Desde tiempos inmemoriales,
cuando la historia no era más que un impreciso
esbozo narrado por los victoriosos, hemos existido los Bardos:
narradores, cronistas y poetas; artistas, juglares y trovadores;
tejedores de sueños que recogían mitos y leyendas,
de las canciones ancestrales, de los evanescentes sortilegios,
del arrullo del tempestuoso mar o del canto de las ninfas del bosque,
para transmitirlos durante generaciones entre aquellos
que nos quisieran escuchar, sumidos en un embrujado deleite.

Y es ahora, en esta Era donde la magia se diluye
junto con la esperanza de las gentes,
cuando nuestro pulso ha de redactar con renovada pasión
y nuestra voz resonar más allá de los sueños
.

Toma asiento y escucha con atención.

Siempre habrá un cuento que narrar.

viernes, 18 de abril de 2014

Lección de música

- Es ella – musité mientras mis ojos no podían desprenderse de su estuche. 


 Era madera, de color oscuro, diría que morena, y aunque apenas me atreví a tocarla, sabía que era suave como esa clase de terciopelo inolvidable que se queda grabado en la piel. Pero sabía que no era el momento de abrirlo, todavía no. Recorrí su superficie durante interminables minutos, con la prudencia de los que quieren hacer las cosas bien, que se peleaba con la curiosidad de aquellos que no se contentan con las apariencias. La dejé marchar de mi lado, y sin embargo, estaba anclada en mi interior. 

Pasaron las horas y regresó. Cada vez me gustaba más ese estuche de roble macizo que tenía ante mí y cada vez sentía un afán mayor por descubrir lo que había dentro. Tuve que contenerme, reprimir un ardiente deseo que se avivaba cuanto más lo contemplaba. Hasta que sucedió. Una noche se colmó mi paciencia con una última gota de pasión y decidí destapar ligeramente la cubierta. Entonces la vi y lo supe. Quería aprender a tocarla. Mis manos existían para interpretar ese instrumento. Mi corazón anhelaba sentir la música que podía tocar con ese contrabajo. Y sabíamos que nos habíamos elegido, ‘parasiempre’ o ‘nuncajamás’, no podríamos decir por cuanto, sino hasta que quisiéramos. 

 - Hoy es siempre, todavía. – le susurré al contrabajo, cuyo estuche aún seguía entreabierto. 

Ocurre que cuando alguien se apasiona tanto por algo, se puede precipitar en un apremio en el que caen los que carecen de la paciencia suficiente para recorrer los caminos al mismo son que sus sentimientos. Y eso fue precisamente lo que pasó, cuando intenté abrir el estuche durante un atardecer, frente a un mar azorado por el viento. Las bisagras chirriaron con tanta estridencia que pensé que había quebrado el estuche. Quería comenzar a aprender a tocar mi contrabajo cuanto antes, pero había que respetar los tiempos que exige el buen aprendizaje. 

Así fue como comencé a aprender. A compartir confidencias y complicidades, incertidumbres y ausencias, y en cada amanecer que vivíamos, el estuche se abría un poco más, sin prisas, siguiendo el orden natural de las cosas. Hasta que, tras incontables despertares, se abrió por completo y pude tomarla entre mis brazos. De verdad. Nunca antes había sentido una sensación de plenitud tan intensa, como cuando empecé a tocar las primeras notas que nacían de esas tersas cuerdas. Era un sonido lento, puede que incluso torpe, pero sabía y sentía que pronto se convertiría en la música más bella que podría desear mi alma. Por lo que desde ese instante me conjuré para practicar cada día. 

Y la música fluyó, como fluyen las cosas que no necesitan explicación, en una armonía tan apasionada, que el entusiasmo nos llevó a descubrir las notas de esas canciones que siempre habíamos querido tocar. Ella había dejado de ser un instrumento, en realidad, nunca lo había sido. Por eso no era mía, sino de sí misma, tanto como podía serlo yo. Y cuando mi brazo la tomaba por la espalda, por el mango, apoyaba sus clavijas sobre mi piel hasta el dulce adormecimiento, mientras mis dedos aferraban el arco que arrancaba de esas cuerdas arpegios que más bien parecían gemidos del placer más intenso. En nuestro arrebato, era como una explosión, un estallido de sonidos, que terminaba por extraer notas casi perfectas de nuestros corazones, hasta que culminábamos en un éxtasis que nos dejaba exhaustos. Hasta el siguiente amanecer, en el que volvía a practicar con ella. Nunca era suficiente, no quería hacerlo tan sólo bien. 

- Siempre querré que sea mejor. – le revelé al contrabajo, después de haber estado acariciándolo durante horas. 

Sin embargo, todo el que quiere aprender, también ha de asumir el inevitable error. Tan pronto como sonaba una canción prodigiosa, se escapaban algunos acordes desafinados, que dibujaban en el aire el llanto. Incluso melodías completamente discordantes que provocaban decepciones y desencantos. No obstante, de estos inconvenientes se podía extraer la más útil de las lecciones, y después de asumir cada error, retomaba la música con esa vehemencia que insufla un enamorado corazón. Y quizá aquí estuvo mi equivocación. Pues aquel que aprende, que desea hacerlo mejor, irremediablemente, casi en su inconsciente, desea alcanzar la perfección; uno de esos anhelos imposibles con el que el ser humano siempre choca. 

Y un amanecer cualquiera, en el que la música era impecable, en el que las canciones sonaban con más o menos ilusión o más o menos melancolía, así como querían, llegó la fatalidad que implica la exigencia. No satisfecho con esas melodías que conseguía, por las que ambos nos amábamos, quise emprender un esfuerzo mayor, para no caer en el abismo de la rutina y la repetición. Por ello, la desorientación me despertó y percutí en las cuerdas con fiereza, y las dudas me asaltaron cuando el cordal empezó a restallar. 

En lugar de detenerme y asumir que no podría alcanzar ese ficticio virtuosismo, continué tocando, hasta que dejé de ser ese músico enamorado de su contrabajo, para convertirme en un ser obcecado por el miedo de no estar a la altura de sus sentimientos. Y una cuerda se rompió y la música cesó, por completo. Abatido y enojado, separé mis manos de ella y me marché avergonzado, sin saber qué ni por qué había ocurrido. Entonces lo supe y se lo dije. - Había buscado una canción que no quería, una canción que no existía, cuando ya habíamos encontrado nuestra melodía. Cerré el estuche de mi contrabajo y me marché, quién sabe si hasta el próximo amanecer o hasta que nos encuentre la luna llena. 

Porque ella se merecía nuestra canción cada día. 

Y yo quería aprender a tocarla.

2 comentarios:

Memorias De una lectora dijo...

Hola acabamos de descubrir tu blog!comentarte que en Memorias de una lectora estamos de sorteo! el premio es un libro de fantasía épica "El heredero de los 6 reinos".Pásate y nos comentas!!muchos besos
http://mdeunalectora.blogspot.com.es/

Juan Antonio Torron Castro dijo...

Bonito e interesante blog, con permiso te sigo.

Saludos.-