Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

jueves, 10 de noviembre de 2011

La Rosa Verde: Sólo una canción


La Rosa Verde, sólo una canción




Pesaba la vida. Pesaban los sueños. Pesaban los años, apilados, pisándose los unos a los otros, revolcándose en una miseria continuada y provocada por un cúmulo de pesares.


Pesaba todo. Era una carga que no debía de haber sido insufrible, pero lo era.

Una carga que otra gente llevaba sobre sus hombros con estoica paciencia. Pero él nunca había sido lo que se dice estoico. Era un tipo de persona que descubrió la absoluta felicidad haciendo lo que él quería hacer, y lo que le gustaba. Devorando instantes felices a tremendos mordiscos, que rasgaban y masticaban los años, y digerían la alegría en un abrir y cerrar de ojos. Y la alegría, al ser digerida, desaparecía sin dejar rastro alguno.


Había tenido un privilegio tan sumamente grande, y que tan poca gente disfrutaba.

Antes, veía la vida como un pentagrama, con las notas formando los hilos que formaba toda su forma de vivir. Sus esperanzas. Sus sueños.

Ahora, ese pentagrama estaba tan borroso. Como si sobre él se hubiera derramado toda la autocomplaciencia del mundo en forma y sabor de alcohol y tabaco.

Con ese pensamiento, cogió la botella de Whisky.


- ¿Sabes?- carraspeó. – Piensas que todo es fácil. Piensas que estás en la puta cima del mundo, que todo está a tu servicio, a tu disposición.

- Pero… yo no pienso eso.- le respondió. Quién le respondía era como él, pero no era él. Era él, pero no era como él. Era su silueta dibujada años antes, su conciencia no aletargada bajo decivelios de éxito indescriptible.

Era toda la esperanza que se dibujaba en un pentagrama todavía casi vacío, pero dispuesto a ser rellenado de todo tipo de melodías.

- Ja.- respondió él décadas después. – Piensas que no lo piensas, y esa es la mentira más grande que existe. Eso es lo peor. Pensar que no piensas algo, cuando en realidad estás totalmente convencido de ello.

- Yo no voy a ser como tú.

- Pero lo serás. Dices que no. Piensas que no piensas que serás como yo. Pero en el fondo lo sabes. En el fondo sabes que lo que te espera es acabar así.

Él, estaba acostado con sus pesares, en un sofá mugriento, con el suelo recubierto de hojas de papel arrugadas, las más mojadas de alcohol y mugre.

- ¿Qué es eso? ¿Qué son esos trozos de papel?- dijo la silueta joven y todavía ingenua.

- ¿Eso? Whisky.

- Sabes que no me refiero al Whisky. ¿Además de viejo y de fracasado estás sordo?

- Sí, estoy algo sordo, es normal cuando te pasas treinta años con un altavoz martilleándote el cerebro. Y bueno, soy viejo, mucho más viejo que tú. Pero, ¿fracasado? He ganado tanto dinero que me he podido permitir el lujo de fumármelo, de follármelo, de comérmelo, y de cagarlo.


- Eres un puto fracasado, y además lo sabes perfectamente. Eres un fracasado porque eso es lo que has hecho. Te has fumado tu éxito. Te has follado tu éxito. Te has comido tu éxito. Y luego lo has cagado. Yo, no seré como tú.

- Has venido aquí conmigo, y yo he ido allí contigo. Los dos estamos viendo lo que fuimos y lo que seremos. Los dos estamos viendo lo que somos en realidad.

- ¡No!- gritó como respuesta con una fuerza vital que él creía olvidaba. -¡Eso no es así! Yo… yo sé lo que quiero. Y no quiero ser como tú.

El viejo rió.

- ¿De qué coño te ríes?- gritó la juventud encerrada en un sueño que todavía palpitaba.

- Me río de que, desgraciadamente, tengo razón. Hace un momento decías que no ibas a ser como yo. Lo decías convencido, tan seguro que hasta por un segundo me lo llegué a creer. Pero ahora dices que no quieres ser como yo. Porque en el fondo sabes la verdad.

- No me has respondido a lo que te pregunté antes.- dijo quizás cambiando de tema. - ¿Qué es eso?

- ¿Eso?- cada vez más pesado, cada vez más cansado, viejo casi anciano, respondió sin saber realmente a qué se refería.

- No es que estés sordo. Es que también estás ciego. Es que has olvidado.

- He olvidado muchas cosas, casi más de las que logro recordar.

- ¿Qué es eso?

- ¡No es nada, joder!- sabía por fin a qué se refería.


El joven tenía buen aspecto. No era necesariamente guapo, pero sí vivo, alto, con todo el pelo que cabría esperar de una persona de veinte años, con su brillo en los ojos, con las manos fuertes y decididas. Pero ya tenía los dedos cayosos, de rasgar las cuerdas de su bajo con rabia pero también con ternura, como si su vida dependiera de ello. Con esas manos cogió uno de los papeles que yacían muertos y arrugados en el suelo. Lo desenvolvió.


- ¿”La Rosa Verde”?

- Te he dicho que no es nada.

El muchacho tembló, mientras veía lo que estaba escrito.

- Pero esto… pero esto…

- Lo sé. Es una puta mierda. ¿Para qué coño vienes aquí y me restriegas en lo que me he convertido

El joven calló. Ni miró a los ojos a la vieja ruina que dormitaba en el sofá.


- ¿A qué has venido realmente?- se incorporó levemente del sofá mientras hacía esa pregunta.- Vivir en la esperanza es lo mejor que podrías haber hecho, nunca venir aquí. Nunca ver esto. Has venido a torturarme. Pero cometes un error. No se puede torturar a alguien que lo ha perdido todo.


Parecía que no le escuchaba. No dejaba de ver la partitura, la letra escrita. No dejaba de mirar a la rosa verde, de ver cada pétalo enroscado en la melodía que florecía entre cada línea del pentagrama.

- ¡Deja eso dónde estaba!- el viejo le arrebató la hoja de las manos, hizo una bola de papel y la tiró al suelo. – Ahí es dónde pertenece.


Por fin reaccionó. Sus ojos chocaron. Una mirada firme y decidida, con la fuerza de cienmil huracanes. Con años de vida y esperanza en cada parpadeo, con el fuego indómito y perenne que prende la llama de la rebeldía de la juventud. La otra mirada, rabiosa de enfermedad y cansancio, agotada, dejaba un rastro de dejadez y de aburrimiento; solapada por cataratas de decepción, hinchada de humo y palabras gastadas.

- Estás a tiempo. Quizás has hecho bien viniendo aquí.- dijo al fin el cansancio apartando la mirada.


- ¿A qué te refieres?

- No hay vuelta de hoja. Esto es lo que hay. Esto es lo que serás. Esto es lo que soy. He perdido todo lo que he ganado… y mucho más. Antes quería espantarte. Pero sé que tenáis razón. Soy un fracasado. – sonrió con toda la tristeza que le permitía albergar ese concepto.- Fui como eres tú. Lo tuve todo. Y todo lo destruí.


- Pero ahora… ahora lo sé… ahora puedo cambiarlo.

- Que seas tan ingenuo es enternecedor. Pero me jode que llegues también a ser gilipollas. Si estás viendo esto es porque lo sabes. Siempre lo has sabido. Siempre lo he sabido. En el fondo, siempre he sabido que todo terminaría así.

El joven retrocedió, asustado, con la certeza de la verdad susurrándole al oído palabras que había oído un millón de veces.

- Porque tienes el talento. Tienes esa magia chaval. Joder, no todo el mundo la tiene. Todo lo contrario. Nadie. Pero tú sí. Y si estás aquí, es porque sabes dónde te va a llevar ese talento y esa magia. Te va a consumir.


- ¿Y qué quieres que haga? Me estás diciendo que estoy a tiempo. ¿A tiempo de qué si estás tan seguro de que ya está todo perdido?

Hasta su voz sonaba tan fuerte como él no podía recordar. ¿Cómo pudo ese torrente detenerse, filtrarse en mil y un agujeros de desidia?

- Deja el bajo. Quémalo si quieres. Ponte a currar, cuida lo que tienes con esa chica… ¿cómo coño se llamaba?

- No… no has podido olvidarlo.


Se rascó la cabeza, realmente avergonzado. Vagamente, como un suspiro tenue y extremadamente lejano, resonaban en su cabeza los ecos de un amor infantil, tan puro como la luz de la mañana. Casi pudo recordarlo en ese momento, como un sentimiento que creyó eterno, que nunca podría acabar, pasara lo que pasara, pero que acabó, que él, como tantas cosas que merecían la pena, echó a perder irremediablemente.

- No has podido olvidarlo.- repitió.- ¡No has podido olvidarla!- volvió a gritar, enfurecido, golpeando la botella de whisky con el dorso de la mano y derramando todo su contenido a un suelo que ya rebosaba alcohol e inmundicia.


- No… no del todo. Y eso ya es mucho, chaval. Entre la neblina puedo casi recordar lo que llegué a sentir. Lo que tú sientes. Pero ni veo su cara. Su cara ya ni existe.

Fue el joven, cuya ingenuidad se tambaleaba quién se sentó en el sofá. Se agarró la cabeza con las manos, con fuerza, como si pensara que iba a desprenderse de su cuello y quisiera evitarlo por todos los medios.

- Eso es imposible. Nunca la olvidaré. La amo tanto. Ella es mi vida.

- No. No lo es. La música es tu vida, y por la música lo perderás todo. Eres un payaso

Volvió a mirarle con el fuego impreso en las pupilas.

afortunado. Tienes un don.- Pero a ella no la perderé. Viviremos juntos siempre, escribiré canciones para ella, y podré hacerla tan feliz…


El viejo rió, en un fuerte tosido, quizás escupió sangre mientras reía.

- Lo poco que recuerdo…- volvió a toser.- lo poco que recuerdo vale la pena más que un millón de conciertos. Que todas esas mujeres que se metieron en mi vida. Eso que sentí… joder, no lo pierdas.

- ¡Pero tú lo has perdido! ¡Eres tú quién lo has perdido!

- ¡Pensaba que ya lo habías comprendido!- su grito era poco más que un susurro bailoteando entre sus maltrechas cuerdas vocales. – Yo la he perdido, y tú la perderás. Ahora tú y sólo tú, puedes evitarlo. Deja la música, vuelve con ella. Vive una vida de la que puedas sentirte orgulloso. No te conviertas en el polvo que los dos sabemos que te convertirás. En el viejo cansado que estás viendo.


El joven se levantó del sofá. Quedó callado durante un buen rato. Ambos callaron, el viejo estaba cansado de hablar, probablemente era la conversación más larga que tenía en meses. Que ironía que teniendo a tanta gente con la que disculparse, empezara por él mismo. Siempre había sido así. La única persona que le importaba era él. Sólo él y la música le habían importado alguna vez realmente. Era todo egoísmo. Era un egoísta, porque la música le importaba exclusivamente porque le hacía feliz. Porque era lo único que le hacía distinto, que incluso en ese punto de decadencia absoluta, en momentos esporádicos, le arrebataba un relámpago de luz, un subidón tan grande como ninguna droga, como ninguna mujer nunca consiguió darle. Ni siquiera aquella que no podía recordar.


- Manda huevos.- dijo por fin el joven, con un calco de la sonrisa triste que él antes esgrimió.- Manda huevos… tienes razón.

- Claro que tengo razón. Y estás aquí por eso. Ahora, cambia las cosas. Ahora seré feliz.

- No es en eso en lo que tienes razón. Eso no va a pasar. Tienes razón en que somos iguales. Somos iguales porque tú, después de todo lo que ha pasado en tu vida, eres tan ingenuo o más que yo.


Se volvieron a mirar. Ambos comprendieron. Se conocían demasiado bien. El viejo conocía al joven a la perfección. El joven, siempre supo, incluso en el instante más valiente de su vida, en lo que algún día se iba a convertir.

- Porque… no lo voy a hacer. No voy a dejar la música. Nunca la dejaré. Llegará el día, en el que, moribundo, tumbado en un sofá, hasta las cejas de Dios sabe qué mierda… me levantaré, y lo primero que haré será coger el bajo… y tocar.

Lentamente se agachó, y cogió el trozo de papel arrugado, que muchos años después él mismo arrugaría y estrellaría contra el suelo.

- “La Rosa Verde”.- volvió a leer.

- ¿Por qué has vuelto a cogerla?

- Te lo volveré a preguntar. ¿Qué es esto?

- Una basura más en un mundo lleno de basura.- no dudó ni un instante. Fue la respuesta más certera que dio nunca. Estaba seguro de verdad.


- ¿Realmente lo crees?.- volvió a temblar, casi asustado del futuro que le esperaba, un futuro tan ambiguo…- No, no lo crees. Quieres creerlo. Piensas que lo piensas. Y esa es la mentira más grande que existe. Pensar que piensas algo, cuando en realidad estás totalmente convencido de ello.

- ¡Dame eso! ¡Dámelo!- el viejo sacó fuerzas de Dios sabía dónde y arremetió contra el joven para volver a quitarle la hoja de papel. Esta vez, le estaba esperando y le esquivó sin problemas. Cayó al suelo como un fardo lleno de fracaso y decepción.


- No quieres saber lo que es esto, no quieres asumirlo. Porque, después de todo lo que has hecho, de todos tus errores, de todo el daño que has causado a tantísima gente que quisiste, que creíste querer o que quisiste desesperadamente querer; no te puedes permitir el lujo de hacer algo así. De sentirte orgulloso de lo que ha motivado tanta infelicidad.

- Por favor, devuélvemela…

Le ayudó a levantarse. Porque estaba intentándolo por sus propios medios y desfallecía en cada intento, ridículo y agotado.


- Esta canción… esta Rosa Verde, es la mejor canción que nunca has escrito. Algo tan perfecto que a mí, ahora mismo me cuesta comprenderlo. Esto es todo lo que vales. Esto eres tú.

- Rómpelo. Quémalo. Destrúyelo. Pulverízalo.

- ¿Estás loco? Millones de personas sueñan con hacer algo así. Ni tú mismo has conseguido destruírla. Lo más que has conseguido es arrugarla un poco y dejarla caer al suelo.

El viejo se consumía con cada bocanada de aire, con cada palabra que intentaba decir.

- Pero… pero… pero… ¿es que no lo comprendes? Si he escrito esa canción, si la he escrito… es porque soy como soy. Si es tan buena, es porque yo soy justo lo contrario. Cada momento de mi vida, cada fracaso, cada persona que he destruído… me han llevado a esa canción. No la merezco… ¿cómo voy a merecerla?


Su juventud, sus sueños y sus esperanzas, le miraron a los ojos por última vez, esta ocasión con más intensidad, con la verdad impresa en los labios.

- No lo has comprendido. No es así. Buscas cualquier excusa para seguir en ese sofá, morir, y ser olvidado. Porque eres un egoísta. Pero no es así. Esta canción es la esperanza de que hay vida todavía. Pese a todo lo que has hecho, todo tu cansancio, toda tu decepción, todo tu fracaso real… no te ha arrebatado tu magia. Tu vida no te ha llevado a esta canción. Todo lo contrario, pese a que lo ha intentado, no ha conseguido arrebatarte la madurez para escribirla. Si hay algo que puedes ofrecerle al mundo, si hay algo en lo que te puedas sujetar para levantarte y volver a empezar, es en esta rosa. En que todavía, pese a que eres un desgraciado hijo de puta… todavía creas vida. Todavía creas esperanza.


El joven dejó la partitura sobre la mesa. Sacó un cigarro de su bolsillo. Comenzó a fumar, lentamente, bocanadas suaves, como si fuera un regalo del cielo.

- Y yo que pensaba que iba a dejar de fumar… ya veo que es imposible.

Dicho esto, se dio la vuelta, abrió la puerta, y se marchó, quizás para siempre. O quizás no volvería a necesitarle.


El viejo abrió los ojos acurrucado entre el frío, mojado de sudor y whisky, tosiendo mucho más fuerte de lo que podría gritar. Se despertó de su sueño, o su sueño se hizo uno con él, no estaba seguro.

Miró a su alrededor. El cuartucho de motel, con botellas, papelinas, humo y ceniza por doquier, manchas de sangre y pintura de fracaso.

En la mesa, al lado de una raya que nadie se había molestado en esnifar, el folio con la partitura, semiarrugado, pero perfectamente dispuesto.

La Rosa Verde.


Se levantó tambaleante. Se hizo un café. Se sentó delante de la partitura. Encendió un cigarrillo. Miro las ascuas del cigarro detenidamente, pensó que podía quemar esa hoja de papel, y esperar a morir en cualquier momento.

Lo borroso del pentagrama de su mente se disipó mientras lo palpaba con las yemas de sus dedos, cayosos, agarrotados pero todavía hábiles en lo que siempre supo que era lo único que sabía hacer.


Ese pentagrama se tiñó de un color nuevo, un verde jugoso y fresco, un sentimiento que sólo la música podía brindarle, pero magnificado por la esperanza de esa rosa verde. Su vida, adquirió sentido otra vez. Las notas estaban perfectamente dispuestas. La letra era legible y real.

Sacó el bajo del armario. Suavemente posó sus manos sobre él. Una extensión eterna de sí mísmo.

Lo que le consumió. A lo que nunca logró renunciar. Lo que le destruyó.

El primer acordé se deslizó entre sus dedos, ronco pero decidido; fuerte y vivo.

Apretó sus manos, comenzó a cantar con su hilo de voz que respondía a cada nota con la certeza de lo sublime. Y supo, que todo era fácil. Que estaba en la cima del mundo. Que todo estaba y siempre estaría a su disposición.


“Pese a que pese la vida…

y pesen los sueños.

Entre olvido y olvido,

nace el recuerdo;

Que permanece quieto.

Que encontré en el viento.


Una rosa verde,

Brota en el cielo,

De sus espinas sangro

Esperanza y tiempo…

… esperanza y tiempo.”






lunes, 7 de noviembre de 2011

Conformistas


Penumbras lo anegaban todo, y sólo contornos se perfilaban a través de las sombras. Esas manos, diligentes, que rasgaban el velo de las tinieblas para amoldarse en aquella ardiente figura, que gemía con cada caricia dedicada, fragmentando el hálito del amante desesperado. Como si en ese momento sólo existiera ese silencio que auguraba el más extasiante de los suspiros.

Resplandecían las miradas en la oscuridad, en un profundo obsidiana, siguiendo el hábil recorrido de los dedos sobre el arco que traza el margen de la espalda, eternizando el éxtasis, deleitándose en el estremecimiento. Y se precipita otro jadeo, la sinfonía de un mundo que se desmorona sobre otro, una piel que se anexiona a otra y unos labios que ya son sólo uno.

- Abrázame -se escabullía el susurro entre las ínfimas fisuras de sus bocas. 

La desesperación se apodera de las voluntades, e iracundas se entrelazan unas lenguas que no precisaban de charlas para entenderse. Y querían pensar, pero la razón se ahogaba en la fricción de sus desnudeces, a medida que éstas descendían a los precipicios extraviados de su deseo. Un deseo que latía, como un resorte; un deseo que se abría, como una flor. Pero, asimismo, un deseo atormentado, sufrido por aquellos cuyo amor permanece callado.


La mente rendida al corazón, el pensamiento sometido a la pasión, perdidos en la embriaguez de los cuerpos, sin preguntas que formular, ni respuestas que buscar. Palabras orquestradas por los gemidos, ya lejos se escuchaban las voces del arrepentimiento por caer en tentaciones prohibidas. Y es que no hay lugar para el pesar cuando estoy dentro de ti porque tú me dejas entrar.

Así que estalla la guerra, sin vencedores ni vencidos, en la que se invade sin piedad. Abierta a él, hendido a ella, la corriente los arrastra a la vorágine del placer, sucumbiendo a la caída de unos imperios a los que les habían prendido fuego. Roto el silencio de los gemidos, por la tiranía de los bramidos, todo comienza a ser constante, cíclico, un orden natural de ascuas y brasas, de savia y cálices, en el que todo culmina en la desembocadura de un furibundo río, más allá de sus ombligos.

- ¿Me quieres? -escapa la agonizante voz de un abatido.
- Te deseo. -el eco no podía ser más cristalino.

Una sonrisa despuntó en su rostro, al mismo tiempo que el alba asomaba por la ventana. Quizá fuera satisfacción, puede que indiferencia, quién sabe si decepción. Pero había sido suficiente para su matutina inquisición, esa era la cuestión.

Y es que, algunos, se conforman con muy poco.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Caminos


Son diversas las formas de interpretar un camino, un largo devenir, que puede, por analogía, considerarse como el propio destino, por lo que ese camino se convierte en un irremediable viaje que recorrer. También, cómo una estela que dejamos a medida que avanzamos, por lo que ese camino sólo existe cuando nosotros lo caminamos. Incluso, cuando la superstición no invade al pretendido raciocinio, los azares se transmutan en causas, que son las que nos empujan a las distintas sendas que emprendemos por acontecimientos pasados, por lo que ese camino que parecía casual en su origen, se constituye por las decisiones de nuestro caminar.

Muchos son, asimismo, los tipos de camino, tan dispares cómo entes vagan por cuántos mundos pudieran existir, pero en un punto convergen, en su final, un final que ninguno de nosotros podemos elegir y en el que ninguno de nosotros queremos pensar, no al menos cuando la disposición quiere eludir la angustia.

Aunque sí hay algo que podemos elegir, con quién queremos recorrer ese camino y hacia qué lugares queremos que nos lleve. Pero los senderos se bifurcan e, incluso, difuminan, cuando teníamos esa trascendental certeza de que conocíamos por dónde transitábamos. Ese 'quién que me acompañaba' se convierte en un 'por qué me acompañó' y ese lugar al que 'quería' llegar, no era más que el 'espejismo' de una ficción.

Pero, pase lo que pase, ocurra cuanto ocurra, a pesar de que nos empeñemos en volver la vista atrás con esa endémica melancolía que  aflige a todo ser humano que considera que cualquier pasada travesía  siempre fue mejor recorrida, el camino sigue ante nosotros, bajo nuestros pies, sea predestinado, recreado, decidido, en compañía o soledad.

Es por eso, y mucho más, que lo importante no es el fin del camino, sino el camino en sí mismo.

Y quién intenta caminar demasiado rápido, pierde la esencia de su propio viaje.

lunes, 31 de octubre de 2011

Echtra Nerai



Cuenta la leyenda que Nera, un guerrero que vivió en los albores de nuestra era, en el reino de Connacht, la provincia occidental del Eire (Irlanda), cuyas costas miran al océano, se encontraba en la noche del Samhain, cuando el rey Aillil y toda su corte celebraban una fiesta en el palacio de Rath Cruachan, en la capital de sus dominios.

Aillil se dispuso a poner a prueba el valor de los suyos, y ofreció como premio su valiosa espada, de áurea empuñadura, al guerrero que fuese capaz de colgar una cinta de mimbre del tobillo de uno de los cuerpos de los dos cautivos a los que habían ejecutado el día anterior, y cuyos cadáveres aún pendulaban en sus horcas. El siniestro reto del monarca y la noche terrorífica elegida para lanzarlo hicieron mella en el corazón de los hombres del reino. Sabían que en la víspera del Samhain los espíritus de los muertos estaban al acecho, y aterrados por la sola idea de encontrarse con ellos, ninguno se ofreció para tal empresa, salvo el propio Nera, el más valeroso, quien consiguió reunir el coraje suficiente y dar un paso al frente.

Habiéndose vestido su armadura, Nera acudió al lugar donde colgaban los cuerpos de los ahorcados y, en el momento en que colocaba la cinta de mimbre en el tobillo de uno de los muertos, vio que éste se movía. Con una voz siniestra y desgarrada, el cadáver elogió el encomiable valor del guerrero y, sumido en la desesperación, le pidió agua para poder apagar la sed que le había quitado la vida y que le abrasaba la garganta más allá de la muerte. Apiadado del sufrimiento que padecía el ahorcado, Nera cargó con él a sus espaldas y fueron a buscar agua a la casa más cercana.


El guerrero, al acercarse a ese hogar, se lo encontró rodeado por un lago de fuego.

- No hay bebida para nosotros en esa casa  - dijo el cautivo con su voz de ultratumba -. Vayamos a la casa que se divisa más allá.

Obedeciendo al muerto, Nera se aproximó a la otra vivienda y se la encontró rodeada de un estanque de agua. Incapaz de salvar el obstáculo, y siguiendo una nueva recomendación del difunto, cargó con él hasta una tercera casa en la que no encontraron nada extraño.

Pálidos ante la espantosa compañía que depositaba el guerrero en el suelo de su hogar, la familia que vivía entre aquellas paredes dio de beber a Nera y al ahorcado. Habiendo bebido éste tres tazas del líquido elemento, escupió la última sobre las cabezas de los hogareños, provocándoles la muerte. Sintiendo repulsión por haber hecho un favor a aquel cruel y desalmado muerto, Nera lo devolvió a la horca en la que le había encontrado y tomó el camino de vuelta a Rath Cruachan, donde le estaría esperando su recompensa.


Cuando por fin llegó a la corte de Aillil, Nera encontró el palacio en llamas y a sus ocupantes decapitados. Ante la evidencia de que un ejército enemigo había atacado el reino, buscó pistas de lo ocurrido y descubrió que los invasores eran las huestes del Sídh, el mítico reino de las hadas, también denominados Tuatha Dé Dannan. Siguió su rastro hasta la Cueva de Cruachain, donde -según las ancestrales historias- están las puertas que conducen al mundo de los muertos. Allí Nera se encontró al rey de los Sídh con sus mesnadas, y junto a ellos las cabezas cortadas de las gentes del Rath Cruachan, clavadas en estacas.


Descubriendo los guerreros del Sídh que había un mortal entre ellos, debido al mayor peso de sus pisadas, el rey de aquéllos le ofreció respetar su vida y concederle un hogar y una esposa a cambio sólo de que Nera proporcionase al Sídh un suministro diario de leña. Habiendo muerto los suyos, y viéndose solo y desamparado, Nera aceptó el trato y vivió un tiempo de forma plácida y pacífica.

No había pasado un año de los terribles sucesos del Samhain que he referido cuando la esposa de Nera, movida por el amor a él, le confesó que Cruachain estaba intacta, que el guerrero había sido engañado y sólo había presenciado una visión de lo que ocurriría en la siguiente noche del Samhain si Nera no alertaba a su rey y a su gente, pues el rey del Sídh se proponía arrasar de verdad el reino.


Nera decidió entonces regresar al reino de los vivos, donde fue recibido con honores por Aillil, que le otorgó el premio prometido: su propia espada bañada en oro. El guerrero relató a los suyos lo ocurrido desde la fatídica noche del Samhain. Decididos a no dejarse vencer, los guerreros enviaron a sus mujeres e hijos a lugar seguro, fuera del Cruachan, y se aprestaron a armarse. Reunidas las huestes de Connacht y las de sus vecinos del Ulster, libraron una batalla en el Sídh, de donde se llevaron tres preciados tesoros de ese reino: la Corona de Brión, el Manto de Lóegaire en Armagh, y la Camisa de Dúnlang en Kildare, con los que regresaron victoriosos.


 La suerte de Nera fue muy distinta a la de sus viejos compañeros de armas. Regresó al Sídh para encontrarse con su esposa, y allí permanecerá, según la leyenda, hasta el día del fin del mundo, como aquel que habló con los muertos y vivió entre las hadas.


FUENTES: 
Contando Estrellas (Recopilación y traducción de la leyenda)
Ciclo del Ulster (Información adicional general)
Diccionario de Mitología Celta (Términos, topónimos, héroes y deidades)

lunes, 24 de octubre de 2011

Placeres vacíos


Vacío. 


No quedaba nada ni nadie por rescatar, ni tan siquiera esas gotas de sudor -o quizá fuera la derramada simiente de un irresponsable- que empapaban las sábanas de una habitación que no era la mía, en un hostal en el que nunca había estado, bajo el creciente remordimiento de una desnudez olvidada, con el hedor del sexo impreso en mi piel y tras una noche que me afanaba por recordar. Mala idea, anunciaban los haces de luz matinales que se infiltraban burlones por la destartalada persiana. Había una inconsolable sequedad en mi boca, como si esos litros de alcohol que había ingerido horas antes hubieran desertizado mis papilas, una irrefrenable náusea germinaba desde mi estómago, la visión titubeaba vertiginosa deseando que las imágenes que me rodeaban fueran otras, y mi cuerpo se negaba a reaccionar ante esa situación aturdidora. Pero ahí estaba, solo, en mitad de un recuerdo que comenzaba a regresar a mi memoria.

Tenía que ser una noche como otra cualquiera, de un fin de semana que estaba deseando que llegara desde el segundo después de que terminara el anterior. El ansiado encuentro con esos rostros con los que tantas complicidades había compartido y en los que podía confiar para deambular por la cuerda floja de la pérdida del control no se hizo esperar. Amigos, los llaman algunos, pero para mí son algo mucho más trascendental: alguien en quien confiar cuando ni en ti mismo confías. Confabulamos tan deprisa con el alcohol que casi parecía uno de esos patéticos polvos que se improvisan en el baño de un pub, feroces y atragantados. Las risas estallaban estruendosas con mayor frecuencia a cada instante, a pesar de que las palabras menguaran en lucidez de un modo equidistante. Pero el único derrotado tenía que ser el rubor, con el permiso de nuestro hígado.


Todo era tal y como debía ser, pero no como quería que fuera. Así solía ocurrir, a medida que pasaban las horas, los sentidos se turbaban en favor del deseo y el 'after' de turno abría sus puertas para darnos la bienvenida a su particular jardín de las delicias. Porque era deseo, ardiente e incontenible, una irracional emoción que me vencía y que sólo se podía colmar en la búsqueda de los efímeros placeres. No había lugar para sutilezas ni elegancias, para bellas palabras y delicados halagos, sólo cabía el ansia por hundir las humedades de mi cuerpo en la ambrosía de una mujer. No, de cualquier mujer. Y si podía ser en plural, no sería mi voluntad la que se doblegara por evitarlo. Y son ellos, nosotros, tú, yo, los que abren juego, extinguidos por bafles que braman las mejores canciones que has escuchado en tu vida, aunque realmente las pudieras considerar una cantante y sonante mierda. 

Pero -llegó la anhelada adversativa- cuando llegaba inevitable el no va más de la tirada de ruleta y la fallida fortuna de un pusilánime jugador volvía a torcerse, se abismaron dos miradas. Una de ellas, la mía; mientras que la otra, la del objeto de mi afán. La mirada preludia, la sonrisa acontece y ese renglón invisible que nos separaba no tardó en esfumarse. Ella enarboló mi pasión, y ni tan siquiera tuvo que chasquear sus dedos, pues esos ojos de bruja me subyugaron de inmediato. Quería ser palabras, pero yo sólo veía formas, sus formas, y eran perfectas, al menos en ese lugar y en ese tiempo. No importaba lo que pudiera decir, mucho menos cuando mi beso cayó en el umbral de sus labios y mis manos interpretaban una osada melodía en su cuerpo. Sentí como el calor implosionaba y las llamas me consumían por dentro cuando encontré la correspondencia a mi arrebato en una lengua que se hilvanaba con la mía y ahogaba los sordos gemidos de nuestras gargantas. Me elevé hacia los edenes del deleite.


Desunimos lo anudado, en mi boca latía la miel del deseo. Quise saber su nombre, aunque no pronuncié palabras, pues mi mente, desamparada, no podía hacer más que desvestirla con la mirada. Fue su cálida mano la que acarició la mía, como si de la espuma de una ola que muere en la orilla se tratara, hasta estrecharla para sellar el vínculo que garantizaba la saciedad de mi placer. Escuché, distantes, los cantos de sirena. Tiró de mí, o yo de ella, mientras nos rodeaba una vorágine de luces de neón, rostros distorsionados y ruidos atronadores, abriéndonos paso entre una maraña de formas informes hasta alcanzar la pálida luz de una luna blanca. Y no, no fue su tibio fulgor plateado o una senda de estrellas la que me llevó a continuar ascendiendo, sino las únicas palabras que recuerdo que ella desarticuló y que calaron en mis oídos hasta sumergirlos en las mareas del descontrol:

- Quiero que me folles.

¿Era lo que quería escuchar? Martilleó mi mente. Pasos trastabillados, torpes caricias y besos apresurados, callejeros y desgarbados. Nada más que eso hasta llegar a un hostal, una escalera, una puerta y una cama. Esta cama. Y el sexo, patético y despiadado, con alguien que no conoces y que no está cuando has despertado. Ni tan siquiera sabía su nombre y hubiera sido lo único que habría querido recordar.


Porque ayer se llamó placer, pero hoy tan sólo era vacío.

jueves, 20 de octubre de 2011

Cenizas

Hubo un momento en el que fue un hombre, o algo parecido. Ahora, se confunde entre el paisaje urbano, entre los errores, las oportunidades perdidas y la multitud.

Tuvo todos los mimbres para una vida convencional. Pudo ser feliz. Ahora, todo son cenizas.



Duerme el sueño nunca vivido

en las tinieblas del olvido.

Fuma lágrimas y tabaco,

llora humo, sangre y pecados.

No sabe si alguien le ha querido

ni sabe porque sigue vivo.

La luz del día le hace daño,

desde hace siglos no se da un baño.


Y la vida se le escapa,

escuece y corta

como una navaja.

Y el whiskey, es un regalo.

Cada minuto, un nuevo milagro.


Duerme la vida nunca soñada,

olvidó lo que es una cama.

Repta entre el sol y el asfalto,

no le importa a quién le de asco.

Sus ojos son dos mares de nada,

ha olvidado si tuvo alma.

Bebe litros de gasolina,

fuego que le quema la vida.


Y el cielo queda ya tan lejos

no se reconoce ya ni en el espejo.

Y el infierno queda tan cerca,

sus demonios siempre le acechan.


Todo son cenizas, cenizas, cenizas…

Todo son cenizas, cenizas…


En su vieja fotografía

hay rostros de cuando aún vivía,

La arruga y aprieta contra el pecho,

sangran sus costras y lo recuerdos

que aún permanecen en su mente,

mañana puede ser diferente.

Cenizas de los sueños perdidos,

del hombre que pudo haber sido.


Y en su espalda, hay mil puñales,

mil traiciones, mil alacranes.

Y el olvido, sabe tan dulce,

la noche ya, casi le cubre.


Todo son cenizas, cenizas, cenizas….

Todo son cenizas, cenizas…

Todo son escombros, todo son cenizas…

sábado, 15 de octubre de 2011

Seas quien seas, estés donde estés...


Hay noches y noches. Diferentes tipos de silencio, del tenue susurro al vacío absoluto de sonido. Oscuridades que ciegan toda luz posible, luces que derriban la oscuridad hasta el blanco inmoculado. Tanto vacío como tanto hueco o agujero que queda atrás, o que todavía no se ha recorrido.

El rostro del mundo se desfigura, en una mueca imperceptible, siguiendo mis pasos de regreso que recorren sus rasgos, uno detrás de otro, uniformes, acompasados en su desdén. Alcanzo todos los silencios, todas las oscuridades, todos los vacíos cuando la noche me alcanza, y me sume en su manto, una vez más, acogido por su fruncimiento.

Seas quien seas, estés donde estés, ni siquiera sé si te estoy buscando. Ni siquiera sé si sé buscarte, si quiero buscarte, si debo buscarte. No sé si te conozco, no sé si te perdí para siempre, no sé si acabas de aparecer.

No sé si serás quién comparta los silencios, y deslice susurros en sus adentros, no sé si lo fuiste, si pudiste transformar mi oscuridad. Muchas veces, disecciono mis pensamientos, mis recuerdos, mis esperanzas. Presente, pasado y futuro. Te busco, una figura, un reflejo. ¿Un desliz, un acierto, un error?

Seas quien seas, estés donde estés, sé que existes. Sé que crearás fuego. Sé que crearás dragones, que nada importará, porque hubo un momento en el que no importó, porque en lo que realmente importa... ya no importa.
Quizás seas el reflejo que en ocasiones acierto a ver en mi espejo, que me devuelve burlón. Ese reflejo siempre será el todo... pero creo que seas quién seas, podrías ser la parte.

No es que todo esté mal. No lo está. Pero los tristes caminos de regreso en la soledad vacía, oscura y silenciosa de la noche, apelan a ese pensamiento, a ese recuerdo... o quizás a esa esperanza. Gritan, a veces desesperados, casi siempre confusos; voces que en momentos de lucidez como más o menos es éste, creo comprender.

Seas quien seas, estés donde estés, comparte mi silencio con una palabra. Comparte mi mirada. Seas un recuerdo, seas mi realidad, no seas tristeza. No seas más melancolía.

Sé nuevo viento y brisa nueva. Sé una pregunta, y cualquier tipo de respuesta. No el punto, sólo la coma. Sé incertidumbre, sé azar. Dibuja unas alas en tu espalda, todo vale, todo está permitido. Puedes ser felicidad.

Seas quien seas, estés donde estés... aparece y ¡vuela!