Andaba yo, como casi siempre, distraído y obnubilado, formulándome preguntas sin respuesta o respondiendo sin que nadie me hubiera preguntado. Pero fue entonces cuando mis ojos recobraron el tino, y allá a lo lejos, escondido entre la basura, estaba el clavicordio, y yo sentí que quería cambiar su destino.
Lo tomé entre mis brazos, ¡cómo pesaba! con tanta mala suerte que se precipitó al asfalto una de sus palancas. Pero no importaba, tenía bolsillos, muchos bolsillos, tantos como palancas se iban cayendo, así que fuí guardando sus desmembrantes piezas a medida que iba avanzando con mi nuevo amigo, que aún llamaba piano.
"No soy un piano", trató de decirme. Es algo que me reveló después, pero sin sus palancas que son como sus dientes, no se podía hacer entender. Simplemente silbaba y crujía, no sé si de placer o de pesar, porque desde entonces lo hice mío y ahora tendré que demostrar... si realmente lo merezco interpretar.

Clavicordio: ¡Idiota!, ¡si yo quería ser recliclado y convertirme en un elegante tresillo de mueblería!