Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

domingo, 12 de junio de 2011

Tabubué

Ocurrió que Satné, hijo de Kemvesé, buscando el libro encadenado de Thot, vio en el templo a Tabubué, sacerdotisa de Bastet, y quedó tan impresionado que mandó a su servidor a ofrecerle diez deben de oro para que pasase una hora divirtiéndose con él. Pero ella le respondió: Soy una sacerdotisa y no una mujer despreciable. Si tu dueño quiere lo que dices, que acuda a mi casa, donde nadie nos verá, de manera que no tendré que conducirme como una hija de la calle. Satné quedó encantado y fue en el acto a casa de Tabubué, donde ésta le dio la bienvenida y le ofreció vino. Después de haber alegrado su corazón quiso realizar lo que lo había llevado a ella, pero ella le dijo: No olvides que soy una sacerdotisa y no una mujer despreciable. Si verdaderamente deseas hallar tu placer en mí, debes darme tus bienes y tu fortuna, tu casa y tus campos y cuanto posees. Satné la miró y mandó buscar a un escriba para que redactase un acta por la cual le cedía todo cuanto poseía.

Ella se levantó, se vistió de lino real transparente, a través del cual se veían sus miembros como los de las diosas y se embelleció. Pero cuando él quiso pasar a lo que había venido, ella lo rechazó diciendo: No olvides que soy una sacerdotisa y no una mujer despreciable. Por esto debes repudiar a tu esposa a fin de que no tenga que temer que tu corazón se vuelva hacia ella. Él la miró y envió a sus servidores a que arrojasen a su mujer de la cama. Entonces ella le dijo: Entra en la habitación y échate sobre la cama; recibirás tu recompensa. Él se tendió sobre su cama, pero entonces entro un esclavo que le dijo: Tus hijos están aquí y reclaman a su madre llorando. Pero él se hizo el sordo y quiso pasar a lo que había venido.

Entonces Tabubué dijo: Soy una sacerdotisa y no una mujer despreciable. Por esto te digo que tus hijos podrían buscar querella a los míos por tu herencia. Esto no debe ser y tienes que permitirme que mate a tus hijos. Satné le dio permiso para matar a sus hijos en su presencia y arrojar los cuerpos por la ventana a los perros y a los gatos.

Y bebiendo vino con ella oyó los perros disputarse los cuerpos de sus hijos.


Fuente: Sinuhé, El Egipcio de Mika Waltari.

viernes, 10 de junio de 2011

Juego de Marionetas

Es un día caluroso de primavera, casi opresivo, pero no sólo por esa sensación de bochorno que invade el ambiente, sino por los crecientes latidos de mi corazón que martillean mi pecho, agitando la respiración ante la perspectiva de que algún Rompesueños me descubra haciendo lo que no debo: pensar por mí mismo. No sabría decir que me ha motivado a salir de mi hogar, pues desde que tengo memoria sé que en los minúsculos apartamentos a los que los jóvenes como yo podemos acceder, no nos falta absolutamente nada. O eso es, al menos, lo que los Títeres predican desde sus estrados y nosotros hemos terminado por creer. Pero hoy, esta mañana, necesitaba salir, sentarme en esta transitada plaza y bajo este luminoso e inmarcesible cielo matutino, cuaderno y bolígrafo en mano, escribir estos pensamientos prohibidos. Sé que es un riesgo, pero ya nos hemos acostumbrado a que nos castiguen por pretender ser libres y soberanos. Sus golpes son mi rutina y los encuentro en cada esquina. Además, siento envidia en momentos como este, en los que miro hacia arriba y todo parece tan claro.

Y es que nadie recuerda aquel tiempo en el que imaginar no se constituía como un acto de rebeldía, cuando todavía no existían las Ciudades-Letargo, en las que nuestra sociedad actual vive adormecida, en ese cómodo sopor del que ninguno de nosotros parece querer despertar. Sumidos en esa pereza que sentimos por no querer considerar necesario defender nuestros ideales, ni siquiera tenerlos, mientras haya otros que nos los impongan. Así es cómo nos encontramos. Los Procuradores de Ideas son los que se encargan de acotar el camino que hemos de seguir, sin posibilidad de desvío, nos conducen hacia esa ficción de bienestar, que algunos se atreven a llamar felicidad. Nos dicen qué debemos ver, leer, escribir y escuchar, y eso resulta extrañamente reconfortante. Desde la prensa escrita hasta la audiovisual, en la Red y a través de la Publicidad, suyos son los medios y a nadie parece importarle. Alguien dijo una vez que el medio es el mensaje: no podría estar más de acuerdo. Si alguno de nosotros trata de desviarse de ese camino marcado, el cuerpo de veladores de la autoridad, los Rompesueños, se encargan de recordarnos lo afortunados que somos, golpeando con su censura o, directamente, con sus porras. Por eso, hemos dejado de ser ciudadanos; ahora somos Durmientes, arrastrados por una marea de sueños inducidos hacia donde las corrientes (o la mano dura) nos quieran llevar.

Pero este curso está minuciosamente controlado para que nos conduzca hacia la participación en un Juego de Marionetas cuyo nombre también hemos olvidado, pero que antaño parecía tener una función representativa que ahora desconocemos. Esto es incluso agradable para muchos de nosotros, que no gustamos de leer, especialmente cuando el juego tiene unas reglas de indescifrable comprensión, que ni siquiera los propios Títeres pueden llegar a asimilar. Por ello, en ocasiones, hasta discuten entre ellos por su interpretación, en una entretenida función teatral. Esta es la razón por la cual los llamamos Títeres, a los que nos obligan a elegir en periódicos intervalos de tiempo, para que así interpreten, en una especie de espectáculo tragicómico, unos intereses, los nuestros, cuando ni siquiera nos los han consultado. A pesar de ello, poco importan los Títeres, cuando los hilos que los controlan siempre son los mismos. Nunca cambian, permanecen por encima de nosotros y nadie habla de ellos. Es el Maestro Titiritero, está en todas partes y en ninguna, si se le busca te pierdes, si se le señala te corta el dedo, si se le reclama te silencia y si se escribe sobre él... eso pronto lo sabré.

Hacía mucho tiempo que no escribía, por miedo a que mis palabras tuvieran que quebrarse, como se quiebran otras ideas que no manifestamos por esa apatía que aniquila nuestra ambición. Pero a medida que escribo, me acuerdo de otros durmientes, sean amigos, conocidos o cualquier persona que haya tenido el suficiente valor para hablar sobre todo esto, cuando los Rompesueños parecían no acechar en las cercanías. En nuestras clandestinas conversaciones, se percibía un atisbo de malestar, una creciente irritación que se ahogaba culminantemente en ese conformismo que nos propicia la comodidad. Parecía, en ocasiones, que quisiéramos cambiar el Juego de Marionetas o íbamos más lejos en nuestra intención, y hablábamos de abrasarlo, quemarlo y destruirlo, pues considerábamos que para que algo cambiara, había que cambiarlo todo. Nos sentíamos contundentes, como los Rompesueños; autónomos, como los Procuradores de Ideas; poderosos, como los Títeres; pero no era más que una efímera sensación. Y el Maestro Titiritero siempre está por encima de nosotros.

- Yo solo no puedo cambiar el mundo.
- ¿Para qué? Si en el fondo vivimos bien.
- Esto siempre ha funcionado así.
- No entiendo el Juego de Marionetas, ni me interesa, ni tan siquiera me gusta hablar de ello.
- Será mejor que nos callemos o algún Rompesueños se encargará de callarnos.
- El Maestro Titiritero controla a los Títeres, y nada podemos hacer para evitarlo.

Éstas y muchas otras frases se precipitan ahora en mi mente, al escribirlas, pero también al sentirlas, porque en lo más profundo de mí, no sólo de mis pensamientos, de mi corazón, percibo una inquietante sensación, como si punzantes e incandescentes agujas se clavaran en mis entrañas poco a poco, suavemente, en un constante pero casi imperceptible dolor. Porque, aunque lo quiera negar, como hacen otros durmientes, o todos, nosotros somos los responsables, nosotros somos los permisivos, nosotros somos los culpables. Que nuestro sistema no sea más que un Juego de Marionetas es el resultado de que los Titiriteros tengan público en lugar de crítica, de que aplaudamos ante su proselitista verborrea y de que apartemos la mirada cuando no nos gusta la función. Supongo que por eso estoy escribiendo esto ahora, viendo como esos tipos uniformados, opresión en mano, se acercan hacia mí para recordarme qué lugar me corresponde, y en qué mundo vivo. Me harán daño, pero más me duele el arrepentimiento por haber permitido que nos arrebaten lo que debería ser nuestro.

Se escucha el atronador repicar de unos pasos embotados que se acercan inexorablemente hacia mí, creando un abrumador silencio en la plaza. He vuelto a observar el cielo, una vez más, y mi mirada se ha cruzado con una pequeña ave que cruzaba el azur firmamento, volando con desenfado hacia el destino que ha elegido. Los pasos se hacen más sonoros, avanzan hacia mí, contra mí, cada vez más cercanos, mientras yo sigo sentado, cuaderno y bolígrafo en mano, escribiendo sin más. Jamás lo había pensado antes, pues los Procuradores de Ideas ya se habían encargado de inculcarnos ese concepto para que no tuviéramos que pensar sobre ello, como estoy haciendo ahora. Un metálico chasquido rompe ese lapidario silencio que me envolvía y una serie de cernientes sombras se proyectan sobre mí, pero no son lo suficientemente oscuras como para eclipsar mis palabras. El concepto de libertad, de hacer de la vida nuestra propia voluntad, de volar hacia el lugar que nosotros hemos elegido, de soñar con un mundo sin constricciones ni interferencias, de imaginar lo que imagino, de pensar lo que pienso y de sentir lo que siento. Una voz, gélida y autoritaria, resuena feroz justo ante mí, pero yo no la escucho. De imaginar lo que quiera, de expresar lo que necesito y de elegir lo que considero. La voz se convierte en un aullido y una atenazante mano me aferra por el hombro, zarandeándome con violencia.

¿Por qué no puedo ser libre?


Se lo pregunté una vez y su respuesta fue una advertencia.

Se lo pregunté dos veces y su respuesta fue una aviso.

Se lo pregunté tres veces y su respuesta fue una amenaza.

Se lo pregunté cuatro veces y su respuesta fue un golpe.

Se lo pregunté una y otra vez, y sus golpes no entendían de respuestas.

Una muchedumbre de durmientes nos rodeaba, observando en cómplice mutismo como una porra marcaba con sangre mi cuerpo, desfiguraba mi rostro con eficiente brutalidad y reducía a balbuceos mis palabras, que aún así me afanaba en pronunciar. Fue, entonces, cuando entendí que la respuesta no la tenía él, la tenía yo. Levanté mis manos hacia ese luminoso e inmarcesible cielo primaveral y detuve sus golpes. En ese momento todo cambió, como si quedaran abiertas las puertas de la jaula en la que estábamos recluídos y hubiésemos descubierto que debíamos cortarle los hilos a las marionetas de una función que nos desagradaba, porque no representaba nuestra voluntad, nuestra soberanía, nuestra libertad. A la plaza acudió un sinfín de Robasueños, pero el gentío que me envolvía levantó sus manos, emulando mi movimiento y atajó las armas con las que pretendían reducirme definitivamente.

Y los durmientes abrieron los ojos, y supieron, desde ese instante, que ya no podrían volver a dormir tranquilos hasta que no les respondieran.

Mi vida termina, pero curiosamente, mientras escribo estas últimas palabras, me siento más vivo que nunca y comienzo a verlo todo claro, con diafana nitidez, sin necesidad de mirar al cielo, tan sólo viendo lo que me rodea. Pues esa conciencia reside en todos nosotros, esa culpabilidad que nos masacabra por dentro y esa necesidad de libertad que ahora expresan todos a mi alrededor, y que es mucho más que un sueño irrealizable.


Es hora de detener los golpes, de recorrer nuestro propio camino, de cortar los hilos del impostor, de desmoronar el Juego de Marionetas y de desenmascarar el rostro de ese Maestro Titiritero que ha usurpado un poder que no le pertenece y tomarlo entre nuestras manos, pues es nuestro.

Es hora de despertar, ellos, tú y yo.

Todos.


Epílogo Post-Mortem
Nunca sabremos la identidad de aquel que escribió este cuaderno, ni tan siquiera si murió tras hacerlo. Pero este Anónimo no es un mártir.

Este Anónimo fuímos, somos y seremos todos los que estamos dispuestos a morir por nuestros ideales.

Por nuestra libertad.

jueves, 9 de junio de 2011

Al final del camino

Despiertas.

O eso es lo que crees, pues no puedes ver, no puedes escuchar, no puedes sentir. Estás paralizado. Debe ser un sueño, piensas. Más bien una pesadilla. Te encuentras sumido en una parálisis onírica, sólo tienes que volver a retomar la utopía del ensueño. Pero hay algo que te aferra a ese estado, que te atenaza para que padezcas este angustioso letargo. Tu mente, a lo único que puedes apelar, empieza a sentir desesperadas punzadas por la creciente ansiedad que te provoca tus incapacidades. Un irracional pavor te envuelve…

Hasta que empiezas a moverte. Aunque son movimientos lentos, torpes, espasmódicos, como si desconocieras tus habilidades psicomotrices. Abre los ojos, afinas el oído, palpas con tus manos lo que te rodea. Oscuridad, silencio y frío, mucho frío. Sientes alivio por haber superado tu temporal minusvalía, pero en la incertidumbre te vuelves a sumergir. Algo no encaja, te lamentas en voz alta. Es una voz rota y sepulcral la que proyectas. No parece la tuya. Te incorporas, con serias dificultades, sintiendo que una inmensidad de pinchazos torturan tu cuerpo. Logras alzarte y tus piernas tiemblan frenéticamente, apenas puedes mantenerte en pie. Miras a tu alrededor y lo que tus ojos perciben es la más insondable de las tinieblas. La única melodía que adviertes es la discordancia de tu lenta y malsana respiración. Te rodeas con los brazos, pues el ambiente es tan gélido que sientes que comienza a calar tus huesos.

Todavía no sabes porque, pero te mueves, con paso lento e indeterminado, pues hacia ninguna parte es donde te diriges. Cada pisada que das va mermando tus fuerzas, pero necesitas andar, hay algo que te empuja a escapar o que te seduce para seguir. Tu errática mirada parece captar algo. Es una indeterminada línea que se vislumbra a no demasiada distancia que siega la negrura que te rodea. Tu curiosidad, la de todo ser humano, te lleva de la mano hasta allí y encuentras un camino. Un tortuoso y fantasmal sendero que repta por la oscuridad hasta un lugar donde tu vista es incapaz de llegar.

Marchas por la espectral senda con la respiración cada vez más agitada por el incipiente cansancio, pero con un atisbo de esperanza y de primordial emoción. Es un camino y todo camino conduce hacia algún lugar. Avanzas durante unos instantes que se convierten en eternos. Has dejado de dudar, has perdido el miedo y el cansancio no te martiriza. ¿Qué habrá al final del camino? La pregunta se estrella en tu mente contundentemente con cada huella que dejas en tu devenir. Quieres saber que hay al final, necesitas saber que hay al final. Puede que incluso vivas por saber que hay al final.

Sin embargo, tras vagar durante un tiempo tan indeterminado que parece haber perdido su sentido dimensional, empiezas a hundirte. Miras al suelo y lo que, en su inicio, era un camino seguro y delimitado, ahora se ha convertido en infecto y pútrido fango. Tus titánicos esfuerzos por continuar son vanos. Te hundes, inexorablemente. Tus pies, tus piernas, tus caderas, tu tronco, todo tu cuerpo está siendo engullido por la tierra. Te empeñas en mantenerte en la superficie, pero todo es fútil. Abres la boca para gritar, pero el barro entra por tu garganta torrencialmente y te enmudece, te asfixia, te ahoga. Por tu organismo mana una nauseabunda corriente y sientes que expiras…

… pero en cuanto tu cuerpo es tragado por ese camino que debería llevarte hacia el conocimiento que ansiabas, caes. Te precipitas hacia el abismal, eterno y oscuro vacío. La negrura te imbuye, la opacidad te nubla y te fundes en las sombras. Lo insondable y lo infinito te aguarda, pero no puedes, no quieres ni necesitas concebirlo. Estaba tan cerca... Es la última frase que puedes exhalar, como un vago suspiro que trastabilla a través de tus cuerdas vocales. Y no, no lo estabas.

Pero ahora, mientras caes, eres consciente que durante toda tu existencia siempre quisiste saber que había al final del camino, que había más allá.

Ya lo sabes.

miércoles, 8 de junio de 2011

El niño y la estrella


Era un niño bañado en tristeza, pálido como el nácar, callado como el silencio. Sólo un niño, asustado del viento y la lluvia, de los avatares del destino, de la música de lo incierto. Se apagaban sus días en largos lamentos, pegajosos en su conciencia, como los imanes de una nevera.


Sólo decidió caminar. Nunca había decidido crecer, toda la vida se interponía ante él, desafiante, y era un desafío que no estaba dispuesto a acometer, temía tanto la derrota y el paso del tiempo. Decidir caminar fue lo más valiente que jamás hizo, acostumbrado a esconderse en un rincón, hacerse un ovillo y dejar de pensar.

Pero salió a caminar. Cogió sus cosas, las metió en un atillo y salió por la ventana de su habitación. La realidad le perseguía pero sus sueños fueron uno detrás de otro guardándole las espaldas. El mundo sería suyo por unos instantes, la noche le pertenecería, todo lo que le asustaba desaparecería para siempre.

Puso un pie sobre la calle y cumplió doce años. Todo era diferente, aunque sus pies pesaban era imposible dejar de andar.

La noche habló con él.

- ¿Qué es lo que buscas?- preguntó. Su voz era suave, se deslizaba entre la brisa como un precioso regalo que daba lástima abrir.

El niño no respondió, y siguió caminando.

No respondió porque realmente no sabía muy bien qué responder. Nunca lo había sabido. Sólo era un niño, el mundo había sido sencillo, ahora nadaba en un mar de cambios y de confusión. Se rascó la cabeza y procuró ignorar la dulce voz de la incertidumbre que poco a poco se iba apagando.

La ciudad desapareció, se hizo añicos en el horizonte, el mundo parecía hacerse llano y sencillo, pero nada más lejos de la realidad. De repente lo supo. Supo que estaba solo. Comprendió que siempre estaría solo. Que todo el camino tras de sí se difuminaba hasta hacerse invisible. Que perdía todo cuánto tenía. Que perdía todo cuánto tendría. Sólo las estrellas brillaban, siendo la única luz que se podía distinguir.

- ¿Qué es lo que buscas? ¿Es que no lo sabes?- la voz volvió, no la había olvidado del todo.

Él siguió sin responder. Aunque caminar era cada vez más difícil, un paso siguió a otro paso y consiguió olvidarse de que estaba caminando.

¿Qué buscaba? Hasta ese momento, no lo había sabido con exactitud. Había cumplido quince años mientras caminaba, y todo lo que había creído saber buscar durante los años que llevaba caminando, era sólo polvo, cenizas y decepción. Todo era tristeza. Nada tenía sentido, salvo caminar.

La noche permanecía inamovible, una losa eterna y oscura, sólo salpicada esporádicamente con la luz de alguna estrella. De vez en cuando tenía que alzar los brazos y comprobar que no la estaba sujetando él, cerciorarse de que podía relajarse y no temer que en cualquier momento cayera sobre él y sobre toda la existencia.

Tuvo que pararse y escalar, ya no bastaba con caminar en línea recta. Fue un esfuerzo aún mayor, pero se agarró a la roca y siguió escalando. Lentamente en realidad. De manera muy torpe. Pero logró volver a tener el control.

Subió a lo alto de la montaña más alta. El camino ya no existía como tal, sólo era un intrincado laberinto de picos y de rocas. Dio un paso en falso. Se precipitó hacia el abismo.

Mientras caía los segundos se alargaban e intentaban sujetarle, pero ni el tiempo le podía salvar. Entonces la vio brillar.

- ¿Qué es lo que buscas?- no era la noche quién hablaba.

El niño vio su estrella. Quizás la había visto siempre. Quizás no era la primera vez que la veía. Pero la vio por primera vez.


- ¿Qué es lo que buscas?

- ¡Te busco a ti!

- No, eso no es cierto. Eso es lo que crees, pero no es cierto. Buscas una excusa para seguir soñando, algo que te haga brillar como brillo yo.

El niño no estuvo seguro de si la estrella mentía o decía la verdad. Pero era tan hermosa. Ya había olvidado la edad que tenía, volvía a ser un niño. Deseó con tantas fuerzas agarrarla y ser feliz para siempre que la estrella no pudo evitar sentir su amor. Bajó desde el cielo sin darse cuenta, y besó su mejilla. Ambos se abrazaron. Cayeron lentamente, como dos motas de algodón, revoloteando entre el viento, sin prisa, con la eternidad dibujada delante de ellos.

Ambos estaban juntos ahora. Dos niños, una estrella y un soñador. Tendidos sobre el césped, fino, fresco, vivo. Mirando el cielo. La luz se arremolinaba de manera dulce, creando fantasía, llorando magia y viento luminoso. Vio toda su vida. La vio a ella. La amaba. Siempre la amaría. El mundo sería tan especial con ella a su lado. Valía la pena dejar de soñar, porque el sueño era tan grande como cualquier realidad imaginada.

Ella era real, era parte de una fantasía real. Él agarró su mano con fuerza, como temiendo que se escapara.

Lo que debía ser una eternidad, no fue más que unos instantes. Unos instantes que empezaban a escurrirse entre sus dedos, como miel y barro.

- No te merezco, estrella.- dijo apenado. Volvía a ser un chico de diecisiete años.

- ¿Por qué dices eso?- ella se dio cuenta. Su rostro se entristeció como si el invierno devorara la primavera.

- No, yo no soy nada. No sé luchar, nunca he sabido.- no quería pero poco a poco soltaba su mano.

Vio su rostro, y fue la última vez en mucho tiempo en que ambos se miraron y se sintieron tal y como querían ser.

… y fue ella la que le soltó. Ni siquiera se dio cuenta de cómo había pasado, pero ya no sujetaba su mano. La noche volvía a ser fría, punzante, real. Miró hacia todos los lados. Lloró lágrimas saladas, juró saber lo que buscaba, juró querer ser feliz.

Pero ni siquiera se creyó a sí mismo. En ese momento de certeza y desconfianza, el cielo tembló y las estrellas, muertas y sin brillo, comenzaron a caer a su alrededor. Furioso, empezó a recogerlas y lanzarlas al mar. Su mundo se apagaba.


Pero no se apagó del todo. No supo con certeza cuanto tiempo permaneció lanzando estrellas marchitas al mar. Pero hubo una que no se apagaba. Chisporroteaba esperanza.

El chico se quedó mirando la estrella. Era su estrella, siempre lo había sido. No era suya del todo, pero siempre le guiaría.

- ¿Estás ahí, verdad?- preguntó él. - ¿Eres tú?

No contestó en principio, se contentaba con no apagarse.

- Sé que eres tú.- dicho esto, sintiendo la calidez de la luz en su espalda, el niño comenzó a caminar. El mar se abrió ante él, ante la seguridad de que su estrella todavía brillaba aunque no fuera por él.

El camino nunca dejó de ser duro. Quizás lo fuera cada vez más en realidad. Sus pasos nunca fueron seguros del todo con el transcurso de los años. Pero esa estrella, esa estrella que una vez creyó suya, siguió brillando. Cada vez con más fuerza

Ni toda su inseguridad y tristeza acabaron con su brillo, de tal manera que poco a poco fueron desapareciendo. De tal manera que el chico comprendió que esa estrella le había ayudado a caminar. Siempre. En todo momento. Incluso antes de agarrar su mano.

Se sintió vivo y eterno. Completo.

Llegó un momento en el que se impulsó, apilado sobre todo lo que una vez temió, sabiendo que sus temores y pesares le habían llevado hasta ese momento. Se impulsó, y saltó con tanta fuerza que surcó el cielo y llegó hasta su estrella.

Y logró abrazarla con tanta fuerza que se sintió luminoso y perfecto por unos momentos. Logró no sólo recordar lo que había amado a su estrella. Logró descubrir de todas, todas, que siempre la amaría. Que desde que la perdió, la amaba aún más. Que no le importaba si no la volvía a abrazar, porque siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, había brillado. Y siempre brillaría.

Volvieron a mirarse y se sintieron tal y como eran. Como sólo ellos podían sentirse el uno al otro.

Y el chico siguió su camino, accidentado pero seguro, porque fue definitivamente consciente, de que tan sólo tenía que mirar al cielo, en cualquier momento, en cualquier lugar, y su estrella, aunque lejos, seguiría brillando, preciosa, eterna, inmortal.

La leyenda de Rhiannon

Rhiannon había sido prometida en matrimonio a un hombre mayor que ella encontraba repugnante. Desafiando el deseo de su familia, Rhiannon, al igual que otras diosas celtas, se negó a casarse con uno de su "propia naturaleza".
En lugar de ello, la diosa Rhiannon había elegido a un rey mortal, Pwyll, como su futuro esposo, a quien se le apareció una tarde mientras él se encontraba con sus compañeros en un cerro cercano a su castillo.

Cuando el joven rey vio a Rhiannon, quedo encantado con la visión de la hermosa diosa vestida de brillante oro, galopando en su poderosa yegua blanca. Ella pasó por el sin brindarle ni siquiera una mirada. Pwyll estaba intrigado, entonces envió a uno de sus siervos a capturarla y le pidió que se la trajera. Pero pronto el sirviente regresó y le informó al rey, que aquella mujer corría con tanta rapidez que parecía su caballo apenas tocaba el suelo y que él ni siquiera había podido ver a donde se había ido.

Al día siguiente, Pwyll regresó solo al cerro y una vez más, la diosa celta apareció. Montado en su caballo, Pwyll, la persiguió pero tampoco pudo alcanzarla. A pesar que su caballo corría más rápido que el de Rhiannon, la distancia entre ellos siempre parecía la misma. Por último, después de que su caballo comenzó a temblar del agotamiento, se detuvo y le suplicó a ella que se detuviese. Rhiannon lo hizo.

-Si veías que venía tras de ti, por qué no te detuviste? - preguntó el rey.
-Porque no me lo habías pedido. -respondió la Diosa.

La diosa Rhiannon entonces le hizo saber que ella había venido a encontrarlo en búsqueda del amor. Pwyll recibió la noticia con agrado y entonces tomó las riendas de la blanca yegua para guiarla a su reino. Rhiannon sonrió con ternura y sacudió la cabeza, diciéndole que deberían esperar un año para luego casarse. En ese momento, la diosa Rhiannon simplemente desapareció en las profundidades del bosque.

Rhiannon regresó un año más tarde, vestida como antes, para saludar a Pwyll en el cerro. Él estuvo acompañado por una tropa de hombres, como corresponde a un Rey en su día de la boda. Hablando sin palabras, Rhiannon invitó a los hombres a seguirla por el enmarañado bosque. Aunque temerosos, ellos cumplieron. A medida que se internaban entre los árboles, un camino se abría hacia adelante a la vez que tras ellos, el camino se cerraba.

Al llegar a un claro, se unió a la procesión, una bandada de pequeños pájaros cantores que revoloteaban juguetonamente en el aire alrededor de la cabeza de Rhiannon. Con el sonido de sus hermosos trinos, todos los temores de los hombres se fueron disipando. En poco tiempo llegaron al palacio de su padre, un lugar majestuoso construido de cristal plateado, rodeado por un lago.

Después de la boda, una gran fiesta tuvo lugar para celebrar el matrimonio de la diosa. La familia y el pueblo de Rhiannon son a la vez acogedores y alegres, pero una pelea estalló a la celebración. Se dice que el hombre al que una vez había sido prometida a contraer matrimonio estaba haciendo una escena, argumentando que no se debía permitir a la joven diosa, que se case con alguien de fuera de su propio pueblo.

Rhiannon se alejó discretamente del lado de su marido, para hacer frente a la situación... usando un poco de magia, convirtió al persistente hombre en un tejón y lo atrapó en una bolsa que tiró en el lago. Desafortunadamente, él logró escapar y más tarde volvió a causar grandes estragos en la vida de Rhiannon.

Al día siguiente Rhiannon, Pwyll y sus hombres parten para ir a Gales para presentar a su princesa. Cuando salieron del bosque y los árboles se cerraron detrás de ellos, Rhiannon tomó un momento para echar un vistazo hacia atrás. Ella sabía que la entrada al reino de hadas se había cerrado y que nunca más podría volver al hogar de su infancia.

Rhiannon fue acogida con satisfacción por la gente de su esposo y admirado por su gran belleza y su hermoso canto. Sin embargo, dos años pasaron sin ella quedara embarazada del heredero al trono. La cuestión de su sangre, su "aptitud" para ser reina comenzó a ser puesta en duda. Afortunadamente, en el siguiente año ella quedó embarazada y tuvo un saludable hijo. Este bebé, sin embargo, iba a ser la fuente de una gran tristeza para Rhiannon y Pwyll.

Como era costumbre entonces, seis mujeres habían sido asignados a quedarse con Rhiannon en su cuarto para ayudar con el cuidado del bebé. Aunque las mujeres tenían que trabajar en turnos, durante la noche todas atendían al bebé para que la diosa Rhiannon pudiera dormir y recuperar su fuerza después del parto.

Pasó que una noche, todas las criadas se quedaron dormidas y cuando se despertaron, encontraron la cuna vacía. Temiendo ser severamente castigadas por su negligencia, ellas idearon un plan para culpar a la diosa Rhiannon que después de todo, era una extraña que no pertenecía a su propio pueblo. Las criadas mataron a un cachorro y ensuciaron con sangre a Rhiannon mientras dormía y esparcieron sus huesos alrededor de su cama. Entonces la diosa fue culpada de comerse a su propio hijo.

Aunque Rhiannon juró su inocencia, Pwyll, por su propio sufrimiento, la conmoción y el dolor y ante el enojo de sus asesores y del pueblo, no pudo defenderla. Solo se limitó a decir que él no iba a divorciarse de ella pero pedía para ella un castigo.

Entonces es condenada a llevar sobre su espalda a todos los visitantes que vayan a la fortaleza de su esposo. Durante cuatro años Rhiannon estuvo en la puerta de castillo, contando a todos la historia de su delito.

Rhiannon cumplió con su humillante castigo sin queja. A través del frío de los inviernos y el polvo de calor de los veranos, ella soportó con tranquila aceptación. Su valor era tal que pocos aceptan su oferta de transporte en el castillo. El respeto de la gente empezó a propagarse en todo el reino con los viajeros que hablaban de la condena, la pena y la dignidad con la que la diosa Rhiannon llevaba su sufrimiento.

En el otoño del cuarto año, tres desconocidos aparecieron en la puerta. Eran un hombre bien vestido, su esposa, y un chico joven. Rhiannon se levantó para saludarlos diciendo: "Señores, estoy aquí para llevarlos sobre mi a cada uno de ustedes a la corte del Rey, porque he matado a mi único hijo y este es mi castigo". El hombre, su esposa, y el niño desmontaron.

Mientras que el hombre levantaba a Rhiannon, el niño le entregó un trozo de vestido de bebé. Rhiannon vio que era de la tela que había tejido con sus propias manos. El muchacho entonces le sonrió y ella reconoció que tenía delante los ojos de su hijo, Pryderi.

Al poco tiempo la historia fue contada. Cuatro años antes, durante una gran tormenta, el noble agricultor había sido llamado al campo para ayudar a una yegua en el trabajo de parto. Fue entonces cuando oyó el llanto de un bebé que encontraron abandonado. Él y su esposa se quedaron con el bebé, y lo criaron como si fuera propio. Cuando los rumores de la suerte de la diosa Rhiannon llegado a sus oídos, el agricultor se dio cuenta de lo que había sucedido y quisieron devolver el niño a sus padres.

La mayoría de las leyendas sugieren que el raptor fue el tejón, aquel antiguo pretendiente que enfurecido porque Rhiannon lo había rechazado, había escapado y había tomado venganza, secuestrando a su bebé.

El muchacho fue reconocido rápidamente cómo hijo del Rey Pwyll. La diosa Rhiannon fue restaurada en su honor y recuperó su lugar al lado de su marido. A pesar que había sufrido enormemente en sus manos, Rhiannon, diosa de nobles rasgos, vio que estaba avergonzado y lo cubrió con el perdón y la comprensión.

Desconectado



Me fascinan las cosas que pasan de forma inesperada, y en un momento dado tu mente sale fuera de la escena y piensas. ¿Por qué motivo estoy aquí, en este idílico paraje, donde los ancianos juegan como niños en un parque? Y empiezas a echar cuentas, uno y uno son dos; dos y uno tres, y de repente le sumas otro y ¡pam! ahí lo tienes, ¿¡siete!? Qué extraño, entre cuatro y siete hay una gran diferencia, la posición de los palitos. Porque todos sabemos, que no es lo mismo la curva que la recta, y viceversa. Pensareis que estoy diciendo una serie de verdades inconexas, o puede que quizá sean mentiras conectadas, en fin, eso concierne única y exclusivamente al juicio del juez que analice la jugada.

Y me llamarán loco, pues no señor, lúcido y descarado, de pensamiento simple, o quizá abstractamente recargado... si usted me quiere insultar, caballero; puede llamarme borrego descarriado. ¿Pero por qué comer de la hierba que pisa el rebaño, si por aquel camino hay otra más fresca y limpia? No creo que la vida tenga un manual, porque puede ser muchas cosas excepto una, específica. A ver si me explico, estoy harto de tanta patraña, de que intentes convencerme de una forma tan simple, ¿aun no te has dado cuenta de que yo le doy al coco mientras tu estas dándole al pico?

A veces, reflexiono sobre cosas complicadas, como por ejemplo en qué pensaría el que creó la historia de los duendes, espectros y hadas; y me fascina que pudiera crear tales seres de leyenda, una esperanza conmovedora; y es que si el príncipe me sale rana no pasa nada, con un simple beso ya lo tenemos, historia cambiada. Y ahora como todo está bien que empiece la atracción, y si nos lo permite Newton, que se convierta en algo más, y aunque no sea tan grave, lo podemos llamar gravedad.

Venga, a ver si lo coges, a ver si te enteras. Yo lucho por la libertad de mi mente, un intento por escapar del pasado, del futuro y del presente; y vivir de forma atemporal, hoy, mañana y siempre. Intento escalar a lo más alto de esta sociedad, para una vez que haya llegado mirar con vértigo antes de lanzarme en picado y volver donde esta mi sitio; porque arriba se vive bien, sin currar, sin pensar, preocupándose únicamente por la reserva del restaurante donde vas a ir a cenar, pero intelectualmente capado.

Hoy voy a reconocer una cosa, si, es cierto, yo también me he equivocado. Y me estoy dando cuenta ahora y eso que sucedió hace ya casi un año. La pereza es la capital de mi pecado, cuando te ofrecen lo fácil y lo tomas, sin arriesgarte a probar algo más complicado. A veces no estaría mal esforzarse un poco más, continuar andando, aunque te canses, a contracorriente, vadeando para al final lograr encallar en el lugar que has estado buscando. Tonterías escritas en un papel, al fin y al cabo al final es solo otra historia de la Navidad.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Promesas


Os voy a contar una historia, algo que ocurrió en una aldea, un pequeño lugar lleno de encanto que se situaba al pie de unas montañas. Y por mitad de la aldea, entre blancas casas de adobe, transcurría un riachuelo de aguas cristalinas y en su cauce transparente se podían ver pececitos de colores nadando alegremente. Y en los alrededores, bastos campos y un gran terreno boscoso se extendía lleno de vida durante muchos quilómetros, con arboles enormes de hoja caduca que tiñen de dorado el suelo en otoño y de verde pintan la primavera.

Y a pesar del encanto del lugar, no todo era felicidad, pues en esta aldea vivía una muchacha tremendamente bella, con cabellos de oro y el cielo por ojos; pero cada día al atardecer se sentaba en la misma roca junto al río a llorar. Y es que ocurrió hace tiempo, que un niño le prometió la luna. Ellos eran grandes amigos desde muy pequeños, crecieron juntos, jugando a un montón de juegos, corrían persiguiéndose el uno al otro o jugaban al escondite. Pero de entre todos, su preferido era el de “La princesa y el caballero”, ella se subía a un árbol que con la imaginación se convertía en un torreón donde permanecía encerrada esperando a que un valeroso caballero viniera a rescatarla y a conquistar su corazón. Y así fue como un día, el niño le dijo “Si venís conmigo, princesa, os prometo la luna”, con un brillo en los ojos propio del más valeroso de los caballeros.

El cariño entre ellos crecía, y poco a poco surgió el amor, la promesa del astro más bello de la noche era algo que ella jamás habría imaginado, y que nunca podría olvidar. Desde aquel día algo había cambiado en su interior, pero no se atrevía a decírselo por miedo al rechazo, miedo a equivocarse y perder a su mejor amigo. Y cuando se quiso dar cuenta, ella ya no era tan niña, la edad de los juegos había pasado, y las obligaciones iban aumentando, y cada vez tenían menos tiempo para verse, pero cuando podían aprovechaban para escaparse montaña arriba, o se perdían durante un rato por el bosque. Pero lo que más les gustaba era tumbarse en la hierba por la noche, en silencio, contemplando las estrellas y la luna, luna con la que tanto soñaba la muchacha.

Pero un día el aciago destino le jugó una mala pasada, el joven sufrió un grave accidente mientras trabajaba arando el campo con su padre, el buey que tiraba del arado se revolvió de repente y corneó al muchacho en el costado, provocándole una grave herida que lo debatía entre la vida y la muerte. Ella se enteró al poco, y fue corriendo a visitarlo, para decirle que no se podía morir, que tenía que cumplir una promesa... pero ya era demasiado tarde. Cuando llegó ya había pasado a buscarle la parca y en el catre yacía el cuerpo sin vida del muchacho. La chica se acercó, llorando, se arrodillo al lado de él, y le susurró al oído.


“Me prometiste la luna; pero te la has llevado, me has dejado sola con un cielo estrellado y vacío. Me la ofreciste una vez, me lo dijeron tus ojos llenos de brillo, y estabas esperando a que yo la aceptara; ahora me doy cuenta, de que día a día, me lo recordabas con tu mirada.”

Y desde entonces, cada atardecer, cuando el sol se retira dejando paso a un cielo anaranjado que se resuelve lentamente en oscuridad, la luna aparece y con ella un recuerdo profundo. El recuerdo de una amistad que creció, y de una promesa que el miedo impidió que se cumpliera; destruyendo un juego de niños, evitando que en la noche se quedaran huérfanas las estrellas.