Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.
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lunes, 1 de julio de 2019

Sigue corriendo

No hay vaso medio vacío que aunque no lo pretendas acabes de llenar a rebosar

No hay ni sueño ni espejismo, que sólo con un guiño, no conviertas en absoluta realidad

No hay lamento ni suspiro, que cerca de tu brillo, no se silencia en el momento...

No hay ni muro de cemento, ni manto tan oscuro, que te tape, te detenga te haga ir más lento.


Y te veo corriendo, y es que no entiendo, la suerte que tengo, de ver que nunca pararás,
sabiéndote eterno, no pisas el freno, y sigues corriendo, qué importa que venga detrás,
porque nada te alcanza, derribas los muros, con solo un soplido, creas un nuevo vendaval,
eres como un rayo, que deja a su paso sueños encontrados, mentiras reales para creer en magia real...

… corriendo en una estela de magia real...

Y aunque caerás, veo como te vuelves a levantar...

Tú sigue corriendo... ¡Sigue corriendo!

Y aunque nos dejarás atrás, el mundo está a tus pies...

Tú sigue corriendo... ¡Sigue corriendo!


No hay monstruo escondido,   grito ni susurro, ni miedo encarnado, ni trampas que no esquivarás,
No hay cruda tristeza que detenga tu risa, sólo una sonrisa, sé que todo ira más que bien,
No hay derrotas que tapen todas las victorias que brotan y botan mientras tu juegas a jugar,
Jugando en una estela de magia real.


Corre como el viento, inmune a todo desaliento...

¡Tú sigue corriendo! ¡Sigue corriendo!

Juega en movimiento, juega, mientras sueñas con jugar, mientras...

¡Sigues corriendo! ¡Sigues corriendo!

Y aunque caerás, veo como siempre te levantarás...

¡Sigue corriendo! ¡Sigue corriendo!

Y aunque nos dejarás atrás, el mundo se rinde ante ti...

¡Sigue corriendo! ¡Sigue corriendo!

viernes, 7 de diciembre de 2012

Buscadores de luz


Ella sale a la calle, cansada, aburrida, presa de la monotonía, ignorando la luz que desprende a borbotones, la magia que crea a cada paso que da. Ignorando que el mundo se detiene con cada uno de sus movimientos, ignorando cada una de las cosas que la hacen única y especial.

Y todo transcurre como siempre, previsible, la rueda gira una y otra vez, los días se atropellan con desidia, nada cambia...


... excepto para quien la contemple. Quien tenga ese privilegio, que se agarre a él, con toda fuerza imaginable. Porque es difícil subsistir en un mundo vacío, y más difícil captar gente que lo llena de verdad, que sin ser consciente, con un guiño, con un simple e involuntario movimiento, da sentido al sinsentido.


Porque ella, en el día más triste, más oscuro, más cansado, más aburrido, más monótono... sale a la calle...


... e ilumina el mundo.





Hay quien dedica toda su vida, cada minuto que vive o malvive, buscando luz de manera incansable, como único objetivo vital del que es imposible escapar. Los buscadores de luz son necesarios en nuestro mundo, a través de un mundo lejano pero incrustado en las tinieblas de éste. Ese mundo, sin nombre, casi sin realidad, se derrumba si los buscadores no cumplen su objetivo. Ese mundo es un compendio de todos los anhelos y de todas las voluntades humanas, su sustento, su esqueleto, su muro maestro en todos los sentidos posibles. La argamasa insustituible que da verdadera forma y consistencia a la esperanza. Sin él, todo lo que realmente merece la pena, se desmorona.
Para ello, los buscadores de luz consagran su vida a recopilarla. Los hay verdaderos expertos, que a pesar de lo difícil de su tarea, a veces descorazonadora y devastadora, consiguen reunir suficientes puntos de luz para que todo adquiera sentido aunque sea para unos instantes.
Son todos gente oscura. Se confunden entre la multitud sin que las personas de alrededor sepan quienes son, a qué se dedican, y lo indispensables que resultan para que la vida no se vuelva tan oscura como ellos.
Ése es su sacrificio. Su búsqueda, la única recompensa. Pero en contraste con lo que encuentran ellos no sienten, no padecen, sólo buscan y buscan.
Él  nunca quiso ser un buscador de luz. Y no era porque no cumpliera algunos de los requisitos, siempre vivió en la oscuridad de quien busca la luz. No, no lo quiso ser sin más por creerse incapaz; tardo tiempo en plantearse que acabaría siéndolo y ni por esas se llegó a imaginar que acabaría encontrando la mayor fuente de luz imaginable.
La luz más allá del concepto lumínico en sí mismo, habita en determinadas personas, de manera más o menos nítida, desde la chispa más inocua, hasta el destello más cegador. Pero los buscadores no solían encontrarla en el interior de las personas. La luz física era mucho más fácil de recopilar. La luz de lo espontáneo también, de la casualidad, de algún acto aislado sorprendente y de extraña bondad. Sin embargo, buscarla intrínsecamente en un solo ser humano… sucedía con tan poca frecuencia que esa búsqueda tuviera éxito. Él, la encontraría, sin lugar a dudas. Sin pretenderlo. Sin más.
Entre lo sombrío del mundo de la oscuridad, entre lo oscuro del mundo de las sombras, él despertaba cada mañana todas nubladas, todas grises. Su rutina le invadía, siempre lo hacía. Salía a la calle sabiéndose consciente de que habitaba ese mundo, de que el letargo, el cansancio vital, la tristeza, eran parte y todo de su existencia. Sólo era un contemplador, dueño de un puñado de cenizas que tendían a dispersarse por el viento para luego volver y ensuciarle con el color gris de lo descorazonador.
Ver la luz ajena es algo que en realidad no es necesario ser un buscador para poder hacer, cualquiera con un mínimo de sensibilidad puede darse cuenta de quién mana la luz. Pero hay que tener en cuenta una cosa, las personas más luminosas no son siempre las portadoras de luz. Brillar por fuera es muy sencillo muchas veces, un estado de ánimo, una belleza especial, un sencillo reflejo, una casualidad. Pero la luz en realidad habita de manera inequívoca en quienes repudian el concepto de luz en sí. Y así sucedía con esa mujer. Que no se sabía portadora de luz, que no tenía ni idea de lo que escondía.
Por eso, ver en ella la luz como el resto de la gente la veía, no tuvo mucho mérito.  Porque claro que eso fue lo primero que vio. En principio, casi cualquiera que por cualquier motivo tuviera la oportunidad de contemplarla, sabría y distinguiría cada fotón que la poblaba. Porque la belleza de esa mujer era espléndida, porque cada sonrisa por rara era aún más maravillosa, desconcertante en la magnitud de su esplendor. Y esa belleza gigantesca le cegó como un golpe de esperanza. Pero no era eso lo que brillaba de manera latente, sumergida y descomunal en ella, no era sólo su indiscutible belleza física. No. Era su interior, era el hecho de que ella no era ni mucho menos consciente de cómo podía llegar a brillar, de la magia que la habitaba de manera total, que no la  había desbordado por el mero hecho de su ignorancia y negación al respecto, porque no asumía toda la extensión inabarcable de su belleza, en todos los sentidos posibles de la palabra, dándole significado de manera definitiva al concepto.
Sólo fue un segundo. Casual, todavía por decidir, repentino. Pero la vio. Se cruzó con ella. Entre el gentío ensordecedor, entre la muchedumbre cegadora y destructora de luz, ella. Un punto, una sonrisa escondida en un ceño fruncido, un faro dominado por la tormenta que sólo acierta a vislumbrar quien tiene fe verdadera en la existencia de la luz y de las segundas oportunidades.
Ella. Sólo ella. Completa, definitiva, con un potencial tan evidente y escandaloso que no comprendía como la gente a su alrededor no se apartaba sencillamente para contemplarla y verse dominados por el lujo de poder caminar a su lado.
Ella. Una más, pero más que una, todas.
Ella. Que se perdería para siempre entre la multitud, que nunca jamás volvería a ver, que se vería obligado a olvidarla de cualquier manera posible, aunque no hubiera manera que conociera para que existiera esa posibilidad.
Ella. Sin más. Con todo. Eterna. Fugaz.
Fuente de luz. Olvido inolvidable.

Ella.
Todo eso surgió en un segundo. Toda la vida que podría vivir si hubiera conseguido conocerla. Todo lo que podía ganar. Todo lo que estaba perdiendo mientras se alejaba. Y se alejó. Se alejó.
Su imagen, su silueta, se habría marchado. Habría sido sólo un recuerdo en la niebla. Si no hubiera sido por los buscadores de luz.
Porque los buscadores de luz lo supieron. Supieron que él la había encontrado. Lo supieron en seguida, es algo que captan inevitablemente. Supieron cuando él la vio, cuando sin que el resto del mundo se diera cuenta, su existencia se detuvo al contemplarla

- La has encontrado.- le dijo una voz una vez estaba tratando de volver a emprender camino y fundirse con las sombras de nuevo.
- ¿Quién… quién eres?- respondió él asustado.
- Soy lo que tú eres ahora. Soy un buscador de luz. Y has encontrado una fuente. Ahora debes de hacer que de ella emane la luz que buscamos.
- ¿Cómo? ¿Por qué yo?
- Has sido tú quién la ha descubierto. Has sido tú el que has atravesado su coraza y te has atrevido a mirar en su interior. La gente no es consciente de que existen personas, que con su energía, sólo con la luz que les habita, pueden mover montañas, pueden cambiar estaciones, pueden hacer reír, llorar de felicidad… pueden cambiar el mundo. Nosotros recopilamos toda luz posible. Ahora tú recopilarás la suya.
- Pero, ¿eso cómo se hace? ¿Tengo que exprimirla como si fuera una naranja?
- No es necesario hacer bromas estúpidas. Sabes perfectamente cómo. Sólo tienes que hacer que ella se cerciore de la existencia de su luz interior. Porque es lo que sucede con las personas más maravillosas, que sencillamente, muchas veces, ignoran su potencial. Se empeñan en ignorar lo que realmente son. Tú sabes lo que esconde, lo que alberga. Hazlo salir.
- Yo no soy nadie. No seré capaz.
- Sí. No serás capaz en tanto en cuanto creas que ella brillará por ti. No. Brillará sólo y exclusivamente por sí misma. Tú sólo tendrás que guiarla.

Sucedió. Se vio atado a esa misión, a una promesa que hizo cuando creía que no quería hacerla, pero queriendo cumplirla más que cualquier otra cosa en el mundo en realidad. Porque sólo haberse cruzado con ella un momento, sólo haberse asomado ligeramente a la mujer que era, le seducía tantísimo, le intrigaba, le obligaba a saber más, a jugarse el todo por el todo para buscar la luz que albergaba con toda intensidad posible.
El nuevo buscador de luz, por tanto, se dedicó a buscar a la mujer que poblaba sus sueños, a la mujer que habitaba sus fantasías desde la realidad, porque aunque alguien así sólo podía tener sentido siendo un producto de su fantasía, era real. La había visto con sus propios ojos antes de imaginarla por más que ahora no hiciera más que imaginarla una y otra vez.
Por lo que comenzó su búsqueda. Primero, tenía que encontrarla, a priori lo más sencillo. Pero no lo fue tanto. Él era inexperto y torpe, no sabía hacer los movimientos adecuados, y se perdía entre el gentío. Captaba un ramalazo de luz, pero desaparecía de manera abrupta; corría esquivando personas oscuras, sueños perdidos, muchos de ellos suyos propios, que se recomponían con tan sólo imaginar la imagen de aquella que enhebraría los mimbres más resistentes en los que la esperanza pudiera sujetarse sin caer al vacío.
- ¿La han visto?- preguntaba.- Es imposible que la hayan olvidado.
La gente no le respondía, muchos le ignoraban, muchos se compadecían de él, pobre buscador de luz loco. En sus ojos se dibujaba su silueta aunque no supiera buscarla en realidad. Llegó al punto de buscar el reflejo de sus propios ojos, en el cuál habitaba esa silueta, sólo para darse cuenta de que estaba viajando en círculos concéntricos.
Con su barca, remando a la deriva, comenzó a buscarla entre las olas sólo guiándose con las estrellas que había en el mar, que habían caído una a una, tristes destellos de felicidad pasada. En esos destellos caídos, en esas estrellas en el mar también la buscó.
- Vosotras habéis olvidado la felicidad. Vosotras ya no brilláis. Pero brillasteis. Ayudadme. Podréis volver a brillar.
- Pobre buscador de luz loco.- susurraban.- ¿No sabes lo que eres? Lo que eres te hará ser más oscuro y olvidable incluso de lo que somos nosotras ahora mismo. ¿Y aún así quieres encontrar de nuevo la luz?
- Sí. Indiscutiblemente. Yo no importo. Vosotras y quienes tenéis posibilidades de recuperar vuestro brillo, sí. Y por supuesto, ella también.
Le pareció, sorprendentemente, captar un pequeño fogonazo en ellas cuando en teoría se habían extinguido para formar parte del negro manto nocturno del mar.
- Te estás equivocando desde el principio. No la busques más. La encontrarás.
- ¿Por qué? ¿Cómo voy a encontrarla si no la encuentro?
- Pobre buscador de luz loco. Ya la encontraste una vez. Sin más la encontrarás.
Pensativo, abandonó la quietud del mar para volver a introducirse en el gentío. Se sentó en el suelo. Cerró los ojos. La recordó con toda intensidad.
El tiempo se detuvo, o quizás fue más deprisa… el caso es que todo giró desacompasado.
Fue un niño, fue un adolescente, fue un adulto. Todo lo que quiso, todo lo que buscó y no encontró, se agolpó en su mente, temeroso del olvido, víctima de su soledad.
Quiso tanto encontrarla. Lo quiso de verdad. No como muchas veces queremos las cosas, como un capricho momentáneo por el que mataríamos aunque realmente no nos fuera nada en ello. No, no fue así. Quiso encontrarla con toda certeza, sin artificios, sin exageraciones. No había nada más que encontrarla.

Las estrellas no mentían. Quizás se compadecieron de él. Quizás entendieron que, al fin y al cabo, siempre hay luz que puede ser rescatada. Siempre existe la oportunidad de rectificar, de dar un paso atrás para dar tres hacia delante.
Ella no quería encontrarle. Ella vivía inmersa en sus propias preocupaciones, apremiantes, una vida completa y plena amargada por la rutina. De hecho a priori no era muy diferente de la vida del buscador de luz en lo que realmente importaba. Había matices claro, pero ambos se habían visto devorados por el mundo, escupidos después de haber sido masticados y casi digeridos.
La diferencia radicaba en que él tenía que encontrarla, y ella tenía que ser encontrada. Y le encontró.
Ella lo vio. Sentado en el bordillo. Sujetando su cabeza con las manos, como con un miedo atroz a que se desprendiera de su cuello y cayera rodando por el suelo para ser pateada y pisoteada por el torrente de gente que subía y bajaba por las calles, siempre con prisa, nunca con calma.
Ella no se habría detenido en circunstancias normales. Pero ese chico, sin ser atractivo en absoluto, le llamó poderosamente la atención. Su concentración y pena, atadas con un nudo irrompible, el peso de sus párpados cerrados, como temiendo abrirlos y chocarse con la realidad. Todo en él. Fue así porque lo único que quería en la vida sin que ella lo supiese, era encontrarla, por encima de todas las cosas.
Y se acercó a él. Se sentó a tu lado. Sin darse cuenta de cómo y porqué lo hacía, le preguntó:
- ¿Qué te sucede?
La voz que él oyó, respondía a las plegarias de su búsqueda. Supo instantáneamente que era ella. Que quién sabe porqué, las estrellas tenían razón. Que quién sabe porqué, volvía a tener suerte.
El peso de los párpados se diluyó y pudo abrir los ojos. Se chocó de frente contra la mujer. Ahora, a su lado, mirándole, el influjo de su presencia era cien veces más grande. Se vio tan tentado de olvidar porqué la buscaba y consagrarse no sólo a buscar su luz, sino a amarla como comenzaba a amarla en ese preciso instante, cuidarla y hacerla feliz...
… pero no. No sería por él que saldría esa luz. Sería sólo por ella.
- Hola.- consiguió responder no sin esfuerzo.- Hola. Estás aquí.

- Claro que estoy aquí. Qué hombrecillo. ¿Dónde iba a estar?

“Hasta hace unos instantes, en mis sueños.” Estuvo a punto de replicar. Pero se comedió.
- No tenemos mucho tiempo. Tú no lo comprendes. No comprendes lo que eres en realidad.- y lo era tanto y tan intensamente. Apenas podía apartar la mirada, mirarla era un regalo tan jugoso y difícil de rechazar…- Ven conmigo.

- ¿A dónde?- ella también se sintió intrigada en parte. No en vano, cualquier excusa de escapar de la rutina en la cuál se veía sumergida día y noche, era bien recibida.

- A todos los destinos posibles. A todas las verdades escondidas. A tu interior. Verás. Tú eres una persona muy especial. Y el problema, es que no lo sabes. No sabes la luz que hay en tu interior. No sabes que puedes iluminar el mundo si te lo propones. No eres consciente de que no hay barreras, de que no hay límites. De que tú eres el límite.

Ella río, y fue sorprendente para ambos que no se levantara y marchara automáticamente, porque su risa no fue precisamente de felicidad, si no de sorna.
- A otra con ese cuento.

- Espera. Sólo tienes que esperar. Te lo demostraré.

Cogió su mano y la apretó con fuerza. La miró a los ojos.

- El viaje que vamos a hacer… quizás no será el mejor de los viajes. Pero te garantizo, que haré todo lo posible, todo lo que esté en mi mano, para que tu luz, para que la luz que ni tú ni yo comprendemos pero que vive en ti… sea libre, para que tú seas libre. Para que seas feliz.

Un libro se abrió ante ellos, un libro en blanco, con tanto por escribir, tachar y emborronar.
Ella soltaría su mano en repentinas ocasiones. La historia que escribirían no sería la historia más hermosa del mundo. Sería su historia, una historia en la que él no desfallecería buscando su luz.

Sería el primer buscador de luz capaz de amar, porque la amaría mientras, a veces quizás con ligero éxito, le hacía intentar comprender de que tanto ella como el mundo, necesitaban la luz. Necesitaban su luz.




… y el nuevo buscador de luz, quizás fracasaría. Quizás tendría éxito. Pero nunca, nunca, nunca desfallecería.




Y en un punto, sólo deseaba que sus miradas se cruzaran, y ella viera la luz de sus ojos reflejada en los suyos.

Porque así, quizás y sólo quizás, ella podría comprender toda la felicidad el torrente indominable de pura luz que podía generar.

Cada sonrisa que le arrancó, cada duda que generó en su corazón, valieron fotones valiosos que dieron rienda suelta a las más salvajes fantasías.

Porque ella, sabiéndolo o no, en el día más triste, más oscuro, más cansado, más aburrido, más monótono… fuera con él o sin él… sale a la calle…

… e ilumina el mundo.

lunes, 30 de julio de 2012

El último asalto




La Rosa Verde
                               … o “El último asalto”

La noche era oscura, sofocante y silenciosa, salvo por el sonido de las pisadas sobre los charcos.
El hombre corría como alma que llevaba el diablo, buscando un resquicio en la noche que le sirviera de escondrijo, jadeando cansado, sabiendo que le alcanzarían en cualquier momento. Apestaba a basura, el calor era asfixiante, el suelo estaba encharcado, todo jugaba en su contra. Tropezó y estuvo a punto de caer, pero se rehizo a tiempo; había estado a punto de perder toda su ventaja, tanto esfuerzo habría sido en vano. Aún así escuchaba las pisadas de quien le daba caza, más decididas y pesadas que las suyas, no tardarían en alcanzarle. Estaba perdido y en el fondo lo sabía.
Su perseguidor, no estaba nervioso. Era rutina absoluta de un tiempo a esta parte. Éste era su trabajo, sin más. Todo aquello diferente, cualquier capacidad de decisión, había quedado atrás. Apretó el paso, veía perfectamente al pobre diablo que, sabía de todas, todas;  tenía las horas contadas.

La noche era brillante, los focos y los flashes de las cámaras emitían su brillo incandescente sobre el ring, como un oasis de luz y de esperanza, del que bebían cientos de personas, buscando emociones, espectáculo, pasar una noche entretenida, o amar el deporte. Ésa era la noche, donde los sueños se cumplirían golpe a golpe, grito a grito entre la multitud y el sonido sordo de los puños estrellándose contra los cuerpos.
Todo estaba a punto de empezar. El speaker hizo acto de presencia, y con su perfecta y trabajada pronunciación, pasó a hacer su trabajo, adornar a los dos contendientes, presentar el espectáculo de la mejor manera posible.
- ¡Damas y caballeros! ¡Bienvenidos al palacio del boxeo! ¡Prepárense para pasar una noche gloriosa que jamás olvidarán por el título mundial de los pesos mediopesados!

Mientras huía, veía pasar su vida a través de sus ojos. Casi le hacía gracia, era algo que había oído muchas veces pero que nunca había terminado de tomarse en serio; sin embargo le estaba ocurriendo en ese preciso instante. Perdía esperanza a cada paso que daba, pero no podía parar de correr. Huír de lo inevitable. El ser humano, aun siendo totalmente consciente de su perdición, difícilmente la asume. Él cada vez estaba más seguro de lo que le esperaba. De hecho, llevaba años labrándoselo, bailando sobre el agudísimo filo de la navaja, como un funambulista borracho, de tal manera que muchos se habían preguntado cómo era posible que no hubiera caído hacía ya tiempo rebanándose por la mitad.

El público estaba preparado para el combate. Cómo no estarlo, era el combate del año. Algún espabilado se había aventurado a llamarlo incluso el combate del siglo, pero tampoco era necesario exagerar. Mike Williams “Ataúd” era un púgil implacable, una leyenda imbatida en la ciudad. Su sobrenombre no era gratuíto. En su tercer combate profesional acabó con la vida de Terry Dinaher, que era campeón estatal. Desde entonces fue conocido entre el público con ese morboso apodo. Muchos de sus rivales saltaban al ring con el miedo en el cuerpo, ese sobrenombre había hecho mucho por él en realidad. Pero estaba claro que no debía su apabullante racha de victorias exclusivamente al temor que despertaba su mote. Su técnica era depurada, y su directo de izquierda, un martillo pilón. Había logrado k.o en sus últimos doce combates y en todos, antes de llegar al cuarto asalto.

Quien le perseguía, efectivamente, no tenía ninguna prisa. La misma certeza vivía  en ambos, sucedería. Le iba a alcanzar, tarde o temprano. No tenía ningún lugar al que escapar ni dónde esconderse. No era la primera vez que perseguía a alguien por los callejones del muelle. Había aprendido a conocer perfectamente sus recovecos, a escuchar los pasos en la quietud de la noche y discernir la dirección con tan sólo escuchar una pisada. Todo el proceso que le había llevado a tal maestría en la persecución, no era sin embargo algo de lo que enorgullecerse. Lo había aprendido de la peor manera, bajo el fracaso y la necesidad, la desesperanza, la derrota. Ser brillante en ser oscuro. Ser algo en la nada.

Pero lo que hacía especialmente estimulante el combate de esa noche, no era la presencia de Williams. Claro, contribuía, pero a pesar de ser el favorito de las apuestas, no era el favorito del gran público, más con el corazón en la mano que con la cabeza, eso sí.
No, lo que impregnaba la noche de un aroma especial era su contrincante. Nunca mejor dicho, porque posiblemente era el único luchador en la historia del boxeo con un sobrenombre de flor. Derrick O´Shea, más conocido como “La Rosa Verde”. Con su pose desgarbada, y sus sempiternos calzones verdes con la bandera irlandesa en la parte superior de la pernera derecha. La Rosa no era el luchador más ortodoxo. Pero habiendo partido desde cero, hijo de inmigrantes irlandeses,  trabajador del muelle, boxeando para alimentar a su familia, parecía normal, por lo menos en principio que su técnica no fuera la más depurada. Al principio fue objeto de burlas, es normal. Ese mote en un deporte tan plagado de testosterona como es el boxeo era una invitación a la mofa. Pero cada victoria in extremis mitigaba las risas y las transformaba en admiración. “¡Sus espinas destilan esperanza!” era el grito de guerra, porque eso es lo que era ese boxeador. Esperanza pura. El sueño americano con escala en Irlanda, enfundado en unos guantes y calzones verdes.

Pensó en detenerse y pedir piedad. Lo pensó durante unos momentos sólo. Por supuesto, fue un pensamiento estúpido. Llevaba toreando a Benjamin Saphiro desde hacía meses. Habría tirado por el retrete todas las prórrogas que le había concedido para saldar su deuda. La gota que colmó el vaso, es que desperdició su última oportunidad de manera definitiva. Benjamin Saphiro era el capo más conocido de la ciudad, y si era conocido, no lo era precisamente por dar oportunidades a troche y moche. Y eso, que por algún inexplicable motivo, anteriorimente fue relativamente piadoso en su caso concreto. Le concedió una última opción, trabajaría para él, como sicario. Tendría que encargarse de un tipo que estaba más o menos en su misma situación. Pero a la hora de la verdad, fue incapaz. Era un ladrón, un estafador. Pero no un asesino. Probablemente no por sus principios morales, inexistentes en realidad. Sino porque carecía de escrúpulos. Todo lo contrario de quién le perseguía.

- ¿Están preparados para el combate del año?- la voz del speaker volvió con fuerzas renovdas, como si fuera a anunciar el principio o el fin de todas las cosas. – En la esquina derecha del cuadrilátero, con 88 kgs de peso, calzón rojo y guantes negros, el hombre de los puños de piedra, la apisonadora Newyorkina, capaz de derrumbar las mejores defensas, de introducir el miedo en el corazón del más valiente rival. Con un impresionante récord de veinticino victorias, dieciséis de ellas por k.o… Mikeeeeee Williams!- “Ataúd” saltó al cuadrilátero con la seguridad absoluta dibujada en sus puños y en su porte, como sabiendo positivamente que podría detener un tren de mercancías a golpes si fuera necesario.
- Y en la esquina izquierda, el sueño americano hecho boxeo, de la nada a la cumbre, de ser un simple estribador del puerto, a competir por el título mundial. Con 76 kgs de peso, calzones y guantes verdes… sus espinas destilan esperanza… ¡Derrick “La Rosa Verde” O´Shea!
La Rosa entró en escena con mucho más ímpetu que su rival, sin esa serenidad en apariencia, pero con una vitalidad contagiosa. Una de las cosas que más llamaba la atención era su rostro, su cuerpo era rudo y propio de un boxeador de su nivel, pero las facciones de su cara eran aniñadas, como de un chaval que no había terminado de crecer, pecoso y pelirrojo era todo inocencia a pesar de ser un torbellino en el ring. Ambos estaban frente a frente. Sólo esperaban el sonido de la campana para que comenzara su desafío, y el espectáculo para los impacientes asistentes al combate.

Mientras le perseguía, por enésima vez  hacía un repaso mental. Cómo había llegado a esa situación. Nunca se lo planteó, siempre pensó que acabaría de otra manera. Tuvo los mimbres adecuados para que esta situación nunca hubiera llegado a producirse. En su juventud es cierto que se lo llegó a plantear. El camino fácil. Tenía físico y aptitudes para ser un buen matón. Pero luego, su vida fue llevándole por otros derroteros. Logró tantas cosas. Creyó verdaderamente que sería feliz, que lo lograría de manera legal, que todos, empezando por él, estarían orgullosos, tanto quienes no importaban, como sobre todo quienes fueron parte vital en su existencia y su hipotética y malograda felicidad.

La campana sonó y el público rugió enloquecido cuando los púgiles se dirigieron el uno al otro, sin concesiones, para que lo inevitable diera comienzo. La Rosa era más rápido, aunque tenía una técnica menos depurada en realidad, cosa comprensible porque sus orígenes humildes no habían dado tiempo a mucha preparación y entrenamiento. Su habilidad venía  más por la intuición, había nacido para el boxeo, su técnica nacía de lo innato, qué cotas podría alcanzar este hombre con el entrenador y el tiempo adecuados. Sabía que la defensa de Ataúd por el costado izquierdo era más débil, sin embargo no empezó castigando esa zona. Era demasiado evidente, y estaba seguro de que estaría pendiente de salvaguardar su punto débil, sobre todo mientras estuviera entero físicamente. Por lo tanto era más imprevisible atacar el costado derecho, pero siempre manteniendo las distancias y haciendo que se moviera sin parar. Era mucho más pesado que él, y no podría aguantar el baile si se producía muy deprisa. Además era fundamental el mantenerse a una distancia prudencial, Ataúd tenía un directo de izquierda demoledor. De hecho lo sabía, muchas veces sus combates se trataban de aguantar el momento exacto para descargarlo. Una vez había impactado de lleno, podían pasar varias cosas. O el rival caía directamente al suelo y se producía el k.o, o aguantaba la acometida, pero quedaba tan debilitado que le resultaba imposible esquivarlo una segunda vez. Había quienes aguantaban dos de sus directos, pero su destino estaba totalmente sentenciado a partir de ese momento.

La noche le golpeaba con fuerza, con casi tanta como la que emplearía el arma de su perseguidor para abatirle. Le sacaba cierta distancia, pero no conocía la zona con exactitud, no así su rival. Tenía muy pocas opciones, terminaría encontrándose de bruces con un callejón sin salida, de tal manera que estaría irremediablemente perdido y sin una nueva posibilidad de escape. La única manera de sobrevivir, remotísima pero quizás posible al fin y al cabo, era tenderle una emboscada. No tenía ningún arma, pero no era un payaso, sabía usar los puños, y si se abalanzaba sobre él desde una posición ventajosa, quizás podría dar buena cuenta, y aunque fuera, por lo menos dejarle lo suficientemente atontado para ganar el tiempo necesario para emprender la huída definitiva. Con la esperanza en el horizonte, esperanza que creyó perdida, apretó el paso con vigor renovado. Su ventaja tenía que aumentar para que poder por lo menos desaparecer de su vista durante el tiempo necesario para encontrar el escondite desde el cual, dar rienda suelta a su plan.

Los tres primeros asaltos transcurrieron de esa guisa, La Rosa tanteaba mientras Ataúd esperaba su oportunidad, algo molesto con la táctica de su adversario, que posiblemente era la mejor posible dadas las circunstancias. También le molestaba el hecho de que fuera el primero que no se amedrentara ante su mera presencia. Ni le molestaba ni le enorgullecía lo que sucedió cuando terminó con la vida de Dinaher, fueron gajes del oficio, no buscaba acabar con su vida, sucedió sin más, y no valía la pena preocuparse. Pero no podía negar que le había sido tremendamente útil. Otros boxeadores en su piel habrían caídos presa de la culpa. Él no, aprovechó cada gramo de ventaja que su reputación asesina le concedió. La Rosa era el primer rival que parecía ignorar el hecho de que había matado una persona con sus puños, era valiente y osado, pero no perdía la calma. No tenía miedo. No sabía si era por pura inconsciencia o al contrario, por creerse verdaderamente consciente de sus posibilidades. Era mucho más fuerte que su adversario, y lo sabía, su táctica le resultaba incómoda ciertamente y estaba logrando evitar su izquierda con mucha solvencia. Estaba intentando agotarle, y si el combate acabara en ese mismo momento, la victoria sería por los puntos para La Rosa. Williams sabía que quedaba mucho. Llevaba mucho tiempo sin que un combate rebasara los cuatro asaltos, este sería sin duda el primero en casi dos años. Pero aún cansándose él, el irlandés no era tan resistente. Flaquearía un momento. Estaba seguro. Y ese momento de flaqueza sería el momento exacto en el que su destructor directo de izquierda haría acto de presencia.

Ahora lo veía más claro. No. No moriría. Había sido un cobarde. De hecho llevaba siendo un cobarde mucho tiempo, en una desquiciante huída hacia delante, de tal manera, que en el fondo siempre supo que acabaría muerto en un callejón de mala muerte. Ya bastaba. Ya bastaba de huír, de creerse perdido. Podía ser optimista. Es más, durante todo este tiempo había sobrevivido, estaba entero, y listo para su último combate. Burlaría a la muerte una vez más. Ese matón no era más que un mandado, sin inteligencia, sin inventiva, le sorprendería. Él no era un don nadie. Sobrevivir, a las malas, había sido su deporte favorito, incluso más que el boxeo, deporte del que siempre estuvo enamorado.
No, no se rendiría. No esa noche. Ni nunca más. Por fin tomaría las riendas de su vida. No era joven, pero tampoco era un anciano. Tenía tanto tiempo por delante, tanta mierda que dejar atrás, y no la dejaría huyendo. No, esta vez lo haría con todas las de la ley, con pies de plomo, como un hombre. Primero, se encargaría de este payaso. Luego, reuniría el dinero que le debía a Saphiro, y se lo entregaría con intereses. No habría fantasmas persiguiéndole. Nadie ni nada le volvería a perseguir.

El griterío del público era ensordecedor, quién poblara las gradas y se parara a pensar un momento, se preguntaría cómo los dos púgiles no perdían la concentración con el griterío. Y la respuesta era que sencillamente, en esos momentos, eran totalmente presos de su mundo particular. Ya podía estar estallando la tercera guerra mundial a su alrededor, que serían incapaces de darse cuenta. No había nada más que su rival. Fuera  sólo un contorno difuminado. Sólo podían pensar en cómo doblegarse mutuamente, en conseguir el golpe correcto en el momento adecuado.
El éxtasis de la concurrencia, en todo caso, estaba totalmente justificado. Ya transcurría el séptimo asalto, y la igualdad era absoluta. La Rosa Verde seguía con su plan, pero cómo había baticinado Williams, estaba aguantando peor de lo que imaginaba. Era natural en realidad, la Rosa era demasiado impetuoso. Gastaba demasaida energía en cada movimiento. El baile que realizaba era demasiado costoso, mucho estaba aguantando. En el sexto asalto ya recibió un gancho de derecha que casi le hace besar la lona, pero se rehizo e incluso logró contraatacar con la serie de golpes más seguidos que había logrado encadenar en todo el combate. Por lo tanto, en este séptimo la equidad en el combate no podía ser mayor. Williams se permitió arriesgar un poco y apretó, La Rosa no se esperaba el embate, y fue empujado contra las cuerdas. El árbitro les separó justo antes de que volviera a sonar la campana. Pero la gente vio por primera vez, como la esperanza se desdibujaba del rostro de quien, pensaban, entrañaba toda esperanza posible.

En un momento de la persecución, se sorprendió al dejar de escuchar las torpes pisadas de quien perseguía. Pensó que se habría rendido a su suerte, que lo habría dado todo por perdido. Pero cuando giró al callejón, no estaba. Maldita sea, se había esfumado. Se rascó la cabeza. Miró hacia todos los lados. ¿Cómo lo había hecho? No podía permitirse fracasar, tenía que darle caza. Trabajar como sicario de Saphiro era lo mejor que le había pasado en años. Años duros, años dónde perdió todo lo mucho que ganó y mucho más, más rápido y de peor manera que si lo hubiera hecho a propósito. Ahora, se había ganado un puesto de confianza junto al mafioso, y sabía que no podía permitirse el lujo de pifiarla si quería mantenerlo. Lo perdería seguramente con el paso del tiempo, como lo perdía todo, como era incapaz de mantener nada, ni lo que merecía la pena, ni la basura como ésta en la que estaba enfrascado, aunque le permitiera seguir malviviendo. Así que tenía que encontrarlo. Y rápido.

Por lo que al comenzar el octavo asalto, Derrick O’Shea estaba decididamente nervioso. Se notó nada más empezar, atacó de manera casi infantil a Williams que le estaba esperando y contraatacó castigándole las costillas. El dolor fue tan intenso que estuvo a punto de gritar, pero mordió su protector bucal, y aguantó incluso logrando colar un par de golpes y un buen uppercut. A pesar de ello, había salido perdiendo en el toma y daca, y Williams apenas había salido perjudicado mientras que él apenas podía respirar por el intercambio de golpes. Ese octavo asalto estaba siendo como una losa para él, su plan se estaba torciendo, y por momentos, su rival parecía estar jugando con él. Nada más lejos de la realidad. Sólo le tanteaba. Para asestarle el golpe de gracia. Y así fue, el famoso directo de izquierda apareció con todo su esplendor, en un momento en el que La Rosa bajó especialmente la guardia para intentar una ofensiva casi suicida. El puño se estrelló de bruces contra su mentón, como si le lanzaran un frigorífico contra los morros, frío, enorme y pesado. El mundo que ambos compartían se hizo añicos y cayó de bruces contra el suelo del ring. El público rugió de tal manera que ni se podía escuchar contar al árbitro, una cuenta atrás que visto lo visto, iba a dilapidar toda esperanza futura. La Rosa Verde estaba perdiendo sus pétalos.

Su plan estaba dando resultado. Sólo tuvo una oportunidad y lo hizo tan rápido y tan bien, que no dudó de que una vez había tenido éxito en esa maniobra, conseguiría salir de ésta. Se dio impulso por encima de un contenedor, se sujetó a una viga del ruinoso edificio, y logró levantarse a pulso. La luna llena hacía sombra justo en su perspectiva, de tal manera que pudo saltar de una viga a otra apenas sin hacer ruido y situarse detrás justo de su perseguidor cuando torcía hacia dónde teóricamente pensaba encontrarlo. Pero no fue así. Habían cambiado las tornas. El cazador era ahora la presa. Ahora, tenía la sartén por el mango. Saltó desde su ventajosa posición y lo pilló desprevenido. Al caer sobre él, se dio cuenta además de que era mucho más grande que su teórico asesino, le sacaba casi una cabeza, y además era mucho más grande que él. Intentó sacar una pistola, pero le pateó la mano y salió volando unos metros, ahora le tenía a su merced.
- Vamos, chiquitín.- dijo con toda la confianza que le daba la ventaja.  – Ahora vamos a jugar.- dicho lo cuál le golpeó con tanta fuerza que pensó que podría haberle arrancado la cabeza.

Pero la esperanza es algo tan maravilloso. No sé, muchos dicen que lo que sucedió en ese momento fue pura magia. Algo inexplicable. Un milagro. En el segundo ocho de la cuenta atrás, cuando incluso sus más acérrimos seguidores habían tirado la toalla, abrió los ojos e hizo ademán de incorporarse. Williams apenas se lo podía creer. Era cierto que algunos otros habían resistido su directo, pero, ¿a esas alturas? Era inconcebible. Tenía que haber estado durmiendo durante horas. O para siempre, como le sucedió a Dinaher. Pero no. Se levantó. Le hizo un gesto al árbitro, y el combate se reanudó. Fue como si se parara el tiempo, para el público, para los jueces, para el árbitro, pero sobre todo para Derrick O´Shea, dueño absoluto de la situación, del presente, y del futuro. Con la furia de un relámpago en la más terrible de las tormentas, se abalanzó contra el costado izquierdo de Ataúd, por primera vez en todo el largo combate. Obviamente, a esas alturas había olvidado las precauciones para proteger su punto débil. Por lo tanto, las espinas de La Rosa Verde empezaron a clavarse como disparadas por una ametralladora a la velocidad de la luz por toda la zona baja, cada nuevo golpe lo acompañaba el furor de un público que empezaba a creer en lo inverosímil, que compartía cada gramo de esperanza que ese pequeño boxeador expulsaba a chorros y descargaba con una ira inigualable.

Pero, ante su sorpresa, el mejor de sus puñetazos no le hizo gran cosa. Sólo le hizo recular un par de pasos. Pensó entonces que iría a por la pistola, e intentó tomar ventaja y hacerse él con ella. Pero no fue así. En cinco segundos, le golpeó siete veces. Los puñetazos iban hacia todos lados. Desarticuló su defensa en cuestión de un instante, él pensaba que sabía luchar, pero su rival le demostró de todas, todas, que era un aficionado a su lado. Sin apenas esfuerzo, siguió golpeándole, de un lado a otro, le partió varias costillas sin parar de acuchillarle con sus puños, luego varios dientes saltaron por los aires. Intentó levantarse, pero siguió golpeándole con más intensidad, llegó un momento en el que todo lo que veía era nudillos y sangre. Todo se iba al garete. Qué ingenuo que era. Se había engañado tan bien. Lo iba a conseguir, lo iba a conseguir. ¿Quién era este hombre? ¿Cómo podía darle esa somanta sin pestañear?

El octavo asalto acabó con Ataúd todavía en pie. Pero todos sabían lo que iba a suceder en el noveno, incluso el propio Williams. Toda la audiencia estaba en pie. Tanta gente que quería creer desesperadamente en la victoria de La Rosa Verde, pero que lo creía imposible. Gente que se veía reflejada  en su rostro, gente que sí creía que dentro de la locura, si ese muchacho lograba llegar a lo más alto, ellos mismos lo podían conseguir, lo podían conseguir todo. La muchedumbre y su gritería llegaban a tales extremos, que aquello era casi una revolución . David iba a derrotar a Goliath, y lo iba a hacer en sus mismos términos, a golpes, sin dar tregua, de igual a igual.
- ¡La Rosa Verde! ¡La Rosa Verde! ¡La Rosa Verde!- gritaban, con un acompasamiento perfecto, casi parecía que fuera premeditado aunque sólo era espontánea felicidiad.
Sonó la campana, y se abalanzó sobre Williams golpeándole tantas veces, que cuando cayó al suelo, fue casi un regalo de los dioses para él mismo, que se habría negado a rendirse, pero no podía soportar más castigo. El árbitro empezó a contar, y cada segundo fue más largo que el anterior. Del nueve al diez pareció como si una década transcruyera. Derrick O´Shea vio esa década completa, la década futura de su gloria. Lo había logrado. De la nada, era el campeón mundial de los pesos mediopesados. Él sólo, sin ayuda de nadie.
El número diez rubricó su victoria, y la de toda la gente que terminó de creerse definitivamente el sueño que estaban viviendo juntos. El boxeo no volvería a ser igual. Posiblemente, la vida de muchos de ellos tampoco. Todo era posible. Siempre había esperanza.

Llegó un momento que no tenía que seguir golpeándole, no le había hecho perder el conocimiento, pero apenas se podía mover. Sin prisa, con toda la calma del mundo, fue a por la pistola. No acabaría el trabajo con sus propias manos desnudas. No había necesidad de ensuciarse hasta ese punto.
Entonces le vio. Aunque mantenía los ojos entreabiertos por la incipiente hinchazón de los golpes, acertó a mirarle a los ojos, a ver su cara. Le conocía. Sabía perfectamente quién era. Ahora todo tenía sentido, el enfrentamiento cuerpo a cuerpo no podía haber acabado de otra manera en un millón de años.
- Tú… tú… te conozco…- consiguió balbucear.
- No. Apuesto a que no. Nadie me ha conocido jamás.- amartilló y le apuntó con la pistola.
- Eres… eres La Rosa Verde. Yo… yo te admiraba… estuve en el combate. Te vi… te vi machacar a “Ataúd” Williams.
- Ese no soy yo. Quizás lo fui. Ahora no. Ahora sólo soy tu verdugo.
- Pero… lo tenías todo. Eras todo. El presente, el futuro… ¿cómo… cómo has acabado así?
Recordaba tan bien ese combate. No tenía ni veinte años cuando lo vio, logró colarse en el pabellón con una de sus triquiñuelas. No era para menos. Su héroe, el héroe del pueblo podía ser campeón del mundo. Recordaba cada segundo, cada golpe, cada mililitro de esperanza que las teóricas espinas de La Rosa Verde no dejaron de destilar para él, ni un instante, ni siquiera cuando todo pareció perdido.
Lloró, y no sólo porque fuera a morir. Lloró porque entonces supo que había fracasado. Que todos habían fracasado. Que el mundo estaba podrido. Que nadie jamás triunfaría.
- ¡Tú no maldita sea! ¡Tú eras un héroe! ¡Tú eres un héroe! ¡Lo tenías todo! ¡Lo tenías todo!
- Lo perdí.- apretó el gatillo y apagó tantos sueños de un plumazo. No sólo los del infeliz, que ni siquiera perdió la esperanza cuando su destino estaba escrito desde hacía mucho tiempo. Sino también algunos de sus sueños de gloria, la mayoría sepultados, pero que en algunos momentos, resurgían aunque fuera por unos momentos. A ráfagas, había logrado olvidar quién había sido. Le costó, pero había casi logrado olvidar cómo fue perdiendo todo lo que consiguió. Quién creyeron que era. Un símbolo de algo que realmente nunca fue. Alguien que se tragó la vida una y otra vez, y todas sus mentiras, pensándose inmortal e invulnerable, pero que en realidad, nunca tuvo esperanza, ni siquiera cuando todos le gritaban que la tenía. Sólo vivió como supo. Mal.
La Rosa Verde, el héroe del pueblo, no fue quien cargó con el cadáver y lo lanzó al agua del puerto para después hacer el camino de regreso a su oscura vida. Pero tampoco fue quién noqueó a Mike Williams. Porque, por maravilloso que fuera ese concepto, ese hombre, en realidad, nunca llegó a existir.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Todo son cenizas (parte 3)



- No te esperaba tan temprano, Ricardo.- el viejo barman tenía la voz tomada desde que lo conocía, el ceño fruncido de siempre, y el mismo poco pelo.
- Ya ves.- sólo respondió.

El interior era incluso más descorazonador que el exterior. La Rosa Verde nunca fue el sumun de la sofisticación, pero cierto estilo coherente sí queguardaba. Era un antro, pero con encanto y carisma, limpio dentro de lo que cabe, no el tipo de antro abominable y vomitivo que eran otros clubs de striptease que Ricardo había conocido.

En parte por eso siempre estuvo abarrotado, casi los siete días de la semana.Pero ahora, un martes convencional como ése, no había que ser muy espabilado para saber que Martín tendría suerte si llegaba a tener cinco clientes en toda la noche.

Ricardo contempló, impasible en apariencia, el lugar. Pero sólo en apariencia. El golpe de nostalgia fue más fuerte que cuando observaba la fachada. A pesar de la suciedad, a pesar de todo, había habido un momento en el que esas cuatro paredes fueron su refugio particular, y su interior, un regalo nuevo cada noche, una nueva oportunidad de evasión. Una mentira, pero una mentira dulce cuando sabía que estaba siendo engañado. Y una puñalada mucho más dulce incluso cuando se creyó cada pantomima.

Se sentó en la barra.
- Ponme un whisky. ¿Qué coño le has hecho a este sitio? ¿Lo limpias vomitando?
- Las vacas gordas se fueron, amigo. No fuiste el único en marcharse. Las cosas van de mal en peor.

Habría preguntado cómo es que entonces, lograba un tugurio semejante permanecer abierto si no hubiera conocido la respuesta de antemano. Quiñones controlaba el lugar, y lo más posible es que fuera exclusivamente gracias a él que éste sitio no hubiera cerrado. Sería lo suficientemente barato mantenerlo en ese deplorable estado para que siguiera siendo rentable.

Ricardo paladeó el whisky, era un brebaje nefasto, adulterado y aguado, pero alcohol al fin y al cabo, y lo necesitaba. El hielo flotaba más allá de la mitad del vaso.
De alguna manera, el club debía de seguir teniendo cierto gancho. Ante su sorpresa, en veinte minutos sus perspectivas acerca de la clientela se doblaron, y el aforo superaba las diez personas. Todo un éxito, lejos de lo que fue antaño, pero para nada desdeñable. Era curioso, la mística y la magia no podían desvanecerse así como así. Existían y ya está. La Rosa Verde siempre había tenido algo de mágica. Tantos hombres habían huído de sus vidas buscando la promesa incierta del aroma de lo prohibido, tantos habían sucumbido noche tras noche, dejando un reguero de fracaso perfumado tras de sí. Ricardo, uno de ellos.

- Y bien, ¿qué has estado haciendo estos años?- Martín era un barman de la vieja escuela, siempre quiso formar parte del entretenimiento del local. Las chicas ponían la diversión, él la cínica conversación, el hombro donde apoyarse, la camadería entre cliente y anfitrión. Ricardo nunca se tragó su papel, pero era indiscutible que lo había interpretado a las mil maravillas y que seguía haciéndolo de manera impecable.
- Vivir. Más o menos. Menos que más.- un trago siguió a la frase. El hielo seguía demasiado arriba para su gusto.
- Antaño hablabas más.
- También vivía más.
- Touche.

Las luces del establecimiento se fueron mitigando, como intentando crear una atmósfera adecuada para lo que vendría a continuación. Una voz femenina, con un tono que derretía incluso el cristal de las copas, recitó por megafonía:
- “La noche no ha hecho nada más que empezar, caballeros. Para ir abriendo boca, den una calurosa bienvenida a la caliente respuesta a todos los sueños prohibidos: Lucille, la princesa desnuda.”

Diez años habían pasado desde la primera vez que Ricardo vio a Lucía en el escenario. Diez años, y la presentación seguía siendo la misma, las mismas palabras en el mismo condenado orden. Lucille, la princesa desnuda. Le parecía tan absurdo, pero él quiso cada una de esas respuestas. Para él, los sueños prohibidos, fueron realidades, tangibles, poderosas, inevitables.

La mujer que salió, a primera vista, poco tenía que ver con aquella que había tenido la habilidad de suscitar todas esas incógnitas y de azuzar la mecánica de los sueños. No sólo por la edad, aunque apenas rebasaría la treintena. De hecho, en parte todavía era una mujer bastante atractiva. Pero se notaba que la vida no la había llevado por los senderos adecuados; la desbordante energía que antaño transmitía ya sólo con el primero de sus movimientos, no era ni una sombra, sólo un recuerdo dibujado en su silueta, pero palpable para quién tuviera el privilegio de contemplarla en su momento. No en vano, en su mejor época, Lucille era el número estrella de La Rosa Verde, y no el primer número de un triste martes por la noche cualquiera. Todo el aforo desaforado se derretía por sus huesos. Ahora, los diez parroquianos apenas la miraban.

Su melena rubia seguía siendo impresionante, sus ojos, si acertabas a mirarlos, regalos de absoluta belleza; pero los rasgos de su cara, marcados, su delgadez, rozando en algunos puntos de su anatomía lo antierótico, la desidia mecánica con la que efectuaba la danza; no, a priori no parecía ser quien saciaría los apetitos más voraces, no parecía capaz de responder ninguna de las preguntas que prometía su introducción.

Ricardo la observó detenidamente, ésta era la prueba de fuego. Un pequeño escalofrío le recorrió, casi imperceptible. Por dos razones. Porque él sí veía todavía a esa mujer capaz de hacer que los corazones palpitaran al ritmo de sus caderas con la cadencia de sus movimientos; que dentro de la desidia y la desesperanza, todavía guardaba el fuego, la rabia, la rebeldía y la tremenda pasión incontrolable que sólo una mujer como Lucía podía poseer. Pero la razón principal de su ligero estremecimiento, es que todo aquello no le afectaba. Ya no. No le importaba en absoluto. Y le llegó a importar tanto...

Volvió su mirada al vaso. El trago fue grande, casi hasta vaciarlo. La música, la misma sintonía que Lucía había bailado todas las veces, maldita melodía, malditos recuerdos. Se vio rodeado por todos ellos. Los diez clientes se convirtieron en más de cien. El humo lo inundó todo, las risas, la música triplicó en potencia la que sonaba ahora mismo.

Y ella también estaba en el escenario. Más joven, más bella, infinitamente más radiante. Devorando el mundo con cada paso que daba, destruyendo credos con cada guiño, sus pechos perfectos asomaron en el cénit de su número, la barra había sido hecha para que ella la dominara, como también dominaba las miradas, la líbido, cada hombre que tuviera la capacidad de desear. Todo era suyo.

Él también estaba, por supuesto era absolutamente de su propiedad, más incluso que el resto de la concurrencia. También era muy diferente. Quizás más.
- Es un madero.- había susurrado entonces uno de los matones a Martín, también más joven obviamente, aunque ni mucho menos tan cambiado como ellos dos.
- Calma, es Ricardo. No hay problema con él.
- Recoge el chiringuito, Martín. Vienen hacia aquí.- sólo dijo.

En sus recuerdos, el número de su Lucía, de la Lucille de todos los demás justo había acabado, y él se introdujo en los camerinos. La encontró, había hecho ese camino decenas de veces. Había llegado el punto, en el que era incluso más deseable cuando abandonaba el escenario. Entonces, sólo era Lucía, sólo era suya. Igual de encantadora en realidad. Mucho más quizás. Ella le vio. Sonrió. Se acercó para besarle. Quiso tanto, tanto besarla… pero se detuvo
- No... no tenemos tiempo. Van a hacer una redada. Tienes que marcharte de aquí. ¡Vamos! Por la puerta trasera.

Ella, asustada, comenzó a vestirse apresuradamente, en un ritual inverso al que había hecho para cien hombres fuera de sus cabales, pero que le sacaba mucho más a él de los suyos ya que evocaba la normalidad de una mujer de carne y hueso, vulnerable, asustada como cualquier otra. Ricardo la había deseado tanto en ese momento que no pudo resistirse.

- ¡Espera! Espera… espera… no…- recordaba cómo se le atragantaron las palabras aunque llevaba semanas queriendo decirlas, y era lo que más deseaba decir en esos momentos.- No. Ven conmigo. Abandona esta vida. Escápate conmigo. Te quiero, Lucía. Nunca más tendrás que ser Lucille. No tendrás que responder ante ningún sueño prohibido. Crearemos nuestros propios sueños. Ven… ven conmigo. Juntos podemos olvidar toda esta mierda. Ven conmigo… te quiero. Te quiero.

Lo que más le dolió, fue ver que durante un momento, llegó a flaquear. Que llegó a pensárselo. Pero luego no hizo falta que le respondiera. Sólo le miró, con una franqueza que no podía traducirse en palabras. No era necesario.

- Lucía… yo.
Ella se acercó a él, y puso un dedo sobre sus labios, acallando el torrente de pensamientos, deteniendo el mundo durante unos instantes. Luego le besó, lentamante, con tanta ternura que Ricardo sintió más afecto, aunque fuera falso, que en sus cinco años de triste matrimonio. Y se marchó por la puerta de atrás.

Ricardo, recordaba todo eso perfectamente, cada detalle, cada segundo. Sin embargo no recordaba como entró la policía al local, cómo lo desalojaron, todo lo que sucedió a continuación. Porque aquello no solía durar, Quiñones era un hombre muy poderoso ya entonces. A pesar de todos los trapicheos que se hicieran entre sus muros, la Rosa Verde nunca permanecía cerrada más de una semana.

Su mirada volvió al presente, a su copa casi vacía, aunque estaba seguro de que no sería la última vez que visitaría al álbum de fotos de su marchita memoria en lo que quedaba de noche.

viernes, 3 de febrero de 2012

Todo son cenizas (parte 2)

Pasó por el restaurante chino de la esquina, y encargó su cena. Se sentó, solo, en el centro del establecimiento, y comenzó a degustar el potingue que le habían servido.

Nadie cenaría con él. Ni esa noche ni ninguna otra. Nadie compartiría sus inquietudes, las palabras y los silencios.

Le gustaba ese sitio, no por la calidad de la comida, bastante cuestionable, sino por su quietud, y sobre todo, porque sólo iban chinos.


Eso le gustaba, no tener que entender las gilipolleces que el resto de los comensales escupía a su alrededor. Solo, en su burbuja. Si el mundo le había vomitado, no tenía porque pararse a escucharlo, no sería él quién limpiaría el estropicio.


Apuró la última empanadilla china, el club tardaría un rato en abrir. Si no hubiera pasado por la casa, no tendría que estar matando el tiempo. Pero no había podido evitarlo, quizá estaba ante el último vestigio de su humanidad, de un impulso todavía humano, que se le escapaba entre los dedos. Empezaba a pensar de manera absolútamente mecánica, a optimizar sus movimientos de tal manera que lo que hubiera a su alrededor no importaba. Sólo le importaba la casa, la foto, esas cenizas del pasado que se adherían a su gabardina como polvo de decepción. Lo único no mecánico, lo único que en el fondo, temía perder.


Pagó su cena, la segunda gran ventaja de ese sitio es que era tremendamente barato, y se dirigió al club, sin ninguna prisa. Porque era la segunda vez en la joven noche que iba a degustar el aroma del pasado, y francamente, no tenía ninguna gana. El hombre que una vez fue, no tenía ningún interés en cruzarse con el más o menos hombre que era en ese momento.


Y llegó. Llevaba años sin pasarse por el club. El neón centelleaba cansado, semidormido, en el viejo cartel luminoso, que al igual que él, había vivido tiempos mejores. Las letras y el dibujo, antaño depositarias de un sueño escondido y de una promesa casi palpable, eran débiles y difusas.


Aún así, se sorprendió estremeciéndose en parte. Este fue el lugar donde la esperanza, quiso ser libre y embaucarle con su retintín. El club “La Rosa Verde” fue una puerta hacia un futuro que un día creyó posible, una válvula de escape de una realidad que creyó gris, inconsciente de la negrura de lo que la vida realmente le deparaba.


El cartel, ahora casi desvencijado, brillaba entonces con luz propia y con un verdor cegador. Él se sintió único y capaz de todo bajo esas letras. Hubo un momento, en el que él se sintió dueño de la rosa verde, la sintió entre sus manos, apretando sus espinas, y sangrando libertad.


Y lo peor, en ese momento, viendo las fachada, el cartel, el dibujo y las letras difuminadas, tras tanto, tanto tiempo, es que en parte recordó todo aquello como si todavía lo sintiese, triste y descorazonador cuando sabía perfectamente, no sólo que no lo sentía en absoluto, sino que era imposible sentirlo ya que ni él era el mismo hombre, ni el lugar era más que los escombros de aquel que casi le hizo feliz.


Hizo tiempo mientras que contemplaba el espectáculo del pasado encendiendo un cigarro. Comenzó a llover en estampida de lágrimas de lluvia, torrente feroz e implacable. Se refugió en su gabardina e intentó sin éxito que su cigarro no se mojara. Afortunadamente, la persiana interior se levantó.


- ¡Entra, hombre que vas a coger una pulmonía!- la voz de Martín le gritó desde el interior.

Ricardo se apresuró y entró en el local. Básicamente, era el mismo sitio que había sido hacía quince años, sólo que destartalado, como absorvido por la desidia y machacado con el martillo del tiempo. El tiempo, casi siempre, hacía esas cosas. Y la certeza de su irreversibilidad era el golpe más grande de todos.

jueves, 26 de enero de 2012

Luz


Ella sale a la calle, cansada, aburrida, presa de la monotonía, ignorando la luz que desprende a borbotones, la magia que crea a cada paso que da. Ignorando que el mundo se detiene con cada uno de sus movimientos, ignorando cada una de las cosas que la hacen única y especial.

Y todo transcurre como siempre, previsible, la rueda gira una y otra vez, los días se atropellan con desidia, nada cambia...


... excepto para quien la contemple. Quien tenga ese privilegio, que se agarre a él, con toda fuerza imaginable. Porque es difícil subsistir en un mundo vacío, y más difícil captar gente que lo llena de verdad, que sin ser consciente, con un guiño, con un simple e involuntario movimiento, da sentido al sinsentido.


Porque ella, en el día más triste, más oscuro, más cansado, más aburrido, más monótono... sale a la calle...


... e ilumina el mundo.

domingo, 22 de enero de 2012

Y cada susurro... será canción


Es el sentimiento que guía mis pasos, que aún enlenteciéndolos, en realidad los hace cada vez ser más fuertes y certeros. ¿Que lo desconocido está en frente de mí? No me queda más que sacar mi machete, y a fuertes tajos, despejar el camino, para buscar el privilegio de contemplar el horizonte.

El mundo fue oscuro, realmente aterra saber que lo sigue siendo, pero eso debe quedar atrás. Los puntos de luz son tan difusos, tan difícil discernirlos con claridad, ser verdaderamente consciente de su existencia. Pero sé que existen. Los veo, ¿sabes?

Con mi cazamariposas, busco y recolecto esos puntos de luz, porque no merece la pena vivir un segundo más en oscuridad. ¿Optimismo ciego? No, en absoluto. Convencimiento de que otro mundo es posible. Quizás es que te he visto sonreír.

Paradoja, sobre todo cuando no es sólo mi mundo el que tiende a desmoronarse... sino toda la realidad, aquejada de tantos males que ponerse a contarlos, en este momento de esperanza, sería desalentador. Pero también veo la luz en los ojos de tantos hombres, la querencia de cambiar. La posibilidad de creer, y de la fe a la voluntad, tiene que haber sólo un paso. Lo habrá, ¡puede haberlo!

Es el sentimiento, el que duerme cuando suelo malvivir, el que despierto a golpes, el que capta cada movimiento a mi alrededor. El que me dice qué es por lo que merece la pena luchar. Lo que diferencia los cantos de sirena, lo que me anima a no atarme al mástil de proa, para ser yo quién distinga esos cantos y quién los evite, escuchando cada nota en todo su volumen, magnitud y esplendor. Mi juicio.

Es cada nueva palabra que te escucho, es el susurro tenue, discreto, que silba un sonido sosegado, de manera que es difícil captar verdaderas palabras. Pero las hay.

Porque ésta es la contienda que merece la pena ser luchada. Porque ver tus ojos, y luchar por poder volver a verlos, sea cuando sea, sea como sea, es algo que merece tanto la pena. Comprender cada palabra, darle forma, intuír cada sonrisa, lejos, cerca, en cualquier lugar.

El camino sigue, tanto dejo atrás, tanto busco y puedo encontrar que no pararé un minuto. Sin prisa, sin pausa, con el tiempo y la voluntad como aliados. Olvidando mis prejuicios, considerando mis temores, su valor y repercusión, pero sabiendo que puedo vencerlos, que puedo ser valiente. Coger tu mano al caminar, en círculos, hacia ningún lugar, pero viajando a todos los lugares imaginables. Tú y yo. Todo es posible. Todo gira, todo es nuestro, todo lo será... ¿por qué no?

Y ojalá lo comprendas como creo que empiezo a comprenderlo yo. Si lo comprendes, la magia existirá. Si no, tendré la certeza de haber caminado, por primera vez en mucho tiempo en línea recta, y haber intentado sortear obstáculos que indiscutiblemente, merecía la pena ser sorteados. Todo es natural, todo fluye. Todo sigue su curso.

Es el sentimiento que consigue; gracias, gracias, gracias; hacer que siga hacia delante, que hoy, quizás no mañana, pero sí hoy; sienta, toque, mire, saboree. Que escuche los silencios, que capte sus recovecos sabiendo de todas, todas, que hay algo más.

Y cada duda será certeza. Y cada mentira será engullida por la verdad. Cada minuto se detendrá, pudiendo así palpar y contemplar el mundo, dándole forma a nuestro antojo.

Y cada susurro... será canción.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Regalos


Inseguro y confuso, como el niño que a ratos todavía soy, te observo distante sin poder atravesar del todo el muro transparente que nos separa. Lo rozo con la yema de los dedos, anhelando saber lo que hay detrás sin poder siquiera imaginar el torrente eléctrico que surca cada pensamiento.

Sólo puedo tocar ese muro, y decirte a ciencia cierta, todo lo que lanzo contra él, a veces con calma, otras desesperadamente, casi todas espectante. Es todo lo que te regalo.

Te regalo mi miedo, enorme, aunque escondido bajo toda la frialdad que puedo reunir. Esa frialdad es tuya también.
Te regalo mis sueños, uno a uno, desde el más ínfimo, insignificante y precioso, pasando por los que quizás cumplí; hasta los más, los imposibles, sueños que nunca cumpliré, que todavía me persiguen, que todavía persigo. También mi realidad, mucho más predecible y gris, pero toda tuya si la quieres y alcanzas a pintarla de cualquier otro color.

Te regalo la brisa que me despierta cada mañana, anhelando el regalo de un nuevo día, quizás rutina encubierta bajo falsa prótesis de ilusión, pero todavía por esconder tanto que se niega a ser entregado... Quizás tú puedas desentrañarlo. Ojalá puedas.

Te regalo el futuro, cerrado en mi puño. Retira dedo a dedo, y hazlo tuyo. Porque parece imposible, pero cada segundo que arañes te hará un instante más inmortal.

Te regalo un espejo, en el que veas tu reflejo, y te cerciores de la luz que te recorre de los pies a la cabeza, haciéndote brillar de tal manera que quien se atreva a mirarte de frente, comprenderá el verdadero significado de resplandor. Ojalá seas consciente de ese brillo, de lo que eres, de lo que puedes llegar a ser.

Si me lees, te regalo cada letra que escribo. Si me oyes, te regalo cada palabra, cada susurro, cada certeza, cada inseguridad. Sólo tienes que abrir los ojos, o escuchar atentamente. Ni mucho menos nada de lo que escriba o diga será importante o digno de tu atención. Pero es tuyo. Guárdalo, quémalo, atesóralo. Es tu decisión.

Y cada lágrima que aún me queda por llorar. Y cada carcajada, cada parpadeo. Cada lamento, cada paso en falso y cada acierto, por nimio o determinante que haya sido, que vaya a ser, que sea en este preciso instante. Ojalá pudiera regalarte un poquito de la chispa que has generado en mí y verla devuelta en tu sonrisa. Sólo eso, sólo un instante de tu sonrisa, valdría más que todos los regalos que lanzo contra el cristal.

Y por supuesto, te regalo tanta esperanza. La esperanza que creí perdida, que seguramente volveré a perder, pero en este momento concreto, sé que aunque se derrame a borbotones, siempre, siempre, siempre, vuelve, por cada momento por el que merece la pena desesperadamente luchar para ser feliz.

Todo te lo lanzo con fuerza, esperando alcanzar un punto de ese muro donde no rebote, lo escuches de alguna manera, y gires la cabeza. Y acierte a ver tu mirada. Acierte a sumergirme en ella, contando cada segundo del privilegio que supone mirarte a los ojos y perderme en ti. Cada uno de esos segundos será algo nuevo y mágico, con lo que estaré burlando a la tristeza, a la desesperanza y al olvido.

Sin nada en absoluto que perder. Con todo un mundo infinito de posibilidades que ganar. Porque aunque no arañe a ver la superficie de, ese, tu mundo, aunque todavía ahora, y quizás para siempre, sólo te observe a través de un muro irrompible... cada vez que me devuelves la mirada...


... gano.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Algo brota



Al principio no fue nada. O casi nada, por lo menos. Fuera lo que fuese, era difícil de discernir, incluso cuando no había nadie que pudiera discernirlo.

Antes del concepto en sí mismo, antes de que hubiera que explicar cualquier cosa. Antes de todo, porque era casi nada.




Fueron palabras quizás, o algún tipo de remoto sentimiento, de algún lugar más remoto si cabe. O quizás cercano. Un conjunto de sensaciones. Un olor. Una risa. Un recuerdo. Y un punto surgió en el horizonte, dándose la vuelta, girando, creando una perspectiva nueva, como si hubiera alguien que pudiera mirarlo, y que pudiera apreciar su belleza.


El tiempo comenzó a transcurrir, cuando no tenía significado alguno, y la realidad realizó sus primeros compases, al ritmo de los segundos que la iban configurando. Tic tac, tic tac.

El negro había sido el color, o por lo menos la percepción si hubiera existido la capacidad de percibir cualquier cosa. En el momento preciso que brotó esa percepción, sí lo fue. Pero fue cambiando, sujeto al azar de tantas sensaciones nuevas que resonaban en ecos indescifrables pero repletos. Salpicaron destellos de vida, sopló alrededor un viento que giró transportando el misterio y la incertidumbre.


Algo despertó, curioso, porque nunca hubo nada dormido. Pero así fue, y el nuevo insondable contorno se acercó a un destino que no existió pero ahora existía. Fue tierra, fue suelo. Fue.

Arido, abrupto. Si hubiera habido quien caminara, habría sido abatido por el peligro y por la arena recién creada. No era así, por lo que no era importante realmente.

Entonces, lo que despertó rascó de alguna manera difusa la superficie. Ese horizonte nuevo ya estaba fijo en su lugar, marcando la frontera desde cualquier ángulo de visión entre esa tierra sombría y lo que era un cielo infranqueable.


El sonido de lluvia de cientos de miles de lágrimas irrumpió, acompañado por risas y por ojos y pestañas, por dientes y mordiscos, por nuevos conceptos. El suelo tembló, el sonido sonó con fuerza, y ese algo, lo oyó en toda su magnitud.

Consciente de su existencia, porque existía. Y al principio, no había existido. Apenas nada existía, nada que remotamente mereciese la pena. Esto lo merecía.


Porque a su alrededor todas las lágrimas cayeron, y las risas las sazonaron. El nuevo viento transportó con mucha más fuerza aquello que parecía estar insuflando esa nueva vida. Como los ignotos y retumbantes sonidos que vencían a la ignorancia de lo desconocido, abriéndose paso veloces, imperceptibles en su mayoría, pero lo suficientemente perceptibles para marcar una diferencia.

En eso residió el secreto, en lo diferente. En algo que cambiaba, era un cambio, fuera el que fuese. Cambiar, evolucionar, llevaban a vivir. Y eso podía suceder.


Pero la triste broma de la vida fue demasiado. Una broma pesada, un susurro cínico, porque todo lo que vive muere. El palpitante corazón de la tierra lo sintió, como si quien se lo contara pretendiera borrar todo rastro de existencia futura.

Tanto se perdía cuando tanto se podría haber ganado. Ahora, el horizonte parpadeaba, borroso, difuminándose y resquebrajando estrellas, o lo que era algo muy parecido a estrellas que comenzaban a poblarlo. Desaparecían sin más, sin ningún artificio espectacular, porque realmente eso no era lo importante. La importancia, tampoco era.


Lo único que prevalecía era desaparecer, porque desapareciendo no había riesgo, no había miedo, y el miedo era un concepto tan fuerte que podía aplastar a todos los conceptos todavía no nacidos.

Por lo que todo empezó a no ser de nuevo, lo que germinaba empezó a sencillamente, quedarse atrás. Separado, en una barrera que diseccionaba cada capa creada, lo que quedaba atrás se esfumaba con la rabia de que no conocería, cuando podía haber tantas cosas que conocer.


Era comprensible. ¿Cómo existir cuando toda existencia es una prolongación innecesaria hacia el vacío? Abocado a volver al punto de partida, era mucho más práctico adelantar ese regreso, de tal maner que la aventura del viaje quedara en un retazo, una suave pincelada borrada para siempre.

Eso era la muerte, y cualquier vía de escape era válida. Vivir, un esfuerzo lastrado por la certidumbre de su propio ocaso. Vacío como cualquier cosa que estaba destinada a dejar de existir.

Toda voz que llegaba, sin embargo, no se marchaba del todo del lugar sin nombre que comenzaba a volver a no ser. En su precipitación, cada vez más masiva, se perdía cada intento de aterrizar, entre la complicación inherente a lo épico de su tarea, y, sobre todo, esa nueva necesidad de evitar el avatar de la irreversibilidad.


Sólo hay una cosa irreversible, y es la muerte; y lo puede todo. Menos una cosa.

La esperanza.

Ingenua, ilusa, pero cargada de posibilidades. Portadora de voluntad, campeona de los sueños perdidos y sobre todo, de todos los sueños posibles y por encontrar.


Las voces, los recuerdos, los sentimientos que llegaban eran destruídos antes de poder hacer mella, pero dejaban semillas. Pequeñas, minúsculas, insignificante de una en una. Pero juntas, la cosa cambiaba.

El horizonte volvió a fijarse. Los colores, más allá del negro que de vez en cuando adquiría nuevas tonalidades por la nueva luz, hicieron acto de presencia. Lo que fuera que estaba tomando forma, volvió a tomarla, levemente, como asiéndose a una única posibilidad, pero mucho más evocadora que el fin, que, por otra parte, teminaría alcanzándole.


Todos los sueños de los millones de soñadores que habían vivido en cualquier lugar, se apilaron en la lluvia incesante sobre el nuevo rincón de la existencia que nacía con la calma asustada de quién no sabe si ese nacimiento traerá algo más que desdicha.


Plasmados como gotas de lluvia, empaparon el suelo. Ese agua creó barro donde hacía unos instantes del todavía existente tiempo, se revertía el proceso hasta el punto de que en algunos momentos, esas lágrimas atravesaban la eternidad.

Ahora, el barro enterraba esas semillas, y el agua, las nutría en el interior de la tierra, juntándose como una sola.


Los errores y los aciertos actuaron como fertilizante, fueran los que fueran, y en cualquier orden y proporción. La tierra se sacudió, en un terremoto aterrador, tan poderoso que el miedo mismo se asustó.

El miedo se asustó al atravesar la certeza de que nada daba miedo realmente. De que ni siquiera la muerte era suficiente. Porque esa certeza no era nada comparada con cada fertil pensamiento, cada sentimiento, cada decisión.


Y un brote surgió de las tinieblas de esa tierra fertilizada. Con poca fuerza al principio, pero traspasando toda barrera física, mental, existente y todavía por existir al poco tiempo de comenzar su viaje hacia la superficie. Tomó fuerza rescatando todo lo que llegaba, fuera malo o bueno, porque de todo se aprendía, contra todo se podía luchar y todo evolucionaba.


Mientras el brote iba creciendo, a pesar del enorme tamaño que adquiría, el temblor se iba sofocando, derribando las tristes certezas y sustituyéndolas con inciertas promesas. Promesas que no significaban nada, pero que sin embargo, movían la creación al asegurar que, efectivamente, casi nada estaría escrito.

Quién pudiera respirar, habría captado el aroma de la flor que surgió del brote, con vigorosas espinas a su alrededor, protegiendo toda esperanza que nunca jamás volvería a ser violada. El capullo, cerrado, fue olvidando el miedo hasta que no quedó en siquiera un retazo de la memoria, y se abrió, desplegando una belleza tan grande como todo lo que la había forjado. Los colores danzaron a su alrededor, y uno de ellos se posó sobre la flor. El único color posible, el que lo dotaría todo de sentido y de magia.


Y La Rosa Verde se irguió victoriosa, y todo tuvo sentido en un mundo irónico, donde no debería tenerlo, pero lo tenía por cada motivo que cada ser que jamás hubiera existido en cualquier lugar, había luchado desesperadamente por formar y por creer, dando tanto que lo que luego les era arrebatado, palidecía con miseria.

Entonces, por fin, absolutamente, algo existió. Ya no fue nada, nunca más lo sería. Todo vibraba, todo era posible. Todo era esperanza.