Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

lunes, 5 de julio de 2010

Espejismo

¿Quién es el Woo? Vamos a intentar darle sentido a una pregunta que carece de el, sobre todo si quien se lo pregunta es el mismo al que se supone llaman Woo. Porque llega un momento en el cual, sin ningún precedente previo te preguntas... ¿Quién soy yo? aunque quizá lo que quieres preguntarte es ¿Cómo es la persona que yo creo que soy desde el punto de vista de otra persona? Es decir, ¿se corresponde el cómo me ven, con el cómo me veo yo o realmente pienso y actúo de una forma y realmente no tiene nada que ver con lo que parezco? Y es por eso que surge mi duda ¿Quién es el Woo?


Por este motivo, me hace pensar en cuál es y cómo de distorsionada está mi visión de la verdadera realidad. Es cierto que cada persona tenemos un punto de vista propio, con una serie de opiniones preestablecidas, unos valores y una estructura distinta del pensamiento. Así que voy a afirmar, aun a riesgo de equivocarme, y sé que no me equivoco; que existen tantas formas de pensar y verdades como personas en este mundo. Yo tengo mi verdad y creo mi mundo a mi voluntad propia, pero jamás seré poseedor de nada absoluto, por lo tanto, podemos llegar a una conclusión; y es que todo es relativo y que somos víctimas y creadores del artificio en el cual vivimos.

Y os preguntareis, ¿esto a que viene? Pues muy sencillo, si nada existe y todo vale, si no podemos afirmar nada absoluto y toda verdad es válida, entonces yo, tú, y cada uno de ellos es capaz de reinventarse, pues estará por siempre sujeto al cambio. Cada una de las personas que conocemos puede ser otra persona, pero a la vez seguirá siendo siempre ella misma; yo soy el Woo, pero no hay un solo Woo, hay cientos de ellos, y cada uno distinto al anterior, pero al fin y al cabo representando siempre algo en común.

Ahora bien, antes hemos hablado de las opiniones preestablecidas y la estructura del pensamiento, y ahí es donde radica la esencia de la verdad, la normalidad y la visión del “absoluto relativo”, pues algo será más real cuanto mayor sea la coincidencia entre los distintos puntos de vista. Y esto último es a lo que actualmente llamamos sociedad, por lo tanto, y como ultima conclusión del día; no somos más que entes sociales, y careceríamos de una identidad si fuéramos extraídos de la sociedad.

“Liberadme de los grilletes de la sociedad y entonces seré realmente yo”

viernes, 18 de junio de 2010

El mar

Necesito del mar porque me enseña:
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.
El hecho es que hasta cuando estoy dormido
de algún modo magnético circulo
en la universidad del oleaje.
No son sólo las conchas trituradas
como si algún planeta tembloroso
participara paulatina muerte,
no, del fragmento reconstruyo el día,
de una racha de sal la estalactita
y de una cucharada el dios inmenso.

Lo que antes me enseñó lo guardo! Es aire,
incesante viento, agua y arena.

Parece poco para el hombre joven
que aquí llegó a vivir con sus incendios,
y sin embargo el pulso que subía
y bajaba a su abismo,
el frío del azul que crepitaba,
el desmoronamiento de la estrella,
el tierno desplegarse de la ola
despilfarrando nieve con la espuma,
el poder quieto, allí, determinado
como un trono de piedra en lo profundo,
substituyó el recinto en que crecían
tristeza terca, amontonando olvido,
y cambió bruscamente mi existencia:
di mi adhesión al puro movimiento.

Pablo Neruda



sábado, 22 de mayo de 2010

Pasatiempo

Si, efectivamente, todo pasa. Pasa el tiempo, pasan las cosas buenas, las malas e incluso aquellas que no tienen mucho sentido. Se van sucediendo, una tras otra, constantes e interminables, y a veces no nos damos cuenta de que han pasado hasta que lo han hecho y en ese preciso instante, justo en ese preciso momento, durante unos segundos podemos desear volver la vista atrás teniendo en cuenta el peligro que eso conlleva, y que os explicaré a continuación.

Nuestra vida es un camino que creamos nosotros mismos, y que se limita a una línea más o menos recta, de la que no podemos escapar y en la cual solo se puede avanzar en un sentido. A veces, esa línea transcurre paralela a la de otra persona, y también existen líneas que se cruzan, se tocan, se rozan e incluso se superponen en una noche loca; pero es cuestión de tiempo que vuelvan a separarse. Y mientras nos desplazamos por este raíl, podemos observar millones de cosas; aunque realmente pasamos la mayor parte del tiempo con la cabeza hacia abajo, mirando donde vamos a poner el pie en el siguiente paso. También es bastante común en el cruel mundo de las líneas de la vida, el intentar correr más que nadie, para poder mirar hacia atrás y jactarse de ser el primero, aunque luego el pobre infeliz, descubrirá que la meta no es tan agradable como él esperaba. Otro error es pensar que si te paras, todo se parará contigo, pero no... y encima, antes era medianamente recta, pero ahora empieza a hacer curvas, giros insospechados, bucles, tirabuzones y un doble mortal; y evidentemente, después es mucho más complicado recorrer el circuito y volver a tomar el control para enderezar la línea.


Y que decir de aquellos a los que de repente, algo se les cruza en el camino y de pronto se ven obligados a dejar de andar. He visto largas caminatas interrumpidas de forma abrupta por el paso de un camión de mercancías. Porque eso sí, la longitud de la línea es quizá la cosa más caprichosa de este mundo, parece gozar de una voluntad propia para interrumpirse cuando a ella le viene en gana. Así pues, llega un momento en el cual no podemos seguir avanzando y miramos hacia todas partes buscando una respuesta, y cuando eso pasa, en mitad de la confusión, aparece un señor (o quizá sea una señora, quien sabe, nadie se ha atrevido a levantar los faldones para averiguar cuál es su sexo, aunque puede que eso tampoco sirva de mucho), que amablemente nos explica que se ha acabado nuestro tiempo, que no hay más camino y que tenemos que acompañarle hasta un lugar desconocido en el que “seremos” felices, pero del que jamás volveremos para informar a nadie de lo bien que lo estamos pasando.


En fin, aquí me encuentro yo, caminando y reflexionando, probablemente perdiendo el tiempo, porque debería estar estudiando para mis exámenes finales. Pero bueno, intentaré sacar una pequeña conclusión de esta abstracta metáfora. Digamos pues, que simplemente tenemos que centrarnos en seguir esa línea, cada cual a su ritmo, abriendo bien los ojos para darnos cuenta de las cosas; ¡y qué demonios! quizá a veces tengamos que correr, o caminar más lentos, o quizá desviarnos ligeramente de la recta para cruzarnos con otra gente, aunque no debemos obsesionarnos porque eso simplemente pasará, es una cuestión de probabilidad, hay mucha líneas y poco espacio. Pero lo que nunca, jamás de los jamases, bajo ninguna circunstancia a no ser que se invente un artilugio capaz de devolvernos al pasado; debemos hacer, es mirar hacia atrás, porque es inútil, ese camino ya está recorrido, ya lo hemos superado, pero eso sí, no tenemos que olvidarlo.

martes, 18 de mayo de 2010

¿Y cómo se hace el amor?



Esperaba una casualidad,

sin saber que la encontré

aquel día junto al mar,

en los ojos de esa niña

que jugaba en la arena.

Ahora sé lo que aprendí,

fue una importante lección,

que sin temor puedo decir

pues no hay equivocación.

En mis palabras existe razón

y aunque te puedas reir,

fingiendo ser malvada,

te lo dije en una ocasión,

no hay engaño en mi mirada.





Cuando a los ojos te diga

que el amor se hace

con un cubo y una pala.



La imagen pertenece a Iribel, en devianART

sábado, 8 de mayo de 2010

Aquel antiguo puente de roca

Pasaba sus tardes en la espesura del profundo bosque, sentado en aquel antiguo puente de roca, tejiendo melodías con su laúd, odas a su soledad y tristeza, mientras su rostro se reflejaba en el arroyo sobre el que pendía, marcado por aflicciones y sueños rotos. No había canción que esbozara alegría, ni un tímido acorde de ilusión sabía interpretar, sumido en la desazón en la que se encontraba, lo único que podía hacer era tocar para olvidar. Sus negros ropajes parecían teñirle en el luto en el que se encontraba su alma, por la esperanza fallecida.

Pero llegó el día en el que dejó de contemplar su compungido rostro, en el que su introspectiva compasión no tenía sentido. No podría haberlo imaginado, pues era una tarde tempestuosa, en la que la lluvia calaba todo el robledal e inundaba el riachuelo hasta casi el punto de desbordar. Y allí estaba ella, quién sabe si fascinada por la música o desgarrada por la melancolía. Como una nívea hada de los bosques, resplandecía en volátil blanco, con el vestido empapado sobre su cuerpo y una mirada extraviada desde la ribera del río. Quedó prendada por la imágenes y los sonidos, pero sobre todo por aquel taciturno bardo que le regalaba al viento sus canciones.

Y sus canciones cambiaron, desde que llegó ella, pues cada tarde que regresaba a sentarse en aquel antiguo puente de roca, allí estaba, con su vestido blanco y su mirada extraviada, hasta que se encontraba con la suya y era como si ambos encontraran el camino perdido, la esperanza desvanecida. Las canciones sonaban alegres y luminosas, colmaban el bosque de ilusiones y quimeras, sin embargo, caía la noche y ambos se marchaban, sin intercambiar palabras, pensaban que no las necesitaban. Pero él seguía conservando en su espíritu la atenazante duda, esa inseguridad que asola a aquellos que sólo han vivido tempestades en su vida. Tempestadades de dudas que desbordan arroyos y la esperanza se precipitaba a través de la corriente hasta perderse en el infinito mar.

Sucedió lo que esperaba, se hizo la tarde y ella no estaba. A pesar de que jamás podría haber imaginado que una hermosa dama se podría fijar en él, sí que sabía que pronto lo abandonaría. Todos lo hacían, estaba encerrado en su pena, en una jaula sin barrotes, pero hermética para su quebradiza voluntad. Tras esos días de felicidad y resplandor, regresó a las jornadas de oscuridad y dolor, pero esta vez con una profunda huella en su interior. Desconcertado y apático, ni siquiera se molestaba en tocar su laúd, sólo se sentaba en aquel antiguo puente de roca y alimentaba el arroyo con las lágrimas de sus ojos. Se precipitó a los insondables abismos de la desdicha, morada de los cobardes que no se atrevían a vivir como sentían, por miedo a perder lo que nunca habían tenido.

Hasta que abrió sus ojos, no podía soportar más su situación y nadie le ayudaría, sólo podría cambiarla con su propia convicción. Afinó las clavijas con suavidad y deslizó sus dedos por las cuerdas de su instrumento, mientras sostenía el mástil con ligereza. La canción nació como un etéreo e inocente canto a la esperanza, mientras empezó a caminar por el bosque, sorteando raíces y arbustos. Y a medida que avanzaba, sus manos se movían con presteza sobre los cordajes, haciendo que la melodía se acompasara a su cada vez más agitado pulso. Quería rasgar el mundo con sus notas y que su desesperación repicara en todos los rincones de la creación.

Pero se detuvo.

Allí estaba ella.

A poca distancia del puente donde se citaban cada tarde, pero escondida en la frondosidad, desde la cual se podía vislumbrar con diáfana nitidez el puente, el arroyo y el pesar del músico que ahora la había vuelto a encontrar.

- Llevo días observándote desde aquí. Pensé que no vendrías.

- ¿Por qué te escondías?


- Quería saber si me buscarías...


- Aquí estoy, ¿pero es que no te gusta mi música?


- Necesitaba escuchar más allá de bellas melodías...


Y entonces comprendió lo que nunca antes se había molestado en entender. Que la vida es corta como una canción y hay que atreverse a tocar siempre su mejor versión. Por muchas decepciones y frustraciones, pérdidas y amarguras, sólo tenemos una oportunidad que no debemos desaprovechar. Así que la abrazó, sin mediar palabra, ya había hablado suficiente a través de su música. La besó, sin notas en el pentagrama, demasiados arpegios había interpretado en las innumerables tardes de música y miradas compartidas. La hizo suya y él se hizo de ella, fueron uno en lo más profundo del bosque, con el antiguo puente de roca y el arroyo que se desborda como testigos. Pero ahora no pendía del puente, ahora lo había cruzado. Ahora el arroyo se desbordaba, pero no de decepciones, sino de amor.

La acomodó entre sus brazos, mientras ambos se tendían sobre el tupido manto de hierba. Con sus miradas nadando en sus pupilas, sus labios saboreando las mieles de la pasión y sus manos acariciando la suavidad del placer. Entonces ella sonrió, pero él no, todavía quedaba una duda que disipar y tuvo que preguntar:

- ¿Qué canción te gustaría que tocara para ti?

- La canción más maravillosa que me has dedicado hasta ahora... la canción de tu enamorado corazón.
Y esa sería la única canción que interpretaría para ella, para siempre.

lunes, 19 de abril de 2010

En busca de los sueños - Epílogo

Sin sendero que recorrer, pero conociendo el camino, como si se trazara en línea directa con su destino, el Guardián avanzaba firme entre la húmeda floresta de un paisaje que había cambiado a medida que transcurría el tiempo en ese irreal y fascinante mundo. Atrás había quedado la aterida montaña, sumida en ese perenne hielo, que realmente contenía un ardiente corazón en sus entrañas más insondables. La Soñadora caminaba a la zaga de su protector y en sus ojos sólo se podía contemplar un sentimiento que aún era incapaz de explicar. La mirada estaba perdida en la fornida espalda del guerrero, confiando ciegamente en él, cediéndole no sólo su salvaguardia, también su propia voluntad. En efímeros intervalos, él se giraba para cerciorarse de que ella estaba bien, recuperada, y ella aprovechaba para sonreirle durante un instante que ambos disfrutaban en su interior, ahogadamente, pero sintiendo en todo momento que desearían clamar por esas emociones tan vehementes que les poseían.

El ambiente había cambiado tanto, que de un profundo frío habían pasado a un chorreante calor, que provocaba que la bruna piel de la elfa resplandeciera, nacarada por las gotas de sudor que bañaban todo su cuerpo, ciñendo sus níveas ropas a su modelado cuerpo, resaltando sus maravillosas formas de manera más que evidente. Para el Guardián era una sensación que comenzaba a tornarse insoportable, pues portaba una pesada armadura de anillas, con hildaga sobrevesta y malla superior en la gola, sin contar con los brazales en sus miembros superiores, las grebas en las piernas y los respectivos escarpes en los pies. Las ulceraciones no tardarían en llegar, además de que contemplar a su soñadora de esa manera le creaba ciertas reacciones que no podía evitar, pero no estaba dispuesto a desproteger su cuerpo, ya que en cualquier momento podría cernirse un nuevo peligro que acometer. Sin embargo, su rostro reflejaba la extenuación de tener que soportar semejante peso con una atmósfera tan candente. Así pues, fue la Soñadora quién se adelantó, cuando sintió que no podía soportar ver a su benfactor más en ese estado. Posando una mano en su hombro y dirigiéndole una enternecida y dulce mirada de complicidad, le susurró con sensuales matices:

- Eres mi Guardián, pero te necesito entero. No hay nada que temer ya, siento la fragancia de la arena y la sal, el aroma del mar que ensancha mi alma... –tras conseguir que el elfo se detuviera, prosiguió esbozando una brillante sonrisa– Puedes despojarte de tu armadura y continuar mucho más liviano.

- Soñadora mía, necesito de esta coraza para...

- Yo sólo te necesito a ti –la dama posó su perfilado dedo sobre los labios del guerrero para que callara instantáneamente y agregó unas palabras que fueron suficiente sentencia.

Comenzó a despojarse de todo el blindaje que llevaba, hasta quedar con una sencilla camisa blanca, de cuello entreabierto y unos pantalones negros, que se comprimían sobre sus piernas y caderas, dejando marcadas ciertas partes de su anatomía bastante impúdicas. La mujer quiso eludir la visión del recio cuerpo descubierto de su acompañante, pero su curiosidad fue mayor que su intención y tonalidades carmesíes adornaron sus mejillas como refulgentes guirnaldas. Él fue consciente del arrebato de timidez de ella y actuó con cierta malicia, tomando inesperadamente la suave mano de la mujer, para posarla sobre su torso descubierto y exclamar con intencionalidad:

- ¿Lo notas? Mi corazón arde y no es precisamente por ese asfixiante calor que estaba consumiéndome bajo mi armazón.

- En ese caso, ¿por qué ese fuego en tu interior? –ella levantó su mirada con osadía, entrando repentinamente en el juego que se había planteado.

- Porque cuando siento que tu piel roza con la mía, se enciende una hoguera de pasiones que apenas puedo controlar –hizo una pausa, para posar sus manos sobre las de ella– Aunque no sé si es conveniente.

- ¿Por qué no lo es, Guardián? –agregó la Soñadora, moviendo con sutileza su mano sobre el cuerpo del hombre.

- Podría resultar una distracción para tu búsqueda, una evasión que impidiera que no alcanzaras tu objetivo... el unicornio y con él, tus sueños –dijo esta vez, bajando levemente su mirada para centrarla en la de la elfa.

- Puede que tengas razón... –la mano se fue apartando ligeramente del cuerpo del guerrero, como si acabara de despertar de un enardecido ensueño de placer– Pero ya no logro diferenciar entre lo que es una distracción y lo que es realmente mi sueño.

- Tendremos que continuar para comprobarlo –culminó, tomando la mano de la elfa, pero sintiendo lánguidamente haber sido tan poco impulsivo– Vamos, yo también percibo ese perfume marino, que durante tantas noches he gozado en la soledad de la noche...

Tiró de ella delicadamente, para que en esta ocasión ambos avanzaran juntos, en un ligero trote sobre un terreno que empezaba a constituirse por dunas de fina arena, en las que se alzaban majestuosos pinos que cubrían su visión del horizonte. No hubo que proseguir demasiado, puesto que después de remontar un escarpado montículo con facilidad, la panorámica que se plasmó en sus ojos fue tan esplendorosa que, instintivamente, ambos se abrazaron para compartirla como un quimérico tesoro que acababan de descubrir. Y es que la visión de esa bahía, en la que las aguas parecían besar la arena con cada embate de las mareas, en ese eterno abrazo entre mar y tierra, donde el malecón eran los brazos y la espuma los labios de los amantes, les sumió en una emotiva conmoción cuando se vieron juntos ante ella. Continuaron aferrados de la mano hasta acceder a la playa de doradas arenas, con la vista extraviada en los confines azulados, sin mediar palabra, tan sólo escuchando la bienvenida que les brindaba el ulular de la brisa que acariciaba las olas.

Y fue este ese instante tan ansiado, en el que se volvieron a mirar tras salir de su embelesamiento, para ser conscientes de ese sentimiento que se desbordaba por todos los recodos de su esencia. Puede que fuera el mar el que terminara de despertar ese trémulo anhelo que latía entre ambos y que se ocultaba velado por la búsqueda de unos sueños que ya habían encontrado. Habían estado escapando de su propia existencia, y en esa huida encontraron el camino, que lo comenzaron a remontar fundiendo sus labios en ese eterno beso que llevaban toda la vida esperando para haberse ofrecido. Sus bocas se deshicieron entre mieles y néctares, los brazos de uno rodearon el cuerpo de la otra, derritiéndose en un único ser con un mismo corazón. El sol se sumergió porque la luna también quería ser espectadora de la pasión desatada y desmedida, de como dos almas oscuras y errantes trascendían de sus deseos y sus sueños a través de sus cuerpos, hasta hacerse luminosas y únicas.

Era la noche de los tiempos sobre la arena de la playa, de los besos debidos, de los abrazos prometidos, de las caricias secretas y del amor más primordial. Era la liberación de una pasión contenida, bajo el abrigo de las estrellas, en la que ambos se pertenecieron, uno dentro de la otra, siendo la misma persona. Era el sueño hecho realidad, a la orilla del mar, del que nunca más tendrían que despertar. La historia de una ausencia, de la espera por parte de ella y de la desesperanza por parte de él, porque la Soñadora siempre supo que llegaría a su sueño y el Guardián sólo podía proteger sueños ajenos.

Por esta razón, esta historia finaliza y comienza aquí, porque el final del camino también es el principio, cuando ambos han sido conscientes de que estaban buscando el mismo sueño. Ese sueño que es él para ella y ella para él. Ese sueño que ahora no es momento de soñar, es momento de vivir.

Abandonaron ese mundo de fantasía para regresar al suyo, donde sabrían que se encontrarían cuando sus pasos los llevaran al linde del mar.

Y mientras Soñadora y Guardián esperan, contemplando ese mismo cielo que les separa en la distancia, pero siempre soñando juntos...

... una pareja de unicornios galopa sobre las aguas de los sueños cumplidos.

Vivir es soñar, soñarte es vivirte.

martes, 9 de marzo de 2010

En busca de los sueños - 4ª parte

El tiempo se detuvo durante innumerables jornadas en esa gruta en mitad de la montaña, donde la frontera entre la vida y la muerte cada vez parecía más difusa. Una Soñadora cuyos sueños se desvanecían a medida que su hálito se hacía más mortecino, un Guardián cuyo propósito se desmoronaba en concordancia con el funesto destino de su protegida. A pesar de ello, el elfo no se separó de su lado ni un sólo instante, tratando siempre de propiciarle cuidados y comodidades a su dama, que seguía atenazada por los dolores. El único momento de separación se producía cuando tenía que buscar algo para afianzar su supervivencia en aquella inhóspita y gélida cordillera, en la que las temperaturas se precipitaban hasta cotas remotas de insondable frío. No faltaron víveres, pues el Guardián era un consumado cazador, ni tampoco leña, ya que su acero era afilado y contundente, capaz de quebrar el tronco de cualquier árbol.

Pero lo más trascendental de todo es que tampoco faltó esperanza, que fue la que mantuvo a la Soñadora con vida, tanto por su parte como por la parte de su protector, que pasaba noches en vela, contemplándola preocupado mientras descansaba o abrazándola dedicadamente cuando se percataba de que empezaba a tiritar. En este sentido, las contemplaciones se fueron reduciendo y dieron lugar a la cálida unión de los cuerpos, sin tener que ser necesario el estremecimiento para ello. Era como si un sentimiento de irrefrenable atracción le impeliera tomar el cuerpo de esa mujer, temiendo que se fuera a esfumar en cualquier momento.

Fue una noche de férreo hielo en el exterior, estando ambos entrelazados en la suave tiniebla nocturna, cuando la Soñadora sufrió un punzante acceso de dolor, que provocó que su anatomía se encorvara sometida por la agonía de su afección. Parecía que su alma se desbordaría de su cuerpo, abandonándolo para siempre en esa gruta alejada de su destino. El guerrero la trató de incorporar, alarmado, cerciorándose de que la cataplasma que había dispuesto en la herida de su estómago estaba limpia. Y, en efecto, no sólo estaba impoluta, sino que además la lesión estaba sanando perfectamente bien. Era como si el veneno todavía surcara pérfido sus venas y él fuera incapaz de hacer nada por aliviar su padecimiento. En este crítico instante, la elfa habló con un tono quebrado y discordante, entre suspiros desalentados:

- No me queda mucho, mi querido Guardián.

- Tienes toda la vida por delante, para encontrar al unicornio y vivir de tus sueños como deseas –la respuesta del elfo no se hizo esperar.

- Mucho tiempo llevamos en esta gruta y no he mejorado ni un poco. Puede que todo termine aquí para mí y que tú tendrás que seguir tu camino –la voz de la mujer era cada vez más tenue.

- Mi camino lo marcas tú, al igual que mi destino –tras un meditativo silencio, el elfo añadió– No voy a permitir que caigas aquí, Soñadora mía. Todavía nos resta tanto por soñar…

- Prométeme que si no puedo salir de esta cueva, continuarás sin mí –la afección y la aflicción asomaron ambas en las palabras de la elfa, causando un ominoso pesar en su maltratado entereza.

- No puedo prometer algo que mi corazón se niega a creer.

- ¡Prométemelo, te lo ruego! –gritó desesperada, empleando su último aliento para darle énfasis a sus palabras– Jamás me perdonaría someter tu vida a mi muerte.

De los resplandecientes ojos de la Soñadora nacieron las lágrimas, perladas y brillantes, a pesar de ser generadas por una infinita pesadumbre, mientras que su gesto se tornaba cada vez más desesperado. La reacción del Guardián, tras esta petición, no pudo estar acompañada por palabras, sino por un significativo gesto, pues lo único que hizo fue estrecharla contra su cuerpo, ofreciéndole el latido de su corazón como respuesta a esta demanda. Mas no fue suficiente para ella, que acercó sus labios a su oído y le susurró, suplicante:

- Por favor… si me amas… prométeme que seguirás con tu vida.

El elfo respiró gravemente, cerró sus ojos y dejó suavemente a la mujer, que yacía entre sus brazos desmayada, sobre el lecho que había improvisado en la caverna. La miró unos segundos que parecieron eternizarse desde el costado y se inclinó hacia ella, hablando con una tonalidad prácticamente inaudible sobre sus labios, rozándolos con cada palabra:

- Te lo prometo…

Por fortuna, nunca tuvo que cumplir esta promesa, ni jamás se sabrá si lo hubiera hecho, pues fueron transcurriendo las semanas y la salud de la Soñadora fue mejorando, aunque todavía se encontraba convaleciente y muy debilitada. El invierno era crudo e intenso en el monte, con frecuentes nevadas, continuas heladas y agreste clima. No era conveniente alejarse de su refugio y mucho menos considerando el precario estado de la mujer. De esta manera, tuvieron que compartir incontables amaneceres y anocheceres juntos, en los que no consideraron que el tiempo estuviera perdido, todo lo contrario. Durante el día, se ocupaban de mantener su improvisada guarida acondicionada para poder sobrevivir, dedicándose él a obtener comida y bebida para que no se vieran perdidos en las cumbres y ella a mantener el lugar bien dispuesto y organizado, pues no podía salir de allí bajo ningún concepto. Y en las noches compartían palabras, que fueron convirtiéndose en sentimientos a medida que las intercambiaban durante horas, sin otra pretensión ni emoción que no fuera conocerse.

Existía entre ambos un celestial vínculo, más allá de la magia, por el cual siempre tenían algo nuevo que descubrir el uno del otro e, incluso, era como si hubiesen tenido vidas paralelas, totalmente afines. Comenzaron hablando de sus sueños en ese sueño, pero terminaron por revelar sus vidas, dándole por fin la relevancia que merecían. No obstante, su objetivo continuaba siendo hallar a ese unicornio, del que hablaban a menudo como si se tratara de la leyenda personal que poseemos cada uno de nosotros y que nos empuja a afrontar cualquier destino que nos tenga preparado el universo. La evidencia de que el Guardián languidecía cada vez que se nombraba a la mágica criatura causaba que la Soñadora tuviera que medir las palabras cuando hablaba de sus ilusiones. Sabía que cuando lo encontraran, tendría que decidir, y en este momento todavía no sabría cómo reaccionaría cuando eso ocurriera.

Fue una tarde de deshielo en la montaña, en la que el invierno inicia su éxodo estacional hacia otras latitudes, cuando fue el propio elfo el que saco a relucir el tema, comprobando que la dama de sus sueños cada vez se encontraba más recuperada y sabiendo que no podía demorar por más tiempo lo inevitable:

- Mañana, al alba, retomaremos nuestro camino.

- ¿Estás seguro de ello? –la Soñadora se sorprendió ante la muestra de espontaneidad.

- Lo estoy, Soñadora. Estás recobrada de tus dolores y yo puedo ocuparme de conducirte hacia cualquier lugar, portándote en mis brazos si es necesario. –dijo con tajante firmeza.

- No deseo ser una carga…
- Para mí una carga es un sentimiento que he de soportar sin que disfrute de ello. Y tú, lo que me inspiras, son otra clase de sentimientos… –miró a los ojos a la mujer un instante, intentando transmitirle lo que sentía sin palabras.

- ¿Qué sentimientos? –preguntó ella, pues su curiosidad siempre estaba ávida de ser saciada.

- Sentimientos que me hacen disfrutar… –bajó la cabeza y continuó hablando, tratando de eludir el tema– Te llevaré a dónde me digas, sin ninguna objeción por mi parte. Eso es lo que deseo.

La Soñadora sonrió con acaramelada dulzura, ya que gozaba de este tipo de situaciones en las que se ponía a prueba la franqueza de su protector. Ella, en el fondo, quería escuchar las palabras que se guardaba, pero sabía que lo hacía, precisamente, para velar por ella. Por eso, no sabía si estaba ansiando escuchar la sinceridad de sus sentimientos o proseguir con ese juego siempre.

- La cuestión es que no sé a qué lugar podríamos dirigirnos, Guardián.

- ¿No sabes dónde podría estar el unicornio? –enarcó una ceja el elfo, inquisitivo.

- Sólo sé donde lo imagino.

- Entonces ese será el lugar al que nos tengamos que dirigir… -dijo él, finalmente, esbozando una perlada sonrisa.

Con la refulgente alborada, sueños y destino como equipaje, abandonaron ese hermoso amparo en las montañas, en el que no sólo encontraron recuperación y cobijo, sino un lugar que recordar siempre con especial añoranza, aunque eso sería algo que también sabrían tiempo después. Ahora sólo podían pensar en proseguir su viaje y en encaminar sus pasos rumbo a las ilusiones. Se sucedieron días con sus noches, en los que hubo aventuras y desventuras, de las cuales siempre salieron victoriosos. La espada y la brujería eran los principales valedores en este mundo de fantasía, y mediante ella se fueron abriendo paso por la prodigiosa geografía de este infinito ensueño. Y en el áureo confín, todavía lejano en la distancia, pero cercano en sensaciones, contemplaron el final de su camino, puede que el verdadero inicio de sus vidas.

Ella lo imaginaba y él no necesito que lo concretara con palabras, vio la respuesta en sus ojos. El unicornio estaría allí, aguardando…

… junto al mar.