siguió golpeándole, de un lado a otro, le partió varias costillas sin parar de acuchillarle con sus puños, luego varios dientes saltaron por los aires. Intentó levantarse, pero siguió golpeándole con más intensidad, llegó un momento en el que todo lo que veía era nudillos y sangre. Todo se iba al garete. Qué ingenuo que era. Se había engañado tan bien. Lo iba a conseguir, lo iba a conseguir. ¿Quién era este hombre? ¿Cómo podía darle esa somanta sin pestañear?

El octavo asalto acabó con Ataúd todavía en pie. Pero todos sabían lo que iba a suceder en el noveno, incluso el propio Williams. Toda la audiencia estaba en pie. Tanta gente que quería creer desesperadamente en la victoria de La Rosa Verde, pero que lo creía imposible. Gente que se veía reflejada  en su rostro, gente que sí creía que dentro de la locura, si ese muchacho lograba llegar a lo más alto, ellos mismos lo podían conseguir, lo podían conseguir todo. La muchedumbre y su gritería llegaban a tales extremos, que aquello era casi una revolución . David iba a derrotar a Goliath, y lo iba a hacer en sus mismos términos, a golpes, sin dar tregua, de igual a igual.
- ¡La Rosa Verde! ¡La Rosa Verde! ¡La Rosa Verde!- gritaban, con un acompasamiento perfecto, casi parecía que fuera premeditado aunque sólo era espontánea felicidiad.
Sonó la campana, y se abalanzó sobre Williams golpeándole tantas veces, que cuando cayó al suelo, fue casi un regalo de los dioses para él mismo, que se habría negado a rendirse, pero no podía soportar más castigo. El árbitro empezó a contar, y cada segundo fue más largo que el anterior. Del nueve al diez pareció como si una década transcruyera. Derrick O´Shea vio esa década completa, la década futura de su gloria. Lo había logrado. De la nada, era el campeón mundial de los pesos mediopesados. Él sólo, sin ayuda de nadie.
El número diez rubricó su victoria, y la de toda la gente que terminó de creerse definitivamente el sueño que estaban viviendo juntos. El boxeo no volvería a ser igual. Posiblemente, la vida de muchos de ellos tampoco. Todo era posible. Siempre había esperanza.

Llegó un momento que no tenía que seguir golpeándole, no le había hecho perder el conocimiento, pero apenas se podía mover. Sin prisa, con toda la calma del mundo, fue a por la pistola. No acabaría el trabajo con sus propias manos desnudas. No había necesidad de ensuciarse hasta ese punto.
Entonces le vio. Aunque mantenía los ojos entreabiertos por la incipiente hinchazón de los golpes, acertó a mirarle a los ojos, a ver su cara. Le conocía. Sabía perfectamente quién era. Ahora todo tenía sentido, el enfrentamiento cuerpo a cuerpo no podía haber acabado de otra manera en un millón de años.
- Tú… tú… te conozco…- consiguió balbucear.
- No. Apuesto a que no. Nadie me ha conocido jamás.- amartilló y le apuntó con la pistola.
- Eres… eres La Rosa Verde. Yo… yo te admiraba… estuve en el combate. Te vi… te vi machacar a “Ataúd” Williams.
- Ese no soy yo. Quizás lo fui. Ahora no. Ahora sólo soy tu verdugo.
- Pero… lo tenías todo. Eras todo. El presente, el futuro… ¿cómo… cómo has acabado así?
Recordaba tan bien ese combate. No tenía ni veinte años cuando lo vio, logró colarse en el pabellón con una de sus triquiñuelas. No era para menos. Su héroe, el héroe del pueblo podía ser campeón del mundo. Recordaba cada segundo, cada golpe, cada mililitro de esperanza que las teóricas espinas de La Rosa Verde no dejaron de destilar para él, ni un instante, ni siquiera cuando todo pareció perdido.
Lloró, y no sólo porque fuera a morir. Lloró porque entonces supo que había fracasado. Que todos habían fracasado. Que el mundo estaba podrido. Que nadie jamás triunfaría.
- ¡Tú no maldita sea! ¡Tú eras un héroe! ¡Tú eres un héroe! ¡Lo tenías todo! ¡Lo tenías todo!
- Lo perdí.- apretó el gatillo y apagó tantos sueños de un plumazo. No sólo los del infeliz, que ni siquiera perdió la esperanza cuando su destino estaba escrito desde hacía mucho tiempo. Sino también algunos de sus sueños de gloria, la mayoría sepultados, pero que en algunos momentos, resurgían aunque fuera por unos momentos. A ráfagas, había logrado olvidar quién había sido. Le costó, pero había casi logrado olvidar cómo fue perdiendo todo lo que consiguió. Quién creyeron que era. Un símbolo de algo que realmente nunca fue. Alguien que se tragó la vida una y otra vez, y todas sus mentiras, pensándose inmortal e invulnerable, pero que en realidad, nunca tuvo esperanza, ni siquiera cuando todos le gritaban que la tenía. Sólo vivió como supo. Mal.
La Rosa Verde, el héroe del pueblo, no fue quien cargó con el cadáver y lo lanzó al agua del puerto para después hacer el camino de regreso a su oscura vida. Pero tampoco fue quién noqueó a Mike Williams. Porque, por maravilloso que fuera ese concepto, ese hombre, en realidad, nunca llegó a existir.

lunes, 20 de febrero de 2012

Todo son cenizas (parte 5 final)


Desde entonces, no había vuelto a poner un pie sobre La Rosa Verde. Desde entonces, seguramente, no había pensado en el concepto de esperanza en ningún sentido, durante tantos, tantos años. Había logrado esquivar el escenario de su segunda derrota con la habilidad de un funambulista de los sentimientos, así como sin embargo había sido incapaz de olvidar el de la primera derrota. Quizás no lo había olvidado por asirse a los últimos gramos de humanidad de su alma, una causa inútil, el último superviviente de un naufragio, asido al mástil de proa, derribado por cada ola, casi ahogado pero intentando, inútilmente a sabiendas de que su fin se aproximaba, sobrevivir.

El final del tercer vaso de whisky le saludaba en su presente, en el momento decisivo, tan cerca de cumplirse el motivo por el cuál había vuelto a posarse sobre los pétalos de la rosa, viejos, casi marchitos, pero todavía vivos al fin y al cabo. La pregunta era, ¿seguían vivos para él?

Lucille estaba cerca de acabar su número. Lo ejecutaba a la perfección, pero también era verdad que no era demasiado diferente a pesar del tiempo transcurrido; era curioso contemplar los cambios en ella mientras realizaba cada movimiento, fotográficamente similar pero gastado y sin pasión. Entonces, sucedió. Ella, como era de esperar, bailaba ajena al mundo que le rodeaba. Inmersa en sus propias preocupaciones, hacía siglos que había aprendido a no fijarse en el público, no lo hacía cuando la audiencia era considerable y se la follaban con los ojos y tampoco lo hacía ahora que formaba parte del paisaje del bar casi sin más. Pero una mirada involuntaria, un reojo. Y le vio. Él justo la estaba mirando, en realidad, aún inmerso en sus propios recuerdos, no le había quitado el ojo de encima desde que comenzó su actuación.

Ese momento, fue el único momento de imprecisión, en una interpretación mecánicamente perfecta. Daba lo mismo, a nadie le importaba, pero Ricardo lo notó, así como notó los ojos de Lucía chocar con los suyos, rogando al tiempo que se detuviese, y si no era mucho esfuerzo, retrocediera lo más rápido posible para devolverles aquello que habían perdido.

Esa perspectiva casi rascó en la conciencia del hombre que permanecía escondido bajo su poderoso armazón. Casi. Para acallarlo definitivamente, se terminó de un trago el whisky que le quedaba.

Ella se rehizo y con la profesionalidad que caracterizó toda su permormance, acabó su danza, sin haber respondido a ningún sueño prohibido más que a los sueños que pervivían en el pasado de Ricardo, dándole la certeza de que allí pervivirían hasta evaporarse para siempre.

- ¡Un aplauso para Lucille!- casi maulló la sensual voz de megafonía. Los feligreses aplaudieron como si no les fuera ni les viniese. Ella se introdujo entre bastidores.

- Martín, ponme otra.

Una mulata llamada Belinda, salió bamboleándose a continuación. Diez años más joven, a pesar de su ímpetu, y de su juventud, nada tenía que hacer, ni con la Lucille actual, ni por supuesto, con la de antaño, que había tenido más sensualidad en el dedo meñique del pie izquierdo que esta mujer en toda su exhuberante figura. Pero de eso parecía sólo darse cuenta Ricardo, ya que el público empeó a babear de manera ostensible.

Ricardo contempló el vaso. Una mirada y faltaba un cuarto del contenido. Dos miradas más y el hielo casi sobresalía a dos escasos centímetros del final.

Y supo que ése no era el único final. Supo que la decisión que había estado buscando tomar desde que sacó la foto y la contempló, todavía dubitativo, en el coche, debía ser tomada de una vez.

Jugueteó con el vaso y el tintineo del hielo, como haciendo tiempo, porque realmente ya había tomado una decisión. Ya la había tomado hace un buen tiempo. Ese hombre escondido y sepultado bajo toneladas de fracaso, de alcohol, de sueños nunca vividos, de vidas nunca soñadas; se había permitido el lujo de crear un circo alrededor de la decisión, una venganza contra su conciencia, un juego sucio y triste.

Pero en balde. Porque ya se había decidido. Quizás desde el principio de la noche.

Acabó el vaso. Miró a Martín, y éste le devolvió la mirada. Se levantó. Fue más allá de la mulata. Entró a bastidores. Atravesó el pasillo. Llegó hasta la puerta. Lucille, en letras doradas, un anacronismo de gloria que no pertenecía a la época correcta. Abrió la puerta. Y se encontró con ella.

Apenas se había puesto una camisa por encima, su desnudez era todavía patente. Estaba metiéndose una raya, y al levantar la cabeza, vio su reflejo.

- Ricardo… Ricardo… no me puedo creer que seas tú.

Se dio la vuelta y fue lentamente hacia él. Se dio cuenta de lo puestísima que estaba, era admirable como, mientras estaba en el escenario, lo fingía a las mil maravillas. Toda una profesional.

- No… no me puedo creer que seas tú. Te vi antes y dudé… no era posible. Después de tanto tiempo, no podía ser. Pero sí. Por suerte sí. Estás aquí.
Sonrió, evocando belleza pasada, presente y futura, pudiendo esa sonrisa cambiarlo todo, a pesar de su estado de embriaguez, Lucía atravesó la piel de Lucille.

Le abrazó. Con casi más fuerza de la que parecía tener en su, a cachos, famélico cuerpo. Quizás, por un momento, anhelando la entrega que él hizo suya en el pasado, una entrega que no había vuelto a tener.

- Te he echado tanto de menos.- siguió diciendo ella.

Y él, se dejó llevar, le devolvió el abrazo, con la misma ternura de antaño, quizás más. El hombre del pasado, se hizo con las riendas del presente y asomó la cabeza entre la maraña de lodo y decepción que habitaba. Pero sólo fue para despedirse, de la mejor manera posible.

Abrazando a Lucía.

Ella notó el frío metálico en su piel desnuda. Se escuchó el chasquido, sordo, secó, un pellizco desgarrador golpeando sus entrañas que no comprendió.

Se separó de forma repentina y notó cómo la sangre empezaba a abrirse paso de su abdomen al exterior, un río incontenible, por más que intentara frenarlo con sus débiles manos.

Le miró, tan perpleja, tan humana, tan perfecta. Él sostenía la pistola con el silenciador perfectamente acoplado. Apuntó a la cabeza y volvió a disparar. Ella se estrelló contra el tocador como un fardo, como una muñeca rota y ensangrentada.

Ricardo vio las cenizas de su ramo de rosas verdes, salpicando toda la habitación. Las contempló unos instantes más, para cerciorarse de que se esparcían con el viento, para estar seguro de que podía marcharse para siempre.

Volvió a la barra con el mismo paso, con el mismo caminar tranquilo y sosegado. Miró a Martín de nuevo. Asintió. Dejó un fardo de billetes y dijo.

- Cierra el camerino. Pasarán a recoger el paquete dentro de un rato.

- Ha sido un placer volver a verte Ricardo. Espero que nos volvamos a ver en mejores circunstancias.

- No. No volveré a pisar este antro jamás.

- Lo sé.

Salió del local, y contempló por última vez el letrero, lo vio como lo que era en realidad, un barril vacío de licor, el envoltorio de un regalo viejo y sin encanto, el continente de un contenido que había perdido todo significado posible.

Sacó su teléfono móvil. Marcó el número.

- Ya está hecho.- dijo mientras se encendía un cigarro.

- No tenía duda de ti. Buen trabajo, muchacho.- podían pasar eones, pero la voz tenía el mismo deje, y la muletilla seguía intacta a pesar de que había pasado muchísimo tiempo desde que dejó de ser nada parecido a un muchacho.- Esa mujer llevaba años molestando, sin saber cuál era su lugar. Un par de palabras bonitas, y se creen que las vas a sacar del estercolero en el que ellas mismas se han metido.

- Toda la razón, señor Quiñones.- tan sólo respondió.

- Pásate mañana y recoge tus honorarios. Te los has ganado. Mis hombres irán luego por el club a recoger el cuerpo de la pobre chiquilla.

Colgó. Se volvió por última vez. Parpadeó, verde pero muerta, la esperanza de la rosa que jamás tuvo ese color.

Fue hacia el coche. Arrancó, e hizo el último viaje que sabía perfectamente que le tocaba hacer. En realidad, toda la noche había tenido un esquema claro para él, y lo estaba siguiendo a la perfección.

El laberinto del tiempo, de las decisiones, de los errores, de los aciertos, de toda una vida echada por el retrete, le llevó a esa fachada. Gris, pero albergando en realidad mucha más frescura que la mentira real que había visitado por última vez no hacía más de veinte minutos.

La encrucijada había terminado. Miró la fachada sabiéndolo, buscando la habitación del quinto piso, pensando qué habría cenado, qué había hecho durante todo el día. Cuáles serían sus inquietudes, si tendría problemas con las matemáticas, si habría conocido al primer amor.

Sabiendo de todas, todas, que nunca se acordaría de él, que nunca sabría en realidad quién era él. En ese momento, se dio cuenta de que, por fortuna, sería así.

Sacó la foto. La contempló. Con toda intensidad, como sabiendo que ése y sólo ése, era el último momento de lo que le quedaba de triste existencia, en el que se replantearía el hombre que podía haber sido, y asumía el que era con todas sus consecuencias. La miró tanto rato. Se encendió otro cigarrillo. El humo danzó alrededor de las dos figuras de la foto, una niebla mucho menos espera que la irreversible niebla del tiempo.

Acercó la cerilla todavía en ascuas al borde de la fotografía, y lentamente al principio, comenzó a arder.

El papel se consumía cada vez con más fuerza, así como las imágenes ahora sin vida que lo poblaban, se iban deshaciendo entre el fuego. Un hombre, mucho más joven, mucho más vivo, entero, sostenía en brazos a una niña, que ahora, en la ventana del quinto piso, estaba a salvo de las llamas, pero que ardía miserablemente por completo en su mente. Y la fecha, y la inscripción “Bea, mi regalo para el mundo” se consumían para siempre al mismo ritmo en su conciencia y en la realidad.

“Todo son cenizas” pensó al contemplar las cenizas reales e imaginarias, de pétalos de flores que prometían mentiras, de regalos a un mundo que después de zampárselos con gula, se los vomitó furioso y enfermo.

Bajó la ventanilla del coche. Tiró los restos de esa vida que jamás volvería a visitar. Arrancó mientras las cenizas de todas las rosas verdes del mundo terminaban de consumirse entre el asfalto. Y ya no llovía, pero hacía tanto frío…

viernes, 17 de febrero de 2012

Todo son cenizas (parte 4)


Martín seguía hablándole, aunque escuchaba su voz no hacía caso alguno a las palabras, sólo un ruido más, un runrún al que llegó a acostumbrarse, de tal manera que ni siquiera le molestaba demasiado ignorarlo.

Sin darse casi cuenta, decidió seguirle el juego un rato.

- ¿Crees en la integridad?- le dijo deteniendo de cuajo cualquier chorrada que le estuviera contando.

Martín se sorprendió. Estaba claro que le estaba hablando de manera mecánica, no esperaba que le hiciera ninguna pregunta, y más de carácter tan metafísico.

- ¿Perdona?

- Me has escuchado perfectamente, ni la música está tan alta ni esos diez payasos hacen suficiente ruido. Que si crees en la integridad.

El pequeño barman rió.

- ¿Integridad? Nunca he sabido lo que significa esa palabra, amigo. Y dudo mucho que tú lo sepas.

- No. Tienes razón. Ahora no lo sé. Pero porque lo he olvidado. He olvidado tantas cosas… y ésa es una de de ellas. De las más jodidas. Porque lo supe… lo supe…

Ricardo siempre había querido ser policía. O eso creyó a pies juntillas, la gran mentira, la más grande de todas. En un momento de su pasado, su futuro estaba dibujado perfectamente, dispuesto enfrente de él, preparado para ser seguido paso a paso. La academia, su novia del instituto, todo en bandeja para llevar una vida convencional, la que siempre había querido.

Las cosas comenzaron a torcerse pronto. Realmente, el puzzle nunca encajó. Ni siquiera al principio. Nunca fue feliz, ni un poco. Ésa no era su vida, no la que quería. A veces, durante sus solitarias noches se preguntaba qué es lo que habría querido de verdad. No estaba seguro, pero sí de una cosa, no lo que tuvo.

En el torbellino, escapando de sus certezas, navegó entre las turbias aguas. Su vida como agente, un alfiler cada día, los pisaba, se los clavaba al moverse, le agujereaban de manera lenta pero no menos dolorosa cuando había cientos de ellos clavados por todo su cuerpo. Su matrimonio, algo que el concepto de integridad no le permitió evadir y terminó haciendo lo imposible por salvarlo. Todo tan absurdo…

La Rosa Verde fue lo que destruyó ese concepto, para bien o para mal. Lo único que le dio la esperanza de ser lo que en realidad era, escapando de cada segundo que la vida que eligió pero realmente nunca quiso elegir.

Pero había algo en esa vida que sí importaba. Lo que le hacía, todavía, después de tanto tiempo, ir algunas noches a la casa, y quedarse absorto, mirando la luz de la ventana del quinto piso.

Por eso, lo quiso dar todo. Por eso, intentó recuperar lo que había perdido aunque fuera de la peor de las maneras, aunque la integridad se pulverizara por completo.

La primera noche que lo hizo, que comenzó a zamparse esa integridad, estuvo nervioso. Pero necesitaba el dinero, por lo que cada noche que lo repitió, la rutina le fue tranquilizando, aunque nunca estuvo tranquilo del todo.

La madrugada en el puerto era fría, una cuchilla helada. El barco llegó tarde, demasiado. Las cosas no estaban yendo bien, mantenía la calma porque no tenía más remedio, pero le estaba costando mucho. Si le pillaban, le expulsarían del cuerpo. Quizás fuera lo que deseaba en realidad, pero no estaba preparado. No, ella no lo merecía. No su mujer, que ya le importaba un pimiento. Sino Bea…

Fueron pasando los fardos al camión, lo hacían con diligencia, con extrema eficacia, pero cada minuto era una eternidad para él. Finalmente acabaron. Se quedó en el lugar, se encendió un cigarrillo, esperando.

Un coche llegó. Fue la primera vez que le vio en persona. El hombre que bajó, flanqueado por dos gorilas, de rostro serio, gafas de sol en mitad de la noche, posición relajada, como creyéndose amo y señor del mundo. En parte lo era, de ese mudo sí, del más turbio y oscuro.

Se le acercó. Uno de los gorilas sacó un fajo de billetes. Se lo lanzó, a Ricardo le costó cogerlo al vuelo, entumecido por el frío.

- Buen trabajo, muchacho.- le dijo, una voz aspera que cortaba más que el propio frío.- Es un placer hacer negocios contigo. No te sientas mal. Yo también tengo hijos.

De vuelta al presente, el número de Lucille iba subiendo en intensidad, había que reconocerle cierto esfuerzo, aunque en realidad era mucho más innata habilidad que esfuerzo en sí. En realidad, no se estaba esforzando en absoluto.

Recordó esa primera conversación con Quiñones, y le dijo a Martín:

- Nunca me has dicho si tienes hijos.

Pareció incluso más sorprendido que con la pregunta anterior.

- Nunca me lo preguntaste.

- Te lo pregunto ahora.

- Estás muy hablador para ser tú, Ricardo. No recuerdo que te gustara demasiado darle al pico, y viendo el aspecto que tienes, mucha menos pinta tiene de gustarte ahora.

Era cierto. Posiblemente ésta era la conversación más larga que tenía en semanas. Pero en parte, necesitaba ordenar sus ideas, y esta vez, era incapaz de hacerlo por sí solo.

- Ya que tu whisky es una basura imbebible, por lo menos me debes un poco de conversación. A ti sí siempre te ha gustado darle al pico.

Martín nunca tuvo reparo de hablar de casi cualquier cosa, de hecho hablaba y hablaba sin parar por regla general. Eso sí, nunca de su vida privada. Pero hizo una excepción.

- Sí, Ricardo. Tuve un chaval con mi primera mujer. No le veo demasiado, pero afortunadamente, no se parece una mierda a mí. Es guapo y con estudios. Lejos de esta vida. Bien por él.

- Bien por él. Ponme otra.

La segunda copa entró mucho mejor, el mejunge empezaba a saber incluso relativamente bien.

El alcohol llevaba tantos años siendo la principal solución de sus más apremiantes problemas. No una solución, por supuesto, sino una cobarde evasión, cuanto más grande era el problema, mayor la cantidad de alcohol ingerida.

La noche que su pantomima empezó a desmoronarse del todo, la cantidad había sido muy generosa, más de lo que había sido nunca, posiblemente. Por fin, tras mucho esfuerzo por su parte, en el cuerpo de policía habían decidido prescindir de sus servicios, no podía sorprenderse, mucho habían tardado. Todos sus flirteos con lo ilegal le habían dado bastante dinero, dilapidado a partes iguales, él en alcohol y la Rosa Verde, su mujer en caprichos para olvidar su infelicidad. El último, el piso céntrico, la fachada que años más tarde visitaría con tanta frecuencia.

Esa noche, entró en el piso por última vez, con litros etílicos navegando entre su sangre y órganos, pero lo suficientemente lúcido para recordar cada palabra que la mujer que nunca amó, le escupió con una furia merecida e incontenible.

Le estaba esperando, en el salón. Fumando un cigarro, el décimo de la noche, que buscaba su sitio en el abarrotado cenicero.

- Buenas noches, amor.- dijo él, dándole significado a la palabra ironía.

- No…- ella miraba hacia el suelo, con tanta intensidad que en cualquier momento lo atravesaría derrumbando el edificio entero.- No son buenas noches. No lo son, nunca lo han sido cuando tú has tenido algo que ver.

- Toda la razón. Por eso me casé contigo. Porque eres tan jodidamente lista…

- ¡Basta!- el grito contenía tanto odio que casi derribó a Ricardo. Supo que no abriría más la boca en un rato. Que ella había estallado, con toda la razón del mundo, y que le tocaba apechugar.- ¡Basta! No, no te hagas el gracioso, maldito desgraciado. Nunca más. Todo, joder, lo tenías todo. Todo lo has perdido. Te han echado, ¿cuándo pensabas decírmelo? Habría pasado el tiempo, cada día, y tú habrías seguido viniendo aquí cada noche, y nunca me lo habrías contado. ¿Es eso? ¿Es eso?

Él no contestó, un silencio afirmativo y pesado. Le enfureció más, aunque posiblemente le habría enfurecido cualquier cosa que hubiera dicho o hecho en esos momentos.

- Y basta ya de todo. Basta ya de engañarnos. Basta ya de engañarme. ¿Crees que no sé dónde vas todas las noches? ¿Crees que no sé lo que es La Rosa Verde?

Escuchar esas tres palabras de su boca fue como el sinsentido más grande, como encontrar realidad y sueño al mismo tiempo, como que las dos cosas más dispares y diferentes del mundo convergieran en el mismo sitio, algo imposible y rodeado de desconcierto.

- Lo sé, Ricardo. Lo sé todo. Y no me preguntas porqué, porque no te importa. Estabas desesando que llegara este momento. ¡Reconócelo, hijo de puta, reconócelo!

Siguió su silencio, aguantando el chaparrón, el diluvio que se estampaba contra él como la madre de todas las tormentas llovidas y por llover.

El llanto de ella, contenido, explotó como explotaba su rostro y cada una de sus palabras.

- Borracho, fracasado, mentiroso, traidor… te quiero fuera de mi vida… ahora mismo. Ahora mismo y para siempre. Nunca más me verás, Ricardo. Nunca, nunca, nunca, nunca. Y olvídate de Bea también. Nunca más la verás. Oh sí, me ocuparé personalmente de que así sea.

Como un marinero naufragando en una tempestad interminable, había aguantado todo lo que ella le echó encima con un estoicismo digno de un héroe, si no fuera porque no había ningún tipo de heroísmo en él. Hasta ese preciso instante. Toda la rebeldía que tenía aglutinada en él, surgió como una descarga irrefrenable. No, eso no se lo podía quitar. Eso no. Todo menos eso.

- ¡No te atrevas a decir eso, mujer!- gritó más fuerte, con más rabia incluso que ella.- ¡Eso no puedes hacerlo! No me separarás de su lado… ¡no me separarás de su lado!

Pero pudo. Cumplió cada una de sus amenazas. Utilizó todas sus armas, su padre era abogado y lanzó el infierno contra él. No pudo defenderse, fue totalmente incapaz.

La lluvia le sumergió del todo, la primera de las dos derrotas que marcó su destino.

Contemplaba, años después, entre los escombros de La Rosa Verde, a la segunda de las derrotas. En carne y hueso, casi más hueso que carne en esos momentos, Lucille, la princesa de los sueños prohibidos, efectuaba los últimos compases de su litúrgica danza, con la precisión y habilidad de un cirujano, con los vestigios marchitos de la mejor de las stripers.

Demonios, nunca había conocido una mujer como ella. La primera vez que escuchó su presentación, y la vio totalmente omnubilado, había entrado como policía en el club. Salió como una víctima más, olvidando ley, supurando deseo, construyendo sueños y esperanzas, verdes como la rosa de neón que presidía el lugar.

Seguía contemplándola ahora, como dando las últimas caladas del último de los cigarros que jamás fumaría, degustando el humo mientras le recorría entero.

Fue tan estúpido, pero tan feliz. Ella le hizo sentir todo eso y más. Tan estúpido, que creyó que podía raptarla, hacerle olvidar esa vida, tejer sus propios destinos, juntos, para siempre. Lo creyó durante mucho tiempo, pero sólo reunió el valor para intentar tejer ese destino, dos veces. La primera, en aquella redada. La segunda, poco después de que su exmujer se lo arrebatara todo.

Lo había pensado todo tan bien. Había pintado el ramo de rosas entero, de un verde fresco y vivo, cosa bastante absurda cuando la pintura no tardaría en matar a las rosas. Pero su esfuerzo, en un principio, se había visto recompensado. El ramo lucía tal que el cartel, tan brillante y cargado de esperanza…

Tenía casi aprendido de memoria el discurso que le diría para convencerla. La primera vez no lo había conseguido, pero en el fondo, quería creer que ella también le amaba. Sería más apasionado, más certero, su elocuencia sería tan absorvente como lo era ella con cada movimiento sobre la pista. Porque estaba tan seguro de que la amaba como seguro estaba de que nunca hubo amor en su matrimonio, a pesar de que su exmujer le hubiera entregado, aunque fuera por un tiempo, lo único auténtico y verdaderamente valioso de toda su vida. No se lo había entregado exactamente, lo habían creado juntos. Costaba creer que de algo tan muerto como lo suyo, hubiera nacido algo tan lleno de vida y de posibilidades.

Pero bueno, no era el momento de pensar en el pasado, sino en el futuro. Y el futuro, estaba impreso en el ramo de rosas verdes que sujetaba como el más precioso de los tesoros, en el interior de los pétalos de la única rosa verde real que existía.

Atravesó el hall del club atesorando toda la esperanza que un ser humano, vapuleado por la tristeza monótona del fracaso, era capaz de reunir, moviéndose lentamente para que no se derramara entre sus brazos.

Vio como ella acababa su número, y por enésima vez, el aliento de tantos hombres enloquecía en un millón de sueños a su lado. Sonrió como otras veces, porque él saboreaba de verdad a esa mujer, no como esos hombres, que se contentaban con saciarse con su imagen.

Fue andando hacia su objetivo, aquel que le rescataría del naufragio, con quien zozobraría a salvo, juntos, olvidando los fracasos, transformando las derrotas con el líquido verde de la esperanza.

Entró en el camerino de su rosa verde, pensando que Lucía y no más Lucille, le estaría esperando de manera incondicional.

Nada más entrar, su mirada se clavó en él, dura como el acero.

- No, Ricardo, no me hagas esto. Mira, eres un buen hombre. He sentido cosas de verdad por ti…

- Y yo, Lucía. Estamos a tiempo de que todo esto sea real.- a pesar de que ya empezaba a saber lo imposible que eran todos sus anhelos, se negaba a tirarlos por la borda. Tenía que ser posible… ¡tenía que serlo!

- Eres un encanto. Pero yo amo a otra persona. Lo siento mucho. Nunca pensé que lo nuestro fuera serio. Tú tenías a tu mujer y a tu hija, pensaba que sólo era un divertimento. Nunca me permití el lujo de creer.

Sólo escuchó “yo amo a otra persona”. Nada más. El resto se fue difuminando entre la pesada realidad que caía sobre él, desvencijando cada sueño que pensaba, iluso, que terminaría cumpliéndose.

Ella acarició su rostro. Él cerró los ojos, y no lloró porque había aprendido que los hombres de verdad no lloraban. Estúpido, estúpido, estúpido.

- ¿Quién… quién es ese hombre?- preguntó cómo si sirviera de algo saberlo.

- Mejor que no lo sepas. No te va a servir de nada. Deja de torturarte. Recupera tu vida. Eres un buen hombre. Olvida La Rosa Verde.

Salió aún más lentamente del camerino de lo que había entrado. Fue andando como furtivamente, y se agazapó en una esquina. Tenía que saberlo. Tenía que saber quién era el que le había arrebatado la poca esperanza que se atrevía a recorrer sus venas. Quién era el que le había condenado a ser lo que sería en un futuro, un compendio de tristeza, desgana y sueños por cumplir que jamás volvería a albergar ningún tipo de luz salvo la escasa luz de los recuerdos.

Y entonces, le vio. Vio al único hombre en el mundo que no podía permitirse el lujo de odiar entrando en el camerino. Con un millón de losas de un millón de toneladas apiladas sobre sus espaldas le siguió. Se paró en la puerta. Una parte de él quiso derribarla de una patada y apalear al hombre que había dentro. Sólo una parte. El resto de él supo que nunca reuniría tanto valor.

- Hola, preciosa.- la voz áspera y decidida casi le arranca la piel. Una voz que aglutinaba una seguridad que nunca tendría. La voz del hombre que lo poseía todo. Incluso a Lucille. Incluso a Lucía. Seguramente a las dos.

- Hola mi amor.- joder, y aunque había escuchado la voz de la mentira surgir de los labios de la mujer que amaba, y se la había creído a pies juntillas, aunque había paladeado su falsa ternura, acuñándola como la verdad más absoluta; esa sencilla frase, desnuda, descubierta, sin artificios, fue mucho más real.

- Te sacaré de aquí, nena. El mundo será nuestro. El mundo será nuestro.

Entonces pudo oir la pasión tan fuerte que casi atravesaba las paredes. Cada gramo de placer y de deseo que transpiraba esa puerta le expulsó, se marchó escopetado. Fuera hacía frío, el neón le contemplaba como riéndose de él, restregándole toda la esperanza que jamás le entregaría.

Se sentó en el bordillo, intentando ordenar sus ideas hasta que fue totalmente consciente de que no había nada que ordenar, que el caos no tenía solución, que las piezas se habían perdido y jamás las encontraría. De que todo eran cenizas. Todo eran cenizas.

No se dio cuenta del tiempo que permaneció en la calle, absorto hasta que llegó a esa conclusión.

Todavía mantenía el ramo entre sus brazos, cuando vio salir al hombre del local. Todo lo que él nunca sería, para bien o para mal. Lo que nunca creyó querer ser. Lo que quería ser con cada fibra de su ser en esos instantes.

Le vio. Maldita sea, ¿por qué le había visto? Se acercó a él. No tenía fuerzas, no sabía cómo evitarlo.

- Buenas noches, muchacho.- dijo escupiéndole ese perfecto deje otra vez.

- Buenas… buenas noches, señor Quiñones.- sólo respondió él.

- Me he enterado de lo que te ha sucedido.- ¿a qué se refería? ¿a cómo él mismo había pisoteado los sueños que le quedaban? ¿cómo podía ser tan cínico?- Esos payasos no saben lo que se pierden. Eres un buen policía y un hombre muy útil, muchacho.

- Gra… gracias.

- Siempre vas a tener trabajo conmigo. La gente de fiar como tú escasea, te lo aseguro. Tendrás noticias de mi gente.

- Muy bien…

- ¡Ah! Y un consejo, muchacho. Olvida a las mujeres. Son ellas las que nos despellejan. Son ellas por las que lo damos todo. Pero es más fácil decirlo que hacerlo, ¿no es así?

- Sí… toda la razón.- “hijo de la gran puta” quiso añadir sabiendo que era lo último que haría por suerte o por desgracia.

Se marchó, pero Ricardo tardó un rato más en marcharse también. Dejó el ramo que empezó a desteñir con la lluvia y fue pisoteado como tanta, tanta, tanta esperanza, fingida y verdadera, era pisoteada en las puertas de La Rosa Verde, destrozándose los pétalos reales como los ficticios que adornaban y perfumaban las tristes conciencias.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Todo son cenizas (parte 3)



- No te esperaba tan temprano, Ricardo.- el viejo barman tenía la voz tomada desde que lo conocía, el ceño fruncido de siempre, y el mismo poco pelo.
- Ya ves.- sólo respondió.

El interior era incluso más descorazonador que el exterior. La Rosa Verde nunca fue el sumun de la sofisticación, pero cierto estilo coherente sí queguardaba. Era un antro, pero con encanto y carisma, limpio dentro de lo que cabe, no el tipo de antro abominable y vomitivo que eran otros clubs de striptease que Ricardo había conocido.

En parte por eso siempre estuvo abarrotado, casi los siete días de la semana.Pero ahora, un martes convencional como ése, no había que ser muy espabilado para saber que Martín tendría suerte si llegaba a tener cinco clientes en toda la noche.

Ricardo contempló, impasible en apariencia, el lugar. Pero sólo en apariencia. El golpe de nostalgia fue más fuerte que cuando observaba la fachada. A pesar de la suciedad, a pesar de todo, había habido un momento en el que esas cuatro paredes fueron su refugio particular, y su interior, un regalo nuevo cada noche, una nueva oportunidad de evasión. Una mentira, pero una mentira dulce cuando sabía que estaba siendo engañado. Y una puñalada mucho más dulce incluso cuando se creyó cada pantomima.

Se sentó en la barra.
- Ponme un whisky. ¿Qué coño le has hecho a este sitio? ¿Lo limpias vomitando?
- Las vacas gordas se fueron, amigo. No fuiste el único en marcharse. Las cosas van de mal en peor.

Habría preguntado cómo es que entonces, lograba un tugurio semejante permanecer abierto si no hubiera conocido la respuesta de antemano. Quiñones controlaba el lugar, y lo más posible es que fuera exclusivamente gracias a él que éste sitio no hubiera cerrado. Sería lo suficientemente barato mantenerlo en ese deplorable estado para que siguiera siendo rentable.

Ricardo paladeó el whisky, era un brebaje nefasto, adulterado y aguado, pero alcohol al fin y al cabo, y lo necesitaba. El hielo flotaba más allá de la mitad del vaso.
De alguna manera, el club debía de seguir teniendo cierto gancho. Ante su sorpresa, en veinte minutos sus perspectivas acerca de la clientela se doblaron, y el aforo superaba las diez personas. Todo un éxito, lejos de lo que fue antaño, pero para nada desdeñable. Era curioso, la mística y la magia no podían desvanecerse así como así. Existían y ya está. La Rosa Verde siempre había tenido algo de mágica. Tantos hombres habían huído de sus vidas buscando la promesa incierta del aroma de lo prohibido, tantos habían sucumbido noche tras noche, dejando un reguero de fracaso perfumado tras de sí. Ricardo, uno de ellos.

- Y bien, ¿qué has estado haciendo estos años?- Martín era un barman de la vieja escuela, siempre quiso formar parte del entretenimiento del local. Las chicas ponían la diversión, él la cínica conversación, el hombro donde apoyarse, la camadería entre cliente y anfitrión. Ricardo nunca se tragó su papel, pero era indiscutible que lo había interpretado a las mil maravillas y que seguía haciéndolo de manera impecable.
- Vivir. Más o menos. Menos que más.- un trago siguió a la frase. El hielo seguía demasiado arriba para su gusto.
- Antaño hablabas más.
- También vivía más.
- Touche.

Las luces del establecimiento se fueron mitigando, como intentando crear una atmósfera adecuada para lo que vendría a continuación. Una voz femenina, con un tono que derretía incluso el cristal de las copas, recitó por megafonía:
- “La noche no ha hecho nada más que empezar, caballeros. Para ir abriendo boca, den una calurosa bienvenida a la caliente respuesta a todos los sueños prohibidos: Lucille, la princesa desnuda.”

Diez años habían pasado desde la primera vez que Ricardo vio a Lucía en el escenario. Diez años, y la presentación seguía siendo la misma, las mismas palabras en el mismo condenado orden. Lucille, la princesa desnuda. Le parecía tan absurdo, pero él quiso cada una de esas respuestas. Para él, los sueños prohibidos, fueron realidades, tangibles, poderosas, inevitables.

La mujer que salió, a primera vista, poco tenía que ver con aquella que había tenido la habilidad de suscitar todas esas incógnitas y de azuzar la mecánica de los sueños. No sólo por la edad, aunque apenas rebasaría la treintena. De hecho, en parte todavía era una mujer bastante atractiva. Pero se notaba que la vida no la había llevado por los senderos adecuados; la desbordante energía que antaño transmitía ya sólo con el primero de sus movimientos, no era ni una sombra, sólo un recuerdo dibujado en su silueta, pero palpable para quién tuviera el privilegio de contemplarla en su momento. No en vano, en su mejor época, Lucille era el número estrella de La Rosa Verde, y no el primer número de un triste martes por la noche cualquiera. Todo el aforo desaforado se derretía por sus huesos. Ahora, los diez parroquianos apenas la miraban.

Su melena rubia seguía siendo impresionante, sus ojos, si acertabas a mirarlos, regalos de absoluta belleza; pero los rasgos de su cara, marcados, su delgadez, rozando en algunos puntos de su anatomía lo antierótico, la desidia mecánica con la que efectuaba la danza; no, a priori no parecía ser quien saciaría los apetitos más voraces, no parecía capaz de responder ninguna de las preguntas que prometía su introducción.

Ricardo la observó detenidamente, ésta era la prueba de fuego. Un pequeño escalofrío le recorrió, casi imperceptible. Por dos razones. Porque él sí veía todavía a esa mujer capaz de hacer que los corazones palpitaran al ritmo de sus caderas con la cadencia de sus movimientos; que dentro de la desidia y la desesperanza, todavía guardaba el fuego, la rabia, la rebeldía y la tremenda pasión incontrolable que sólo una mujer como Lucía podía poseer. Pero la razón principal de su ligero estremecimiento, es que todo aquello no le afectaba. Ya no. No le importaba en absoluto. Y le llegó a importar tanto...

Volvió su mirada al vaso. El trago fue grande, casi hasta vaciarlo. La música, la misma sintonía que Lucía había bailado todas las veces, maldita melodía, malditos recuerdos. Se vio rodeado por todos ellos. Los diez clientes se convirtieron en más de cien. El humo lo inundó todo, las risas, la música triplicó en potencia la que sonaba ahora mismo.

Y ella también estaba en el escenario. Más joven, más bella, infinitamente más radiante. Devorando el mundo con cada paso que daba, destruyendo credos con cada guiño, sus pechos perfectos asomaron en el cénit de su número, la barra había sido hecha para que ella la dominara, como también dominaba las miradas, la líbido, cada hombre que tuviera la capacidad de desear. Todo era suyo.

Él también estaba, por supuesto era absolutamente de su propiedad, más incluso que el resto de la concurrencia. También era muy diferente. Quizás más.
- Es un madero.- había susurrado entonces uno de los matones a Martín, también más joven obviamente, aunque ni mucho menos tan cambiado como ellos dos.
- Calma, es Ricardo. No hay problema con él.
- Recoge el chiringuito, Martín. Vienen hacia aquí.- sólo dijo.

En sus recuerdos, el número de su Lucía, de la Lucille de todos los demás justo había acabado, y él se introdujo en los camerinos. La encontró, había hecho ese camino decenas de veces. Había llegado el punto, en el que era incluso más deseable cuando abandonaba el escenario. Entonces, sólo era Lucía, sólo era suya. Igual de encantadora en realidad. Mucho más quizás. Ella le vio. Sonrió. Se acercó para besarle. Quiso tanto, tanto besarla… pero se detuvo
- No... no tenemos tiempo. Van a hacer una redada. Tienes que marcharte de aquí. ¡Vamos! Por la puerta trasera.

Ella, asustada, comenzó a vestirse apresuradamente, en un ritual inverso al que había hecho para cien hombres fuera de sus cabales, pero que le sacaba mucho más a él de los suyos ya que evocaba la normalidad de una mujer de carne y hueso, vulnerable, asustada como cualquier otra. Ricardo la había deseado tanto en ese momento que no pudo resistirse.

- ¡Espera! Espera… espera… no…- recordaba cómo se le atragantaron las palabras aunque llevaba semanas queriendo decirlas, y era lo que más deseaba decir en esos momentos.- No. Ven conmigo. Abandona esta vida. Escápate conmigo. Te quiero, Lucía. Nunca más tendrás que ser Lucille. No tendrás que responder ante ningún sueño prohibido. Crearemos nuestros propios sueños. Ven… ven conmigo. Juntos podemos olvidar toda esta mierda. Ven conmigo… te quiero. Te quiero.

Lo que más le dolió, fue ver que durante un momento, llegó a flaquear. Que llegó a pensárselo. Pero luego no hizo falta que le respondiera. Sólo le miró, con una franqueza que no podía traducirse en palabras. No era necesario.

- Lucía… yo.
Ella se acercó a él, y puso un dedo sobre sus labios, acallando el torrente de pensamientos, deteniendo el mundo durante unos instantes. Luego le besó, lentamante, con tanta ternura que Ricardo sintió más afecto, aunque fuera falso, que en sus cinco años de triste matrimonio. Y se marchó por la puerta de atrás.

Ricardo, recordaba todo eso perfectamente, cada detalle, cada segundo. Sin embargo no recordaba como entró la policía al local, cómo lo desalojaron, todo lo que sucedió a continuación. Porque aquello no solía durar, Quiñones era un hombre muy poderoso ya entonces. A pesar de todos los trapicheos que se hicieran entre sus muros, la Rosa Verde nunca permanecía cerrada más de una semana.

Su mirada volvió al presente, a su copa casi vacía, aunque estaba seguro de que no sería la última vez que visitaría al álbum de fotos de su marchita memoria en lo que quedaba de noche.