Pasaba las noches encerrado en su habitación, atisbando desde su ventanal, con la mirada clavada en la bóveda celestial, encadenado a la soledad de una obsesión que se escapaba a su voluntad. Tímido e introvertido, lo único que conseguía cuando a alguien le revelaba su pasión, era que se burlara hasta la extenuación. Es por esta, y no otra razón, que se conjuró para encontrar una solución. Transcurrió el tiempo, el Estrellado creció, y a pesar de ello no perdió ni ápice de su imaginación. Era como si bajo este embrujo estelar la fantasía jamás pudiera terminar. Entre mil y un cuentos comenzó a indagar, pues de alguna manera sabía que en el interior de las leyendas se contenía la esencia de la sabiduría, el refugio para que los sueños no pasaran en el invierno frío, ni se deshicieran de calor en el estío.

- Más suerte para la próxima ocasión.
Aunque le resultó curiosa esta afirmación, para él no era un consuelo. Además, ella tenía los pies en el suelo.

- Más suerte para la próxima ocasión.
Aunque le resultó curiosa esta afirmación, para él no era un consuelo. Además, ella tenía los pies en el suelo.
A partir de este momento, lo intentó de tantas maneras, que cada fracaso era peor que un tormento. Sobre muelles, en catapulta, con avión, incluso se planteó profundizar en el mito y despertar a quiméricas criaturas, quién sabe si un pegaso o un dragón harían caso de su desesperación. No obstante, sólo derrotas obtenía, y cada vez que eso ocurría, allí estaba ella, una chica, esa chica, de tez nacarada y desafiante semblante, con los pies en el suelo que consolarle no podía.
Por fin averiguó, un buen día, que si quería subir al cielo, hasta las estrellas, sabía que no tendría más remedio que seguir otra pauta, que no era otra que hacerse astronauta. Siempre le había apasionado el cósmico espacio, al fin al cabo, ahí era dónde tenía su hogar su querida estrella, que aún refulgía más que el más bello topacio. Como su existencia estaba dedicada por completo a su utópica amada, no le importó y en la carrera espacial se enroló.F ueron muchos años de pruebas y sacrificios, que a cualquiera podría haber sacado de quicio. Pero él era el Estrellado y dedicaba su vida exclusivamente a alcanzar a su utópico ser amado. En cuanto obtuvo la licenciatura, sintió que ya podía desafiar a las alturas y pensaba que con suma brevedad tendría entre sus brazos a su amado lucero astral. En cuanto tuvo la oportunidad, se enroló en una astronave espacial y con cada número de la cuenta atrás percibía que pronto saciaría su afán. Nada más lejos de la realidad. El cohete subió, la atmósfera atravesó y aunque nunca antes había estado tan arriba, su estrella aún estaba perdida en una remota deriva. Supo que vasto era el universo y ella siempre estaría perdida. Devastado y, ahora sí, rendido, no quiso esperar a que culminara la astronáutica expedición y a la Tierra regresó en una cápsula de protección.
- Más suerte para la próxima ocasión.
Pero esta vez no le resultó curiosa esta afirmación, y supo que no era un consuelo, a pesar de que ella tenía los pies en el suelo.
- Ya no tengo que mirar al cielo -respondió él, por primera vez.
- ¿Por qué razón, Estrellado? -pregunta ella, sin ninguna timidez.
Entonces las respuestas comenzaron a brotar, después de tanto tiempo intentando volar.
- Porque mi corazón te ha encontrado sin necesidad de haberte buscado.
- Pero tengo los pies en el suelo...
Fue cuando entendió que ella era su verdadera estrella.
- Es por eso por lo que te quiero.
- Es por eso por lo que te quiero.
Y bajo el fulgor del firmamento imperecedero, un beso selló para siempre su amor verdadero.
2 comentarios:
¡Lo damos todo con las estrellas!
Nos encanta 'estrellarnos', en todos los sentidos. De eso no cabe duda alguna, camarada estrellado.
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