Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

sábado, 13 de febrero de 2010

En busca de los sueños - 1ª parte

En lo más profundo de la fantasía, más allá de la imaginación, se halla un mundo en el que la realidad y la ficción son amantes nocturnos. Y en este prodigioso multiverso de infinita creación, habitan toda clase de criaturas de leyenda, seres fabulosos y entes engendrados por ingeniosas utopías y el folklore mitológico. Este lugar, antaño visitado por exploradores de los sueños que incluso decidieron morar en él largo tiempo, ahora se encontraba suspendido en el espacio, inaccesible y remoto, manteniendo su esencia intacta, pero sin ningún tipo de vida ajena a su primordial génesis. No obstante, el demiurgo de esta creación decidió abrir las puertas de su universo, una vez más, tan sólo para que dos personas pudieran atravesar el umbral de magia y quimera que separaba su lugar de origen de este mundo único y maravilloso. Accedieron por entradas distintas, apareciendo en opuestos rincones de estas fantásticas tierras, envueltos por ese fascinante halo en el que se sumergían aquellos que adoptaban una identidad idealizada, requisito principal para recorrerlas, pues había que trascender de lo material si se deseaba vagar e interactuar dentro de ellas.


Una de estas personas era una mujer, que se personificó como una dama de oscura y larga caballera, que le caía como una ráfaga de negro viento por la espalda y los hombros, mientras su aterciopelada tez resplandecía evanescente cuando los haces del sol del amanecer se reflejaban contra ella. Su mirada, insondable y cautivadora, escudriñaba lo que le rodeaba con osadía, como si su entorno le resultara absolutamente familiar. Cuando empezó a caminar, sus perfectas formas se agitaron etéreamente, en gráciles movimientos que la vista humana no podría del todo asimilar. Se trataba de un espíritu libre, una elfa que avanzaba entre la frondosa espesura impelida por una necesidad. Pues el motivo de su aventura era encontrar a una criatura que la ayudaría a escapar de su propia existencia: un unicornio.


Como si los azares del destino estuvieran aliados para recibirla, en uno de los retorcidos ramajes que se enarbolaban hacia los luminosos cielos, había colgada una mochila que parecía dispuesta para ella. Trepó con facilidad por el tronco del árbol y la tomó entre sus brazos hasta regresar al suelo, descubriendo en su interior una sinuosa túnica inscrita con esotéricas runas, que se ciñó a su anatomía en cuanto se la puso, abrazándose mágicamente a su cuerpo. También había un cinturón de cuero, con el que se rodeó la cintura; unas botas de liviano aspecto, que no tardó en calzarse; un arco tallado en madera plateada y tensado para que tuviera una precisión sobrenatural; y un carcaj repleto de flechas, de afilada punta y níveas plumas.

En cuanto se pertrechó con este equipo, sintió un hormigueo por todo su cuerpo, partiendo desde su corazón hasta arribar a la punta de sus extremidades, siendo consciente de que era capaz de utilizarlo con una maestría que desconocía. Su inherente curiosidad, uno de los rasgos que mantenía en relación a su verdadera personalidad, la llevó a realizar una evidente comprobación. Así pues, deslizó una de sus manos hacia la espalda, dónde tenía atado el carcaj, tomando con suavidad una de las flechas por su penacho, mientras sostenía el arco firmemente. Y en apenas un parpadeo, situó el proyectil sobre la cuerda, cerró sus ojos y un susurro arcano resbaló entre sus labios, en el instante en el que la flecha salió disparada con una atroz violencia, imbuída por una refulgente aura que la rodeaba hasta que se clavó en el tronco de un árbol que estaba emplazado a unos metros de distancia.


No sólo disponía de habilidad para disparar un arco largo con rotundos resultados, sino que percibía como la magia latía dentro de ella, formando parte de su ser en un místico enlace que no precisaba de estudio para manifestarlo a voluntad, mediante conjuros y hechizos de toda índole. De esta manera, dotada por inmensas destrezas y competencias taumatúrgicas, se dispuso a iniciar la ansiada búsqueda del unicornio, en lo que intuía iba a ser una larga y peligrosa odisea por estos inhóspitos parajes. Se movió con facilidad por el bosque durante varias jornadas, con los sentidos aguzados, siempre alerta, por si en algún momento podía distinguir en el paisaje la efímera visión del animal que buscaba.


Sin embargo, tras unos días de infructuosos resultados, en los que no contempló nada que le llamara la atención, estando en el límite norte del bosque, vio en la lejanía una figura que se alzaba imponente sobre uno de los riscos que bordeaba el valle donde ella se hallaba. Parecía tratarse de un hombre, pero de aspecto estilizado, como si fuese un elfo, igual que ella. De indómitos cabellos que se agitaban mecidos por los gélidos vientos y penetrante mirada que subyugaba todo cuanto su visión abarcaba, estaba armado con una lustrosa cota de mallas y anillas, en la que se proyectaba el fulgor carmesí del atardecer, mientras se mantenía absorto de la presencia de la mujer que le observaba desde la hondonada. Al cabo de unos segundos, desapareció del peñasco con celeridad, sumiendo a su silenciosa vigía en una extraña incertidumbre: "Es la primera vez que lo veo, pero siento como si lo conociera desde siempre" pensó, al tiempo que olvidaba por unos momentos su búsqueda original, y se arrojaba al rastreo de este enigmático individuo.


La noche sepultó al cielo en su oscuro velo, pero el resplandor de las estrellas era suficiente para que la ávida hechicera no tuviese problemas en explorar la zona septentrional del boscaje buscando a aquel hombre, hasta llegar a la pared montañosa que determinaba su frontera y de la cual se precipitaba, con todo el vigor de la naturaleza, un torrente de agua que emanaba de las cumbres montañosas, conformando una cascada que saltaba desde un escarpado precipicio hasta el propio valle, originando de esta manera un hermoso y cristalino lago, en mitad de la frondosidad. La tentación fue irrefrenable, y cuando se hubo cerciorado de que nadie había en las inmediaciones, se desnudó lentamente y se sumergió en la laguna, bajo la ominosa bóveda estelar.
Perdió la noción del tiempo mientras se bañaba en las serenas aguas, con el implacable resonar de la catarata como única y virtuosa melodía en la oscuridad, que inundaba sus sentidos hasta extraviarse en las placenteras sensaciones que le propiciaba sentir como su húmedo cuerpo era recorrido por los dedos de la brisa nocturna y las caricias de las corrientes fluviales. Después de unas horas nadando, disfrutando de este plácido baño, se dirigió hacia la ribera para comenzar a salir del agua, caminando tranquila, con sus percepciones todavía encandiladas por los placeres. Por esta razón, cuando escuchó aquel repentino chasquido metálico fue demasiado tarde y, antes de que pudiera girarse, algo la aferraba por la espalda, oprimiéndola por los brazos para que no pudiera moverse. Y en la quietud de la noche, con la resonancia de la cascada todavía palpitando en sus oídos, un gélido susurro la despertó de su ensoñación:

- Si me estabas buscando… ya me has encontrado.

martes, 9 de febrero de 2010

Colores


Abro los ojos, y solo veo sombras, difuminadas formas de lo que es la realidad. Veo el bosque, los arboles, los ríos, las hojas que cubren el suelo, las flores, el musgo y las rocas; pero ya no son lo mismo, no son como los recuerdo. Veo vida, ardillas y pájaros en las ramas, pequeños insectos revoloteando buscando néctar, veo correr a los ciervos y saltar a los conejos. ¿Pero dónde están sus colores, se los ha llevado el invierno?

Y de pronto aparece un niño, y lleva entre las manos una cosa que guarda con recelo y con exquisita ternura, acariciándola con sus dedos. Y se acerca lentamente hasta donde yo estoy, un paso tras otro, mirándome fijamente, y distingo un azul claro, una mirada profunda, eterna, infinita; los ojos más dulces que jamás haya podido ver. Me sorprende, pues algo ha roto la escala de grises, y me quedo observándole atentamente, hasta que al final se para frente a mí. Y muy despacio separa sus manos, y de ellas sale una luz, una pequeña esfera de fantasía, que flota suspendida ante mi cara, salpicada de cientos de colores que se muestran de forma fugaz, uno tras otro en una danza incesante y vivaz.

Y de repente, de la resplandeciente bola de luz empiezan a saltar distintos rayos que impactan sobre todo lo que hay a mi alrededor, tintándolo de sus diferentes matices. Y de verde se tornaron las hojas de los arboles, y la corta hierba del suelo, y los tallos de las flores, y el musgo de las rocas. Y de marrón los troncos, y la tierra del suelo, y las hojas secas que caían lentamente mecidas por el viento, y también el pelaje de un alce y las alas de un pájaro. Y de amarillo, rojo, rosa, violeta y muchas más tonalidades se pintaron las flores, y las vistosas mariposas, y las plumas de muchas aves. De azul se tiñó el cielo, con sus pinceladas blancas y de repente todas aquellas sombras desaparecieron.


Pero yo me miré las manos, y todavía continuaban grises, y mi ropa… Todo había recuperado su color, el mundo que me rodeaba, pero yo no; algo quedaba en mi interior, y comprendí que no era el invierno, que había sido mi tristeza. Y alcé la vista otra vez, y me encontré con ese niño, y en su cara una sonrisa, y en sus ojos la misma profundidad. Me arrodillé para levantarme, aturdido, y en el preciso instante en el que me ponía en pie el pequeño abrió sus brazos y me rodeó con ellos, y sentí como sus pequeñas manos se apoyaban sobre mi espalda, y su cabeza en mi pecho, y el candor de su cuerpo, y el olor de su pelo. Nos quedamos así un buen rato, yo cerré los ojos para centrar mis sentidos en esa agradable sensación. Y al rato, cuando volví a abrirlos lo eché de menos. ¿Dónde estaban esos ojos azules, inmensos como el cielo, profundos como el océano?¿Dónde ese abrazo tierno?¿Dónde estaba ahora el agradable perfume de ese pequeño, su dulce sonrisa y todos esos colores que habían salpicado el bosque de los más espectaculares matices? Yo tengo la respuesta, no se los ha llevado el invierno, solo ha sido mi tristeza… Y de repente una lágrima se escapó de mis ojos, descendió lentamente por mi mejilla hasta precipitarse desde mi cara; extendí la mano para interceptar su caída, y al chocar contra mi palma pasó lo inesperado, mi piel volvió a recobrar su tono rosado que se apoderó rápidamente del resto de mi ser.

Finalmente lo comprendí, con esa lágrima desechaba la melancolía y noté en mi interior como florecía la alegría, y apartada la desazón y el temor, volvió a mi la vida. Un imaginario abrazo, un roce de nuestras manos, imaginar tus labios y mis labios, besándonos; y pensar que pronto se hará realidad y podremos ser felices juntos. El amor sincero como el de un niño, la pasión del mar rompiendo contra las rocas, el color de un bosque florido en primavera, todo eso quiero conseguir a tu lado.

viernes, 5 de febrero de 2010

Memoria

Los años no ofrecían clemencia para sus cuerpos, pero aún así disfrutaban de esos tiernos paseos matinales por la playa, aferrados de sus arrugadas manos con la misma intensidad y pasión que tenían en su juventud. Pasaban de los setenta años, pero el mar continuaba siendo, para esta pareja de eternos enamorados, como ese imperecedero espejo en el que se reverbera la límpida diafanidad de su amor. Cuatro pies descalzos sobre la fina arena mediterránea iban trazando un sendero por el linde de la costa, que se borraba tras el paso de una errabunda ola que profundizaba más de la cuenta en el litoral. Sin embargo, eso nunca deshacía lo andado, que había sido mucho, durante innumerables años compartidos.

El naciente sol de Levante centelleaba en el firmamento, provocando que el calor se intensificara cada minuto, por lo que pronto tendrían que retirarse a su pequeña y acogedora casa, de blanca fachada en su exterior y rústica madera en su interior, en la que vivían desde hacía décadas, a escasos metros del mar. Pero este era el momento para que Juan le dijera a su preciosa Lena, con la que compartía su vida desde hace más de medio siglo, la noticia que le habían dado días antes, en su última visita al médico. Se detuvo repentinamente, permitiendo que las aguas lamieran sutilmente sus pies, deteniéndola a ella por sus manos, para contemplarla inalterablemente con su pálida mirada y hablarle con su acostumbrada dulzura:

- Niña, tengo algo que decirte. –las palabras parecían estudiadas.

- Yo también te quiero. –ella respondió con la espontánea alegría de siempre.

- Y yo te seguiré queriendo a pesar de todo... –amargura fue lo que asomó en su tono.

- No me asustes… ¿qué ocurre, cariño? –esa alegría se tornó en incertidumbre.

- Mi memoria... debo haberla usado demasiado durante estos años, porque se escapa entre mis dedos… a pesar de mis fútiles intentos de agarrarla con las manos. –Juan era historiador, había transcurrido toda su vida estudiando los acontecimientos y devenires de la Humanidad.

- ¿Eso quiere decir que tienes…? –apretó las manos de su anciano marido con su voz repleta de congoja.

- No es necesario que la nombres y espero que mi enfermedad sea lo primero que olvide. –habló con firmeza, estrechando con complicidad las suaves manos de ella- Lo que jamás podré olvidar es cuánto te amo…

Él la miraba a los ojos mientras hablaba, ella mantuvo la mirada hasta que no pudo más y sintió como su alma se despezaba, comenzando a llorar desconsoladamente. Se fundieron en ese sentimental abrazo que habían compartido tantas veces en la ribera marítima, permitiendo que el mar fuera el testigo perpetuo de su vida, y en este caso de su profundo pesar. Sin embargo, Juan tomó con las fuerzas que todavía le restaban a Lena entre sus brazos, demostrándole que estaba con ella, pasara lo que pasara y, tras besar su rostro cariñosamente, le susurró al oído:

- Cuando mi memoria falle, será mi corazón el que te hable.

Sus labios se fundieron en un beso, que a pesar de la edad, seguía siendo intenso y apasionado, y regresaron a su casa. Una vez estuvieron allí, más tranquilos, él le habló de su enfermedad, que solía afectar a mucha gente de su edad, ella le escuchó, al principio preocupada, pero después comprensiva y totalmente dispuesta a estar a su lado, pasara lo que pasara: era el amor de su vida, jamás lo iba a dejar solo y desamparado. Y se conjuraron, después de mucho hablar, se prometieron que aprovecharían absolutamente todos los años que les quedaran para visitar todos los lugares que les quedaban por visitar, hacer todas las cosas que les restaban por hacer y compartir todos los sentimientos que tenían por compartir, tanto entre ellos como con sus hijos y nietos. La promesa se selló con una mirada henchida por la esperanza y un beso que portaba optimismo a pesar del funesto destino que les aguardaba. Obviamente, lo primero que se propusieron hacer fue viajar, cuánto antes, además. Después de eso, pensaban que tendrían tiempo para todo lo demás… aunque no era tiempo precisamente lo que les sobraba.

Se despidieron de su familia y sus amigos en una maravillosa fiesta que organizaron en su propia casa, en la que comieron y cenaron los deliciosos platos que Lena cocinaba y que Juan aderezaba, siempre ayudándola en todo lo que hiciera. Al día siguiente, ya estaban surcando los cielos, comenzando ese largo viaje que los llevaría por distintos rincones del mundo: la elegante y romántica Francia, donde se asentaron especialmente en las doradas calles parisinas; tradicional pero hermosa, Alemania era otro de sus destinos predilectos, desde Berlín hasta Munich; Praga y Viena, capitales del amor, también fueron espectadoras de excepción de esos sentimientos que se profesaban; Italia y Grecia, en todo su histórico esplendor, con Roma y Atenas como urbes ancestrales que el recuerdo no borraba; las Islas Británicas, el Báltico y Rusia, allí donde el frío era permanente, pero no suficiente para helar sus ardientes corazones; también visitaron América y Asia, desde Estados Unidos hasta las ruinas aztecas y mayas o la China Imperial, recorriendo la Gran Muralla hasta los confines de la mística India.

Eran lugares que habían visitado durante su vida o en los que nunca habían estado, pero eso no importaba, en todos ellos volvieron a disfrutar como antaño o gozaron por primera vez, aunque la memoria de Juan tenía claros síntomas de debilitarse, pero aún así el recuerdo seguía latiendo en lo más profundo de sus emociones. Su último destino, no podía ser otro, fue Egipto. Allí culminaron ese largo periplo, en la tierra de los faraones, más allá de las inmarcesibles dunas de la Historia, donde el olvido y el ostracismo no hacía mella, a pesar del paso de los milenios: remontaron el lago Nasser y el Nilo hasta las Cataratas Victoria, disfrutaron de la fascinación que implicaba contemplar las Grandes Pirámides, Karnak, el Templo de Luxor, Templo de Hatshepsut, el Valle de los Reyes, Abu Simbel y los Colosos de Memnón.

Y durante todo el viaje, Juan trataba de contarle a Lena la historia de cada lugar que visitaban, pues tenía amplios conocimientos del mundo y su historia, y ella le escuchaba, atenta y enamorada. Pero, a medida que fueron pasando los meses, progresivamente olvidaba más cosas, cuando al principio sólo eran descuidos que incluso podían parecer normales en su carácter despistado, se hicieron más evidentes una vez llegaron a Egipto. Pero ella, dedicada y sonriente, cuando la tristeza le inundaba a él ante sus incapacidades, le decía y le repetía:

- Recordaré todo esto para ti… y te hablaré de ello siempre. Todos los días.

Así fue como volvieron a su casa, su maravilloso hogar donde se sentían mejor que en ningún otro lugar, para proseguir con esa vida que estaba ornamentada con sueños, ilusiones y fantasías, en la que ellos dos habían sido sus protagonistas y lo seguirían siendo. Cumplieron todo cuánto se habían planteado y se entregaron por absoluto a su familia y a sus sentimientos, aunque la enfermedad de Juan había avanzado bastante a lo largo de los últimos años, siendo ya octogenarios, marchitándolo y sumiéndolo en el inquebrantable sino de su olvido. No obstante, él siempre encontraba las palabras, cada día, para dedicarle un te quiero a su amada Lena, pues era lo único que no podía permitirse olvidar. Primero, se lo decía con diáfanas palabras, postrado en su sillón en el salón, todavía sonriente y sereno; luego, esas palabras se enmudecieron para convertirse en imperceptibles y costosos susurros que surgían de su boca como una cálida brisa primaveral; tras esto, sólo quedaron balbuceos y miradas puntuales, en las que ella creía escuchar y ver, a través de sus ojos, todos esos sentimientos que se agolpaban en el corazón de él, pero que no era capaz de exteriorizar.

Y fue una mañana, en la que el sol de Levante se filtraba por el ventanal, ardiente y caluroso, mientras Juan permanecía inerte y pasivo en su sillón, y Lena le relataba, como le había prometido, su viaje a lo largo y ancho del Bajo Egipto, cuando él cerró sus ojos, apagándose lentamente como una pequeña llama que aún ardía en una antigua candela, pero que estaba expuesta a que la más nimia brisa la sofocara. Ella se incorporó con toda la rapidez que pudo a pesar de su edad, pero fue en vano. Se había sumergido en un largo sopor, más cercano a la muerte que a la vida, apenas aferrado a un minúsculo hilo existencial. Toda la familia se volvió a reunir en estos últimos momentos, en su hogar, pues no consideraron procedente ingresarlo en un hospital. Entonces, en este momento en el que la aflicción invadía a todos, su hija mayor le entregó a su madre un cuaderno, de cuidadas cubiertas y peso liviano:

- Mamá, he encontrado esto debajo del sillón… -fue lo que dijo su hija, tras abrazar a su madre con todas sus fuerzas.

Lena salió a la terraza, desde la que se podía observar el mar, ese mar que había sido suyo desde que se hubieron conocido y abrió con manos temblorosas el cuaderno: “A mi niña”, fue lo primero que pudo leer. Las posteriores páginas estaban escritas con todos los cuentos, relatos, poemas, conversaciones y vivencias que él había escrito para ella hasta que tuvo nociones para hacerlo. Y una vez llegó a la última página, se encontró con una frase mal garabateada, de endeble caligrafía y arduamente inteligible. Cuando la hubo leído, regresó a la habitación y buscó con la mirada a Juan, centrándose específicamente en sus manos. Y en sus dedos lo encontró, impregnándolos por completo, tinta azul sobre su ajada piel...

Y esa última frase afloró desde lo más profundo de su interior:


Cuando mi memoria falle, será mi corazón el que te hable.


domingo, 31 de enero de 2010

Odisea

Sentado en el malecón del puerto, las aguas restallaban contra el muro de cal y arena que evitaba que el Mediterráneo anegara la pequeña superficie de nuestra helénica villa. Sentía como pequeñas chispas marinas empapaban mi piel, mientras mi mirada devaneaba entre la encrespada marea en su horizonte y los diligentes esfuerzos de la dotación de mi barco, que cargaban los aparejos necesarios para un nuevo periplo mercante y aventurero. Sin embargo, mis ojos no contemplaban, pues me hallaba sumido en recuerdos que martilleaban insistentemente mi psique y las imágenes que se plasmaban en mi mente eran las de un pasado lo suficientemente lejano como para ser perdonado, lo insignificantemente reciente como para ser olvidado.

Meses he dedicado a la humilde labor de buscar la indulgencia de mi antigua tripulación, que más que marineros, son camaradas, medio hermanos de sal y sangre, con los que he compartido los momentos más trascendentales de mi vida. Pero fuí capaz de traicionarlos, en nuestra última odisea ultramarina, donde los abandoné en el instante en el que, probablemente, más necesitaban de su capitán. Su decepción fue mi perdición, pero en el momento en el que la perpetré, no podía pensar en otra cosa, estaba abstraído por una serie de percepciones sensoriales que nunca antes había experimentado. Mi espíritu inquieto y bohemio hizo que saltara por la borda, cautivado por lo que creía el canto de una ondina. Nadé frenéticamente hasta una pequeño istmo que se extendía hacia peninsulares confines montañosos. Y yo, anduve errante por esa escarpada meseta, buscando una sirena que sólo era quimera, y que me alejó de mi patria, de mi mar.

Agraviado en mi orgullo y abatido por mi egoísmo, regresé a mi portuaria ciudad, amante de las ardientes aguas, con la enardecida exigencia de pedir compasión, de rogar por el perdón a todos aquellos a los que había desamparado con mi fatídica egolatría. Siempre había pensado que un hombre debía hacer lo que su corazón le dictara, sin atender a razones o a juicios, pero no nos podemos desprender vanidosamente de nuestras responsabilidades, especialmente cuando más que un sentimiento sincero, es un apetito insaciable. No supe controlar unos instintos que habían permanecido aletargados durante todos los años de mi existencia, cuando sabía certeramente que ese sirénido canto no era más que un ilusorio reclamo para que me saciara fugazmente. Puede que, cegado por los anhelos y alentado por románticos impulsos, quisiera vivir en un lugar distinto al que había habitado, distanciado de las aguas, como una prueba que evidenciara que más que un aventurero, era un superviviente. Subsistí durante un tiempo, sí, pero al igual que el amor necesita de verdaderos sentimientos, yo necesitaba de esa colosal ventana azul, en la que sol y luna nacen, se reflejan y mueren, iluminados por los cielos de la mañana o las refulgentes estrellas nocturnas.

Ahora me hallaba ante una oportunidad de demostrarle a mis compañeros que mi equivocación no se repetiría, que volveremos a viajar juntos hacia desconocidos confines marinos y regresaremos a nuestra tierra cargados de metales preciosos y materias primas, pero también repletos de ilusiones, sueños y vivencias compartidas. Nuestra barcaza estaba dispuesta junto al astillero, con su cuadrado velamen bicolor flameante en el mástil maestro y orientado mediante una yerga al azar de los vientos. En la popa hicimos tallar una torneada cola de esturión, que nos facilitaba el aerodinámico equilibrio necesario en la quilla y, en la proa, siempre presente, un friso con la marmórea representación de la Musa del Mar, a la que ni Poseidón ni yo todavía habíamos puesto nombre. Las ánforas atestadas de víveres para nuestra supervivencia se fueron introduciendo en la bodega dispuesta, de pequeño tamaño, por el escaso calado de nuestro navío. Sólo restaba que yo cruzara la pasarela que unía el pavimiento del puerto con la madera de cubierta, para ascender hasta el puente de mando, donde el destino de tantas vidas estaba en las manos que gobernaban el timón, mis manos. Y esta vez no les defraudaría.

Se alzó mi voz en una divina plegaria hacia el Olimpo, fundiéndose con una suave brisa que arrullaba las velas, como si los dioses nos ofrecieran su bendición, y los asimétricos remos estallaron con fiereza, pero rítmicamente, contra las reposadas aguas del puerto, provocando que se levantara una enérgica marejada a medida que la nave se deslizaba, legando tras de sí una senda de estelas y espumas, que se trazaba como si fuera un camino directo hacia los límites de un apasionante trayecto. Como piloto, hado de la ventura, debía procurar que nuestra navegación fuera de cabotaje, lo cual implicaba que no podía permitir que nos alejáramos excesivamente de las costas, ya que nuestra embarcación tenía un casco calafateado con madera de pino y hebras de espiga, no podría soportar una travesía en alta mar. No obstante, usualmente fuímos atracando en la mayoría de puertos que encontrábamos, realizando trueques e intercambios de nuestros productos y manufacturas con la población autóctona, para así salir recíprocamente beneficiados, ya que no podíamos vivir tan sólo de la aventura, también éramos mercaderes. Precisamente, a lo largo de este viaje, apenas hubo descubrimiento o hazaña, nos dedicamos específicamente a labores comerciales con cada uno de los pueblos costeros de la franja mediterránea, desde la Contestania ibérica hasta el Egeo griego.

Y fue en el recorrido de vuelta, en los prolegómenos del epílogo marino, cuando la caprichosa Fortuna quiso que empezara mi verdadera aventura, en una de las poblaciones litorales que se encontraba a escasa distancia en millas, al sur de nuestra ciudad. Estaba arriando la vela laboriosamente con dos de mis gentiles compañeros, con la barcaza fondeada en el muelle, cuando entre el gentío que transitaba en su albedrío por el blanco empedrado de la ensenada, vislumbré a la mujer, vestida con una sencilla túnica de satén sobre su morena piel, que había esperado durante toda mi vida, caminando absorta de mi visión. Esta vez no era el canto de una sirena, ni una equívoco deseo, sino una tangible ilusión, una dama que sabía que me había enamorado incluso antes de haberla contemplado. No era una diosa, ni una ninfa, ni una ondina, ni ninguna criatura divina, era una mujer, pero no sólo una mujer: era la mía. Necesitaba decírselo, ansiaba preguntarle algo. De esta manera, solté cabos y amarras, me dispuse a correr hacia ella, y ya estaba en la pasarela cuando se giró y nuestras miradas se unieron en una celestial explosión de emociones. No hicieron falta palabras, ambos lo sabíamos, aunque una prudencial distancia nos separaba. Traté de invitarla a venir conmigo con un gesto, en la lejanía del puerto, pero algo tiró de ella y desapareció entre la muchedumbre, en el mismo instante en el que algo también me lastró a mí, consiguiendo que me contuviera para no marchar en su búsqueda: mis camaradas.

Volviéndome hacia el barco, los vi a todos, ajenos a lo que estaba sintiendo, preparando los pertrechos para regresar a nuestro hogar, confiando en que su capitán, su amigo, no volvería a decepcionarlos. Suspiré profundamente, cerré los ojos y me conjuré en un sutil silencio, hasta que me hallé otra vez entre la tripulación de aquel navío que, como mi vida, era mío. Retomamos la navegación, separándonos lentamente de ese lugar donde sabía que estaba mi sitio, junto a ella y para siempre. Posé mis manos sobre el timón y lo maniobré para poner rumbo a casa, con mi mirada aún perdida en los perlados adoquines de ese paseo marítimo que se distanciaba hasta convertirse en un imperceptible pero brillante punto en el horizonte. Cumplí mi promesa, retorné junto a ellos, pero me sentía totalmente descorazonado, otra vez. Fuí muy infeliz durante unos días, hasta que en mi corazón encontré la respuesta: el viaje de mi vida, no había hecho más que empezar. Había atendido a responsabilidades, cuidado del destino de mis amigos, pero ahora tenía que vivir mi propio destino.

Me embarqué en soledad, pero acompañado de mil y una esperanzas, hasta que llegué al pueblo del blanco pavimento, donde seguía deambulando un sinfín de seres humanos, entre los cuales yo sólo podría ver a uno de ellos. Pero no estaba, no pude localizar a esa muchacha a la que pensaba declarar mi absoluta adoración sin ser una diosa, a la que necesitaba preguntar con imperiosa curiosidad sin ser un oráculo, a la que quería amar con toda mi pasión sin ser una fantasía. Arribé hasta el andén embarcadero, amarrando bien las jarcias y caminé soñador hasta la cercana playa de áureo salitre y violáceas aguas. Allí me quedé, pues en el mar la había conocido y en el mar quería esperarla, erigiéndome como una estatua moldeada en cal y arena, cincelado por una pregunta que le repetí al mar hasta que encontrara una respuesta:

¿Cuál es tu nombre para poder bautizar como mi Musa del Mar?

No tuve que esperar mucho para saberlo.

lunes, 25 de enero de 2010

Fe

Hace unos años que falleció mi abuelo, y es algo que yo todavía no he superado. Estuve rogándole a Dios por su vida mientras escuchaba sus agónicos lamentos y su último aliento trastabillaba entre sus labios, sabiendo que su hora había llegado, que su existencia expiraba, pero teniendo la suficiente entereza para dedicarme unas palabras, mientras tomaba mi mano y la apretaba con tenue intensidad entre sus temblorosos dedos:

- Sólo pierde la esperanza aquel que ve el fin más allá de toda duda.

Esta sentencia me ha acompañado durante todo este tiempo, no he dejado de tenerla en cuenta, aunque puede que no la entendiera cómo realmente quiso él que así fuera. Lo que sí es cierto es que, desde su muerte, perdí toda esperanza en lo que respecta a Dios y a la fe. Era la primera vez que imploraba de esta manera tan desesperada y sentida, para evitar que me arrebataran a mi querido abuelo de mi lado; pero fue totalmente inútil, sentí que nadie había para escuchar mis plegarias y terminé renegando de toda creencia religiosa. Me prometí que jamás volvería a profesar la fe ni a rendirle tributo a Dios, implicando esto que nunca entraría en una iglesia o cualquier otro edificio de carácter religioso.

Así fue como transcurrieron los años en mi pequeña ciudad, bañada por cálidas aguas, enclavada en una hermosa bahía bajo un luminoso cielo que se inclinaba durante la alborada para besar suavemente a ese brillante mar de encrespado oleaje. Un mar que gozaba de contemplar siempre que tenía la oportunidad, caminando hasta la playa, de arena dorada y fina, en la que me sentaba y dejaba que las horas pasaran mientras el devenir del mundo no se detenía. El horizonte reclamaba mi mirada y yo lo abrazaba con mis ojos justo en esa línea en la que los azules se convertían en un único tono majestuoso, donde nadie pensaba que estuviera observando salvo yo. Pero estaba equivocado.

Fue una tarde de otoño, en la que el firmamento parecía arder en una pira de intenso carmesí, cuando dejé vagar mi vista hacia el oscuro peñón que se levantaba desde uno de los extremos de la bahía, recortando el edén inaccesible con su sombría silueta, escarpada y monumental, donde las olas golpeaban en un perpetuo y arrebolado rugido. Allí la vi por primera vez. Esa visión que estremeció mi corazón y que provocó que no continuara escudriñando los mares: era una joven mujer, aproximadamente de mi edad, vestida con un suntuoso vestido blanco que se arremolinaba sobre su cuerpo por las caricias del viento, dejando que sus ensortijados cabellos ondearan en la cima del promontorio como si se tratara de un fuego azabache que contrastaba con su bruna tez y su ilimitada mirada.

Quedé absolutamente prendado por esta ilusión moldeada como mujer, que coronaba en espléndida etereidad la cala en la que me hallaba contemplativo. En determinado momento, comenzó a caminar y tuve que frotarme los ojos porque no daba crédito a lo que creía ver: era como si en cada paso que diera, levitara sin tocar el suelo, dejándose empujar por la brisa marina hacia un destino incierto. Ahora la playa me parecía remota y distante, totalmente ajena a lo que había significado para mí hasta ese momento, porque ella estando cerca estaba lejos, como si perteneciera a un mundo que no fuera el mío. Defintivamente, debía ser un fantasma. Pero el fantasma más hermoso que nunca antes había visto. La seguí con la mirada hasta que la noche se cernió inesperada sobre mí y la perdí completamente, cuando parecía remontar el empedrado camino que conducía hasta la iglesia.

Todas las tardes, a esa misma hora, regresaba a la playa para volver a encontrarme con esta aparición vespertina, que siempre localizaba, sin excepción, admirando el inmarcesible mar desde el peñón, hasta que el disco solar se sumergía en las aguas, dando paso a una noche de desaliento y olvido, porque siempre que llegaba, ella desaparecía, como si fuera una quimera que sólo pudiera vivir a la luz del día. Remontaba su volátil deambular hasta que llegaba a las estrechas y empinadas calles de piedra de la ciudad, donde creía contemplar que ascendía hacia la morada gótica construída para ese Dios que yo despreciaba.

Y esto se repitió durante innumerables días, en los que simplemente me limitaba a mirarla desde el confín de la bahía, sin intención de saciar la voraz curiosidad que reconcomía mi alma y mi corazón, pues yo pensaba que no era más que una aparición, pero en el fondo de mi interior ansiaba que fuera real, y así poder tocarla, sentirla, hablarla e, incluso, ¿por qué no?, abrazar su pequeño y frágil cuerpo entre mis anhelantes brazos.

Sin embargo, ocurrió aquello que ensombrecía mi espíritu cuando pensaba que ese momento pudiera llegar algún día y esto fue que, una de las tardes, ella no apareció, no encontré su esbelta figura en lo alto de ese peñón que ya marcaba la altura de mi felicidad. Su ausencia me sumió en una profunda desesperanza y me generó un atroz miedo que tuvo su reflejo al día siguiente, y en los sucesivos días, en los que tampoco acudió a visitar al mar y, por ende, yo no pude visitarla a ella, aunque sólo fuera con la mirada. Me arrepentía lánguidamente de no haberme atrevido nunca a encaminarme envalentonado hacia ella y comprobar si de verdad existía o era una abstracta manufactura de mi afanosa imaginación.

A pesar de ello, no me quise dar por vencido y seguí acudiendo todas los días, en ese preciso lapso temporal en el que el atardecer y el anochecer jugaban al despiste, con la esperanza intacta de que pudiera volver a verla. La incerteza me embargaba por completo, ya que pensaba que no volvería a contemplarla jamás, pero yo ya estaba aferrado a esa ideal de tener su imagen otra vez conmigo y puede que algo más, si es que podía trascender ese velo entre lo sobrenatural y lo real, una mortaja que probablemente me había creado yo mismo para enmascarar mi inseguridad y mi timidez. Proseguí aguardando hasta que la perseverancia dio su resultado, aunque no como yo auguraba, puesto que la volví a ver, pero no en la playa desde la que la había conocido, sino mientras yo regresaba a mi hogar y ella caminaba apresurada por las angostas callejuelas de la ciudad, como si el mismísimo Mefistófeles la persiguiera para anegarla en un melancólico abismo de dolor.

Esta vez disipé cualquier tipo de duda que pudiera nublar mi determinación y me dispuse a seguirla, para comprobar que era más que un fantasmal visión, que era una maravillosa realidad. Mantuve respecto a ella una prudencial distancia, acechando en la ominosa tiniebla, comportándome como si yo fuera ese espectro que deseaba que no fuera ella hasta que vi como entraba en la iglesia que se emplazaba en una zona de la ciudad que parecía alzarse en una especie de cerro. Me quedé paralizado en el monumental pórtico de granito del templo cristiano, de apuntada arquitectura gótica, encumbrado por un pináculo oscuro en cuyo extremo había una cruz latina que parecía también observar el mar. Respiré hondamente, cerré mis ojos y, mientras negaba con el rostro, posé mis manos en las puertas de frío metal hasta que cedieron, procurando de esta manera entrar en este sacro lugar, desoyendo todas las maldiciones que había proferido contra Dios y la fe desde hacía tantos años.

Una vez estuve dentro, quedé perplejo al admirar la vastedad de esta iglesia, en la que había tres grandes pasillos colmados por pequeñas salas bajas y repletos de pequeñas columnas que sostenían las bóvedas de crucería, de aspecto delicado, pero suficientemente compactas para no temer en momento alguno que ese cielo de piedra fuera a caer sobre mí. Había intrincadas escaleras que surgían hacia tribunas superiores desde el deambulatorio interior, decoradas con escenas bíblicas, criaturas feéricas, demonios terribles y flores gigantescas hilvandas entre sí por arcos labrados en la roca, que apuntalaban las vidrieras y el descomunal rosetón que se vislumbraba en la fachada.

No obstante, mis ojos no se despegaron del altar, pues en la base de las escaleras que llevaban al ábside la encontré a ella, arrodillada en genuflexión, con sus manos unidas entre sí y su inmaculado rostro encendido por un desesperado fervor que me resultaba familiar. Sentí como si mi corazón se encogiera dentro de mi pecho cuando creí verme a mí en esa misma situación en la que se encontraba ella, pero hace unos años. Y decidí esperarla, como había hecho hasta entonces desde que dejó de visitar al mar por las tardes, pero también como pensaba que había hecho desde siempre, pues ya no se trataba de sólo de una visión, sino de algo mucho más profundo... algo que hasta incluso parecía que me había devuelto un sentimiento perdido, olvidado y despreciado.

Se giró, con el rostro compungido y un pequeño sendero de lágrimas que se precipitaba desde sus preciosos ojos marrones, surcando la fina piel de su mejilla, hasta que me vio en mitad del pasillo, dibujando una inocente sonrisa y decorando su rostro con el más dulce de los rubores. Me reconoció, pues también se había fijado en mí mientras pasaba las tardes en el peñón y me contó su historia, que era tan similar a la mía como si se tratara de un simétrico reflejo, con la diferencia de que ella no perdió la esperanza cuando también su abuelo falleció a pesar de sus ruegos, cada tarde al mar, para que eso no ocurriera y su posterior visita a la iglesia para rezarle a Dios por su recuperación. Y yo le conté mi historia, la que me había hecho perder esa esperanza hacía años, pero también todo cuando creí ver en ella cuando la contemplé desde la playa, pero especialmente, todo cuanto veía en ella en ese momento.

Y se lo dije, con palabras que antes me habían sido pronunciadas pero que, hasta este momento, no supe reconocer su verdadero significado:

Tú eres el fin más allá de toda duda, porque me has devuelto la esperanza, me has hecho volver a creer.

viernes, 22 de enero de 2010

Tiempo

Tic-tac, tic-tac… suena el reloj constante, se suceden los segundos… tic-tac, tic-tac. No me puedo dormir, tengo miedo de no escuchar el repicar incesante del segundero. Tic-tac… se vuelve cada vez más lento, y a continuación más deprisa. Pienso en ella, como cada noche, extiendo mi mano para tocarla pero no está, la cama se vuelve inmensa. Suspiro y tic-tac. Y recuerdo el tiempo que estuvimos juntos; que poco, que rápido pasaba y ahora que lento, ahora que se ha marchado. ¿Por qué? Solo encuentro una respuesta en la soledad de la noche y mi respuesta no es otra que tic-tac. ¡Maldito sonido torturador, déjame tranquilo! Pero no lo hace, siempre es fiel a mi allí donde esté, recordándome su rostro, recordándome su voz, sus palabras… necesito tiempo. Y eso es lo que yo tengo ahora, tiempo. Tengo de sobra, y por si quiero olvidarlo tic-tac. Pero lo amo, lo adoro, porque ahora comprendo todas esas expresiones: “Tempus Fugit”, “Carpe Diem”… Que importante; nuestro aliado, nuestro enemigo, nuestro fiel e inseparable compañero, desde el primer hasta el último momento de nuestras vidas, siempre estará ahí, siempre eterno tic-tac.



Y a continuación una pequeña reflexión. Hay cosas que se escapan a la comprensión del tiempo, dicen que el tiempo todo lo cura, pero ¿qué nos cura a nosotros del paso del tiempo?. El tiempo es solo algo que nos han ofrecido de forma altruista para que hagamos un uso razonable de el, porque tarde o temprano a todos se nos termina, el tiempo es infinito, pero nosotros no. Por eso, simplemente me gustaría que pensarais en como lo utilizais, porque merece la pena disfrutar de cada momento, de saborear tanto lo bueno como lo malo, de vivir de forma intensa. Que pase rápido, lento o que se pare depende de muchas cosas, pero podemos intentar controlarlo, solo hay que hacer un pequeño esfuerzo.

miércoles, 20 de enero de 2010

Historia de un beso

Rayuela
Julio Cortázar

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.