Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

domingo, 19 de junio de 2011

Amor y Locura

Cuentan que una vez se reunieron en un mágico lugar de la Tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres.

Cuando el Aburrimiento había bostezado por tercera vez, la Locura, como siempre tan loca, les propuso: 'Vamos a jugar al escondite'. La Intriga levantó la ceja intrigada y la Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó: '¿al escondite?, ¿y cómo es eso?'

'Es un juego', explicó la Locura, 'en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras os escondéis, y cuando yo haya terminado de contar, al primero que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego'.

El Entusiasmo bailó secundado por la Euforia. La Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la Duda, e inclusive a la Apatía, a la que nunca le interesaba nada.

Pero no todos quisieron participar. La Verdad prefirió no esconderse. Para qué, si al final siempre todos piensan que la encuentran, y la Soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella). La Cobardía prefirió no arriesgarse.

'Uno, dos, tres....' comenzó a contar la Locura.

La primera en esconderse fue la Pereza, que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del camino. La Fe subió al cielo y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no alcanzaba a esconderse, pues cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: que si un lago cristalino ideal para la Belleza, que si la hendija de un árbol perfecto para la Timidez, que si el vuelo de la mariposa lo mejor para la Volatilidad, que si una ráfaga de viento para la Libertad. Finalmente terminó por ocultarse en un rayito de sol.

El Egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo...pero sólo para él. La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arcoiris), y la Pasión y el Deseo en el centro de los volcanes. El Olvido... se me olvidó dónde se escondió... pero eso no es lo importante.

Cuando la Locura contaba novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve, el Amor aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado...hasta que divisó un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores. 'Un millón', contó la Locura y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue la Pereza, sólo a tres pasos de una piedra. Después escuchó a la Fe discutiendo con Dios en el cielo sobre Zoología, y a la Pasión y el Deseo los sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a la Envidia y, claro, pudo deducir dónde estaba el Triunfo. El Egoísmo no tuvo ni que buscarlo, él solito salió disparado de su escondite, que había resultado ser un nido de avispas.

De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a la Belleza, y con la Duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir en qué lado esconderse. Así fue encontrando a todos: el Talento entre la hierba fresca, a la Angustia en una oscura cueva, a la Mentira detrás del arcoiris (mentira, si ella estaba en el fondo del océano) y hasta el Olvido... que ya se le había olvidado que estaba jugando a las escondidas.

Pero sólo el Amor no aparecía por ningún sitio. La Locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada riachuelo del planeta, en la cima de las montañas, y cuando estaba por darse por vencida divisó un rosal y las rosas...

Tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto se escuchó un doloroso grito. Las espinas habían herido en los ojos al Amor.

La Locura no sabía qué hacer para disculparse, lloró, rogó, imploró, pidió perdón, hasta que prometió ser su lazarillo. Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la Tierra...


... el Amor es ciego y la Locura siempre le acompaña.

Fuente: Mario Benedetti

viernes, 17 de junio de 2011

El recuerdo de una sonrisa

La noche se expandía como un lóbrego manto, cuando arrebujado en su propia soledad, un cuervo alzó el vuelo entretanto, fundiéndose en la perpetua oscuridad. Recorría los cielos cuando estaban apagados, ni siquiera las estrellas debían resplandecer, pues por todos son sus hábitos afamados, cualquier brillante le haría enloquecer. Nada escapaba a sus diminutos ojos azabache, ni la más insignificante de las alimañas, a las que daba caza con saña, antes de que le sobreviniera el amanecer. Pues era una criatura nocturna en su quehacer, se había desterrado por propia voluntad de la luz del día, en una desamparada existencia, en la que no gozaba de compañía. Pero todo cuanto quería lo tenía, ya que sus ambiciones eran sencillas y sus deseos se satifascían con facilidad. Un diminuto insecto que ingenuo reptaba por una rama, el resto de carroña de un sentenciado animal o granos de maíz dispersos sobre el suelo de un corral. Pero sólo era un ave solitaria, ¿acaso más podría desear?

Largo tiempo había transcurrido sin atisbo de que su rutina fuera a variar, batiendo sus negras alas hacia cualquier destino, escasos eran los lugares que no podía alcanzar. Esa sensación de plenitud y libertad, que sólo le ofrecía la tiniebla de la nocturnidad, era la materia de la que nutría sus sueños. A pesar de que se tratara de un simple cuervo, se sentía amo de los cielos y ascendía entre los vaporosos cúmulos hasta que llegaba al afilado pináculo de una imponente catedral desde donde escudriñaba cualquier recodo de todo cuanto le rodeaba. Contemplaba como un silencioso vigía las apuntadas copas de los árboles y los angulosos rincones de las techumbres, en un laberíntico entramado de edificios que algunos se atrevían a llamar ciudad. Y era, en el interior de los edificios, donde su vigilancia se tornaba curiosidad. A través de las ventanas observaba encandilado una miríada de maravillas que apenas podía explicar. Grandes armazones de madera crujiente se abrían sin cesar, luces intermitentes que se prendían con fulgor estelar y el trasiego de las gentes que tenía una extraña forma de graznar. Pero sólo era un ave solitaria, ¿acaso esto le podría interesar?

Pero era cuestión de tiempo que el pequeño y solitario cuervo encontrara una ilusión por la que vivir, después de haber pasado su vida eludiendo el centelleo de las estrellas, escondido en la noche eterna, a la que no tenía más remedio que huir si quería sobrevivir. Fue desde la repisa de un ventanal, de una casa cualquiera en un día sin importancia a una hora indeterminada, cuando su inquieta mirada se clavó en el prisma de su perdición. Ni tan siquiera en el cielo había visto nada tan hermoso ni con tanto esplendor que aquella sonrisa perlada que refulgía en ese rostro de tez alabastrina, lacios cabellos negros, ojos esmeralda e inenarrable candor. Petrificado por la emoción, no pudo hacer más que contemplar desde las sombras como se abismaba su mundo en ese gesto cautivador. Hasta que esa fascinante visión cruzó umbrales interiores y de su vista desapareció. Jamás habría imaginado, ni en sus sueños más apasionados, que hallaría en el bello rostro de una joven la anhelada joya de su pasión. Por esa sonrisa suya, sería capaz de entregarle su desalentado corazón. Sólo les separaba una ventana de cristal. Pero era un ave solitaria, ¿acaso ella le dejaría entrar?

Durante innumerables noches, desde que los azafranados tonos del atardecer crepitaban en el firmamento hasta que despuntaba en el distante horizonte el alba, el pequeño y solitario cuervo regresaba a la repisa de la ventana, tras el diáfano vidrio que lo distanciaba de la que ya consideraba su amada, mientras ésta le observaba con inocente curiosidad desde el otro lado, sonriendo con complicidad. Esa sonrisa se había convertido en la razón de su vida, en su particular luna nocturna, argéntea y arrebatadora, pero lejana e inaccesible, pues aunque sólo fuera un cristal, era suficiente para mantenerlo apartado de su afán. Volvía sin falta ni demora, esperaba durante horas hasta que aparecía y, cuando en mitad de la estancia su quimérica figura se entreveía, nada en este universo se podía asemejar al cúmulo de sensaciones que eclosionaba en el corazón del pequeño y solitario cuervo. Sin embargo, intercambiaban miradas y la sonrisa de ella se extinguía con las primeras luces del amanecer. Desconocía la razón por la cual la ventana no se abría y eso fue lo que le provocó su desazón. Se sumió en una insufrible y lacerante melancolía, que se alimentaba, noche tras noche, con el veneno de la añoranza por aquello que podemos soñar pero que nunca llegamos a tener. No existe nada más atroz que la ficción del verdadero amor. Pero sólo era un ave solitaria, ¿acaso le podría llegar a amar?

Así fue como tras incontables noches de desvelado amor, el pequeño y solitario cuervo decidió partir para siempre, emprender el vuelo. Puede que sólo fuera un ave solitaria y quizá por ello no pudo llevarse la anhelada joya de su pasión, pero se marchó con un consuelo:


El recuerdo de una sonrisa que le robó el corazón.

jueves, 16 de junio de 2011

Píramo y Tisbe

Era Píramo el joven más apuesto y Tisbe la más bella de las chicas de Oriente. Vivían en la antigua Babilonia, en casas contiguas. Su proximidad les hizo conocerse y empezar a quererse. Con el tiempo creció el amor. Hubieran terminado casándose, pero se opusieron los padres. Aunque no les dejaban verse, lograban comunicarse de alguna forma; no pudieron los padres impedir que cada vez estuvieran más enamorados: el fuego tapado hace mejor rescoldo. La pared medianera de las dos casas tenía una pequeña grieta casi imperceptible, pero ellos la descubrieron y la hicieron conducto de su voz. A través de ella pasaban sus palabras de ternura, a veces también su desesperación: no podían verse ni tocarse. A la noche se despedían besando cada uno su lado de la pared.

Pero un día toman una decisión. Acuerdan escaparse por la noche, burlando la vigilancia, y reunirse fuera de la ciudad. Se encontrarían junto al monumento de Nino, al amparo de un moral que allí había, al lado de una fuente. Ese día se les hizo eterno. Al fin llega la noche. Tisbe, embozada, logra salir de casa sin que se den cuenta y llega la primera al lugar de la cita: el amor la hacía audaz. En esto se acerca a beber a la fuente una leona, con sus fauces aún ensangrentadas de una presa reciente. Al percibirla de lejos a la luz de la luna, Tisbe escapa asustada y se refugia en el fondo de una cueva. En su huida se le cayó el velo con que cubría su cabeza. Cuando la leona hubo aplacado su sed en la fuente, encontró el velo y lo destrozó con sus garras y sus dientes.

Algo más tarde llegó por fin Píramo. Distinguió en el suelo las huellas de la leona y su corazón se encogió; pero cuando vio el velo de Tisbe ensangrentado y destrozado, ya no pudo reprimirse: Una misma noche - dijo - acabará con los dos enamorados. Ella era, con mucho, más digna de vivir; yo he sido el culpable. Yo te he matado, infeliz; yo, que te hice venir a un lugar peligroso y no llegué el primero. ¡Destrozadme a mí, leones, que habitáis estos parajes! Pero es de cobardes limitarse a decir que se desea la muerte. Levanta del suelo los restos del velo de Tisbe y acude con él a la sombra del árbol de la cita. Riega el velo con sus lágrimas, lo cubre de besos y dice: Recibe también la bebida de mi sangre. El puñal que llevaba al cinto se lo hundió en las entrañas y se lo arrancó de la herida mientras caía tendido boca arriba. Su sangre salpicó hacia lo alto y manchó de oscuro la blancura de las moras. Las raíces de la morera, absorbiendo la sangre derramada por Píramo, acabaron de teñir el color de sus frutos.

Aún no repuesta del susto, vuelve la joven al lugar de la cita, deseando encontrarse con su amado y contarle los detalles de su aventura. Reconoce el lugar, pero la hace dudar el color de los frutos del árbol. Al distinguir un cuerpo palpitante en el suelo ensangrentado, un estremecimiento de horror recorrió todo su cuerpo. Cuando reconoció que era Píramo, se da golpes, se tira de los pelos y se abraza al cuerpo de su amado, mezclando sus lágrimas con la sangre. Al besar su rostro, ya frío, gritaba: Píramo, ¿qué desgracia te aparta de mí? Responde, Píramo, escúchame y reacciona, te llama tu querida Tisbe. Al nombre de Tisbe, entreabrió Píramo sus ojos moribundos, que se volvieron a cerrar. Cuando ella reconoció su velo destrozado y vio vacía la vaina del puñal, exclamó: Infeliz, te han matado tu propia mano y tu amor. Al menos para esto tengo yo también manos y amor suficientes: te seguiré en tu final. Cuando se hable de nosotros, se dirá que de tu muerte he sido yo la causa y la compañera. De ti sólo la muerte podía separarme, pero ni la muerte podrá separarme de ti. En nombre de los dos una sola cosa os pido , padre mío y padre de este infortunado, que a los que compartieron su amor y su última hora no les pongáis reparos a que descansen en una misma tumba. Y tú, árbol que acoges el cadáver de uno y pronto el de los dos, conserva para siempre el color oscuro de tus frutos en recuerdo y luto de la sangre de ambos. Dijo y, colocando bajo su pecho la punta del arma, que aún estaba templada por la sangre de su amado, se arrojó sobre ella.

Sus plegarias conmovieron a los dioses y conmovieron a sus padres, pues las moras desde entonces son, como la sangre vertida por el verdadero amor, de color oscuro cuando maduran y los restos de ambos descansan en una misma urna.

Fuente: La Metamorfosis de Ovidio.

miércoles, 15 de junio de 2011

Cuentos de Dravenor: Furia del Norte, Parte III: En la niebla



La oscuridad le invadió, mas allá no había nada, no existía un mundo idílico, no existía el eterno castigo ni el reposo del alma, simplemente eso, la oscuridad infinita, intangible, donde cualquiera de sus sentidos eran inútiles, eso era la muerte, sin forma física, sin redención del alma, sin reencuentro con los seres queridos.

Pero, “¿Qué importaba todo aquello?”, “¿Qué mas daba tener una muerte sin sentido, cuando has tenido una vida tan vacua?”. Fue entonces cuando reflexionó, “¿Cómo podía ser capaz de dudar?”, “¿Cómo podía siquiera estar pensando en algo?”, “¿Se encontraba en una especie de purgatorio o es que quizás no había muerto y solo estaba sumido en un profundo sueño del que aun no era capaz de despertar?”.

Alcanzó a escuchar un sonido muy agudo, cómo un chirrido constante en la lejanía, poco a poco se acercaba mas y era mas audible, pero entonces el chirrido se tornó en eco, el eco en murmullo y el murmullo en palabras.

“.................*murmullo*……… *murmullo*………*murmullo*…p…o…r… Aedon!, ¿Sabes que te digo?... … Una vez conocí a un hombre, feo…regordete…pero tenia buen corazón, ¿sabes?...”

Hizo un esfuerzo por hablar, por gritar, por emitir algún sonido pero todo era inútil. Él no estaba, no existía cómo él estaba acostumbrado, estaba fundido con el aire, consciente de su presencia, de lo que le rodeaba, pero sin manos para tocar, ni ojos para ver, ni boca para hablar.

El silencio volvió, tan pronto cómo vino aquella voz se fue, pero, ¿Qué era esa voz?, ¿De donde procedía?, ¿Quién le hablaba de una forma como si a él le importase lo que tenía que decirle?. Era una voz suave, dulce, nerviosa, femenina, inquieta…

“Pues… el padre Albert no ha sabido decirme tu nombre….” La voz nuevamente. “Dice que te encontraron medio desnudo, sin nada, sin colgantes, sin anillos sin ningún tipo de recuerdo de tu familia ni nada. ¿Cómo te llamas?... hum… ya se…te pondré un nuevo nombre porque cuando despiertes te vas a sentir como si hubieses vuelto a nacer… te llamare… Eolan… si… Eolan… ¿Te gusta verdad?... ¿A que si?... Claro que si…¿Pues sabes una cosa, Eolan?, el otro día traté de hacer la comida y…”

La voz empezaba a ser agotadora, repetitiva, demasiado rápida, acabaría con la paciencia de cualquier criatura pero…amaba esa voz, era lo único que le daba la veracidad de seguir vivo, su único vinculo con el mundo real.

La muchacha visitó a “Eolan” durante varios días, le contaba lo que había hecho, las cosas que le gustaría hacer, le preguntó por cada herida de su cuerpo y de cómo una vez curó todo su cuerpo de llagas y quemaduras que le había provocado un desafortunado encuentro, le ordenaba una y otra vez que se despertara, pero era incapaz de hacerlo.

“Eolan… esta es la ultima vez que vengo a verte, me tengo que marchar ya y seguramente no vuelva en un tiempo, pero, claro, búscame cuando despiertes, ¿Vale?, entonces serás tu quien me cuente un montón de historias… bueno hasta pronto Eolan… Ah!! Se me olvidaba! Me llamo…”

El muchacho abrió los ojos doloridos, sentía la boca seca y la espalda rígida como una tabla de madera. Miró a su alrededor, estaba en una habitación con varias camas, vacías todas ellas. A su lado había una silla de mimbre y junto a ella un cubo lleno de agua enrojecida con sangre, del borde del cubo colgaba un trapo empapado con el agua teñida. Al parecer no solo fue un sueño, alguien estaba velando y se preocupaba por él. Pero en fin, fuese quien fuese ya no estaba allí...

¿Qué más da?

Tengo tus ojos mirando a hurtadillas en una esquina del pasado...

... hace años.


Tengo una estrofa cansada de versos que ni siquiera he empezado...


... ni tengo ganas.


Tengo pasiones y fuerzas gastadas, tengo un rincón que te guardo...


... por si acaso.

Tengo un jardín del edén oxidado en una caja de cartón...

... hecha pedazos.


Tengo cordura a la venta, es un saldo, y si la quieres pregunta...

... te la regalo.


Tengo los labios buscándome besos, tengo los besos buscándome...


... nuevos labios.

¿Y qué más da?

Tenga lo que tenga, ¿qué más da?

Si lo tengo todo... si no tengo nada.. si lo tengo todo...
¿Qué más da?


Tengo un millón de preguntas absurdas, que tú quisiste responder...


... para lo que sirvió.

Tengo sueños y esperanzas aún vivos, quién sabe cuándo morirán...


... ahora agonizan.

Miro hacia atrás... surco la tormenta... sólo queda arena...
No sé qué pensar, si lo tengo todo... si no tengo nada...

Tengo un jirón de mi piel enredado con un rizo de tu pelo... se han fusionado.
Tengo un litro de mi sangre esparcida por cada vena que por ti...
me he cortado.
Tengo feroces inviernos brotando, tengo primaveras felices, hibernando.
Tengo un lápiz sin punta que pinta, tengo un rayo de luz...
me está rayando.
Tengo locura acechando mis pasos, tengo el cerebro en un tarro... de cristal opaco.
Tengo un ojo en tu espalda tapiado, tengo otro ojo despierto...


... pero está cerrado

Tenga lo que tenga... ¿Qué más da?

martes, 14 de junio de 2011

Cuentos de Dravenor: Furia del Norte, Parte II: En la arena



El gong de la arena sonó, era la señal, no había mas tiempo para divagar, no había mas tiempo para cavilar, solo había tiempo para morir. La puerta de acero del fondo de la sala se abrió, dejando ver un elevador que le conduciría a la arena. Suspiró con fuerza, se apresuró armarse con dos brazales armados, arma que le daba una leve protección desde los hombros hasta las manos y a la vez eran ofensivas ya que del puño sobresalía un filo ancho con la longitud de una espada corta. No se equipó con mas pieza de protección pues la única ventaja que tenia era la agilidad y la velocidad de movimiento, llevar yelmo, pechera, perneras, etc… sólo serviría para que se le hundiera en la carne de un golpe, de modo que solo vestiría el taparrabos que portaba. Nunca había tenido que combatir por su vida, trató de recordar unas inútiles lecciones que le había dado uno de sus “dueños” hace años. Fue escudero de un caballero, el cual renegó de sus votos al poco tiempo de ser nombrado, al parecer le daban mas satisfacción el calor corporal de los niños que su divina Fe en Aedon. Cuando se quiso dar cuenta ya estaba en el centro del anfiteatro, solo en mitad de la arena. Miró a su alrededor, las gradas estaban al completo, la peor escoria de todas las razas conocidas estaba ahí, era evidente que todo aquel espectáculo era de todo menos legal. Sobre un pedestal divisó a un mediano achaparrado gritando sobre una plataforma que lo colocaba por encima del público, no prestó demasiada atención a lo que decía, se quedó abrumado por el gentío que le observaba con ira, vociferaban, algunos insultaban mostrando una cara desencajada. Algo humillante tuvo que decir el mediano antes de callar, ya que el público comenzó a arrojar todo tipo de hortalizas contra el muchacho. El joven permaneció inmóvil donde estaba mientras recibía la lluvia vegetariana, tomates, lechugas se estrellaban en su espalda, en el pecho, en la cara.

La avalancha se convirtió en gritos de euforia cuando un ogro de tres metros y medio apareció en escena con una atarraga en sus manos. El muchacho apretó la mandíbula y contrajo los músculos de los brazos y las piernas, se estremeció al ver tal mole de carne, un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando la criatura abrió la boca para rugir mostrando una dentadura deforme y ennegrecida, las babas le colgaban desde las comisuras de los agrietados labios. El público, lejos de sentirse intimidado, elevó la voz en una explosión de éxtasis. El joven permaneció inmóvil con la mirada fija en su rival, esperó a que el ogro actuara primero.

No tuvo que esperar mucho, el ogro embistió contra él, pero como había predicho, era mas rápido, no le fue difícil apartarse de su camino. Así lo hizo, una vez, y otra, y otra a la vez que le lanzaba tajos allá donde sus brazos alcanzaban, aunque sus ataques eran poco certeros y solo le causaban heridas superficiales al ogro, le gente empezaba a abuchear la situación, pedían sangre, querían muerte.

El ogro enrojecía de furia, era una mala bestia de fuerza bruta, pero de inteligencia limitada. El muchacho empezó a sonreír de satisfacción y se dispuso a esquivar una nueva embestida, pero, algo salió mal, su pie resbaló con una zanahoria haciéndole perder el equilibrio.

Cuando recuperó la estabilidad ya era tarde, tenía al ogro en frente y antes de poder reaccionar, un brutal martillazo impacto contra su cabeza, cayó al suelo instantáneamente conmocionado, medio inconsciente, un agudo zumbido le ensordecía el oído y notó la calidez de la sangre derramarse por la oreja y por la cabeza donde recibió el impacto. El ogro rugió lo que parecía una maléfica risa, tiró el martillo lejos y apresó al desdichado con sus manos, lo levantó dos metros del suelo y comenzó a golpearle repetidamente en la cabeza con su puño derecho. Cada golpe producía un reguero de sangre que caía sobre la arena, empezó a perder la capacidad auditiva, todo sonaba lejano, con eco, tenía los ojos en blanco, no alcanzaba a distinguir nada, solo notaba los contundentes golpes que le sacudía violentamente la cabeza, era increíble ver como su cuello era capaz de aguantar tal castigo sin partirse en dos. Sus brazos y piernas colgaban pesados, agotados y empapados de la sangre que chorreaba desde su hinchado rostro, era imposible saber si continuaba vivo. El puño del ogro estaba totalmente tintado de color carmesí pese a que la sangre del joven era cada vez mas espesa. Cuando la criatura se aburrió lo suficiente lo dejo caer al suelo como si de un trapo sucio se tratase y fue en busca de su martillo. El muchacho quedó tendido en el suelo, boca arriba, observando las estrellas, el cielo nocturno, prefería que su ultima visión del mundo fuese el manto oscuro de la noche. Veía el firmamento en todo su esplendor, veía la blanca luna, radiante, observando su cuerpo maltrecho, su rostro deformado por la paliza, su dificultad para respirar, sus esputos sanguinolentos, sus lágrimas saladas y ensangrentadas. Mientras su visión se oscurecía vio de nuevo al ogro, levantando la atarraga por encima de su cabeza a punto de asestarle el golpe de gracia innecesario. La luz de sus ojos se apagó, solo alcanzo a escuchar… POR EL REY!!!!!!...

lunes, 13 de junio de 2011

Cuentos de Dravenor: Furia del Norte, Parte I: Recuerdos

Truenos, era lo único que su oído escuchaba mientras permanecía sentado en aquel viejo banco de madera, con el cuerpo levemente inclinado hacia delante, los codos sobre las rodillas y las manos abiertas cubriendo su rostro. Los truenos sonaban rítmicos, acompasados, impropios de la naturaleza previniendo de una fuerte tormenta. “Bien recibidos serían si fuesen truenos de verdad”, pensó, ya que sabía perfectamente que ese sonido no lo producía el cielo, sino centenares de personas eufóricas golpeando el suelo con fuertes pisotones al unísono que habían acudido al lugar a verle morir para su distracción. Dio un profundo suspiro y deslizó sus manos por la cara, hasta dejar que la tenue luz de la armería inundara sus ojos negros los cuales hacían juego con su cabello. Echó un vistazo rápido a la sala, a su izquierda había una forja, aún candente, el resto de la habitación estaba decorado con varios estafermos y alguna que otra panoplia con unas pocas armas y piezas de armadura. Con cada golpe que escuchaba podía ver como la llama de los candiles bailaban, haciendo que la sombra de su portentoso cuerpo pareciese inquieta. El estruendo era más violento a cada momento, como si más y más gente se animase a seguir la corriente a los alborotadores. Algunas de las espadas que estaban metidas verticalmente en cestas empezaban a vibrar y entrechocar entre ellas emitiendo un leve sonido

metálico. Se levantó del banco, muy despacio, parecía no tener prisa por llegar a su destino, observó una de las cestas mientras se acercaba a ella, se mantenía tan ensimismado y concentrado que hasta su propia sombra parecía alejarse para no romper el clímax de sus pensamientos. Se detuvo frente a la deshilachada cesta de mimbre, tomó una espada y la extrajo hasta verse reflejado en el acero. La espada estaba lejos de parecer cuidada, el oxido ennegrecido invadía el filo casi por completo, privando al arma de su lustre, aún así, consiguió cruzar la mirada con su reflejo.

Fue entonces cuando los vítores dejaron de oírse, dejando un silencio absoluto para que las voces del pasado le resonaran en la cabeza. Muchas eran confusas, demasiadas vanas, pocas carecían de sentido, cuando has dedicado toda tu infancia a realizar todo tipo de trabajos denigrante, esclavizado y abusado en todas ellos, la gente te decía muchas cosas, pero pocas de cierta relevancia. “Muchacho, si hay algo que quieras de verdad solo tienes que agarrarlo y llevártelo”, quizá sea lo que mejor recuerde de sus días pasados, ya que ni recordaba su propio nombre, no recordaba si lo tuvo alguna vez, “chico”, “muchacho”, un silbido, un chasquido, un grito, un golpe, era lo único que se necesitaba para dirigirse a él. Nadie que lo reclamaba se interesaba en saber su nombre y mucho menos en ponerle uno, nunca le preguntaron que quería hacer o donde le gustaría ir, solo le decían lo que se esperaba de él. Y así cumplía.

Nunca se preocupaba por nada, ni siquiera en saber quienes fueron sus padres y porque permitieron que llevara ese estilo de vida. Habían comerciado con él en tantas ocasiones como trabajos había tenido, ya no recordaba cuando fue la primera vez ni a que edad, pero era consciente de que esta era su última tarea. Un esclavista de cierto renombre había pagado una buena suma de dinero por él solo para ser aplastado y golpeado hasta la muerte por un ogro, solo para diversión de la gente. Los recuerdos comenzaron a desvanecerse como el humo de una hoguera...